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Epílogo

Aitana

E l ruido llega antes de cruzar la puerta.

Las risas, las voces superpuestas, dos personas que discuten seguro que por alguna tontería que ninguno sabe quién la empezó.

Un portazo, el olor a bizcocho de limón mezclado con el del café o el ladrido de Antonia, la nueva perra de Joan.

Una teckel marrón preciosa que Javier y Nerea decidieron regalarle en Navidad.

Javier no lo sé, pero mi hermana ya se está arrepintiendo, y eso que la pobre perra solo lleva siete días viviendo con ellos. Pero es un trasto. Muy juguetona y una obsesionada de la comida.

Se comió media empanada de pisto de Nerea el día de Nochebuena. Pensándolo, puede que ese sea el motivo por el que le ha cogido un poco de tirria al pobre animal.

Empujo la puerta principal de El Mirador de Ribamar sin dejar de sonreír. El calor me envuelve al instante haciendo que suelte un suspiro de puro alivio. Estoy acostumbrada al frío de aquí, pero hoy hace tanto que no me noto los dedos de los pies.

Me quito el gorro, la bufanda, el abrigo y los guantes mientas avanzo hasta el salón principal, que está pegado a la recepción. Las luces del árbol de Navidad se reflejan sobre la nueva madera del suelo como si de un arcoíris de tonos verdes, azules, naranjas y amarillos se tratase.

Mi familia corretea de un lado a otro ajena por completo a que ya he llegado, pero no me importa. Así aprovecho para mirarlo todo con calma.

Ayer acabaron de reformar el hotel. Tardaron unas semanas más de las previstas, pero era algo con lo que ya contábamos.

Sonrío. Solo hay una palabra para describir cómo ha quedado: espectacular.

Han respetado casi todo lo que ya era El Mirador, pero devolviéndole el brillo que hacía años había perdido.

La fachada de piedra sigue siendo la misma, imponente frente al jardín, como si nunca hubiese ocurrido nada.

Las vigas de madera del techo se restauraron una a una y vuelven a cruzar el salón principal como lo han hecho toda la vida, solo que ahora el color miel barnizado refleja la luz cálida de las lámparas y lo hace parecer todavía más acogedor.

El suelo cruje menos al caminar y las paredes blancas hacen que entre mucha más claridad por los ventanales.

Conseguimos conservar el mostrador de la recepción. Tenía mucho valor para nosotros, pues mi abuelo lo construyó con la ayuda de mi padre y no podíamos deshacernos de él. Así que entre los seis lo lijamos, lo restauramos y lo devolvimos a su sitio hace apenas tres días.

Aun no sé cómo conseguimos hacer algo todos juntos sin sacarnos los ojos o estrangularnos los unos a los otros, pero lo conseguimos, y estoy muy orgullosa.

Diego es el primero en reparar en mí. Lleva dos cajas de copas en brazos que tienen pinta de pesar.

—¿Se puede saber dónde estabas? —pregunta con el ceño fruncido. Dejo todo lo que me he quitado sobre el aparador a mi espalda y le quito una de las cajas de los brazos. Suspira haciendo que un mechón del flequillo se le mueva hacia arriba—. Gracias.

Dejamos la caja sobre la larga mesa, perfectamente decorada y lista para la cena.

—He ido a buscar uvas —contesto.

Diego echa un vistazo rápido a mis manos.

—Y por lo que veo no has encontrado.

—Todo agotado.

—Eso es lo que pasa por dejar que Irene se encargase.

—Acabo de llegar de China. Dame un respiro —responde la aludida entrando en el salón seguida de Gael.

—Llegaste hace tres días.

—Llegaste hace tres días —dice Irene repitiendo las palabras de Diego en tono de burla.

Mi cuñado suelta una carcajada al escucharlos y se acerca a darme un abrazo. Diego e Irene siguen a lo suyo.

—¿Has llegado hace mucho? —pregunto al separarnos.

—Quince minutos. —Gael echa un vistazo a nuestro alrededor—. Ha quedado precioso, Aitana. Habéis hecho un gran trabajo.

—La verdad es que sí —respondo con orgullo y con un pequeño nudo en la garganta.

Lo hemos conseguido. El Mirador de Ribamar vuelve a estar en pie.

He de admitir que hubo varios momentos en los que tuve mis dudas.

El hotel estaba más dañado de lo que creíamos en un principio y los problemas solo hacían que sumarse.

Pero Diego ya lo dijo ese día en el río; que, entre los siete, lo conseguiríamos.

Puede que seamos caóticos, ruidosos y alborotadores, pero funcionamos muy bien todos juntos.

Somos un equipo. Y mis hermanas tenían razón; no tenía que encargarme de todo yo sola porque, en realidad, no lo estaba.

Nunca lo he estado.

He asumido una carga que, en realidad, nadie me había impuesto.

Y, bueno, si soy sincera, no hemos sido solo siete personas las que han estado al timón del barco.

Y no hablo de Mateo, Javier o Raquel. Pues los tres son un apéndice de los Casamayor y no nos los quitamos de encima ni con agua caliente.

Hablo de los Beltrán. De ese grupo que llegué a odiar y que ahora se ha convertido en una pieza clave en mi vida.

Es cierto que no puedo incluirlos a todos, pero sí a los dos más importantes.

