Capítulo 53
Aitana
E l agua está helada. Lo descubro en cuanto me quito los zapatos y meto los pies en el lago. Un escalofrío me sube por las piernas y me obliga a cerrar los ojos durante un segundo. Después exhalo despacio.
Pero no siento el escalofrío por culpa de la temperatura del agua. A esa estoy acostumbrada. Es porque mi mente ha recordado cuando Leo se metió por primera vez y casi pilla una hipotermia. Quejándose de que en estas aguas vivían los pingüinos.
Sorbo por la nariz limpiándome a la vez las lágrimas que aún bañan mis mejillas y sacudo la cabeza alejando así cualquier pensamiento que tenga que ver con Leo.
Estoy cansada de pensar en él.
Me siento en la tierra. Me da igual mojarme el vestido.
El sol empieza a bajar tras los árboles y tiñe la superficie del agua de un naranja suave que se rompe cada vez que muevo un pie. Me abrazo las rodillas y apoyo la barbilla sobre ellas mientras observo cómo las pequeñas ondas desaparecen poco a poco hasta dejar el agua quieta otra vez.
Ojalá mi cabeza hiciera lo mismo. Pero no. Sigue yendo demasiado deprisa.
Cierro los ojos dejando que la discusión de hace un momento me invada la cabeza. La voz de Nerea. La mía. El silencio. La cara de mi madre.
Suelto el aire despacio mientras los abro. Mientras me limpio las últimas lágrimas. Ya no salen más. Estoy vacía.
El lago huele a humedad, a tierra mojada y a verano, el mismo olor de siempre. Uno que normalmente consigue ordenarme por dentro, pero hoy no lo está logrando.
Aunque quizá no sea culpa del lago. Quizá soy yo. O quizá es que llevo demasiado tiempo sosteniendo cosas que pesan más de lo que quiero admitir.
Nerea ha sido injusta. Cada palabra suya ha dolido más que cualquier alfiler que pudieran haberme clavado. Pero también ha sido sincera, y eso es lo que menos soporto.
Cojo una piedra pequeña del suelo y la lanzo al agua. Hace tres saltos antes de hundirse.
Echo la vista atrás intentando recordar cuándo empecé a decidir por todos. O cuándo empecé a pensar que tenía que hacerlo.
Tal vez fue cuando papá enfermó. O cuando el hotel empezó a ir peor. O cuando me di cuenta de que, si yo no resolvía algo, nadie parecía hacerlo.
Me río. Una risa seca. Vacía. Sin ganas.
Puede que ese sea el problema, que di por hecho que, si yo no resolvía los problemas, nadie lo haría. Ni siquiera me molesté en darles la oportunidad de intentarlo. De que ellos se equivocasen. De que ellos decidiesen sin sentir que yo tenía que estar ahí supervisándolo todo.
Me tumbo en la hierba con las manos apoyadas en el estómago. Las nubes del cielo se mueven y los pájaros pían a mi alrededor. Lo que antes me calmaba ahora me atormenta, sobre todo porque el innombrable vuelve a colarse en mis pensamientos.
Llevo siete días sin verlo. Siete días sin cruzármelo por recepción, sin discutir con él, sin sus silencios, sin escuchar su voz, sin sentir su abrazo, sin ver su hoyuelo. Sin él.
Sin encontrarlo desayunando antes que nadie.
Y odio haber contado los días, pero más odio que eso me importe.
Que lo siga haciendo. Porque significa que una parte de mí ha estado pendiente de su ausencia incluso cuando intentaba fingir que me daba igual, y que ese nosotros que él señaló, de alguna manera, sí existía.
Y que me gustaba más de lo que me permito admitir.
Una rama cruje detrás de mí. No me giro. Reconocería esa forma de caminar aunque estuviera dormida.
—Hemos echado a suertes quién venía a buscarte, y aún no sé si he ganado yo o he perdido. —La voz de Diego suena a mi espalda.
Sé que no espera que le conteste, así que no lo hago. Me mantengo en silencio mientras dejo que se tumbe en el suelo a mi lado, con las piernas estiradas tocando el agua y las manos en el estómago.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dice nada. Solo nos quedamos ahí tumbados mirando el cielo y escuchando lo que nos rodea; el agua moviéndose despacio, las hojas agitándose sobre nuestras cabezas y algún pájaro que canta a lo lejos como si el mundo siguiera exactamente igual.
—Mamá está preocupada —dice al rato Diego—. Y yo también.
Suelto un suspiro largo y cierro los ojos un instante.
—No tendría que haber saltado así.
—Probablemente no. —Por el rabillo del ojo lo veo girar la cabeza hacia mí. Yo mantengo la vista clavada en el cielo—. Pero nosotros tampoco tendríamos que haberte empujado a hacerlo.
—Vosotros no me habéis empujado a nada. —Me humedezco los labios antes de continuar—. No quería decir lo que he dicho. Vosotros no sois una…
—¿Carga? —Hago una mueca.
—Por favor, no uses esa palabra.
—Pero lo somos, Aitana. —Giro la cabeza hacia él.
Tiene los ojos puestos en el cielo. La voz tranquila.
Sin reproche—. No has dicho nada que no sea cierto.
Que nosotros no quisiéramos verlo no significa que no lo sea.
—Hace una pausa—. Siempre es más fácil que tiren de ti que tener que tirar tú de los demás.
Trago saliva.
—Pero no quería decir eso.
—Es lo que tiene la sobrecarga mental y la física. —Las comisuras de sus labios se estiran ligeramente hacia arriba cuando me mira—. Que aguantas, aguantas y aguantas… hasta que un día explotas donde menos te lo esperas.
