6 #2
Lleva el pelo peinado hacia atrás, despejando completamente su rostro cuadrado.
Me observa con intensidad, como si fuera el filete más jugoso del bufé y él estuviese hambriento.
Incluso se humedece los labios cuando posa la mirada en mi boca.
Lleva colgado del hombro derecho un petate militar en el que ha traído ropa para pasar el fin de semana, y en la mano una gran caja de bombones que me ofrece sin mediar palabra.
—Gracias. —La acepto ilusionada, tan feliz de verlo que apenas sé cómo actuar—. No deberías comprarme tantas cosas. Me voy a malacostumbrar.
—Si soy yo quien te malacostumbra, está bien. —Se me eriza la piel de los brazos solo con escuchar su voz. No, en serio, ¿qué demonios me pasa con él? Nunca he sido tan impresionable, ni mi cuerpo se había comportado como un estúpido tembloroso con tanta facilidad.
—No te esperaba hoy.
—Hemos terminado un poco antes con lo que teníamos entre manos. —Sus ojos se posan de nuevo sobre los míos—. ¿Puedo pasar?
—¡Oh, claro, joder, por supuesto! —Me hago a un lado, sintiéndome tonta por haber estado bloqueando la puerta desde que he abierto. Adriano entra en casa y me sigue hasta el salón. Apoyo la caja de bombones sobre la mesilla auxiliar—. Deja el bolso donde quieras.
—En tu habitación.
—¿De verdad que no prefieres el sofá? Es muy cómodo —replico, y me echo a reír al ver que pone los ojos en blanco. Doy un golpe de cabeza, señalando el pasillo—. La segunda puerta a la izquierda.
—Guíame tú.
—¿Tienes miedo de perderte en un apartamento de sesenta metros cuadrados?
—Quiero seguir viendo cómo mueves el trasero dentro de ese albornoz. —Me mira de arriba abajo y se muerde el labio inferior—. ¿Siempre recibes a las visitas vestida así?
—¿Tú qué crees?
—Por el bien de tus visitantes, mejor que no.
—¿Eso ha sido una amenaza, señor mafioso?
—En toda puta regla. —Sonríe misterioso.
—Para tu información, acabo de darme una ducha, y no esperaba a nadie.
—Entonces, he llegado en el mejor momento.
Bufo divertida y le doy la espalda, guiándolo por el pasillo.
Sin embargo, el burbujeo de mi estómago no desaparece en ningún momento porque, aunque no lo veo, sé que Adriano no aparta la vista de mi cuerpo.
Cuando cruzamos la puerta de mi dormitorio, él contempla todo lo que hay a nuestro alrededor.
Desde la gran cama de matrimonio, pasando por las modernas mesitas de noche de madera blanca satinada, hasta acabar en el baño, en el que todavía se observan las huellas de vapor en el espejo de cuando me he duchado.
Adriano deja el petate en una de las mesitas y se acomoda sobre el colchón, muy cerca de mí.
No pide permiso, no le preocupa hacer algo que esté fuera de lugar.
Él hace lo que quiere, toma lo que le apetece.
A pesar de que no dice nada, su expresión es de todo menos inofensiva.
Parece un animal salvaje reclamando un nuevo territorio.
Y a la presa que va a devorar. Mi respiración se acelera cuando levanta una mano y me hace una señal con dos dedos para que me acerque.
—Ven aquí, tentazione .
—¿Para…? —Sonrío, retadora.
—Da igual el motivo, ven.
—No te he dado permiso para que te tomes tanta confianza, y mucho menos en mi dormitorio. —Enarco una ceja, divertida—. Te he ofrecido mi sofá y lo has rechazado.
—No he conducido cinco putas horas para dormir en un sofá. —Alarga el brazo y atrapa mi mano, tirando de ella hasta que me tiene acorralada entre las piernas.
Ni siquiera me ha acariciado y ya siento una caliente humedad en mi sexo. Sobre todo cuando me apoya las manos en la parte trasera de los muslos y empuja más hacia él, hasta que mi pecho queda pegado a su cara.
—Desde Nápoles a Roma no hay cinco horas en coche —comento lo primero que se me ocurre, intentando quitarle intensidad a este momento.
