Barone (Familias de la mafia 1) 3
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Giulia

Hay personas que nacen para triunfar, como Siena Greco. De esas que salen de fábrica con una estrella en el culo y, hagan lo que hagan, la fortuna les sonríe.

En cambio, luego está el resto del mundo, al que me sumo, que nos limitamos a existir y rezar para que la vida no nos joda de manera extrema.

Caminamos de puntillas para no hacer demasiado ruido, para no llamar la atención, con la esperanza de que la próxima hostia del destino no sea demasiado cruel.

El mundo está muy mal repartido, pero ya estoy acostumbrada a no ser la elegida de los dioses.

Así que, tras levantarnos de nuestras sillas, nos separamos y tomamos caminos distintos.

Yo hacia la barra y ella en dirección al tipo de la galería.

Se lo va a llevar de calle, lo sé. Es la chica más directa, divertida y bonita que conozco; todos caen babeando a sus pies.

El de las gafas de sol no va a ser una excepción.

Y me alegro por ella. Se merece todo lo bueno que le pase.

Conforme me alejo del jardín interior de la discoteca, noto que mi cuerpo se relaja.

No sé qué me ha pasado cuando he vuelto a verlo, pero no me gusta sentirme así: tan nerviosa, temblorosa.

Me sentía estúpida y ni siquiera estaba mirándome a mí.

Lo sé. ¿Por qué iba a hacerlo cuando está Siena a mi lado, que es perfecta?

Al llegar a la barra, hay una cola impresionante.

Aguardo pacientemente a que sea mi turno.

Y espero tanto tiempo que empiezan a dolerme los pies por los tacones.

Son preciosos pero asesinos. Levanto la mano varias veces llamando la atención del barman e intento que me escuche; sin embargo, siempre hay alguien que grita más que yo, o se pone delante echándole mucho morro.

Me dan un par de empujones, intentando colarse, y si no me caigo es porque me sujeto a la barra.

Al levantar de nuevo la mano para llamar la atención del camarero, otro chico se me adelanta y empieza a pedir. Sin embargo, veo que se tambalea hacia un lado al recibir un empujón de alguien que acaba de aparecer a mi lado.

El tipo de las gafas de sol.

Joder.

Trago saliva por la impresión de tenerlo tan cerca y me muerdo el labio cuando compruebo que, en las distancias cortas, es aún más alto, más fuerte y guapo. Y está mirando con ojos desafiantes al chaval que intentaba colarse.

—No es tu turno —brama con voz suave y amenazante, logrando que el otro asienta convulsivamente—. Primero la señorita.

Después, vuelve la cabeza hacia mí y su semblante se suaviza un poco mientras le hace una señal al camarero para que se acerque.

—¿Qué quieres beber?

Cierro la boca para no parecer boba y cojo aire antes de contestar, aunque no sé si seré capaz de articular palabra. Siento sus ojos fijos sobre mí. Son como el fuego helado. Oscuros, letales…

—Eeeh, yo… quiero ron.

Él asiente y le habla al barman con voz de mando, como si el mundo entero estuviese a su servicio.

—Sírvele ron.

—¿De cuál prefieres? —me pregunta el camarero.

—Cualquiera. —Encojo los hombros.

—Ponle el mejor que tengas —sentencia el tipo de la galería.

Mientras el barman me sirve la copa, abro el bolso para sacar la cartera y evito mirarlo de nuevo.

Me pone demasiado nerviosa. ¿Por qué mierda me pone tan nerviosa?

Sí, vale, es guapísimo y tiene un aura de poder muy atrayente, pero no es el primer hombre guapo que veo.

Aunque huela de vicio y su cuerpo parezca una pared inmensa de granito.

—Guarda el dinero, esta la pago yo.

—No, no. —Levanto la cabeza y nuestros ojos coinciden. Mantengo la calma e intento parecer una mujer normal y no un bol de gelatina—. No tienes que invitarme.

—Bien, pero quiero hacerlo de todos modos.

—Ah. —Sonrío con suavidad—. Pues… gracias.

—Eres la amiga de Siena, ¿verdad?

