Barone (Familias de la mafia 1) 5
13%

5

Giulia

Me devora la boca. Su lengua empuja contra mis dientes para que la deje entrar y, cuando lo hago, un jadeo escapa de mi garganta al sentir que no hay rincón que Adriano no tenga intención de reclamar.

Lame, mordisquea, succiona. Sus manos rodean mi cintura y me aprietan contra él tan fuerte que puedo notar en el estómago la enorme dureza de su polla.

La puerta del ascensor amenaza con volver a cerrarse, pero él pone un pie para que eso no ocurra. Entonces, me levanta en peso y salimos al pasillo, donde seguimos comiéndonos con una desesperación abrumadora.

Chocamos con la pared y el sonido retumba a nuestro alrededor. Sonríe contra mi boca y me muerde la comisura, bajando poco a poco por mi mandíbula hasta que besa mi cuello.

—Oh… —gimo muy excitada y me agarro fuerte a sus brazos, dejándome hacer. Sus dientes se clavan en mi piel; sé que me dejará marca y que no es lo más profesional para una maestra de primaria, pero, joder, ahora mismo me da exactamente igual. No quiero que pare—. Adriano…

—Eso es, tentazione , di mi nombre —susurra de nuevo contra mi boca—. Me encargaré de que nunca pronuncies otro nombre que no sea el mío.

Vuelve a devorarme y me levanta en peso por segunda vez, logrando que enrede los brazos en su cuello para no perder el equilibrio.

Mi espalda choca con la pared de enfrente, pero en lugar de quejarme por el golpe, gimo más fuerte cuando una de sus manos me aprieta con fuerza el trasero.

Tengo el coño tan mojado como nunca. Adriano es una maldita fantasía convertida en hombre.

¿Cómo demonios besa así? Es como si me estuviera follando con la boca, como si estuviera besándome de arriba abajo; todo mi cuerpo arde por él.

De repente, me inmoviliza los brazos contra la pared y otro golpe resuena por todo el pasillo. Se relame los labios y gruñe como un animal salvaje cuando me obliga a arquear la espalda y mis tetas quedan levantadas hacia él.

—¡Maldita sea, ¿es que no han visto la hora que es?! —Una repentina voz a nuestra izquierda nos interrumpe. Al girar la cabeza, descubrimos a un hombre calvo y con cara de sueño que se asoma por la puerta más cercana—. ¡Ya está bien de tantos golpes, algunas personas queremos dorm…!

Se queda mudo cuando Adriano saca un arma y lo apunta a la frente, contemplándolo con el rostro helado, amenazante, aunque sin soltarme en ningún momento.

—Cierra la maldita puerta y no se te ocurra volver a molestarnos a no ser que quieras acabar la noche con tres agujeros en tu brillante calva de gusano.

—¡Pe… Pero, señor!

Adriano apunta al techo y dispara sin pensárselo, logrando que una pequeña parte de la moldura de yeso le caiga al tipo en la cabeza.

—No lo repetiré, perro.

El hombre se esconde dentro de su habitación tan rápido como salió, cerrando la puerta con pestillo, y nos quedamos a solas de nuevo en el pasillo.

El único sonido que escucho ahora es el de nuestras respiraciones aceleradas.

Adriano no intenta volver a besarme; se limita a mirarme y a acariciarme los labios, como si estuviese haciendo el esfuerzo más difícil de su vida por no echarme sobre su hombro y follarme en cualquier esquina.

—Puto aguafiestas —susurra con anhelo.

—Pero tiene razón, es tarde. Todos los huéspedes están durmiendo y nosotros hacíamos bastante ruido.

—Eso no era ruido, tentazione . El día que pueda follarte, te enseñaré qué es hacer ruido de verdad. —Acerca su rostro y roza mis labios con la punta de su nariz—. ¿Estás cansada?

—Un poco.

—¿Me invitas a entrar en tu dormitorio?

Una suave sonrisa curva mis labios mientras acaricio la tela de la solapa de su americana.

—No, Adriano. Aún no.

—Así que voy a tener que ganármelo de verdad.

—Vas a tener que ganártelo.

—¿Solo os quedáis este fin de semana en la ciudad? —se asegura con voz suave.

—Mañana por la tarde volvemos a Roma —asiento.

—Te invitaría a desayunar, pero no estaré aquí cuando amanezca. Tengo algunos asuntos de los que encargarme y que me mantendrán ocupado unos días.

—Ah, claro. —No quiero demostrar que estoy decepcionada, pero lo estoy. Ahora es cuando nos despedimos y no vuelvo a saber nunca más de él—. Entonces, deberías irte a descansar.

Adriano me mira a los ojos y suspira antes de asentir.

—Dame tu teléfono. —Frunzo el ceño por la petición; sin embargo, lo saco del bolso, lo desbloqueo y se lo ofrezco. Él teclea en silencio durante unos segundos y la melodía de su propio móvil comienza a sonar dentro del bolsillo de su pantalón—. Ahora tienes mi número, Giulia. Úsalo.

◆◆◆

Doy mil vueltas antes de quedarme dormida.

Estoy demasiado acostumbrada a mi cama, y la del hotel, a pesar de ser bastante cómoda, me resulta extraña.

Tumbada boca arriba, con los ojos fijos en el techo, me da tiempo a pensar en todo lo que ha ocurrido desde que llegamos a Nápoles.

