Barone (Familias de la mafia 1) 1
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Giulia

Como cada noche de jueves, me reúno con mi amiga Siena en el restaurante que hay bajo su edificio, en uno de los laterales de la plaza Navona, para cenar juntas y quejarnos de nuestra semana de mierda con una copa de alcohol bien cargada en la mano.

Es un ritual al que nunca faltamos. Lo más parecido a ir a terapia, pero sin tener que pagarle a un desconocido al que no le importa si nuestra vida se va al garete de forma estrepitosa.

A Siena sí le importa. Me escucha y me da cientos de consejos a los que nunca hago caso.

Pero me quiere igual. Supongo que la amistad es eso: aceptar, respetar y querer a una persona de forma incondicional a pesar de que su estabilidad emocional y psíquica esté al borde del colapso y no sepa manejar las riendas de su vida sin cagarla aún más por el camino.

—Tienes mala cara —comenta, empujando sobre la mesa un margarita con sombrilla incluida en cuanto tomo asiento frente a ella. Hago una mueca lastimera con los labios al tiempo que me lo llevo a la boca.

Hace una noche bastante cálida, estamos a principios de junio y es agradable sentarse en las terrazas de los restaurantes y no congelarse de frío.

—Mi vida es una mierda —sentencio, apoyando la espalda en el asiento.

—Ya, como la de todos.

—No, pero la mía más.

—Todos los jueves dices lo mismo.

—Después de quince años de amistad, deberías empezar a creértelo, ¿no?

Siena y yo nos conocemos desde que íbamos al colegio.

Creo que es la única amiga que me queda de esa época, porque las demás acabaron alejándose de mí cuando a sus familias les llegó el rumor de quién era mi padre.

A mis veinticuatro años, puedo contar con los dedos de una mano a mis verdaderas amistades. Y aún me sobrarían dedos.

Siena es descendiente de una dinastía de joyeros y relojeros, cuya tienda lleva abierta desde hace más de un siglo en el centro de la ciudad.

Fue una estudiante pésima, abandonó la universidad sin acabar la carrera y ahora se dedica al negocio familiar, aunque con mucho más éxito que sus antecesores.

Siena Greco es una de las diseñadoras de joyas más aclamadas del país a pesar de no tener ni treinta años. Su caché y popularidad subieron tan rápido como su cuenta corriente.

Es alta, preciosa, elegante y tiene un rostro redondo y dulce que no concuerda para nada con su personalidad explosiva.

—Venga, cuéntame, ¿qué ha pasado? —se interesa, inclinando el cuerpo hacia adelante.

—Domenico me ha dejado.

—¿Tu padre otra vez?

—No sé ni para qué preguntas.

—Joder. Esta vez ha vencido su propio récord —suspira—. El último tío con el que saliste duró un mes antes de que Riccardo Barone metiese sus zarpas en vuestra relación.

—¿Tú crees que mi padre me odia?

—Lo que creo es que es demasiado protector.

—Voy a acabar vieja, sola y rodeada de gatos. Ya lo estoy viendo.

—No seas exagerada, Giulia. Además, ni siquiera tienes gato.

—Llevo sin echar un polvo casi tres años.

—¿Y eso también es culpa de tu padre?

—Es que no me da tiempo a conocer bien a nadie.

—Una excusa de mierda —me contradice tras dar un sorbo a su cóctel—. Si alguno de ellos te hubiese gustado para follar, no habría hecho falta más que un par de miradas y un condón.

—Yo no soy así, Siena.

—Todas somos así cuando queremos sexo. Si no te has acostado con Domenico ni con los otros que vinieron antes de él, fue porque no te ponían cachonda.

—Eran muy buenos chicos.

—Entonces deberías conocer a algún malote, a ver si despierta tu lado zorrón. Un boxeador con la nariz reventada que la meta como un gorila hambriento. O un pandillero con una cruz tatuada en la mejilla que te folle con un cuchillo entre los dientes.

—Gracias por la sugerencia, pero no. —Me cruzo de brazos—. Con mi padre y mis hermanos ya tengo el cupo completo de hombres malos en mi vida.

—Entonces, seguirás otros tres años sin probar una polla.

—¿De verdad lo crees?

—Podría jurarlo.

Expulso el aire de un suspiro por la nariz y apoyo los codos en la mesa, sin dejar de mirar a mi amiga, quien acaba de levantar la mano y llamar al camarero para que nos traiga otros dos cócteles.

—Me he desinstalado la aplicación de citas.

—Giulia, cariño, ahí solo hay pringados. Los tíos interesantes de verdad no se pasan las horas muertas mirando perfiles de chicas tras una pantalla.

—Y, además, no soporto a mi padre.

—Ya, eso dices siempre.

—No sé qué espera de mí. Nos vemos un puto día al año y se cree con el derecho de dirigir mi vida y mis relaciones.

—¿Has hablado con él?

—No, no lo he llamado.

—Hoy es jueves, los jueves siempre habláis.

