Epílogo #2
– La posibilidad de seguir mandándome correos aunque me tenga a menos de cinco metros. Especialmente si son durante reuniones aburridas o cenas familiares demasiado largas.
– Abrazos por la espalda cada vez que piense que está preciosa.
– Compartir sofá, manta y películas que ninguno de los dos verá enteras porque acabaremos distraídos.
– Disponibilidad completa para quererla en silencio los días buenos, acompañarla en los malos y recordarle en todos ellos lo increíble que me parece.
– Y convivencia permanente con un hombre muy atractivo que la quiere de una forma bastante escandalosa.
Comprendo que la propuesta pueda necesitar ser estudiada con calma, así que quedo a su disposición para ampliar detalles. Preferiblemente esta noche. En nuestra habitación.
Con todo mi cariño,
Leandro Beltrán
Responsable de haberme enamorado de usted sin remedio
P. D.: He conseguido uvas. No me preguntes cómo. Tendría que matarte después de contártelo.
P. D.: Levanta la cabeza.
Sin dejar de sonreír, hago lo que me ha dicho.
Por supuesto, me encuentro al responsable del correo apoyado en el marco de la puerta.
Lleva las mangas de la camisa remangadas hasta los codos y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Lo que más me gusta es que me mira con esa media sonrisa suya que todavía me sigue descolocando un poco por dentro.
La del hoyuelo.
—Así que has conseguido uvas —digo cerrando el móvil.
—De todo lo que has leído, ¿es con lo único que te quedas?
—Es que es lo más importante. Es Nochevieja.
Chasquea la lengua contra el paladar contrariado. Suelto una risa. Entra en el despacho y cierra la puerta tras de sí con suavidad. No dice nada más. Tampoco yo. No hace falta.
Da un paso hacia mí a la vez que yo me levanto del sofá.
Cuando llega a mi altura, me rodea la cintura con un brazo y me besa. No dejo que se aparte. Le rodeo el cuello con los brazos y profundizo el beso un poco más. Lo justo para dejarnos a los dos con ganas de más.
—El hotel ha quedado precioso —murmura cuando nos separamos. Acaricia mi nariz con la suya y me da un beso en la punta.
Un ladrido, seguido de un grito y una carcajada, se cuela por debajo de la puerta. Leo se ríe y apoya su frente en la mía.
—Tu familia sigue siendo incapaz de hablar en un volumen normal.
—Tu hermano está con ellos.
—Es que Gael tampoco sabe hablar a un volumen normal.
Sonreímos.
Lo observo mientras mira lo que nos rodea deteniendo la vista en el ventanal que da al jardín.
—Habéis hecho algo increíble aquí, Aitana.
—Lo hemos hecho entre todos, Leandro.
Sé que le gusta más Leo. Por eso, siempre que puedo, utilizo su nombre completo.
Vuelve a mirarme. Alza una ceja con picardía.
—¿Intenta provocarme, señorita Casamayor?
—Nunca.
—¡¡Joan, deja a la perra!! —Leo resopla por la nariz. Yo me río. Se inclina y me roba un beso rápido.
—Deberíamos volver antes de que tu hermana estrangule a alguien. Pero esta noche seguimos por donde nos hemos quedado. Y con el resto del correo.
—¿Preocupado por mi respuesta, señor Beltrán?
—No. Sí. Un poco. Mucho. —Río y lo vuelvo a besar.
Me gusta Leo en todas sus facetas, pero mi preferida es la vulnerable. Siempre se muestra seguro de sí mismo. Que lo tiene todo bajo control. Pero va perdido muchas veces, y me encanta que tenga que acudir a mí para encontrar el equilibro.
Cuando va a apartarse, lo sujeto por la muñeca.
Llevo tiempo con una pregunta en la cabeza, y creo que acabo de encontrar la respuesta. O puede que siempre la haya sabido, solo que no me atrevía a decirla en voz alta.
—Ya sé cuál es mi sueño.
—¿Yo? —Suspiro poniendo los ojos en blanco. Busco su mano y entrelazo nuestros dedos.
—Quiero quedarme aquí. Quiero que El Mirador de Ribamar sea nuestro.
En cuanto termino de hablar, suelto el aire que ni sabía que estaba conteniendo. Me tiemblan un poco las manos y el corazón me late con rapidez. Carraspeo.
—Es un caos —continúo—, pero es mi caos.
Creía que estaba aquí por obligación. Por mi familia.
Por mi padre. Pero estos meses me he dado cuenta de que aquí soy más feliz que en ningún otro sitio.
—Me llevo una mano al pecho y respiro hondo a la vez que ordeno en mi cabeza todas las palabras.
Sus ojos oscuros no se apartan de los míos—.
Quiero un lugar donde la gente pueda venir unos días y sentirse como en casa.
Donde puedan descansar, reírse, enamorarse, celebrar…
o simplemente parar un momento y respirar.
Quiero que encuentren aquí un refugio, igual que yo lo encontré.
—Trago saliva—. Quiero seguir viendo este sitio lleno de vida.
De ruido. De gente entrando y saliendo. De cenas interminables, niños corriendo por el pasillo y sobremesas que se alargan hasta la madrugada.
Quiero que siga siendo hogar. Para nosotros y para cualquiera que cruce esa puerta.
Durante unos segundos, Leo no dice nada. Solo me mira. Desde la noche que se presentó en mi casa y me preguntó que cuál era mi sueño, lo he estado pensando, y siempre terminaba viniendo a mi mente El Mirador. Al principio creí que era por costumbre.
Ahora sé que era por necesidad. La mía.
De repente, Leo sonríe. Primero despacio. Después con una sonrisa que le cruza toda la cara. Me levanta del suelo y da vueltas conmigo en brazos entre gritos y carcajadas. Junta con fuerza nuestras bocas robándome el poco aliento que me queda.
Fuera siguen oyéndose risas, murmullos, pasos y caos. Mucho caos. Dentro del despacho, con sus labios sobre los míos y El Mirador de Ribamar por fin en pie a nuestro alrededor, me siento completamente en casa.