Aunque nuestra aventura en la ciudad comenzó no demasiado bien, por la vergüenza de posar con el collar de Siena delante de toda esa gente, reconozco que lo repetiría mil veces si con eso volviese a encontrarme de nuevo con él.

No puedo creer que esté diciendo esto, pero me apetece muchísimo ver de nuevo a un tipo que ha admitido abiertamente que pertenece a la mafia.

Llevo toda la vida renegando de mi padre y de los Barone por lo que son y lo que representan, y ahora voy y me lío con un hombre con las mismas taras y moralidad que ellos.

Estoy para que me encierren, joder.

He huido de los hombres turbios desde que tengo uso de razón.

Salido con chicos normales, con trabajos decentes y personalidades suaves, para, en un abrir y cerrar de ojos, acabar comiéndome la boca, y más caliente que un horno industrial, con un tipo de los malos.

Uno repleto de tatuajes y personalidad de matón, que empezó la noche sopesando la posibilidad de raptarme.

Lo peor de todo es que me da igual. En unas horas, Adriano ha hecho que mi cuerpo reaccione de un modo brutal; nunca había sentido algo así.

A su lado, los demás hombres con los que he salido me parecen insípidos y sin gracia.

Y ahora voy a llevarme la hostia del siglo cuando no vuelva a llamarme. Porque no va a hacerlo. Más vale que no me haga ilusiones y acepte que he desaprovechado la única oportunidad que tendré jamás de follarme a un tío como él.

Cuando amanece, apenas he dormido más de una hora seguida y estoy tan cansada que ni las campanas del duomo, que no dejan de repiquetear, logran que me levante.

Me pesan los ojos. Se me cierran… hasta que la puerta de la habitación se abre de par en par, dando un fuerte golpe contra la pared.

Por ella aparece Siena, que acaba de regresar de su noche de sexo con el tipo que acompañaba a Adriano.

—¡Madre mía! ¡Cómo follaba ese hombre! —Se tira en mi cama con teatralidad, aplastándome—. No voy a poder andar con las piernas juntas el resto de mi vida.

Aprieto los labios para no soltar una carcajada y la empujo para que se quite de encima.

—Pues se te ve muy despejada para haber pasado toda la noche dándole al tema.

—Uuuf, es por la adrenalina. —Apoya la cabeza en la almohada y me mira a los ojos. Tiene la máscara de pestañas corrida—. ¡Y qué boca tiene!

—¿Besaba bien?

—No me refiero a eso. —Da una palmada al aire—. Sino a las guarradas que salían de sus labios. Voy a tener que confesarme o iré directa al infierno.

—Pagaría por ver la cara del cura al que le cuentes lo de esta noche.

—Acabaría excomulgada. Lorenzo y yo hicimos cosas que deben estar penadas por ley.

—Ilegalidades aparte, me alegro de que te lo pasases bien con él.

—Me hacía mucha falta liberar tensiones. —Asiente sin dejar de sonreír—. Llevo unos meses sin salir del estudio. Esta nueva colección de joyas me ha costado horrores.

—Pues te ha quedado preciosa.

—Sí, sí, preciosa y todo lo que tú quieras, pero ¿qué pasa contigo?

—¿Qué pasa conmigo?

—¡Empieza a cantar y cuéntame cómo ha sido magrearse con ese portento de la naturaleza que me dio calabazas y prefirió follarse a mi mejor amiga!

—Salta de nuevo en la cama y se pone de rodillas a mi lado, mirándome con una sonrisilla tontorrona—.

Dime que la tiene como un barco de grande y que empotra como si quisiera cerrar un cajón atascado, y que…

—¡Siena, para! —Me echo a reír.

—No, no paro. ¡Quiero saberlo todo!

—Es que no pasó nada.

—¡No me jodas! —Me mira con la misma decepción que mi antigua nutricionista cuando le dije que la fruta que más comía era el yogur de fresa—. ¡Dime que te estás quedando conmigo! ¡Tiene que ser una broma!

—No me acosté con él —repito, cada vez más arrepentida de no haberlo hecho.

—¡Pero ¿por qué?! ¡Lo tenías babeando por ti! ¿Es que no viste cómo te hablaba, cómo te sonreía? ¡En mi vida me han mirado como ese hombre te miraba a ti! ¡Y tú vas y no te lo follas!

—Siena, yo no soy así.

—¡Todas somos así con tíos como él!

—Bueno, en realidad, nos besamos —acepto con una suave sonrisa.

—¿Y cómo besa?

—Pfff… Es increíble.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Estaba segura, joder, solo hay que verlo! ¡Y tú la has cagado! ¡Podríamos haber sido las Audrey Hepburn italianas y haber desayunado recién folladas delante de alguna tienda de lujo, pero no, porque mi mejor amiga ha dejado pasar a un hombre flipante!

—Tengo su teléfono.

—Y yo tengo un billete de lotería del año pasado. ¡O sea, nada! No vas a volver a saber de él ni te va a llamar. Estas oportunidades no pasan dos veces.

Cuando voy a contestar, el sonido de la puerta nos interrumpe.

Alguien está traqueteando. Siena y yo nos miramos con el ceño fruncido y nos ponemos de pie para ir a abrir.

No esperamos a nadie, que yo sepa. Nada más hacerlo, uno de los camareros del hotel nos sonríe con mucha amabilidad mientras empuja un carrito metálico con ruedas, repleto de comida y café caliente.

—¿Señorita Giulia Fabbri?

—Sí, soy yo. Pero no he pedido nada del servicio de habitaciones.