Capítulo 56 #2
Mis dedos abandonan su oreja y se deslizan por su cuello.
Sigue sin pedirme que me aparte.
—Puede que mi parte más rastrera, esa que solo piensa en balances, contratos y oportunidades de negocio, viera una forma de acercarse a ti y la aprovechara. —Doy un paso hacia ella. Pequeño. Lo justo—. Pero se me fue de las manos en cuanto te conocí.
Aitana no se mueve.
Yo tampoco.
La gravedad parece haberse reducido entre nosotros.
—Eres una mujer increíble, Aitana —murmuro—. Y es muy fácil perder la cabeza por ti.
Su boca se curva hacia arriba.
—Has perdido la cabeza por mí.
Sonrío.
—Totalmente.
—Ya.
Esta vez, cuando sonríe, lo hace de verdad, así que aprovecho para dar otro paso. Su pecho toca el mío. Mi mano baja de su cuello a su cintura.
Su respiración se acelera y la mía también.
—No confío en ti —musita.
No dejamos de mirarnos a los ojos.
—Lo sé.
—Y no sé cuándo volveré a hacerlo.
—Esperaré. Y lucharé. Me ganaré tu confianza.
—¿Cómo estás tan seguro?
Le acaricio el costado con el pulgar.
—Porque tampoco te mentí en que soy persistente. Y porque no me rindo fácilmente. Mucho menos cuando la recompensa me gusta tanto.
—Y yo te gusto.
—Una barbaridad.
Me muerde el labio inferior. Sus ojos brillan.
—Puede que tú también me gustes —dice en voz muy baja—, pero solo un poco.
—Un poco es más que nada. —No puedo dejar de mirarla, y mi pulgar no puede dejar de trazar círculos sobre su cintura—. No olvides lo de que soy persistente.
—No lo hago.
Aitana levanta la mano y la deja sobre mi pecho, a la altura del corazón. Late tan fuerte que es imposible que no lo note, solo espero que no la asuste.
Me inclino hacia delante, hasta que nuestras frentes se tocan. Hasta que nuestras narices se rozan y nuestras respiraciones se mezclan en mitad de la noche.
—Leo.
—¿Qué?
Su mano continúa en mi pecho.
—Vamos a vender el hotel. —Me separo apenas nada, lo justo para mirarla a la cara. Para no perderme ni uno de sus movimientos.
—¿Qué? —pregunto solo para asegurarme de que he escuchado bien. Aunque sé que sí.
—Que vamos a vender el hotel —repite. Habla en un tono bajo pero seguro. Firme. Aun así, no puedo evitar fruncir el ceño.
—Pero es vuestro trabajo. El Mirador de Ribamar sois vosotros.
—Y siempre lo será. —Asiente despacio—. Pero también era el sueño de mis padres, no el nuestro. Nosotros solo nos obligamos a que lo fuera.
La observo sin saber muy bien qué decir.
Ella mira hacia la casa un segundo antes de volver a mí.
—¿Y cuál es vuestro sueño?
—Nerea quiere montarse su propio restaurante, Berta apuesta por un trabajo en el que pueda estar sentada y solo dure ocho horas. Cintia quiere ser organizadora de bodas y Diego bombero.
Suelto una carcajada.
—¿Bombero? Bueno, en realidad, creo que le pega.
—Díselo a Mateo. No le ha hecho mucha gracia la idea de futuro de su novio.
Su risa se suma a la mía.
Abandono su cintura y muevo las manos hasta ponerlas en su espalda. No ha apartado la suya de mi pecho desde que la ha dejado ahí.
—¿Y cuál es tu sueño, Aitana?
Se encoge ligeramente de hombros.
—No tengo ni idea. Es algo que tengo que averiguar.
Apoyo de nuevo mi frente en la suya.
—Sigo pensando que lo de crítica gastronómica es una buena opción.
—Ese era tu sueño.
—Es cierto. A ti te gustaba la fotografía.
—Puede.
Deslizo la mano de arriba abajo.
—Aitana.
—¿Sí?
—¿Me dejas averiguarlo contigo?
Tarda en responder, lo suficiente como para que me arrepienta de haber abierto la boca y esté a punto de retirar la pregunta, pero entonces sonríe. Una sonrisa pequeña. Bonita. Pícara.
Solo para mí.
—Vale.
Mi respiración se entrecorta.
Bajo la vista a su boca y vuelvo a subirla hasta sus ojos.
—¿Y crees que podría besarte?
—¿Ahora?
—Sí.
Se muerde el labio inferior pensativa. Se aparta unos centímetros y echa un vistazo a nuestro alrededor.
Arruga la nariz.
—No sé qué contestar a eso, la verdad. Hay muchas variables que tener en cuenta. Por ejemplo, si dejo que me beses, tú ganas y yo pierdo.
Su tono juguetón me da ganas de sonreír. Mucho. Pero me mantengo serio siguiéndole el juego.
Aunque no puedo evitar apartarle un mechón corto de la cara. Las ganas de tocarla pueden con todo.
—Para nada —contesto negando despacio—. Ganamos los dos.
—¿Tú crees? Porque yo veo bastantes lagunas aquí. Es decir —se muerde el interior de la mejilla—, ¿la cagas y dejo que me beses a la primera? ¿Qué dice eso de mí?
—¿A la primera? —Me acerco un poco más—. Han pasado unos cuantos días desde la última vez que nos vimos.
—¿Llevas la cuenta?
—Veintiocho días, tres horas y quince minutos.
Entrecierra los ojos.
—¿Quince minutos? Qué preciso.
—Es que se me han hecho muy largos.
Ahora sí. Sonríe.
—¿Intentas darme pena?
—Sí. ¿Lo he conseguido?
—No.
—Una pena. —Quita la mano de mi pecho. Coloca ambas alrededor de mi cuello. Sus dedos me acarician la nuca—. ¿Qué me aconsejas que haga?
—Suplicar.
—¿De rodillas?
Se encoge de hombros.
—Me parece bien.
Inclino la cabeza hacia un lado.
—¿Aitana? —murmuro. Nuestros labios no se tocan, aunque están tan cerca que siento un cosquilleo.
—¿Sí?
—Voy a besarte.
Sus uñas me rozan la piel de la nuca.
—Me parece bien.