Barone (Familias de la mafia 1) 4
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Giulia

Me echo un poco de agua en la nuca y me aseguro de que se me pasa el calentón antes de atreverme a salir del baño.

Hace calor aquí dentro, el vestido se me pega a la piel y se sube a cada paso que doy.

Es de Siena. Casi me obligó a que me lo pusiese y llevo desde que salimos del hotel con la sensación de que se me va a salir una teta.

Sí, no niego que sea precioso. De un satén negro que captura la luz en cada movimiento, bastante corto y con un escote profundo, apenas sostenido por dos finísimos tirantes que parecen más decorativos que funcionales. Pero yo soy más de pantalones vaqueros y tops. No nos engañemos.

Me cruzo con dos chicas que entran al baño y alcanzo el pasillo, que también se encuentra vacío, en el que la música se escucha amortiguada pero bastante fuerte. Empiezo a prepararme mentalmente para volver a ver a Adriano. Y me juro que no voy a comportarme como una tontita blandengue.

—Hey. —Una profunda voz a mi derecha me hace frenar de golpe. Al levantar la mirada, descubro que el hombre que tiene a mi corazón dando saltos mortales desde que lo conozco está junto a la puerta del cuarto de mantenimiento, con un pie apoyado en la pared y los brazos cruzados sobre el pecho.

Su sonrisa es oscura, misteriosa. Como siga mirándome así, voy a acabar tan mojada que iré dejando un rastro de babas a mi paso como un caracol.

Recompongo mi cara de póquer y camino lentamente hacia él, como la mujer segura de sí misma que ahora misma no soy.

—¿Me has seguido?

—¿Por qué huyes de mí? —responde con otra pregunta—. Cada vez que intento acercarme, te me escurres, Giulia.

—No estoy acostumbrada a tratar con hombres tan directos como tú.

Adriano enarca una ceja, extrañado por mi respuesta.

—¿Y con qué clase de mierdas has salido hasta ahora?

—Con chicos normales.

—Gilipollas que no sabían ni dónde estaba su polla, al parecer.

—Camina hacia mí. Se asemeja a una pantera.

Un animal salvaje que ha elegido su presa y tiene la intención de devorar hasta el último de sus huesos.

Sin pretenderlo, retrocedo unos pasos, manteniendo las distancias, hasta que mi espalda choca con la pared—.

Desde que te vi en la galería Umberto, tengo muy claro lo que quiero.

Apoya los brazos a cada lado de mi cabeza, acorralándome entre su cuerpo y la pared, pero sin rozarme.

—¿Y qué quieres? —Si dijera que no me tiemblan las piernas, mentiría—. ¿Qué pretendes conseguir?

—A ti —susurra muy cerca de mi boca—. Nunca había deseado poseer a nadie de esta forma.

—No sé a qué te refieres.

Se ríe entre dientes y me acaricia la mejilla con la mano en la que lleva el tatuaje de la calavera, dejando un ardiente cosquilleo en mi piel.

—No te preocupes, estoy más que dispuesto a explicártelo.

—¿Esto… Esto te funciona con las tías?

—No lo sé, ¿funciona?

No puedo evitar sonreír.

—No te conozco, Adriano.

—Pregunta lo que quieras.

—¿Eres de la mafia?

—Directa al grano, ¿eh? —Se muerde el labio inferior y piensa unos segundos antes de asentir—. ¿Tienes algún inconveniente con eso?

—Estoy cansada de hombres malos.

—El único lugar donde seré malo contigo será en la cama.

—No me acuesto con cualquiera, y mucho menos el mismo día que lo conozco.

—Me alegro. —Sonríe encantado—. Porque yo no soy cualquiera, tentazione .

—Si quieres algo de mí, vas a tener que insistir —lo reto sin que la sonrisa se me borre de los labios. Me siento pequeña a su lado, mi campo de visión se reduce a él, su perfume logra nublarme la mente y su rostro perfecto y masculino mantiene mi corazón acelerado—. No vamos a follar esta noche.

—¿Por alguna manía en particular?

—Necesito conocer a la persona. Esa es mi manía, como acabas de llamarlo. No voy a abrirme de piernas con alguien a quien he visto dos veces, y de casualidad.

—¿Casualidad? —se ríe y me agarra las mejillas con una mano para que lo mire a los ojos. Los suyos son de un marrón tan oscuro que embriaga—. La primera vez, en la galería, sí fue casualidad. Lo de vernos aquí, no.

—¿Me has investigado?

—No me ha dado tiempo todavía. Pero uno de mis hombres ha averiguado quién era la dueña del estand de joyas y el hotel donde estaba alojada.

Me humedezco los labios y paseo la mirada por su rostro hasta que vuelvo a posarla en sus ojos.

—¿Puedo pedirte algo?

—Lo que te apetezca.

—No quiero que me investigues.

—¿Por qué?

—¿Deseas algo de mí? Esfuérzate. Hazlo de la manera tradicional. Como lo haría cualquier hombre con una chica que le atrae.

Mi reto parece gustarle, porque su sonrisa se torna amplia.

Y yo me quedo más tranquila. No quiero que Adriano sepa quién es mi padre de momento.

No sé a qué organización pertenece ni si tienen buenas relaciones con los Barone.

Mezclar temas tan serios cuando ni siquiera nos conocemos me parece innecesario.

Lo más probable es que acabe perdiendo el interés y no lleguemos ni a echar un polvo.