—Sí. —Vale, ahora lo entiendo. Quiere impresionar a Siena y por eso me ha invitado—. Soy yo.

—¿Cómo te llamas?

—Giulia. Giulia Fabbri.

—Yo soy Adriano. —Alarga el brazo esperando a que le estreche la mano, así que lo hago, aunque de forma breve. No quiero que note que me tiembla todo, porque ni siquiera yo sé qué me está pasando—. ¿Eres de Nápoles, Giulia?

—No, de Roma.

—No voy mucho por allí. Pero puede que empiece a hacerlo.

—Sí, ya, bueno, seguro que a Siena le encanta la idea.

—Cojo la copa que el camarero acaba de dejar sobre la barra y le sonrío una última vez antes de dar un par de pasos hacia atrás, tomando distancia.

El corazón se me va a salir del pecho, maldita sea—.

Gracias por invitarme, eres muy amable. Yo…

Esto… Un placer conocerte, Adriano —sonrío nerviosa—.

Pues eso, que me voy. Adiós, supongo. Sí, eso. Adiós.

Doy media vuelta y me alejo de él sintiéndome torpe y estúpida.

«¡Mierda, Giulia, qué despedida más patética!

¡No ha podido ser más lamentable!», me digo a mí misma.

Definitivamente, jamás seré una femme fatale que vuelve locos a los hombres.

Hay mujeres que nacen con ese don; en cambio, yo solo tengo un padre que espanta a los pocos tíos que me resultan interesantes.

Al regresar al jardín, descubro que Siena vuelve a estar sentada en la misma mesa de antes, y me resulta extraño.

Pensaba que continuaría con los amigos de Adriano esperando a que él regrese de la barra para seguir tonteando, pero ya veo que no.

Los dos tipos de negro continúan hablando como si nada, aunque cuando me ven pasar se quedan mirando.

—Pues sí que has tardado en pedir una copa —dice ella nada más apoyo el culo en la silla.

—No te imaginas la de gente que hay. Se me colaban todos.

Por cierto, me he encontrado allí al dueño de tus futuros polvos —respondo, ahora mucho más tranquila.

Hasta puedo bromear—. Se lo está currando.

Se ha presentado y me ha invitado a la copa.

Yo creo que le gustas, quiere caerle bien a tu amiga.

—Me parece a mí que vas un poco desencaminada —se ríe.

—¿Por qué? —Frunzo el ceño—. ¿Y por qué has vuelto tan pronto a la mesa?

—Porque no le intereso.

—¿Cómo lo sabes? ¿Has visto alguna señal en él?

—Una señal enorme con luces luminosas parpadeantes. Cuando he empezado a coquetearle, me ha mirado con asco y me ha dicho: «No me interesas».

—¡No! ¿Así de golpe?

—Sin anestesia.

—Joder. —Creo que es el primer tío que rechaza a Siena—. ¿Y qué le has contestado?

—Nada, me he quedado en blanco. Pero él sí que me ha dicho algo más.

—¿El qué?

—Me ha preguntado por ti.

No sé cómo reaccionar, en serio. Su respuesta acaba de dejarme perpleja. Tengo que volver a beber de mi copa. Noto la boca tan seca como si hubiese comido arena. Miro a Siena a los ojos. Los míos no pueden estar más abiertos por la sorpresa.

—¿Por mí? ¿Qué… qué te ha dicho?

—En realidad, me ha preguntado si estabas casada. Por si tenía que cargarse a tu marido antes de ir a buscarte. —Me da un codazo y se ríe—. Mira por dónde, hoy sí que vas a follar. Y con el hombretón más espectacular del puñetero mundo, ni más ni menos.

Doy otro trago al ron.

—Madre mía. —Estoy alucinando.

—Tienes que tirártelo.

—Joder.

—¡Giulia, mírame! ¡Hazlo por mí y por todas las mujeres que no vamos a poder catar en la vida a un hombre como ese! Tiene pinta de ser un tipo malo, y todas sabemos que los hombres malos son los que mejor follan.

—Ah, ¿sí? —Otro trago.