—No vengo de Nápoles.
—Pero la ropa…
—Preparé el petate el sábado pasado, cuando me fui de tu hotel. —Me agarra las mejillas con una mano y acerca mi rostro al suyo para susurrar—: Esa noche supe que iba a volver a verte.
—¿Sin preguntarme? ¿Y si no hubiese podido?
—Habrías podido —declara convencido—. Me hubiera encargado de ello.
—Eso es pecar de confiado, señor mafioso.
—Cuando quiero algo, hago todo lo que está en mi mano para conseguirlo, Giulia.
—¿Y si me hubiera negado? En este caso, también tengo derecho a opinar, ¿no?
—Opina cuanto quieras. —Sonríe y roza mis labios con su nariz, logrando que me tiemblen las piernas—. Pero primero vas a saludarme. No me has dicho ni hola cuando he venido.
Es verdad. Estaba tan sorprendida y eufórica por volver a verlo que se me ha olvidado. Mis ojos se clavan en los suyos. Veo la diversión en sus pupilas mezclada con una ardiente oscuridad que me acelera el pulso.
—Hola —susurro cerca de su boca.
—Continúa.
—Me alegro de volver a verte.
— Tentazione , espero algo mejor que ese saludo anodino e impersonal.
—¿Por qué no me besas ya? —lo animo, mientras le acaricio los tatuajes del cuello—. Es lo que quieres.
—No voy a hacerlo.
—¿Por qué? —Frunzo el ceño.
—Tú primero, ¿recuerdas? —Acerca sus labios a mi oído—: Como en el ascensor. Quiero que des el primer paso.
—¿Es algún fetiche tuyo que deba saber?
—Uno que no sabía que tenía —asiente—. Necesito que la preciosa chica de la galería Umberto demuestre interés sexual por mí.
Le acaricio la mejilla y la aspereza del vello que empieza a nacer me hace cosquillas en las yemas de los dedos. La tensión entre ambos se podría cortar con un cuchillo.
—Te deseo, Adriano —reconozco a media voz, y un suave sonrojo colorea mis mejillas—. Pero aún no estoy segura de poder ir más allá. Llevo demasiado tiempo sin hacer esto. Estoy desentrenada. Sería un desastre y tú no qu…
—Espera —me interrumpe antes de que pueda acabar la frase. Después, frunce el ceño, incrédulo—. ¿Qué estás queriendo decir, tentazione ? ¿Te preocupa decepcionarme?
—No soy una diosa del sexo ni nada por el estilo.
—No vas a decepcionarme, joder.
—Solo me he acostado con un chico y fue hace mucho tiempo.
Tengo más experiencia con mi vibrador y los vídeos porno que con los hombres.
Nunca he sido una persona demasiado sexual.
He follado dos veces y ambas fueron con un exnovio al que mi padre espantó como a las moscas, igual que a todos los demás.
Lo hicimos dos veces y una de ellas ni siquiera me corrí.
Adriano no dice nada, se limita a mirarme fijamente, procesando lo que acabo de contarle, hasta que…
—¿Me cuentas esto para que pierda el interés en ti?
—Te estoy avisando.
—Bien. —Ejerce más presión en mis muslos y quedo totalmente pegada a él—. Y yo te aviso de que me pareces jodidamente dulce, Giulia Fabbri. Si me dejases, hundiría los dientes en cada centímetro de tu piel, te follaría, te marcaría, te reclamaría.
—¿A pesar de lo que acabo de decirte?
—Me encantan los retos. —Apoya una mano en la parte trasera de mi cuello y me obliga a acercarme tanto que sus labios rozan los míos—. Quiero que confíes en mí, tentazione . Que entiendas que nunca voy a hacerte daño. Jamás. Tú pones las reglas. Tú marcas la velocidad.
Estoy sin aliento, con la mente a punto de colapsar por su declaración de intenciones. Adriano debe saber que ahora mismo no soy capaz de darle ninguna respuesta coherente, porque sonríe encantado antes de continuar:
—Y ahora… mi beso. Lo llevo esperando desde que crucé esa puerta y no aguanto más.