Barone (Familias de la mafia 1) 6
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Giulia

El viernes por la tarde, cuando empieza a anochecer, salgo de la ducha y me envuelvo en un albornoz blanco mientras me desenredo el pelo.

Solo hace media hora que llegué a casa, aunque las clases terminaron a las cuatro.

He pasado primero por el supermercado para que mi nevera no parezca la superviviente de una masacre zombi.

Mañana viene Adriano y, como no sé lo que le gusta comer, he comprado un poco de todo.

Espero haber acertado. Llevo tres días con el estómago encogido por los nervios.

Dios, es que ¡va a venir a verme! ¡Y no puedo estar más eufórica!

Hemos hablado mucho desde el miércoles, cuando me envió el ramo de flores al colegio.

Me escribe mensajes cada vez que tiene un rato libre; conversamos de lo que nos gusta, de lo que haremos cuando llegue a Roma.

He prometido hacerle un tour por la ciudad para enseñarle mis rincones favoritos.

Los que están alejados de las zonas turísticas, los que solo frecuentamos los romanos.

Y él está siendo un encanto, joder. Detallista, atento, con un toque chulesco que me encanta…

Desde que lo conozco, he tenido que aprender a medir mis palabras. Ayer por la tarde, mientras hablábamos por teléfono, comenté que tenía antojo de supplìs y, a los veinte minutos, un repartidor llamó a la puerta con una caja de doce para mí sola.

Dejo el cepillo dentro del cajón y me miro una última vez antes de salir del baño.

Llevo el cabello mojado, pero hace bastante calor y me apetece que se seque al aire.

Camino descalza por el salón, disfrutando de la frescura del terrazo, y aprieto un poco más el lazo del albornoz para que no se abra.

Dos de mis compañeras del colegio me han invitado a una fiesta, pero no voy a ir.

No me apetece llegar a las tantas. Quiero estar fresca para cuando él llegue mañana.

Enciendo la televisión del salón y me dejo caer en el sofá con un suspiro de satisfacción.

Sin embargo, ni siquiera me da tiempo a cambiar de canal cuando mi teléfono empieza a sonar.

Sonrío al leer el nombre en la pantalla y me lo pongo al oído.

—Hola, papá.

— Principessa , ¿cómo fue la semana?

—Bien. —Frunzo el ceño—. ¿Desde cuándo me llamas los viernes?

—¿Es que no puedo preocuparme por cómo le ha ido a mi pequeña?

Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá y suspiro.

—He estado hasta arriba con el tema de la evaluación final. El lunes tengo que darle al jefe de estudios las notas de los niños.

—¿Y dónde fuiste el pasado fin de semana?

Me pongo recta.

—¿Cómo sabes…?

—Mis hombres me dijeron que saliste de Roma.

—¿Puedes dejar de mandar a tus malditos secuaces a vigilarme?

—Eres mi hija, Giulia. Es normal que me preocupe.

—No me vigilabas tanto cuando era una niña.

—Es ahora cuando debo alejar a los buitres de ti, bambina mia . Eres un bocadito joven y demasiado jugoso para esos perros.

—¡Es que no quiero que alejes a nadie! ¡Soy lo suficientemente madura como para elegir mis relaciones!

—Sí, ya, pero ¿dónde fuiste? —insiste sin tener en cuenta lo que acabo de decir.

Suspiro.

—Te lo digo si me prometes que vas a dejarme en paz y no mandarás de nuevo a tus hombres a vigilarme.

—Pues no metas en tu casa a ese gilipollas de Domenico Vitale, ni a ninguno de esos tipos a los que tuve que espantar.

—No lo haré, te lo prometo. —Sonrío. Adriano está fuera de su lista. Perfecto.

—Está bien, piccolina , nada de vigilantes. Y ahora, dime dónde fuiste.

—A Nápoles.

—¿Qué se te ha perdido a ti en terreno de la Camorra?

—¿Los Barone os… lleváis mal con ellos? —Me muerdo el labio inferior. ¡Que diga que no, que diga que no!

—No nos llevamos mal. Hacemos negocios de vez en cuando.

—¡Qué bien, joder! —suspiro aliviada por Adriano.

—¿Bien? ¿Por qué? ¿En qué te beneficia que tengamos buena relación con la Camorra?

—Oh, no, por nada. Es que… está bien que no todos sean enemigos de la familia —finjo.

—Valentina está casada con un Bianchi. Tenemos una relación cordial con ellos.

—No sé quién es esa señora, papá.

—Mi hermana. La conocerás cuando vengas a casa.

—Aaah.

—¿Y qué has hecho en Nápoles?

—He ido con Siena a una feria de joyería. A presentar su nueva colección.

—Avísame la próxima vez que vayas a viajar.

—Ni lo sueñes —respondo contundente.

—Giulia, amore , eres terca como mi madre. —Chasquea la lengua, dándose por vencido—. Tus hermanos irán a por ti el próximo sábado. Les he dicho que se lleven el furgón para cargar tus cosas.

—Papá, voy de visita un par de semanas, no necesito un furgón —me río.

—Las mujeres tenéis demasiada ropa. Mejor ser precavido.

Ni siquiera me da tiempo a responder, porque cuelga enseguida.

Ya estoy acostumbrada a que pierda el interés cuando consigue lo que pretende, que, en este caso, ha sido sonsacarme dónde estuve el fin de semana.

