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Así que me dejo arrastrar, sin quejarme demasiado, hasta que llegamos a la discoteca Flame, situada en pleno barrio Vomero, que, por cierto, está a reventar.
—¡Menudo ambiente! —exclama ella, entrelazando nuestros dedos para no perdernos entre el gentío mientras cruzamos la pista de baile.
Está oscuro, la música suena a tantos decibelios que molesta y recibo miles de pisotones antes de llegar a un amplio patio ajardinado donde, milagrosamente, queda una mesa libre con dos sillas.
Por suerte, la mayoría de la gente está bailando apiñada en la sala.
A nuestro alrededor hay varias parejitas acarameladas, hablando y aprovechando que todavía les queda algún tímpano sano, ya que aquí la música está a un volumen aceptable.
Siena y yo vamos a la barra para pedir algo de beber y tomamos asiento antes de que nos quiten el sitio.
—Bueno, ¿qué te parece? ¿Verdad que es una pasada de garito?
—Está bien. —Señalo la pista de baile—. Pero como siga viniendo más gente, tendremos que salir escalando sobre sus cabezas.
—Como las estrellas de rock. —Me guiña un ojo y da un sorbo a su bebida—. Lo mejor de todo es que aquí hay dónde elegir. ¿Has visto a ese de la camiseta roja? Es guapo, ¿verdad?
—Estaría bien si no fuera puesto de cocaína hasta las cejas.
—¿Cocaína? Pero ¿qué dic…? —se calla al ver cómo saca una bolsita blanca del bolsillo—. Es verdad. ¿Y ese? El de los pantalones pitillo. Tiene un culazo.
—Sí, y novia —me río, señalando a la rubia que se restriega contra su polla.
—Era demasiado perfecto para estar soltero —bufa—. Te encontraremos otro. Seguro que aquí…
—Siena —la interrumpo a mitad de la frase y apoyo una mano sobre la suya—, no voy a acostarme con nadie esta noche.
—Llevas tres putos años sin follar, joder.
—Entonces, serán tres años y un día. No lo haré con el primer tío que se me ponga delante, no estoy tan desesperada.
—Hazlo por mí. —Cuando niego de nuevo con la cabeza, ella resopla—: Eres una aguafiestas.
—Perdón por querer elegir bien al chico al que permitiré que me meta la polla —respondo con sarcasmo.
—Es que le quitas toda la diversión. —Da otro trago a su copa—. Eres como mi madre, pero con treinta años menos.
—Y, aun así, me quieres.
—Pues sí, y a veces no sé por qué —Siena apoya la barbilla en una de sus manos y me mira desilusionada—. Tenía planeada una gran noche para nosotras, ¿sabes?
—No sé si quiero saberlo.
—Tú follarías, yo follaría, y por la mañana desayunaríamos juntas con la máscara de pestañas corrida por la cara y con el coño contento. Y lo mejor de todo, sin que tu padre pudiese impedirlo.
—Haré algo mejor: te acompañaré hasta que conozcas a algún tío que te guste y después me retiraré silenciosamente mientras tú te enrollas con él.
—¿Y qué vas a hacer sola?
—Irme al hotel a dormir.
—A dormir y a rellenar los papeles de la jubilación, señora anciana —bufa—. Y luego dices que no sé… ¡Dios!
—¿Qué?
—¡Joder, mierda! —exclama con los ojos muy abiertos, agarrándose con fuerza a mi brazo—. Pellízcame.
—¿Puedes decirme qué coño te ocurre?
—Giulia, he encontrado al tío con el que quiero follar hoy y el resto de mi vida.
—Ah, ¿sí?
—Disimula y mira a la mesa de enfrente. Es el que está de pie.
Me muerdo el labio inferior para no reírme y giro la cabeza hacia donde señala, para ver a ese hombre misterioso por el que va a dejar las demás pollas para siempre.
Cuando fijo la mirada en dicha mesa, descubro a tres hombres en ella, pero dirijo la mirada al que está de pie, tal y como me ha dicho Siena. Sin embargo, al reconocer a la persona, tengo que agarrarme a la mesa para no caerme de espaldas por la impresión.
El tipo de la galería. El de las gafas de sol.
Habla relajado con los otros dos que están a su lado, mientras sujeta un vaso de tubo entre los dedos.
Sigue vistiendo con ese traje negro que le sienta como un guante.
El cabello perfectamente repeinado hacia atrás y en sus labios esa oscura sonrisa que recuerdo tan bien.
No lleva las gafas de sol y al fin puedo verle los ojos, que son oscuros, rasgados y le dan un aire de perdonavidas que postraría a sus pies a una legión de tías.
Sé que es él. Un hombre así es imposible de olvidar.
Es demasiado… de todo. Demasiado guapo, demasiado alto, demasiado musculoso, demasiado sexi.
Y cuando, de repente, levanta la mirada y sus ojos coinciden con los míos, el estómago me da un vuelco de tal forma que tengo que apartar la mirada, tan nerviosa como nunca. ¿Qué coño me pasa?
—Dime que no es un maldito sueño de hombre —insiste Siena, relamiéndose los labios.
—Está… bien.
—Y una mierda. Es un bombón de los pies a la cabeza, Giulia. —Se muerde el labio inferior y lo mira coqueta—. ¿Debería ir a presentarme?
Me encojo de hombros y asiento, insegura y sin querer volver a mirar.
—Sí, ve y habla con él. Creo… creo que le gustas. Esta tarde lo he visto en la galería Umberto. Y me dio la sensación de que te observaba.
—¡Lo sabía! No deja de mirar hacia aquí. —Se mete varios mechones de cabello detrás de las orejas, se retoca el labial rojo y me sonríe con nerviosismo—. Vale, voy a ir. Con un poco de suerte, mañana desayunaré contigo recién follada y con una sonrisa que me ocupe media cara.
Río y niego con la cabeza, porque con Siena es imposible no hacerlo. Se levanta de su silla recolocándose el vestido, y yo hago lo mismo, pero no para ir con ella hacia el tío bueno de las gafas de sol, sino en dirección contraria.
—En un rato me cuentas, voy a la barra a por otra copa.
—Deséame suerte, Giulia. Ese hombretón todavía no sabe la que se le viene encima.