Miro a Gael a los ojos y sonrío.

—Muchas gracias. No lo habríamos conseguido sin tu ayuda ni la de tu hermano. —Lo apunto con el dedo—. Pero no le digas a Leo que he dicho eso, no hace falta que le inflemos más el ego.

Levanta las manos dando un paso atrás sin dejar de sonreír.

—Ni se me ocurría. Leo ya es bastante insufrible de normal, imagínate si le damos la razón en algo.

Antonia aparece corriendo en el comedor interrumpiendo nuestra conversación y obligándonos a los dos a mirarla. Va seguida de Joan, que intenta correr igual de rápido que ella, pero esa perra tiene la energía de todos los Casamayor juntos. Entrecierro los ojos al ver que lleva algo en la boca.

—¿Eso es un calcetín? —dice Gael quitándome la pregunta de la boca.

Joan se detiene a nuestro lado resoplando.

—Sí. —Se señala los pies—. Me lo ha quitado.

Joan va descalzo de un pie. El zapato que le falta lo lleva en la mano.

—¿Cómo te ha podido quitar el calcetín? —pregunta Irene, que parece que ha dejado de discutir con Diego.

—Pues me lo he quitado porque me molestaba una…

—No puedes creer de verdad que estas velas quedan mejor aquí que sobre la repisa de la chimenea. —Me doy la vuelta sin terminar de escuchar lo que Joan estaba diciendo.

Cintia acaba de entrar acompañada de Berta.

Mi hermana se sube las gafas por el puente de la nariz con calma mientras veo su pecho subir al coger aire.

—No lo creo yo, Cintia, lo cree la decoradora. Ya sabes, esa persona a la que hemos contratado para decorar el hotel.

Cintia se vuelve hacia Berta con los brazos en jarra.

—Pues no me gusta. Rompen la armonía de la habitación.

—¿De qué armonía hablas?

—De la visual —contesta Cintia como si fuese obvio—. Las has puesto demasiado separadas. Mira eso. Parece una cena y un velatorio al mismo tiempo.

Me apoyo un momento sobre el respaldo de una silla mientras los observo discutir unos con otros, interrumpirse, quitarse la palabra y volver a empezar como si nadie escuchase realmente a nadie.

Gael incluido, que se ha puesto a perseguir a Antonia junto a Joan.

Está claro que el pequeño de los Beltrán ha encajado muy bien en mi caótica familia.

La puerta de la cocina se abre y por ella salen todos los que faltaban; Nerea, que habla con Raquel.

No sé sobre qué, pero mi amiga se está riendo a carcajadas.

También salen mi madre, Javier y Mateo, este último con una cerveza en la mano.

Lo observo. Sus ojos barren la estancia en busca de alguien.

Su rostro se ilumina en cuanto divisa a Diego.

Me aparto de la silla y doy dos pasos en su dirección cuando el móvil, que está dentro de mi bolsillo, pita. Un pitido casi imperceptible entre tanto ruido.

Frunzo el ceño y meto la mano en el bolsillo trasero del pantalón para sacar el teléfono. No tengo ni idea de quién me puede escribir en Nochevieja.

Al desbloquearlo, mi ceño se frunce aun más al ver que se trata de un correo. Una sonrisa me tira de la boca al ver la dirección del remitente: [email protected] .

Levanto la cabeza buscando al dueño de esta dirección, pero no lo veo por ninguna parte. Le echo un vistazo al asunto: «Propuesta formal de adquisición – El Mirador de Ribamar».

Me muerdo el labio inferior. Así es como empezaba nuestro primer correo. Así es como empieza nuestra historia.

Echo de nuevo un vistazo escudriñando bien con la mirada cada rincón. De alguna manera, siento sus ojos sobre mí, pero yo sigo sin verlo. ¿Dónde se habrá metido?

Salgo del comedor caminando por el pasillo hacia el único despacho que hay en el hotel. En cuanto llego, me siento en el sofá, voy a mi bandeja de entrada y leo el mensaje.

De: [email protected] Para: [email protected] Asunto: Propuesta formal de adquisición – El Mirador de Ribamar

Estimada señorita Casamayor:

Tras revisar con detenimiento durante los últimos meses la evolución del activo, me veo en la obligación de trasladarle una nueva propuesta formal.

Después de analizar su ubicación privilegiada, su enorme valor, el atractivo incuestionable que lo rodea y el evidente potencial que tiene, he llegado a una única conclusión posible: me gustaría adquirir una participación indefinida en su vida.

La oferta incluye lo siguiente (que espero que le resulte de lo más atractiva):

– Desayunos compartidos cada mañana (aunque usted siga robándome la fruta del plato).

– Besos robados en cualquier lugar que se le ocurra (sigo sin olvidar el de anoche en la cocina. Tengo sus gemidos grabados a fuego en mi cabeza, señorita Casamayor).

– Escapadas improvisadas al lago en plena noche, más ahora que ya me he acostumbrado a sus gélidas aguas.

– Derecho ilimitado a meter los pies fríos bajo mis piernas en la cama aunque yo me queje cada vez.

– Alguien dispuesto a cambiar bombillas, colgar cuadros torcidos y fingir que sabe arreglar cualquier avería doméstica antes de llamar a Diego.