Barone (Familias de la mafia 1)
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PRÓLOGO
—¿Vas a dejarme? ¿Estás de coña?
Ser hija de un mafioso está sobrevalorado.
Lo digo en serio. Es una gran mierda que no le deseo a nadie, ni a mi peor enemigo.
Es cierto que tiene su parte positiva: el lujo, el dinero sin límite y la protección.
Pero también una parte horriblemente mala; como que ese mismo dinero hace aflorar la masculinidad débil de la mayoría de los tíos que conozco, y la vigilancia extrema a la que estamos sometidas las mujeres toda nuestra vida.
A veces, daría lo que fuera por ser una chica normal, y no la hija bastarda de Riccardo Barone, el maldito capo de la Sacra Corona Unita.
Y aunque hoy en día la organización está bastante debilitada por la policía, los Barone siguen dominando la región de Puglia, repartidos en violentos clanes que se dedican a la extorsión, el control marítimo y las apuestas ilegales.
Abandono mis cavilaciones y sigo con la mirada a Domenico, el chico con el que salía hasta hace un minuto.
Camina de un lado a otro por el salón de mi apartamento con el rostro desencajado y profundas arrugas en la frente.
Está demasiado taciturno, no es propio de él, y me preocupa que hable en serio y quiera dejar de verme.
—No me has contestado —insisto, dando un paso hacia él.
—No te me acerques, Giulia —advierte, volviendo a guardar las distancias. En sus grandes ojos azules veo reflejados el miedo y la desconfianza—. Eres de la puta mafia.
—El de la mafia es mi padre —me defiendo con un bufido.
—¿Acaso no es lo mismo?
—Pues no. Yo no tengo nada que ver.
—¡Eres una Barone! —exclama acusador, como si pronunciar ese apellido fuera invocar a Satanás—. Me ocultaste tu verdadera identidad.
—Joder, Domenico, ¿qué pretendías que te dijera el día que nos presentaron?: «¿Hola, me llamo Giulia y mi padre es un capo criminal de Bari?».
—¡Pues sí, maldita sea, algo así! —Se lleva las manos al cabello castaño y niega con la cabeza, sin dejar de andar en círculos.
—¿Puedes tranquilizarte?
—¡No, no puedo! ¡Me gustabas mucho! —Me mira con una mezcla de pena y rechazo—. ¿Por qué coño tienes que ser una de ellos?
—¡Eh, mírame! No pertenezco a la organización, ¿vale? Y tampoco tengo el apellido Barone. Me llamo Giulia Fabbri, vivo en Roma desde que nací y veo a mi padre una vez al año. Apenas tenemos contacto.
—¿Crees que eso arregla algo?
—No voy a obligarte a que tengas una estrecha relación con él, ni que te comportes como el yerno perfecto. Solo llevamos saliendo dos malditas semanas. Esto es entre tú y yo.
—Era —sentencia con decisión y una mueca de hastío en los labios que no me gusta en absoluto. Es la que pone frente a sus empleados en la oficina; conmigo jamás, hasta ahora—. No somos nada. Ya no. Hemos terminado.
—Pero ¿por qué? —insisto sin rendirme. Casi no quedan hombres como Domenico en el mercado.
Es lo mejor que he encontrado hasta la fecha.
Guapo, divertido, educado, con un trabajo estable, no toma drogas.
Es el tío más centrado y decente de toda Roma—.
Merezco una oportunidad. Yo no tengo la culpa de ser la hija de quien soy.
—Yo tampoco la tengo, Giulia —replica con voz tensa—. Y tampoco merezco que nadie venga a amenazarme a mi casa para que me aleje de ti.
—¿Te han amenazado? ¿Quién?
—Se presentó como Alessandro. Un psicópata de tu familia que se coló en mi apartamento. Me advirtió que te dejase en paz y después se comió todo lo que tenía en la nevera.
El pozo sin fondo de Alessandro Barone. Mi medio hermano.
El primogénito de mi padre y el que últimamente se dedica a joderme la existencia.
Juro que lo mataré en cuanto lo tenga delante.
Papá se habrá enterado por alguno de sus perros espía de que salgo con Domenico y lo ha enviado para espantarlo. Mierda.
Un hondo suspiro escapa de mi garganta mientras intento que no siga alejándose de mí.
—Oye, pero no tienes que hacerle caso, ¿vale? Fue solo una advertencia vacía, no va a hacerte nada.
—¡Me puso una puta pistola en la boca y me obligó a bailar la tarantela mientras le juraba que me alejaría de ti!
—Oh. —Es lo único que puedo contestar.
—Aprecio mi vida, Giulia, y apenas te conozco como para jugármela contra una maldita mafia.
—Así que vas a rendirte.
—¿Crees que puedo hacer otra cosa, joder?
—¡Vale, pues vete! No sé por qué sigues aquí cuando estás tan cagado de miedo.
—Para ti es muy fácil decirlo, es tu familia, no van a hacerte nada.
Aprieto los labios con fastidio porque, aunque me gustaría gritarle, llamarle cobarde y mil burradas más, sé que tiene razón.
Llevamos viéndonos quince días, apenas nos hemos dado un par de besos.
¿Por qué va a arriesgarse a que le metan un balazo por mí?
Mis ojos coinciden con los de Domenico. Me jode que se acabe lo nuestro, pero no siento por él nada más que atracción.
—Si esa es tu decisión, cierra la puerta al salir.
—Me habría encantado seguir conociéndote, Giulia. Te lo juro.
—Sí, ya, que te vaya bien.
No responde, se limita a asentir. Me mira de arriba abajo con sus expresivos ojos azules antes de dirigirse hacia la puerta, dándome la espalda. Sin embargo, antes de alcanzar el pomo, se gira una última vez.
—Oye, Giulia. ¿Me harás un favor?
—¿Qué quieres? —rumio entre dientes porque me imagino lo que va a pedirme.
—Llama a tu padre y dile que ya no estamos juntos, que he obedecido su orden. No quiero volver a encontrarme a más familiares tuyos en mi casa.
Se va. El apartamento se queda en silencio cuando Domenico sale de mi vida para siempre.
Sabía que esto pasaría tarde o temprano, pero no quiero darle más vueltas de lo necesario.
Así que me pongo los auriculares inalámbricos y salgo a correr un rato. Es eso o destrozar mi apartamento para soltar la rabia que me encantaría descargar sobre la maldita familia Barone.