Capítulo 56
Leo
E xpulso el aire de golpe nada más clico sobre el botón de enviar. Nunca pensé que fuese a ponerme tan nervioso esperar a alguien sentado dentro de un coche.
Aun así, no puedo dejar de sonreír. No sé si porque me ha encantado este intercambio de mensajes o por esos veinticinco segundos que va a emplear en mandarme a la mierda.
Me da igual. Como si son cincuenta. Lo he conseguido. Va a hablar conmigo.
Si sale, claro.
Un suspiro cansado resuena en el coche. Me vuelvo para observar a mi hermano. Está sentado en el asiento del conductor y mastica regaliz rojo como si estuviese en el cine esperando a que empiece la película.
No sé qué me pone más nervioso, si el ruido que hace al masticar, el tamborileo de sus dedos sobre el volante o la sonrisa de capullo que tiene en la cara.
—Estás disfrutando, ¿eh?
—Bastante. —Le da otro mordisco al puñetero palito.
Me muerdo el labio mientras releo el mensaje.
—¿Crees que he sido demasiado directo? A lo mejor tendría que haberle pedido que por favor abriese la puerta. «Abre la puerta» —leo—. ¿Crees que dicho así queda muy brusco?
—Lo que creo es que tendrías que haberle dicho la verdad desde el principio.
—Vale. ¿Tienes algún otro consejo maravilloso que puedas meterte por el culo?
—Que te quites la corbata. —Le enseño el dedo corazón, pero hago lo que me dice. Aflojo el nudo y me la saco por la cabeza lanzándola al asiento de atrás.
Gael se termina el regaliz e inmediatamente coge otro.
Apoyo la cabeza en el respaldo y cierro los ojos un momento tras echar un vistazo a la puerta y ver que sigue cerrada. No se abre. Mierda, Aitana no va a salir.
—Va a salir —dice Gael con tranquilidad, como si me hubiese leído la mente.
Abro los ojos y me giro hacia él. Aunque sigue sonriendo, ya no lo hace como un capullo. Me ofrece un regaliz, pero niego con la cabeza.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque, por alguna extraña razón que no termino de entender, le gustas.
Suelto una risa breve. Sin humor.
—¿Y cómo sabes eso?
—Porque ha contestado a tus correos. —Le da otro mordisco al regaliz como si la respuesta fuese evidente. Se gira hacia mí y se encoge de hombros—. Y porque está tardando en salir.
Frunzo el ceño.
—¿Si tarda en salir es que le gusto?
—Sí.
—¿Qué lógica es esa?
—La única que vale —contesta, con tanta seguridad que hasta me creo lo que dice, como si tuviera sentido.
O a lo mejor es solo que quiero que lo tenga.
Bajo la vista otra vez al móvil.
La pantalla sigue encendida sobre nuestra conversación y el último mensaje continúa ahí. Esperando. Como yo.
Paso el pulgar por ella. A lo mejor podría mandarle otro. Pedirle perdón otra vez. Aunque ya se lo he dicho tantas veces que empieza a perder sentido.
O puedo decirle que no quiero agobiarla, que no hace falta que salga. Que, si quiere, me marcho. Que puede mandarme un audio de veinticinco segundos y enviarme a la mierda desde la comodidad de su cama. No hace falta que nos veamos para eso.
Aunque preferiría que sí, porque me muero por verla.
También podría escribirle que sigo aquí y que no me importa esperar lo que haga falta.
Bloqueo el móvil, lo dejo caer dentro de la guantera y la cierro dando un portazo. La espera me está matando.
—Relájate.
—No puedo. Han pasado —miro la hora iluminada del salpicadero— ¿tres minutos? ¿Solo? Parece que hayan sido veinte.
Gael suelta una carcajada.
—Porque estás histérico.
—No ayudas. No sé por qué accedí a que vinieras.
—Porque alguien tenía que conducir mientras tú escribías los mensajes. —Comienza de nuevo a tamborilear los dedos en el volante—. Y porque no pensaba perderme nada. Llevo un mes aguantándote. Me lo merezco.
Resoplo y dejo caer la cabeza contra el reposacabezas.
—Eres mi hermano. Se supone que no puedes regodearte en mi sufrimiento.
Gael se gira un poco hacia mí. Lo justo para dedicarme una sonrisa insufrible.
—Al contrario. Los hermanos pequeños estamos para reírnos de las desgracias de nuestros hermanos mayores y juzgar sus decisiones sentimentales.
—Pues enhorabuena, se te da genial hacer las dos cosas.
—Gracias. Son muchos años de práctica.
Estoy a punto de abrir la boca para soltarle cualquier cosa cuando la luz del porche se enciende. Me incorporo tan rápido que me golpeo la rodilla contra la guantera.
Gael también se incorpora y, como yo, fija la vista en la puerta. Solo me doy cuenta de que estoy aguantando la respiración cuando esta se abre y veo aparecer a Aitana.
Va descalza, con un pantalón corto de pijama y una camiseta que le está enorme. Se ha cortado el pelo. Ahora lo lleva a la altura de los hombros.
Está preciosa.
Una sonrisa involuntaria asoma a mis labios cuando la veo morderse el labio. Por supuesto, sus ojos van directos al coche. Aunque es noche cerrada, es imposible no verlo. Está parado justo frente a la casa.
Cojo el tirador para abrir la puerta, pero antes de salir me vuelvo hacia Gael, al que apunto con un dedo serio.
—Ni se te ocurra moverte de aquí. Si lo haces, te mato.
No me molesto en escuchar sus protestas. Cierro la puerta con suavidad al salir y rodeo el coche sin apartar la vista de Aitana ni un segundo.
