Barone (Familias de la mafia 1) 2
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Giulia

Definitivamente, nunca sería una buena modelo. Mi metro cincuenta y ocho de estatura, mis cartucheras rebeldes y la maldita incomodidad cuando soy el centro de atención, lo avalan.

Llevo dos horas sentada en un taburete, en el estand de la joyería de los Greco, mientras Siena explica a los posibles compradores lo maravilloso que es su nuevo collar.

El que llevo puesto alrededor del cuello, por cierto.

No sé en qué momento dije que sí a esto.

Bueno, sí lo sé. Estaba medio borracha, y cuando bebo nunca tomo buenas decisiones.

Debería tatuármelo para que no se me olvide: alcohol más decisiones igual a caca.

Seguro que me evita muchas situaciones embarazosas como esta.

Me duele la cara de sonreír y debe notarse a la legua que es una sonrisa falsa.

La parte buena es que el sitio es una pasada.

Nunca había venido a la galería Umberto.

Es como un palacio en medio de Nápoles. Su cúpula de hierro y vidrio es inmensa, recoge el murmullo del gentío que pasea por su interior.

A nuestros pies, las baldosas dibujan estrellas y constelaciones, como si caminases por un cielo invertido.

Su belleza neoclásica contrasta con el caos napolitano.

Es un lugar precioso, pero ahora mismo la incomodidad de tener decenas de ojos puestos en mi cuello desinfla todo lo demás.

—Eh, respira —susurra Siena a mi lado, dándome un suave codazo en el costado. Volvemos a estar a solas al fin—. Te estás poniendo morada.

—¿Falta mucho para terminar? —susurro entre dientes sin dejar de sonreír.

—Dos horitas.

—No me jodas, Siena.

—Pero si estás monísima con mi collar.

—Odio ser el centro de atención. Tengo el cuerpo tan rígido que me duele.

—Luego contrato a un gigoló para la cena y que te relaje. Por arriba y por abajo.

—Vete a la mierda.

—No me digas que no es una buena solución. Un tío bueno dispuesto a hacerte de todo por un módico precio.

—¿Tan desesperada parezco?

—No es desesperación, cariño, es aprovechar las facilidades de la vida. Quizá contrate a uno también para mí. —Se da varios golpecitos en la barbilla—. O podríamos aprovechar al tuyo y sacarle el jugo entre las dos. Alquilar a un hombre es caro.

—Dime que no estás pensando en compartir porque vomito ahora mismo.

—Seríamos una trieja increíble.

—En serio, cállate. —Pero no puedo dejar de reír—. Ni siquiera sé qué es eso.

—Una pareja de tres. Tienes que modernizarte, Giulia. Te has quedado antigua.

— Tradicional es la palabra.

—Yo diría más bien aburrida, si con tradicional te refieres a follar haciendo el misionero.

—Me refiero a no contratar gigolós para echar un polvo.

—Pues deberías pensártelo —sugiere, recolocándome el collar—. Estamos en el puto Nápoles. Es tu oportunidad de quitarte las telarañas del coño sin que tu padre se entere.

Me muerdo el labio inferior y la miro.

—¿Sabes que sugirió presentarme a un hombre para que me case con él?

—Estás de coña. —Se ríe.

—No, no lo estoy. Para Riccardo Barone no hay relación posible entre ambos sexos si no es con un anillo de por medio.

—¿Crees que intentará convencerte de que te cases cuando vayas a verlo en vacaciones?

—Espero que no, porque cojo las maletas y me largo.

Apoya la cadera en el estand de cristal en el que expone las demás joyas y me mira sonriente.

—Todavía no me creo que te vayas a Bari.

—Ya, a mí también me cuesta digerirlo.

—¿Estás nerviosa por conocer al fin a tu familia?

—Un poco. Y no sé si llegaré a considerarlos como tal. La única familia que he conocido desde que nací son mis tíos maternos. Para mí, ellos son mis padres.

—¿Qué opinan de que te vayas con los Barone una temporada?

—Respetan mi decisión, pero sé que no les gusta. La mafia solo ha traído problemas a sus vidas.

—Te tienen a ti, y tú no eres un problema, dudo mucho que piensen eso.

—Pero perdieron a mi madre. Ella huyó aterrorizada.

—Giulia, tu madre no era una buena persona. ¿Qué clase de madre abandona a su bebé en casa de su hermana y desaparece para siempre, sin importarle lo que le ocurra a esa criatura?

—Tenía miedo.

—Le dio igual que el hombre del que huía te encontrase. Y vaya, te encontró. Y no te mató, sino que se ocupó de que no te faltase de nada.

—No puedo odiar a mi madre sin conocer sus motivos.

—Te entiendo, pero entonces tampoco deberías ser tan dura con Riccardo Barone. Podría haber sido un padre ausente, en cambio, se preocupa por ti.

No puedo contradecirla porque tiene razón. Mi padre ha estado presente en mi vida desde que tengo uso de razón. Quizá no todo lo que a mí me hubiese gustado, pero me hace saber que soy importante para él.

—Oh, Dios, ponte recta, viene más gente —me avisa Siena, dándome otro codazo en las costillas—. Sonríe.

—Si sonrío más se me va a caer la boca al suelo.

