Barone (Familias de la mafia 1) 4 #2
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Sus carcajadas retumban a nuestro alrededor, haciéndome reír con él.

Tiene una risa profunda y melódica. Perfecta.

Como sigamos así, vamos a despertar a todos los vecinos, pero me da igual.

Me lo estoy pasando bien. Demasiado bien, de hecho.

Y me encanta. Joder, no debería encantarme tanto porque apenas lo conozco, pero la marea que despierta en mi cuerpo es acojonante.

Seguimos caminando, hablando de tonterías, como si fuera lo más normal del mundo entre los dos. Como si nos conociésemos desde hace siglos. Sin embargo, antes de que nos demos cuenta, hemos llegado a mi hotel y Adriano guarda silencio.

—Pues… ya estamos aquí.

—Hotel Vesubio Mare —lee el nombre en el frontón, situado entre dos columnas de mármol—. Parece un buen sitio.

Lo es. Nuestro hotel es un edificio señorial de cinco plantas de estilo neoclásico, con muros color ocre.

La fachada parece algo desgastada por el tiempo, al igual que los bordes de las cornisas, gracias a la brisa salina.

Sobre la entrada hay tres banderas, la italiana, la de la Unión Europea y la del propio hotel, y para acceder al recibidor, dos amplias puertas de madera oscura que dejan ver el elegante interior.

—Es el mejor hotel en el que he estado. —Sonrío—. Siena es un hacha para estas cosas.

—Vamos, te acompaño hasta tu habitación.

—No es necesario.

—Sí que lo es. —Adriano entrelaza nuestras manos, obligándome a seguirlo—. Me aseguraré de que llegues bien.

—No van a secuestrarme en el descansillo. —Río.

—Por si acaso.

—¿Siempre eres tan mandón?

No responde, se limita a mirarme de soslayo y a sonreír entre dientes. Me lo tomaré como un sí.

—¿En qué planta está tu dormitorio?

—En la cuarta.

—¿Número?

—Cuatrocientos siete. —Resoplo—. ¿Quieres saber también mi talla de sujetador?

—Eso lo averiguaré por mí mismo.

—Eres un chulo —vuelvo a bufar.

Pulsa el botón del ascensor y las puertas se abren de inmediato.

Entonces tira de nuevo de mi mano y nos mete dentro antes de que nadie pueda subir con nosotros.

Cuando las puertas se cierran y quedamos aislados, soy plenamente consciente de lo pequeño que es este sitio.

Adriano ocupa más de la mitad del espacio.

Y todavía tengo que retroceder más cuando da un paso hacia mí, aprisionándome entre su cuerpo y la pared.

Apoya las manos a cada lado de mi cabeza y mi respiración se vuelve trabajosa. Los latidos se me han revolucionado.

—¿No estás demasiado cerca?

—Sí.

—¿Qué se supone que haces? —Sonrío.

—Aprovechar el tiempo. —Pasea las pupilas por mi rostro y se humedece los labios cuando las posa en mi boca—. Podría devorarte aquí mismo, tentazione .

—No te he dado permiso para besarme.

—No lo necesito.

—¿Y por qué no lo haces?

La comisura de sus labios se curva todavía más.

—Porque me vas a besar tú.

—¿En serio? —Trago saliva, a pesar de que tengo la garganta seca de pura excitación. No puedo apartar la vista de su cara, de sus labios, de la forma en la que me sonríe.

Agarra mi barbilla con una mano y jadeo con la seguridad de que va a hacerlo. Sin embargo, no se acerca; sigue mirándome como si quisiese memorizar cada centímetro de mi rostro.

—¿A qué se refería tu amiga con eso de los coños contentos?

Su pregunta me hace reír.

—Siena se ha empeñado en que tengo que follar esta noche.

Dice que mañana desayunaremos juntas con la máscara de pestañas corrida por la cara y el coño contento.

—Me sujeto a su americana. Tenerlo tan cerca está empezando a producirme vértigo—.

Ella… Ella quería que me tirase a alguien esta noche, a cualquier tío que me gustase.

—¿A cualquier tío? —Frunce el ceño. Mi respuesta no le ha gustado—. ¿Tiene más de dos neuronas funcionales en el cerebro?

—No es eso. Siena sabe que he pasado mucho tiempo de sequía y…

—¿Sequía? ¿Cómo que sequía?

—Sexual.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Sequía sexual? —Frunce el ceño—. ¿Tú, en serio?

—¿Tanto te extraña? —Sonrío.

—Joder, sí.

Me humedezco los labios y suspiro mientras jugueteo con la tela de su manga como si nada.

—Llevo una larga temporada sin encontrar a alguien con quien me apetezca… hacerlo.

—Porque no eran más que gilipollas.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Lo sé y punto.

La puerta del ascensor se abre de repente cuando llegamos a la cuarta planta, pero ninguno de los dos nos movemos de nuestro sitio.

Seguimos de pie contra la pared, mirándonos a los ojos, encajonada por su cuerpo y con unas ganas locas de que me bese.

Adriano quiere hacerlo. Yo quiero que lo haga.

Pero ha dejado claro que quien tiene que dar el primer paso debo ser yo.

Así que me pongo de puntillas con suavidad y acerco nuestras caras hasta que su nariz roza la mía.

Por primera vez desde que lo conozco, la sonrisa se le borra de los labios y su respiración se acelera tanto como la mía.

Entonces salvo la distancia que nos separa y junto nuestros labios en un beso suave que logra ponerme la piel de gallina.

No dura más que unos segundos. Pero, en cuanto me separo, me percato de que el pecho de Adriano sube y baja a mucha velocidad.

Traga saliva con el cuerpo crispado contra el mío y niega con la cabeza, como si ya no pudiese soportarlo más.

—Joder, Giulia —susurra entre dientes antes de lanzarse a mi boca, pero esta vez con una fuerza y una intensidad devastadora, consiguiendo que nuestros labios colisionen en un beso salvaje y despiadado al que no puedo resistirme.