Me muerdo el interior de la mejilla.
—Os quiero. —Suelto un sollozo, así que respiro hondo y sorbo por la nariz—. No quiero que penséis lo contrario.
—Nadie lo hace. —Diego se incorpora obligándome a mí a hacer lo mismo. Esta vez sonríe de oreja a oreja—. ¿Cómo puedes siquiera pensarlo? Yo no dudo de que Irene nos quiere. ¿Tú sí?
Frunzo el ceño.
—No.
—Pues ya está.
Se encoge de hombros como si fuera la cosa más evidente del mundo. Se inclina hacia delante cogiéndome de las manos. Me siento empapada de cintura para abajo, y él debe estar igual.
Me da un apretón sin dejar de sonreír. Me encanta la sonrisa de Diego. En realidad, me encantan las sonrisas de todos mis hermanos.
Hasta la de Nerea.
—Aitana, que no te encargues de todo las veinticuatro horas del día los siete días de la semana no significa que nos quieras menos. Significa que eres humana.
—Pero soy la hermana mayor. Tengo que cuidar de vosotros.
Diego deja escapar una pequeña risa.
Una de esas que no se burla de ti, sino contigo.
—¿Quién ha dicho eso?
No sé qué decir y, a la vez, quiero decir demasiadas cosas, así que opto por apartar la mirada y fruncir los labios.
El silencio se instala entre nosotros unos segundos. No es incómodo. Solo está quieto. Ahí. Como si fuera uno más.
—Aitana, mírame —me pide Diego. Cuando lo hago, me sostiene la mirada con una calma que me desarma por dentro—. No tienes que ganarte tu sitio aquí cuidándonos todo el tiempo. Ya es tuyo. Siento mucho que pensases que tenías la obligación de hacerlo.
—Vosotros no tenéis la culpa.
—Aquí todos somos un poco culpables. Tú por no quejarte y nosotros por dar cosas por sentado.
Suelto el aire por la nariz.
—Eso suena fatal.
—Porque lo es. —Esboza media sonrisa—. Pero, bueno, supongo que ahora tenemos margen de mejora.
Podríamos empezar por hablar más a menudo de cosas importantes y no de tonterías.
—Me señala con el dedo—. Como cosa importante no cuenta la discusión sobre quién se comió el último sándwich de queso en el cumpleaños de mamá.
—Porque todos sabemos que fuiste tú.
Diego pone los ojos en blanco.
—Cosas importantes, Aitana. Céntrate.
Suelto la primera carcajada del día. Sienta tan bien que necesito repetirla porque ha hecho que me sienta libre. Como nueva.
La sensación dura poco, pero lo justo para que el pecho se me afloje un poco. Aunque hay una última cosa que necesito solucionar.
—¿Cómo está Nerea?
El agua no deja de mojarnos. El viento me mueve algunos mechones, que se me pegan a la boca.
Diego se encoge de hombros.
—Sobrepasada. Cansada. Triste. Asustada.
Me muerdo el interior de la mejilla.
—Lo que ha dicho… —murmuro. Me da miedo hacer la pregunta en voz alta porque me da miedo conocer la respuesta— ¿lo pensáis todos?
Diego tarda unos segundos en responder.
—Creo que ninguno podemos enfadarnos porque tú te encargues de todo cuando llevamos años dejando que lo hagas.
—¿Pero?
—Pero me habría gustado saberlo. No estamos hablando de cambiar un colchón o decidir si ponemos un grifo nuevo en una habitación.
Estamos hablando del hotel. De nuestra casa.
De nuestra familia. —Coge una piedrecita y la tira al agua—.
Excepto Irene, ninguno sabemos hacer otra cosa que no sea ocuparnos del Mirador.
Y supongo que, si desaparece, da miedo preguntarse qué queda después.
Bajo la vista.
—Por eso les dije que no estaba en venta.
—Ya lo sé. Pero una cosa es que no sepamos hacer otra cosa, y otra muy distinta que no queramos.
Frunzo tanto el ceño que estoy segura de que las dos cejas se me han unido en una sola.
—¿Queréis? ¿Hubieseis vendido el hotel?
—No lo sé —la honestidad de su respuesta me golpea más de lo esperado—, pero podría haber sido una opción que valorar. ¿Tú nunca te la has planteado?
Niego por reflejo.
—No podía.
Diego ladea la cabeza.
—No te he preguntado si podías, te he preguntado si lo has hecho. En todos estos meses que llevas hablando con el Grupo Beltrán, ¿te planteaste alguna vez decirles que sí?
Mi primera opción es decir que no. Mentirle. Pero sé que no ganaría nada con eso, así que solo asiento.
—Sí —contesto. Diego sonríe y me señala.
—Pues ahí tienes nuestra respuesta.
Me quedo callada observando cómo una hoja cae al agua y se aleja flotando.
—Pero… —farfullo—. Tú lo has dicho. Es nuestro hotel. Hemos nacido aquí. Nos criamos entre esas cuatro paredes. Papá y mamá…
—Papá ya no está, Aitana. —No lo dice de forma brusca, solo señala una realidad—. Y a mamá no le hemos preguntado qué es lo que quiere. Estaría bien que preguntásemos en vez de suponer las cosas. Todos —aclara.
Ya casi no noto el frío. Me paso una mano por la frente.
—Lo he hecho todo mal —susurro bajito a la vez que trago con fuerza y miro a Diego—. ¿Nerea me odia?
—Jamás podría odiarte.
—No parecía muy lejos de hacerlo hace una hora.