—Parece que llevas un palo metido por el culo. ¡Relájate!

—Si fueras tú quien estuviese expuesta como un mono, no te reirías tanto —bufo.

Siena no me responde porque varias personas acaban de llegar al estand y observan el collar de mi cuello con mucho interés.

En realidad, es una pieza preciosa. Está compuesto por una fina cadena de oro blanco de 18 quilates, pulido hasta lograr un brillo sedoso.

Aunque la verdadera protagonista es una esmeralda colombiana tallada en forma de lágrima y rodeada por un halo de microdiamantes que intensifican su resplandor.

Mi amiga habla con ellos de orfebrería y diseño.

Explicación que ya sé de memoria, por cierto, de haberla escuchado cien veces durante estas dos horas.

Así que pongo la mente en blanco y fijo la mirada en la tienda de lujo de enfrente, donde hay expuestos varios trajes masculinos de Armani.

Necesito disociar de la realidad, intentar relajarme y olvidar que soy el centro de atención.

Entonces, los veo.

Frente a nosotras pasa un grupo de hombres vestidos de negro, con actitud dominante y chulesca, que apenas se molesta en prestar atención a lo que hay a su alrededor.

Son cinco. Caminan como si fueran en formación militar, en cuña, y el que va primero, además de ser un gigante con gafas de sol cubriendo sus ojos, lleva un teléfono al oído al que habla con mucha seriedad.

Por su vestimenta, podrían pasar por ejecutivos, pero no lo son.

No actúan como tal. Uno de ellos incluso lleva un sombrero.

Cuando miro mejor al de las gafas de sol, me doy cuenta de que es joven.

No tendrá más de ¿treinta? Su pelo es negro, grueso, repeinado hacia atrás.

Tiene el cuello completamente tatuado. Sus altos pómulos marcan un rostro sexi y anguloso, esculpido con una fuerte masculinidad; labios gorditos, estirados en una mueca de desagrado, y el mentón cuadrado con un descarado hoyuelo que le da un aire desafiante.

El traje negro le queda perfecto. Se le ajusta al cuerpo como si estuviese confeccionado a medida. Seguro que lo está, me jugaría un pie. Y en la mano con la que sujeta el teléfono lleva tatuada una calavera.

Me obligo a cerrar la boca para no parecer estúpida, porque no puedo dejar de mirarlo embobada. Desprende un halo de poder que no me deja apartar los ojos.

Aunque, de repente, algo cambia.

El tipo gira la cabeza en un acto reflejo y mira hacia nuestro estand mientras sigue hablando por teléfono.

Pasa la mirada por las joyas expuestas y levanta la cabeza hacia donde estamos Siena y yo.

Entonces, frena de golpe, logrando que los cuatro hombres que van tras él tengan que hacerlo para no chocar.

Me remuevo más incómoda en el taburete al darme cuenta de que no deja de mirar hacia aquí.

Se ha quedado quieto, casi petrificado. Se quita el teléfono de la oreja y se lo guarda en el bolsillo del pantalón, a la vez que una sonrisa sibilina curva sus labios.

No sé qué mira, o a quién. Las gafas de sol no me permiten verle los ojos.

A continuación, levanta la mano derecha y con los dedos índice y corazón llama a uno de sus hombres, el cual se adelanta y se pone a su lado.

Él le habla al oído sin apartar la mirada de nuestro estand en ningún momento.

El otro asiente y vuelve a su posición como un militar perfectamente instruido.

El tipo de la calavera en la mano sonríe de nuevo como si hubiese algo que le causase una gran satisfacción.

¿Qué mira? ¿El estand con las joyas? ¿A Siena?

¿A mí? ¿A las personas que observan el collar que llevo en el cuello?

Ni idea, porque, tras un par de segundos en los que me cuesta incluso respirar con normalidad, gira de nuevo la cabeza y reanuda la marcha por la galería, alejándose, seguido por los otros hombres de negro.

Como si nada. Como si esto nunca hubiese sucedido.

◆◆◆

Doy gracias a los dioses nórdicos, a Batman y a la Pachamama cuando la tortura termina por fin. Siena y yo volvemos al hotel para cambiarnos e irnos a cenar, mientras su equipo desmonta el estand y se lleva las joyas de regreso a Roma, junto con los pedidos conseguidos en la galería.

Según mi amiga, ha sido un rotundo éxito.

Me alegro por ella. Y por mí, porque es un alivio relajarme al fin; sin embargo, me duele la espalda por la rigidez con la que estaba sentada en ese maldito taburete.

Y el cuello. Si hay dos cosas que ahora mismo tengo claras en la vida es que somos polvo de estrellas, pero con facturas, y que jamás volveré a dejarme convencer para acompañar a mi amiga a otra feria de joyas, esté lo borracha que esté.

A las doce y cuarto, pagamos la cuenta del restaurante y caminamos por el centro de Nápoles en busca de algún garito donde bailar y tomarnos alguna copa antes de regresar al hotel.

¿Me apetece? No. Estoy agotada y me encantaría meterme en la cama para dormir cien horas, pero ¿quién soy yo para chafarle a Siena la ilusión de encontrarme a un hombre con el que follar esta noche, aunque ambas sepamos que eso no va a ocurrir?