Ella tampoco ha dejado de mirarme. Espero que eso sea una buena señal.
Comienzo a caminar y suelto un suspiro bajo al ver que ella hace lo mismo. Baja un escalón y después otro. El corazón me late tan fuerte que estoy seguro de que puede escucharlo.
No dejo de caminar hasta que nos encontramos a mitad de camino, sobre la grava del jardín. Lo bastante cerca como para verla sin necesidad de imaginármela. Para olerla si me inclino lo suficiente. Para recordar qué se siente al tenerla cerca.
Ninguno dice nada, solo nos miramos. Como si necesitáramos asegurarnos de que esto está pasando de verdad. Al menos yo.
—Te vas a hacer daño en los pies —digo recordando que va descalza.
—Son las dos de la mañana —responde ella como si el hecho de que no lleve zapatos no importase—. ¿Qué haces aquí?
—Me he subido en el coche nada más recibir tu primer correo —confieso. Porque es verdad. En cuanto he visto entrar en la bandeja de entrada un correo de parte de Aitana, he salido corriendo del despacho y me he subido en el coche.
Ni siquiera me he parado a leerlo. Ha sido ver su nombre y saber que tenía que estar aquí.
Gael lo ha hecho conmigo. Para cotillear, para que pudiese contestar si se diera el caso y para apoyarme. Porque le encanta reírse de mí, pero también es el que me ha sostenido siempre que lo he necesitado.
Aitana baja un momento la vista al suelo y se cruza de brazos dejando escapar un suspiro de entre los labios que rompe el silencio de la noche.
—Me mentiste, Leo. —Ríe a la vez que sacude la cabeza—. O Leandro. No sé cómo llamarte.
—Nunca me ha gustado Leandro. Lo odio. Pero no me he atrevido a decirlo en voz alta hasta ahora.
Aitana alza la vista hacia mí.
Durante unos segundos no dice nada. Solo me observa. Como si estuviera intentando encontrar en mi cara la parte de verdad que todavía no sabe si puede creer.
—Te queda mejor Leo —murmura al final.
El aire sale de mis pulmones en una especie de risa muda.
—Solo me ha llamado así mi hermano. Y tú.
Echa un vistazo por encima de mi hombro.
—¿Tu hermano es el que está sentado en el coche?
Vuelvo la cabeza. Gael me saluda con la mano cuando lo miro. Sigue comiendo regaliz. ¿Cuánto se ha traído?
Por lo menos me ha hecho caso y no ha salido del coche.
Devuelvo mi atención a Aitana encogiéndome de hombros.
—Ese es Gael.
—Y según tú, me va a caer bien.
—Sí. Le gusta torturarme. Y meterse conmigo. —Una pequeña sonrisa asoma a sus labios. Es tan pequeña que apenas se ve, pero yo sí lo hago, y eso hace que el pecho se me hinche y la esperanza que ha nacido al verla salir por la puerta se mantenga.
—Entonces sí. Me cae bien.
Aitana vuelve a cruzarse de brazos, aunque esta vez parece hacerlo menos para protegerse y más porque no sabe qué hacer con las manos.
Yo guardo silencio y meto las mías en los bolsillos. Quiero decir muchas cosas, pero no sé por dónde empezar. Temo meter la pata —más aún— y echar por tierra la oportunidad que me ha dado, así que opto por cerrar la boca y esperar.
Llevo esperando tantos días que un poco más no pasa nada.
—He leído tus correos —dice Aitana rompiendo el silencio. Alza la vista clavando sus ojos marrones en los míos—. Todos. Incluso el que me enviaste después de la llamada de tu empresa a nuestro abogado. Estaba en la bandeja de no deseados.
Cierro los ojos un segundo y bajo los hombros asintiendo.
—Lo supuse —suspiro—. Otra cosa más por la que pedirte perdón. —Levanto la mano con la palma hacia arriba—. La que llamó fue mi hermana. No tenía derecho a hacerlo y se lo dije. Te juro que no lo sabía. Ella…
—Lo sé, Leo —murmura a la vez que cambia el peso de un pie a otro—. No quiero hablar de eso.
—Vale. ¿Y de qué quieres hablar?
Suelta una risa baja.
—Ojalá lo supiera, pero la verdad es que no tengo ni idea.
Una pequeña corriente de aire le mueve el pelo haciendo que un mechón se le quede pegado a la boca. Antes de que mi cabeza sea consciente de lo que mi mano hace, la levanto y se lo aparto colocándoselo detrás de la oreja. Pero lo lleva demasiado corto y se le suelta.
Aitana levanta la cabeza. Vuelvo a ponerle el mechón tras la oreja. El resultado es el mismo.
—Te queda muy bien —murmuro—. Me gusta.
Mis manos continúan teniendo vida propia y le acarician el lóbulo. No se aparta y tampoco me pide que me aparte. Siento un revoltijo en la tripa como no había sentido nunca.
Es nuevo para mí.
—Me hiciste muchísimo daño, Leo.
Se me encoge el pecho.
—Lo sé.
—Y lo peor es que una parte de mí sigue enfadada contigo.
—Yo también estoy enfadado conmigo mismo.
Lo que te dije es verdad, mi intención nunca fue mentirte y mucho menos aprovecharme de ti.
No sé por qué mentí con mi nombre cuando llegué.
Sé que no es excusa, pero creo que me acojonaste.
Sabía que si te decía quién era me mandarías de vuelta a Madrid con una patada en el culo.
—No lo dudes. —Río, ella lo hace conmigo y, joder, cómo echaba de menos su risa.