Capítulo 53 #2
—Aitana, si Nerea te odiara no habría discutido contigo así.
Frunzo el ceño.
—¿Eso qué significa?
—Que solo discutimos así con la gente que sabemos que se va a quedar después.
—No sabía que ahora eras un sabio.
—Tengo mis momentos de lucidez. Consérvalo, que duran poco. —Me guiña un ojo haciendo que gran parte de la culpa que cargaba sobre los hombros desaparezca.
En un movimiento sincronizado, alzamos la vista hacia el cielo cada vez más oscuro.
—No quiero volver —confieso—. Tengo miedo de lo que vaya a venir después.
—Sea lo que sea, lo haremos juntos. Los siete.
Me limpio la nariz con el dorso de la mano y asiento incapaz de hablar sin que se me rompa la voz otra vez.
Diego me observa unos segundos antes de coger otra piedra del suelo y lanzarla al agua.
Hace dos rebotes.
—¿Quieres que hablemos de Leo? —suelta. Giro la cabeza tan rápido hacia él que me hago daño en el cuello.
—No.
—Vale.
Frunce los labios y asiente aceptando mi respuesta. Diego coge otra piedra y yo vuelvo la vista al lago. Veo cómo esta cae en el agua, no muy lejos de donde estamos.
—¿Te gusta?
—No —respondo rápido mientras regreso la atención a mi hermano. Me sorprende verlo sonreír—. ¿Qué?
—Nada —responde encogiéndose de hombros.
Está provocándome, así que me muerdo la lengua para no entrar en su juego. Solo consigo aguantar tres segundos.
—Vale, suéltalo. ¿Qué pasa?
Su sonrisa se amplía un poco más.
—Que, para no gustarte, has respondido muy rápido.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Y cuál es el problema?
—Que si respondes rápido es porque mientes. Se llama mecanismo de defensa.
—Se llama tener clara la respuesta.
—Vale.
—No digas ese vale así.
—Como quieras. —Resoplo.
—¿Por qué tienes que ser así?
—Porque quiero que me digas que te gusta y que por eso estás tan enfadada con él.
Dirijo la vista al agua. Una hoja seca flota cerca de la orilla arrastrada por la corriente.
—No sé qué gano diciéndolo.
—Bueno, yo no es que sea un experto en relaciones.
Mira lo mío con Mateo —dice arrancando otra brizna de hierba—.
Pero ahora que por fin estamos juntos, que he dejado de hacer el idiota y que le he dicho que lo quiero, me doy cuenta de que mintiéndonos a los dos todo este tiempo solo he conseguido hacernos daño.
—Hace una pausa—. Además de perder unas sesiones de sexo cojonudas.
Lo fulmino con la mirada.
—No quiero hablar del sexo que tienes con mi mejor amigo.
—¿Y del sexo que tú has tenido con el mentiroso?
—Tampoco.
—Vale.
—Eres imposible.
Diego no responde. Se limita a sonreír de esa manera que me pone de los nervios mientras clava la mirada en el agua. Yo hago lo mismo dejando que el silencio caiga entre los dos.
El viento me mueve el pelo húmedo por la espalda. A lo lejos se escucha el canto de algún pájaro y el roce de las hojas agitándose sobre nuestras cabezas.
Me humedezco los labios.
—Me gusta un poco. —La confesión sale tan baja que casi se la traga el viento. Trago saliva—. Bueno, me gustaba.
Diego no dice nada. Ni una broma ni un «ya lo sabía».
Solo espera.
Aprieto las rodillas contra el pecho.
—Me ha mentido, Diego.
—Lo sé, y es un capullo. —Coge aire y lo suelta despacio—. Pero…
Aprieto más las rodillas.
—¿Pero qué?
Me mira a los ojos. No parpadea. Una pequeña sonrisa le baila en los labios.
—Creo que le gustabas de verdad. Te miraba como si fueras lo más importante en cincuenta kilómetros a la redonda. —Cierro los ojos—. No estoy diciendo que le perdones.
—Bien.
—Ni que lo excuses.
—Mejor.
—Ni siquiera que vuelvas a dirigirle la palabra.
Abro los ojos.
—Entonces, ¿qué estás diciendo?
Diego se encoge de hombros.
—Que la forma en la que te miraba no parecía mentira, y que tú estabas diferente —echa el cuerpo hacia atrás apoyando las palmas en el césped—, más sonriente, relajada, feliz… El palo que llevas siempre metido por el culo había desaparecido.
Abro la boca de par en par ofendida y le doy una patada en la espinilla provocándole una carcajada.
—¡Yo no llevo ningún palo metido por el culo!
—Es cierto. Perdona. Quizá mis palabras han sido un pelín excesivas…, aunque ciertas.
Le doy otra patada en la espinilla. Niega con la cabeza sin dejar de reírse y vuelve a mirar el lago. Yo resoplo y cruzo los brazos sobre las rodillas fingiendo indignación, aunque noto que la sonrisa intenta escapárseme.
—Pero que lo odiaré contigo si es lo que quieres —murmura bajito.
Bajo la vista a los pies. El agua me cubre los tobillos. El pecho se me tensa tanto que me cuesta respirar. Porque eso es lo que quiero. Odiarlo. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en que una parte de mí cree que Diego tiene razón y que no todo fue mentira.
Me muerdo el interior de la mejilla y trago saliva despacio.
—Es lo que quiero —respondo al cabo de unos segundos, aunque no me pasa por alto que no lo he dicho tan rápido como antes.
Si Diego también se da cuenta, no dice nada. Solo asiente conforme y se levanta.
—Entendido. —Me ofrece la mano—. Vamos, hermanita, será mejor que regresemos. Como no volvamos pronto, vendrán las cinco a buscarnos y eso sí que da miedo.
Acepto su mano y me pongo de pie sacudiéndome la hierba de la ropa. Cuando empezamos a caminar de vuelta, con los zapatos en la mano, Diego me golpea el hombro con el suyo. Suave. Como cuando éramos pequeños y solo quería provocarme.
Por supuesto, le devuelvo el golpe y, en un visto y no visto, echamos a correr viendo quién llega antes al hotel. Como si volviéramos a tener doce años. Como si la vida fuese mucho más sencilla y nuestro mayor problema fuera quién llega antes.
La tierra húmeda hace que nos resbalemos, las ramas bajas nos rozan al pasar y el aire me golpea la cara mientras Diego se adelanta dos pasos solo para girarse y sacarme la lengua como un crío.
—¡Siempre has sido la más lenta! —grita.
Me río, aprieto el paso y corro.
Corro con las piernas pesadas, con la ropa mojada pegándoseme a la piel y con el corazón todavía un poco roto, pero más ligero que hace unos minutos.
Diego tropieza con una raíz y maldice en voz alta, momento que aprovecho para adelantarlo.
—¡Eso no vale! —protesta.
—Todo vale si gano yo.
—Tramposa.
—Mal perdedor.
Cuando el hotel aparece entre los árboles, ambos frenamos casi al mismo tiempo sin aliento.
Nos inclinamos hacia delante intentando recuperar la respiración mientras nos reímos como dos idiotas. Y durante unos segundos, solo somos eso. Dos hermanos llegando a casa. Sin incendios. Sin mentiras. Sin discusiones pendientes. Sin decisiones imposibles.
Incluso se me ha olvidado que hace siete días parecía que se iba a morir cada vez que tosía.
Cuando parece que nuestras respiraciones se empiezan a calmar, Diego me tiende la mano, entrelaza sus dedos con los míos y juntos cruzamos el jardín de vuelta a casa.