—Pues que espere sentado. No puede meterse en mi vida de esta forma.

—Lo hace porque se preocupa por ti.

—Si eso fuera verdad, no me habría dejado al cuidado de mis tíos desde que nací.

—Doy el último trago al cóctel antes de que el camarero nos traiga el nuevo—.

Gracias. —Luego miro a Siena con hastío—.

No he pisado su casa de Bari nunca, puedo contar con los dedos de las manos las veces que he visto a mis dos hermanos mayores, no conozco a su familia.

Los Barone son desconocidos para mí. Sé que tengo tíos, tías, primos.

Pero yo no existo para ellos. Dudo mucho de que mi padre les haya hablado de mí.

Soy un vergonzoso secreto al que mantiene lejos de su perfecta vida de mafioso.

—Porque tu madre fue la amante, cariño. Hay personas que están demasiado chapadas a la antigua.

—¿Y tengo yo la culpa?

—De nada. —Apoya su mano sobre la mía.

—Si mi padre no me visita más es por su mujer. Vittoria no puede ni verme. Me culpa de que su marido le fuese infiel con mi madre. Para ella soy el anticristo.

—Pues que se aguante, porque Riccardo Barone te quiere. Te ha mantenido, pagado tus gastos y estudios desde siempre. ¿Y qué me dices de la cuenta corriente a rebosar de dinero que te regaló cuando cumpliste dieciocho?

—No la he tocado. No puedo hacerlo.

—Pues deberías. Deberías gastarte todo ese dinero, viajar y dejar de pensar tanto.

—¿Y dónde iba a ir?

—Conmigo —sentencia con la sonrisa más amplia que pueden soportar sus labios—. Ven a pasar el fin de semana a Nápoles.

Frunzo el ceño y me humedezco los labios antes de dar otro sorbo al margarita. El alcohol empieza a marearme un poco.

—¿Qué se me ha perdido a mí en Nápoles?

—Hay una feria de joyería en la Galería Umberto.

Podrías acompañarme. Solo serán un par de horas, te lo prometo, y luego saldremos a divertirnos por ahí.

Nos desmadraremos, beberemos, conoceremos a gente interesante…

y te empujaré sin piedad hacia el primer tío bueno que llame tu atención, a ver si con un poco de suerte te caes sobre su polla.

—¡Siena! —exclamo sin parar de reír.

—Además, me vendría muy bien tu cuello para la feria. —Pone morritos suplicantes—. Podrías lucir el collar nuevo que he diseñado. El Aurora.

—No sé. Me apetece encerrarme en casa para lamentarme, ponerme hasta el culo de alcohol y desear mi muerte, hasta que no tenga más remedio que volver a trabajar al colegio el lunes.

—Es un planazo: alcohol y suicidio —ironiza, enarcando las cejas—. Pero vas a tener que dejarlo para otro fin de semana, porque te vienes conmigo a Nápoles. Estás oficialmente secuestrada.

◆◆◆

Llego a casa a las once de la noche y me cuesta tres intentos meter la llave en la cerradura. Voy bastante borracha. Las salidas con Siena siempre acaban igual, y debo decir que hoy la necesitaba como el respirar.

Cierro la puerta cuando consigo entrar y me apoyo en la pared colindante, intentando que todo lo de mi alrededor deje de dar vueltas.

Debo conseguir llegar a mi dormitorio sin acabar cayendo de boca contra el suelo.

Mañana tengo que trabajar. Mis niños no se merecen que su profesora de música llegue con una resaca de caballo.

Ni tampoco me lo merezco yo, ya que tendré que soportar los pitidos de las flautas dulces durante cinco horas mientras finjo buena cara.

Camino despacio apoyándome en las paredes y, cuando llego a mi cama, me dejo caer en ella sin preocuparme siquiera de quitarme los zapatos. Dormir con pijama y desmaquillada está sobrevalorado. Mañana me tocará cambiar las sábanas, pero ahora mismo no podría mover ni un músculo más.

Me quedo dormida casi al instante y no despierto hasta que el sonido de mi teléfono comienza a taladrarme el cerebro.

Cuando miro el reloj, resoplo, porque son las dos de la madrugada. Después, me limpio el hilo de baba que moja mi barbilla y leo en la pantalla quién demonios llama a estas horas. Al descubrir el nombre de mi padre, pongo los ojos en blanco.

Sabía que llamaría, pero pensaba que lo haría por la mañana. La parte buena es que tengo la cabeza un poco más despejada. Hablar borracha con un mafioso por teléfono no es lo más inteligente, por muy padre mío que sea.

—Estas no son horas —gruño nada más pulsar el teléfono.

—¿Estabas durmiendo? —La voz de mi padre es grave, la de un capo omnipotente y todopoderoso, por eso siempre me hace gracia cuando se pone cariñoso—: No quería despertarte, principessa .

—Sabes que mañana tengo que trabajar.

—Pues déjalo, no lo necesitas. Eres la hija de Riccardo Barone.

—Sí, papá, sí lo necesito. No puedo estar encerrada en casa todo el día.

