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Capítulo 54

Aitana

A l llegar, están todas esperándonos.

Mi madre sentada en uno de los bancos de piedra con las manos entrelazadas sobre el regazo. Berta está a su lado, Irene descalza sobre el césped y Cintia sentada en el suelo en plan indio. Nerea está de pie con los brazos cruzados y el semblante serio.

En cuanto me ve, da un paso hacia delante. Yo también.

Me suelto de Diego y voy hacia ella. Nos encontramos a mitad de camino y la abrazo con tanta fuerza que casi pierdo el equilibrio. Nerea me rodea el cuello con los brazos y me aprieta todavía más.

—Lo siento —murmuramos las dos a la vez haciendo que nos entre la risa.

Se aparta lo justo para mirarme. Tiene los ojos rojos. Seguramente yo también.

—No tendría que haberte hablado así —dice.

Niego enseguida.

—Yo tampoco he estado muy fina.

—Tenía ganas de estrangularte.

—Yo a ti también.

Eso le arranca una risa breve. A mí otra. Y cuando volvemos a abrazarnos, esta vez el aire parece entrar mejor en mis pulmones.

Diego carraspea detrás de nosotras.

—Bueno, ya que os habéis reconciliado…, ¿podemos pasar todos a la parte en la que fingimos ser una familia funcional?

—Ni en tus mejores sueños —responde Irene, que se ha acercado a nosotros. Berta, Cintia y mi madre también. La primera me aprieta la mano al llegar a mi lado y Cintia me da un beso en la mejilla. Miro a mi madre y le sonrío. Ella me devuelve esa sonrisa suya que está cargada de amor y cariño.

—Te quiero, mamá —digo sin apenas mover los labios. Las ganas de llorar han vuelto y estoy intentando contenerme.

—Y yo a ti, cariño —contesta mientras deja que Diego, que tiene a Irene enganchada a él, le pase un brazo por la cintura y la acerque a él.

Sin soltarnos, los siete nos volvemos hacia el hotel. Levantamos la cabeza y lo contemplamos en silencio durante unos segundos. Cintia, a mi lado, apoya la cabeza en mi hombro y suelta un pequeño suspiro.

—¿Qué va a pasar ahora? —pregunta pronunciando en voz alta eso que a todos nos da tanto miedo.

Nerea me aprieta la mano y yo miro a mi madre de reojo.

En cuanto nuestros ojos se encuentran, asiente.

Respira hondo.

—Vamos a vender el hotel —contesta con una seguridad que no le había oído nunca.

Nadie dice nada, solo se vuelven hacia ella. No hay sorpresa en ninguna cara. Tampoco alivio. Ni decepción. Solo muchas emociones mezcladas al mismo tiempo.

—¿Estás segura, mamá? —pregunta Diego al cabo de unos segundos.

Mi madre niega despacio.

—Lo único de lo que estoy segura es de que os quiero a los seis más que a nada en esta vida, y de que elegiría a vuestro padre una y mil veces.

Trago con tanta fuerza que me hago daño en la garganta.

—Siempre he querido montarme mi propio restaurante. Un sitio donde fusionar comida tradicional con cosas nuevas. Algo mío. Desde cero —suelta Nerea de pronto. Sonríe con timidez cuando todos la miramos.

Cintia levanta la mano.

—Yo, una empresa de organización de eventos. Pero una de las grandes. Bodas enormes, fiestas imposibles… De esas que salen en revistas y que luego todo el mundo intenta copiar.

—Yo odio trabajar de pie y las jornadas de catorce horas que parecen no tener fin —añade Berta muy seria—. Quiero algo donde pueda estar sentada sin sentirme culpable por ello.

Eso nos arranca una risa. La pobre lleva más de cinco años trabajando jornadas eternas, casi siempre de pie, detrás del mostrador. En El Mirador, lo de las ocho horas siempre ha sonado más a leyenda urbana que a horario laboral.

Irene se encoge de hombros.

—Por vuestra culpa me he tenido que volver de Krabi, así que mi plan más inmediato sigue siendo regresar allí en cuanto pueda.

—Perdón por casi morirme —dice Diego en plan juguetón mientras le remueve el pelo.

Irene le da un manotazo.

—Te perdono a medias.

Mi madre sonríe. Luego gira la cabeza hacia mí.

—¿Y tú, Aitana? ¿Qué quieres?

La pregunta me golpea con más fuerza de la esperada, pues ya me la han hecho antes. Y no me refiero a Diego hace unas cuantas noches en el jardín de casa. Me refiero a Leo. O más bien a Leandro.

Recuerdo el día que recibí el correo. Leo acababa de solucionar el problema con el lavabo. Discutimos y luego firmamos una especie de tregua en el Mercurio.

Me enfadé muchísimo porque se entrometiera. Porque decidiera ayudar sin que nadie se lo pidiera. Aunque la realidad es que, sin él, no habríamos solucionado lo del lavabo aquel día. Y parecía tan sincero cuando dijo que solo quería ayudar…

«Lo nuestro fue real, Aitana».

Me muerdo el interior de la mejilla. Me mata no saber si todas esas cosas las hizo por estrategia o porque de verdad le importaba. Odio no saber distinguir dónde terminaba Leo y dónde empezaba Leandro.

—¿Aitana? —me llama mi madre devolviéndome al presente. Me obligo a sonreírle y me encojo de hombros.

—Si te soy sincera, no lo sé. Nunca me lo he planteado.

Mi madre asiente como si esa respuesta también fuese válida.

—Pues ya es hora.

Me encantaría decirle que dicho así suena fácil, pero no lo es en absoluto, y la realidad es que estoy muerta de miedo.

Dirigir este sitio ha sido mi única meta en la vida desde que tengo memoria.

Sin él, me siento perdida. Pero, a la vez, saber que vamos a venderlo y que tengo la posibilidad de elegir otra cosa hace que me sienta… liberada.

El silencio vuelve a caer entre nosotros. Uno distinto. Más tranquilo. Más en calma.

Todos volvemos a mirar el hotel. Es increíble cómo tu vida puede cambiar tanto en apenas unos minutos.

—No podemos venderlo así —dice Cintia.

—Por eso lo vamos a reparar primero. —Aprieto la mano de Nerea y doy un paso al frente—. Lo levantaremos ladrillo a ladrillo. Lo dejaremos mejor de lo que estaba. Más fuerte. Más bonito. Como se merece.

Noto el pecho apretado al mirar la fachada.

Me vuelvo. Todas mis hermanas y mi madre me miran con un brillo especial en los ojos.

—Este hotel nunca ha sido solo piedra y madera —continúo.

El viento nos revuelve el pelo—. Ha sido nuestra casa.

El sitio que papá y mamá nos enseñaron a amar.

Donde nos hemos peleado, reído, caído y vuelto a levantarnos mil veces —carraspeo al notar que se me quiebra la voz—.

Y antes de dejarlo ir, merece volver a ponerse en pie una última vez.

Nadie dice nada. No hace falta. Porque sé que todos coinciden cien por cien conmigo.

Y, por primera vez desde el incendio, al mirar El Mirador no veo todo lo que hemos perdido. Veo todo lo que todavía nos queda.