Los hombres como él no se esfuerzan en estas cosas.

Tienen a demasiadas mujeres rondando cerca de sus camas, no lo necesitan.

No calculo el tiempo que pasamos en silencio, simplemente mirándonos, pero cuando Adriano abre la boca para decir algo más, escuchamos risas a nuestra espalda y el sonido de unos zapatos de tacón repiqueteando por el suelo de mármol.

Lo veo fruncir el ceño por la interrupción y, cuando giramos la cabeza para ver de quién se trata, descubrimos a Siena y a uno de sus hombres comiéndose la boca, toqueteándose a lo bestia mientras corren hacia el aseo de mujeres.

Mi amiga se ríe de nuevo y levanta los ojos hacia nosotros con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Giulietta, aprovecha con tu Romeo y recuerda lo de mañana! ¡Coño contento y rímel corrido!

Desaparecen por la puerta del aseo y escuchamos el portazo cuando entran en uno de los cubículos para follar. Parpadeo varias veces, intentando asimilar lo que acabo de ver. Mis ojos coinciden con los de Adriano, quien sonríe, sin ocultar que la situación le ha hecho gracia.

—Deberíamos imitarlos, tentazione .

—¡Cállate! —Me echo a reír y me tapo la cara con una mano antes de preguntar—: ¿Siena va a estar bien con él? Dime que ese tipo no es peligroso, por favor.

—¿Lorenzo? —Niega con la cabeza—. Tu amiga está en las mejores manos.

◆◆◆

Las calles de Nápoles están casi desiertas cuando regreso al hotel, salvo por las dos personas que caminan delante y que llevan una borrachera importante, pues se ríen de forma escandalosa y andan haciendo eses.

Siena no ha venido conmigo. Me ha llenado el teléfono de mensajes disculpándose por dejarme sola y avisándome de que Lorenzo iba a llevarla a su hotel para seguir con su fiesta particular.

Sabía que esto pasaría, pero lo que no imaginaba era con quién.

Eso sí que ha sido una sorpresa. Que se divierta.

Estoy acostumbrada a sus locuras y no me molesta lo más mínimo. Sobre todo porque no estoy sola.

Adriano ha insistido en acompañarme a nuestro hotel y camina a mi lado, relajado pero vigilante, atento a cada pequeño detalle, a cada uno de mis movimientos.

Cada vez que giro la cabeza para mirarlo, me sorprende el halo de poder que lo envuelve.

Es innato, como si hubiera nacido para ser un líder.

Los hombres como él son los más peligrosos para la salud mental de cualquier mujer.

Embaucan con su aspecto, te llevan a su terreno, te embriagan con su voz de mando, con su masculinidad bruta y potente.

Y cuando te quieres dar cuenta, estás perdida.

Mientras camino a su lado, nuestros ojos coinciden de vez en cuando. Bueno, en realidad, él casi siempre me mira. Y yo intento mantener el tipo como puedo.

—¿Eres profesora de música? —pregunta con el ceño fruncido, como si la idea no le gustase en absoluto. No hemos dejado de hablar desde que salimos de la discoteca—. ¿Por qué?

—¿Que por qué soy profesora de música? ¿O profesora en general?

—Ambas. —Niega con la cabeza—. Tú no deberías trabajar, Giulia.

—Sigues hablando como mi padre.

—Tu padre sabe lo que dice.

—Estamos en pleno siglo XXI. Las mujeres somos mucho más que madres, esposas y amas de casa. Hemos luchado muchos años por conseguir la igualdad.

—Lamento decirte que hoy en día estáis más en desigualdad y explotadas que nunca.

Además de la casa y los niños, también tenéis que trabajar de sol a sol.

—Acerca los labios a mi oído—. Cuando me case, no consentiré que mi mujer acabe extenuada cuando tiene a su hombre que debe ocuparse de la mitad de las obligaciones.

—¿Cómo consigues que tus ideas machistas no suenen tan mal? —Me río y le doy una suave palmada en el brazo—. Tienes tanta labia que serías capaz de convencer a la propia Mary Wollstonecraft de que abandonase la filosofía feminista y se pusiera a cocinar.

—¿Y a ti? —Gira la cabeza y me mira sonriente—. ¿Te estoy convenciendo?

—Mmm… No, lo siento.

—Eres más tenaz de lo que creía.

—No todas las mujeres nos dejamos impresionar por una mole guapísima de músculos.

—Conque no te he impresionado. —Se muerde el labio inferior y yo me derrito otro poco—. ¿Y qué debo hacer para impresionar a Giulia Fabbri?

—Me gustan las flores. —Sonrío—. Y los detalles inesperados. Sentirme elegida siempre por mi pareja. Que sepa montar un mueble sin enfadarse. Que se acuerde de mi cumpleaños. Que me diga algo bonito sin que yo se lo pida… No sé, ese tipo de cosas. Tampoco soy tan complicada.

—¿Cuándo es tu cumpleaños? —La sonrisa no desaparece de los labios de Adriano.

—El 3 de agosto. ¿Y el tuyo?

—El 25 de enero.

—¿Eres Acuario? —Hago una mueca—. Terco, independiente y emocionalmente distante.

—¿De dónde has sacado eso? —Me mira horrorizado.

—Astrología.

—¿Crees en esas cosas?

—No mucho, pero ha valido la pena por la cara que has puesto.