—Hazme caso, que yo de esto entiendo. Es matemático, una regla de tres. —Observa con disimulo a los tíos de negro de la mesa de enfrente. Después, me susurra al oído—: Seguro que son de la mafia. Me jugaría el clítoris. ¿Qué mafia es la que domina Nápoles?

—La Camorra, creo.

—¡Es que es perfecto, poético! ¡Puede que incluso conozca a tu padre y sea un aliado! ¡Aún mejor: un enemigo de los Barone! ¡Seríais como Romeo y Giulieta!

—En ese libro muere demasiada gente, Siena.

—Sí, bueno, pero sin las muertes, claro. Visualízalo: dos familias mafiosas unidas por un polvo de una noche. Crearíais una alianza. Tu padre estaría tan orgulloso de ti…

—¿Puedes callarte un segundo, por favor? Ni siquiera sé cómo digerir que te haya preguntado por mí.

—Pues más vale que lo digieras pronto, cariño.

—¿Por qué?

—Porque viene hacia aquí.

—¡¿Viene?! —No estoy entrando en pánico, no estoy entrando en pánico—. ¿Para qué viene?

—Lo he invitado a sentarse con nosotras. A él y a sus amigos.

—Traidora —susurro entre dientes justo antes de que una gran presencia ante nosotras me haga levantar la cabeza.

Adriano está aquí, y a su lado los dos tipos que lo acompañan.

Silenciosos, vigilantes, como si estuvieran acostumbrados a desconfiar de todo.

Cuando mis ojos coinciden una vez más con los suyos, los latidos vuelven a acelerarse dentro de mi pecho.

Sobre todo cuando me sonríe y toma asiento a mi lado.

No es una sonrisa inocente, como la que podría dedicarme cualquier amigo; hay cierto erotismo en la forma que tiene de mirarme, en cómo acerca su silla a la mía.

—Ahora sí que lo pasaremos bien —dice Siena, dándoles la bienvenida—. Acabamos de llegar a Nápoles y no conocemos a nadie.

—¿Os quedáis mucho tiempo en la ciudad? —pregunta Adriano con voz grave. Está hablando conmigo, solo conmigo, porque cuando Siena responde, él no le hace ni caso, sigue esperando a que conteste yo.

—Solo este fin de semana —asiento a media voz. Después, termino con el contenido de mi vaso.

—¿Quieres otra copa?

Niego con la cabeza.

—Cuanto menos beba, mejor. Borracha suelo tomar decisiones de mierda.

—¿Qué tipo de decisiones? —Sonríe y apoya el codo sobre la mesa, inclinándose hacia mí, como si mi respuesta fuera la cosa más interesante del mundo.

—La última vez que bebí, acepté hacer de maniquí para un collar de Siena en la galería Umberto.

—¿Eso es lo que estabas haciendo allí cuando te he visto esta tarde?

—Por desgracia. —Encojo los hombros y me obligo a serenarme—. Odio ser el centro de atención. No sabía dónde meterme de la vergüenza.

—Es normal que te miren. Yo no puedo dejar de hacerlo desde que te he descubierto.

—Seguro que no habrá sido por mis habilidades como modelo.

Adriano ríe y se muerde el labio inferior, tirando de él de un modo sensual. Después, pasea la mirada desde mi cara hasta la punta de mis pies.

—Me alegro de que tomases esa decisión de mierda. Si no hubieses venido a Nápoles, seguiría sin saber que existes.

No sé qué contestar a eso. Y tampoco puedo echar mano al alcohol para que la saliva no se me quede atorada en la garganta. Mierda, tendría que haber aceptado esa copa. En cambio, me limito a mirarlo con desconfianza, como se mira a algo que no comprendes en absoluto.

—¿Es verdad que le has preguntado a Siena por mí?

—Es verdad.

—¿Te has interesado en si estaba casada?

—Un hombre tiene que asegurarse de esas cosas.

—Has dicho que habrías matado a mi marido de haberlo tenido. Estarías bromeando, ¿no?

—Depende.

—¿De qué? —Frunzo el ceño.

—De si te vas a asustar con la respuesta.

—¿Eso es un sí?

—¿Si lo fuera, saldrías corriendo?