—¿Por qué no?

—Porque me moriría de aburrimiento.

—¿Has salido hoy también con Siena Greco como cada jueves?

—Sabes que sí.

—No me gusta que bebas, una Barone debe tener la mente clara en todo momento.

—Gracias a Dios que llevo el apellido de mi madre, porque los Fabbri bebemos cuando nos da la gana.

—Giulia, puedes llevar el apellido que quieras, pero siempre serás mi hija.

—Ya, por desgracia —rumio en voz baja.

—Oye, ¿por qué no me has llamado? He estado toda la tarde esperando a que sonase el teléfono.

—Estoy enfadada contigo.

—¿Conmigo? —su voz suena asombrada.

—Sí, así que deja de meterte en mis asuntos.

—¿Estás enfadada por lo de ese contable con el que te estabas viendo?

—Se llama Domenico.

—Ese gilipollas no le llegaba a mi niña ni a la suela de los zapatos.

—¡Bueno, pero es mi decisión!

—Y la mía, y la mía.

—¡Tengo veinticuatro años! ¡Si no dejas de espantar a los hombres con los que salgo voy a acabar sola y amargada!

—¿Mi angioletta quiere un hombre? Yo te presentaré al indicado para que te cases.

—¡No pretendo casarme! ¡Quiero divertirme! ¡Salir, bailar, follar!

—¡Por el amor de Dios, Giulia! Un padre nunca debería escuchar esas palabras en la boca de su pequeña. Una buena mujer italiana se guarda para su marido.

—Los tiempos han cambiado.

—Los Barone damos valor a la moralidad.

—¡Deja de decir eso! ¡No soy una Barone! ¡No conozco a tu familia, me has mantenido escondida como si tuviera la peste, solo te dignas a visitarme un puto día al año, papá! ¿Ellos me conocen? ¿Saben que existo?

Durante unos segundos, guarda silencio.

—Tus hermanos te conocen, eso es lo importante.

—Ya, ¿y la demás familia? ¿Les has hablado siquiera de mí?

—Saben que existes.

Suspiro hondo y cierro los ojos, notando un nudo en la garganta. No puedo evitarlo aunque intente hacerme la fuerte.

—¿Sabes qué? A la mierda. Te voy a decir lo que pienso. —Inspiro—. Todos estos años me has hecho sentir que no valgo lo mismo que mis hermanos, que te avergüenzas de mí.

—Giulia, no digas estupid…

—¡Déjame acabar! —exclamo con desesperación—.

Siento que no soy más que una molestia, que me das dinero y me lo pagas todo para comprar mi silencio, para que tu bastarda no se presente en la puerta de tu mansión y estropee tu vida perfecta.

Pero lo que estás haciendo es destrozarme.

Me haces sentir que no valgo lo suficiente y que solo soy un estorbo que quieres tener encerrado, aislado del mundo, para que no haga nada que manche tu inmaculada dignidad frente a esa gentuza con la que trabajas.

—¿Eso es lo que piensas de mí? —su voz suena solemne.

—Es lo que me has demostrado.

Mi padre se queda en silencio, pensando. Quizás he sido demasiado dura con él, pero tenía que soltar todo lo que llevo dentro. Son demasiados años sintiéndome la última mierda en su vida.

—Bien, bambina mia . Te demostraré que estás equivocada. Haz las maletas, porque te vienes a casa.

Durante los siguientes segundos me quedo sin habla. Habría esperado cualquier respuesta menos esta. Abro la boca varias veces antes de conseguir articular palabra.

—¿Qué has dicho?

—Que vas a venirte a vivir conmigo.

—Pero…

—Mañana les diré a tus hermanos que vayan a por ti. Haré que limpien tu habitación para que esté perfecta cuando llegues a Bari.

—No… No puedo irme, papá. Aquí tengo una vida, tengo un trabajo y…

—Déjalo.

—¡No voy a dejar el colegio! Quedan quince días de clases antes de las vacaciones de verano, no lo abandonaré cuando está a punto de acabar el curso.

—Entonces, haré que vayan a por ti el último día de clase.

—¿Te estás quedando conmigo?

—Estoy hablando muy en serio. No tenía ni idea de que te sentías así. Lo remediaré.

—Papá, no voy a dejar Roma para irme a vivir a Bari.

—Pues pasa las vacaciones de verano con nosotros. ¿No querías conocer a la familia? Los conocerás como que mi nombre es Riccardo Barone. Principessa , tú no eres menos que nadie, y mucho menos una molestia.

Una suave sonrisa curva mis labios. Se me ha caldeado el corazón con esas simples palabras. Mira que soy facilona, joder.

—Bueno… Yo… no sé si me quedaré todas las vacaciones. Pero sí iré a visitarte un par de semanas.

—Bien, es un buen comienzo —asiente conforme—. ¿Qué día acaban las clases?

—El 22 de junio.

—Tus hermanos irán a por ti ese día. Ten las maletas preparadas para entonces.