Supongo que es deformación profesional. Está tan acostumbrado a tenerlo todo controlado y a que todo el mundo le obedezca que no se preocupa cuando es desconsiderado o insistente.

Me guardo el teléfono en el bolsillo del albornoz y alargo la mano para coger al fin el mando del televisor. Sin embargo, antes de poder incluso rozarlo, el móvil vuelve a sonar.

Esta vez, cuando leo el nombre que se refleja en la pantalla, el corazón se me dispara. Es Adriano. No esperaba que llamase tan pronto. Suele hacerlo por las noches, cuando estoy tumbada en la cama. Ni siquiera tengo que responder cuando me pongo el aparato en el oído; él lo hace antes.

—¿Con quién hablabas? Tu teléfono no dejaba de comunicar —comenta con su oscura y sensual voz.

—Hola a ti también. ¿Hoy es el día de los interrogatorios?

—¿Qué? —Por su forma de contestar sé que debe estar frunciendo el ceño.

—Dos llamadas, y en las dos todo son preguntas.

—¿Quién te ha llamado? —insiste.

—Mi padre. Al parecer, últimamente, está muy interesado en mi vida amorosa.

—¿Le has hablado de mí?

—Eeeh, no.

—Deberías hacerlo, tentazione .

—Nos hemos visto una vez. —Me río.

—La primera de muchas. Cuanto antes sepa tu padre que existo, mejor para todos.

—Lo sabrá a su debido tiempo. Ni siquiera estamos saliendo.

—¿Te preocupa que pueda rechazarme por ser quién soy?

—Primero: la que tiene que aceptarte o rechazarte soy yo, no mi padre. Segundo: ¿por qué iba a preocuparme? Si no le gustan los hombres con los que salgo, es su problema, no el mío.

—La familia es importante, Giulia.

—No estoy unida a ellos.

—¿Por qué?

—Es un tema delicado.

—Si me das su teléfono, puedo hablar con él personalmente. Soy de fiar y no debe temerme.

—Mi padre no le tiene miedo a nadie. Al revés.

—Bien, entonces, lo llamaré para presentarme y dejarle claras mis intenciones contigo.

—¿Cómo que tus intenciones? ¿Qué quieres decir con eso?

—¿Tú qué crees?

—Creo… creo que me estoy agobiando —acepto a media voz.

Y no es por Adriano. Es que, en cuanto Riccardo Barone sepa que salgo con otro hombre, no parará hasta que lo haya espantado, y no quiero.

Me gusta. Me apetece conocerlo de verdad, aunque tenga un padre obsesionado con que nadie es lo suficientemente bueno para mí.

Después de unos segundos en silencio, vuelvo a escuchar su voz:

—Giulia, en realidad te he llamado porque tengo que decirte algo. —Suspira—. No voy a poder ir a verte mañana.

—Aaah. —Es lo único que puedo decir. Siento como si una bola de decepción comenzara a crecerme en el estómago. Llevo una semana deseando volver a verlo. Dos días eufórica al saber que vendría. Soñando despierta con cómo sería. Pero, finalmente, eso no va a pasar.

—No te enfadas, ¿verdad?

—No, no, claro que no —me apresuro a responder, intentando sonar indiferente y serena. Como una adulta racional, aunque en el fondo tenga ganas de gritar y maldecir por haberme hecho ilusiones—. No pasa nada. Ya nos veremos en otra ocasión y…

—Ha surgido algo.

—No tienes que darme explicaciones.

—¿No quieres saber por qué no voy?

—Eres de la mafia, ¿no? Estarás ocupado deshaciendo cuerpos en ácido y… yo qué sé. Lo que quiera que hagas. No hace falta que me digas el…

—Giulia —me interrumpe en medio de mis cavilaciones.

—¿Qué?

—Abre la puerta.

—¿C… cómo? —Me quedo de piedra, se me cae el teléfono en el regazo y me apresuro a ponérmelo de nuevo en la oreja—. ¿Qué has…?

—No puedo ir mañana a verte porque ya estoy aquí. En el 25 de la vía della Lungaretta. Es el edificio donde vives, ¿verdad? Primer piso, puerta D.

Me levanto del sofá de un salto y tengo que sujetarme el estómago por los nervios. Me cuesta incluso respirar cuando vuelvo a preguntar:

—¿De verdad? ¿Estás aquí?

—De pie en el rellano. —Suena el timbre de casa y también lo oigo a través del teléfono—. ¿Abres?

La mano con la que sujeto el móvil me tiembla tanto que tengo la sensación de que se me caerá al suelo.

Corto la llamada y lo tiro sobre el sofá, mirando fijamente la puerta, tras la que está Adriano.

Tengo el corazón revolucionado, me late a un ritmo frenético y la sangre recorre mis venas a tres mil revoluciones por segundo.

Sin aguantar las ganas, corro hacia la entrada y quito el pestillo que mantiene la puerta asegurada.

Cuando abro, lo descubro frente a mí. Es como si la tierra acabase de escurrirse bajo mis pies.

Vestido de negro, apoyado en el marco, tan alto y corpulento como lo recordaba; con una sonrisa ladina dibujada en los labios que se acentúa al verme.

Ahora mismo, me parece incluso más guapo e irresistible que hace una semana.

Quizá sean las ganas que tenía de volver a verlo, pero noto sus ojos más oscuros y anhelantes, sus labios más apetecibles, su torso más ancho. Está buenísimo, joder.