—No te tengo miedo.

¿Me pone nerviosa? Mucho. ¿Me parece el tío más impresionante que he visto en mi vida? Sin dudarlo. Pero ¿miedo? Rotundamente, no. Cuando se es hija de uno de los mafiosos más violentos de Italia, hace falta más que una amenaza hacia un marido que ni siquiera existe para que me asuste.

—¿Y si te advierto de que deberías tenérmelo? —su voz es suave, profunda, sugerente.

—Te respondería que, quizás, eres tú quien tendría que temerme a mí.

—¿Eres peligrosa? —Sonríe, bordeando el filo de mi vaso con el dedo índice.

—Tengo un padre muy… exigente en cuanto a las compañías que frecuento.

—Si tuviese una hija como tú, también lo sería.

—Es una pena que no os conozcáis, os llevaríais muy bien.

—¿Quién dice que no voy a conocerlo? —Se acerca más a mí—. Estoy a punto de caer en la tentación y raptar a su hija. Creo que lo más noble sería presentarme al menos.

—¿Raptarme? —Sonrío—. Si te atrevieses a hacer eso, serías hombre muerto.

—Me encanta el riesgo.

—Ni siquiera sabes quién soy.

—Te llamas Giulia Fabbri, eres preciosa y te quiero para mí. ¿Qué más debo saber?

—Por ejemplo, lo que pienso de esta situación, ¿no?

—¿Y qué piensas?

—Que estás loco.

—No es una mala respuesta.

—Esto es surreal. Parece una broma de mal gusto.

—Ya, a mí también me sorprende. Es la primera vez que me pasa algo así con una mujer.

—¿Debería sentirme afortunada?

—Deberías.

—Genial. Voy a hacerme un dedo en el aseo para celebrarlo —respondo intentando parecer sarcástica, pero sin poder evitar que esta situación me tenga temblando de excitación y nervios.

Me levanto de mi asiento, alejándome de Adriano, en dirección a los servicios.

Escucho a Siena llamarme a pesar de que la música cada vez suena más alta, pero me obligo a seguir caminando.

En serio, tengo que alejarme de él. Es la conversación más onírica e inverosímil que he tenido en mi vida. Y la más estimulante.

Demasiado para mi propio bien. No sé si estoy igual de loca que él, pero me encanta.

Es que… Dios, la forma que tiene de mirarme, de morderse el labio, de acariciar el borde de la copa, de aceptar que le atraigo.

No había conocido a nadie tan directo en mi vida.

A su lado, mis exnovios me parecen ridículamente insulsos.

Ni siquiera entiendo por qué me molesté en retener a Domenico cuando apenas me atraía.

Supongo que fue para molestar a mi padre.

Me humedezco los labios cuando entro al aseo y me coloco frente al espejo.

Por suerte, a mi alrededor no hay nadie, estoy sola.

Contemplo mi reflejo con atención, intentando entender qué ha visto en mí.

Soy la misma Giulia de siempre. Normal, aburrida, del montón.

No tengo un cuerpo perfecto ni un rostro que levante pasiones.

Soy guapa, sí, vale, y el pelo me brilla esta noche un montón gracias al acondicionador caro de Siena. Pero nada más.

Lo peor de todo es que, aunque la situación debería darme miedo y asco, tengo las bragas empapadas solo de pensar en él. En un maldito desconocido del que solo sé su nombre y que posiblemente pertenezca a una organización criminal similar a la de los Barone.

No tendría que haber bebido.

Voy a dejar el alcohol. O a medicarme. No sé.

Por primera vez en toda mi vida estoy deseando romper la regla de no follar con un hombre en la primera cita, ¡y esto ni siquiera es una cita!

Me da miedo que mi amiga tenga razón. Que no me apeteciera acostarme con nadie en estos tres años de sequía sexual porque los tíos con los que salía no me ponían cachonda de verdad.

Contemplo mi reflejo en el espejo una vez más y admito que, si Adriano sigue insistiendo y comportándose como un simio posesivo y mandón, es posible que acabe desayunando mañana con la máscara de pestañas corrida y el coño contento como Siena quiere.