5 #2
—Es un regalo —aclara tras dejar el carrito dentro de la habitación. Después, me da una tarjeta doblada por la mitad—. Esto también es para usted.
Cuando volvemos a quedarnos a solas, Siena y yo nos miramos con los ojos muy abiertos.
—¡Abre la nota! —exclama, dando pequeños saltitos delante de mí—. ¡Muero de la curiosidad!
Yo tampoco puedo esperar. Desdoblo la pequeña cartulina; en su interior hay un mensaje escrito con una cuidada caligrafía en tinta negra.
No estoy ahí para desayunar contigo, pero sí puedo invitarte al mejor almuerzo de la ciudad. Adriano.
Los latidos del corazón se acaban de volver locos dentro de mi pecho y la mano con la que sujeto la tarjeta comienza a temblar mientras releo el mensaje. Me muerdo el labio inferior y miro a Siena con un brillo ilusionado en las pupilas.
—Ha sido él.
—¡Júramelo! —Le paso la tarjeta para que la lea y su expresión muta de la sorpresa a la estupefacción—. Giulia, nena…
—¿Sí?
—¿Qué coño le has hecho a ese hombre? No sé cómo fue el beso que os distéis ayer, pero este es el detalle más jodidamente bonito del mundo.
Viajamos en tren de regreso a Roma esa misma tarde y me despido de Siena con un abrazo antes de tomar el autobús que me lleva a Monte Sacro, el barrio donde vivo.
Son las ocho de la tarde y tengo el tiempo justo de deshacer el equipaje y recuperar las horas de sueño para no quedarme dormida en clase encima de cualquier xilófono.
A las once menos cuarto, me meto en la cama y toqueteo mi teléfono.
Vuelvo a la conversación que empezamos Adriano y yo esta mañana, cuando le agradecí por mensaje el haberme invitado a ese desayuno que ni siquiera pude acabar con la ayuda de Siena.
Su respuesta fue amable pero corta: «Un placer, tentazione ».
No quise insistir ni escribir nada más para no resultar pesada.
Sé que está ocupado con sus chanchullos con la mafia y lo último que necesitará es que una tía que acaba de conocer esté dándole el coñazo con tonterías.
◆◆◆
La semana empieza como cualquier otra. Los días pasan entre el colegio, recoger la casa y mirar cada cinco minutos el teléfono en busca de algún mensaje de Adriano.
Espóiler: nunca lo hay. Y a pesar de estar mentalizada de que esto iba a pasar, me siento desilusionada.
La vida son oportunidades y yo dejé escapar una oportunidad de oro con él.
Así que ahora no tengo ningún derecho a quejarme.
El miércoles por la tarde, al terminar la jornada lectiva, me quedo hablando un par de minutos con el jefe de estudios.
Uno de los niños a los que doy clase está empezando a comportarse de un modo extraño con el resto, y le he pedido que programe una reunión con sus padres.
Cuando vuelvo a quedarme sola en clase, me cuelgo el bolso en el hombro y borro la última lección que hay en la pizarra antes de marcharme a casa.
Sin embargo, cuando estoy a punto de dejar el borrador en el canasto, me sobresalta un carraspeo a mi espalda.
Al girarme para ver de quién se trata, encuentro a un repartidor, vestido con un mono azul oscuro, que lleva en la mano un precioso ramo.
—¿Giulia Fabbri?
—Soy yo.
—Esto es para usted. Firme aquí, por favor.
Hago un garabato en el papel y el hombre se marcha, dejándome en los brazos el enorme ramo de rosas rojas.
No me da tiempo ni a leer la tarjeta cuando mi teléfono comienza a sonar.
Mas, al sacarlo del bolso y leer el nombre de Adriano en la pantalla, apoyo la espalda en la pared, pues todo mi cuerpo comienza a temblar.
Nada más ponerme el aparato al oído, escucho su voz:
—Contéstame a una pregunta, tentazione —comienza a hablar con su voz grave y oscura—. ¿Conservas mi número en la agenda?
—Eeeh, sí.
—¿Y por qué no me has llamado?
—Pensaba que estarías muy ocupado con tus asuntos.
—Nunca voy a estar tan ocupado como para no responderte, Giulia.
Me muerdo el labio inferior al tiempo que acaricio una de las rosas. Volver a escuchar su voz es como un chute de adrenalina directa en vena.
—También podrías haberme llamado tú.
—Un gilipollas arrojó mi teléfono a un cubo de ácido mientras nos deshacíamos de… algo, y no he podido conseguir otro hasta hoy.
—No voy a preguntarte qué hacíais con un cubo de ácido. Esta noche quiero dormir sin pesadillas.
—Entonces, mejor que no lo sepas. —Se ríe y guardamos silencio unos segundos—. ¿Cómo estás?
—Bien. Iba a marcharme a casa cuando me han traído el ramo. —Sonrío de nuevo—. Gracias, Adriano. No hacía falta.
—¿Te gustan las flores?
—Son preciosas. —Apoyo la cabeza en la pared y suspiro—. ¿Cómo has sabido dónde trabajaba?
—Tengo mis trucos.
—Y me has investigado, ¿verdad? —Pongo los ojos en blanco.
—Solo un poco. Lo justo y necesario para saber a dónde tengo que ir a verte este fin de semana.
—¿Vienes? —Se me ilumina el rostro.
—Si no se tuerce ningún asunto, el sábado estaré libre. ¿Tenías planes?
—No.
—Perfecto, no hagas ninguno porque voy a quererte para mí solo esos dos días completos.
—Prepararé el sofá para que puedas dormir en casa. —Escucho su bufido al otro lado de la línea y me echo a reír—. Disimulas muy mal que no te ha gustado la idea.
—No voy a dormir en un puto sofá cuando tú estás sola en una cama.
—Si quieres que te deje un hueco a mi lado, vas a tener que convencerme —respondo retándolo.
—Dalo por hecho.