Bandeja de entrada Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

—¡¿Qué?! —dicen los dos a la vez.

Nerea suelta una risa incrédula. De esas que no tienen nada de humor. Como yo, también se cruza de brazos.

—¿Podrías no ser tan críptica y explicarte? Porque me está costando muchísimo seguirte.

Cojo aire despacio.

—Leo Valera, en realidad, es Leandro Beltrán, uno de los dueños del grupo.

Madre mía, cómo escuece decirlo en voz alta.

—Espera, espera, espera… —Diego se pasa una mano por la cara impidiéndome continuar—. ¿El tío del hotel? ¿El escritor que parecía que tenía un palo metido por el culo cuando llegó? ¿Ese Leo?

—Diego —murmura mi madre, pero este la ignora. Tiene toda su atención puesta en mí.

No me queda otra que asentir.

—Se hospedó aquí haciéndose pasar por otra persona para… No sé… —hago un gesto vago con la mano— ¿investigarnos de cerca? ¿Analizar el hotel? ¿Intentar convencerme de que lo vendiera? Escoge la opción que prefieras.

—¿Lo sabías? —pregunta Nerea—. ¿Sabías quién era cuando se registró?

—¡Pues claro que no! —La tensión me hace alzar la voz más de lo que pretendía—. ¡¿Por quién me tomas?!

—¡No lo sé, Aitana! —replica ella de inmediato, casi sin dejarme acabar la frase—. Estoy intentando entender qué coño ha pasado.

—Pues es fácil de entender, Nerea. —Noto cómo la rabia empieza a mezclarse con el dolor dentro de mi pecho—.

Un tipo cuya oferta rechacé decidió que un «no» no era suficiente respuesta, así que se inventó una identidad falsa y se quedó aquí una semana entera mientras me miraba a la cara y me mentía.

Y odio que lo que más me duela no sea solo la mentira, sino no saber dónde acababa Leo y dónde empezaba Leandro Beltrán.

Porque ahora todo me parece contaminado.

Cada conversación. Cada mirada. Cada momento en el que creí que simplemente estaba conociendo a un huésped insoportable que poco a poco dejó de parecérmelo.

Que me ayudó con el estúpido lavabo como si lo hiciera de forma desinteresada y que ahora solo pienso que le di más munición para quedarse con el hotel.

Un hombre que dejé que me tocara, me sonriera y me besara de tal manera que me hizo sentir especial.

«Eres exquisita, joder».

Aprieto la mandíbula. No soy exquisita. Soy estúpida.

—¿Cuándo te enteraste? —pregunta Nerea devolviéndome al presente.

Trago saliva.

—La noche del incendio.

Nerea parpadea. Una vez. Después niega con la cabeza como si hubiera escuchado mal.

—Hace una semana de eso.

—Pensamos que sería mejor esperar a que os recuperaseis del todo —interviene Berta con calma.

Nerea gira la cabeza hacia ella.

—¿Pensamos? —repite—. ¿Que tú también lo sabías?

Berta asiente despacio.

—Cintia y yo nos enteramos al volver a casa del hospital.

Nerea suelta una risa seca. Incrédula.

—Cintia y tú… Ya. Claro. —Mira alrededor. A todos—. Esto es increíble.

—Nerea, por favor…

—No, mamá. Por favor no. —Niega con la cabeza sin dejar de mirarnos.

Ni siquiera parpadea—. ¿Tú no estás enfadada?

Tu hija ha hablado de vender el hotel. Nuestro hotel.

Sin consultarlo con nadie. —Mi madre agacha la cabeza.

Nerea suelta una carcajada—. Vale, tú también lo sabías.

Fantástico. Diego y yo somos los únicos idiotas que no sabíamos nada.

—No ha sido así, nosotras…

—¡Yo no he hablado con nadie de vender nada! —salto antes de poder contenerme dando un paso al frente e interrumpiendo lo que sea que Cintia fuese a decir—. ¡Te he dicho desde el principio que les dije que no!

—¡Pero tendrías que habérnoslo contando, Aitana! —dice Nerea. Su voz resuena entre las paredes vacías del hotel—. Desde el principio. ¡Todos tendríamos que haberle dicho que no!

—No era necesario.

—Claro que lo era.

—No quería preocuparos por algo que no iba a pasar.

—No querías preocuparnos… o no querías que opinásemos.

La miro. Incrédula. Abro la boca y la cierro tantas veces que durante unos segundos no consigo articular ni una sola palabra.

—¿Perdona?

Nerea da un paso hacia mí.

—Siempre haces lo mismo.

Siento cómo algo se tensa dentro de mi pecho.

—¿Qué? —balbuceo—. ¿Qué quieres decir con que siempre hago igual?

Nerea niega con la cabeza y se pasa una mano por la cara.

—Nada —murmura—, olvídalo.

—No. —Aprieto tanto los dientes que creo que se me ha roto una muela—. No lo voy a olvidar.

—Chicas, de verdad…

—No, Cintia. Que lo diga —la corto sin apartar los ojos de Nerea—. Estoy deseando escuchar esto.

Nerea me sostiene la mirada.

—Te crees que eres tú la que tiene que tomar todas las decisiones y que los demás estamos aquí para seguirte.

—Eso no es verdad.

—Sí que lo es. Ha sido así siempre —continúa sin bajar la voz—. En casa. Con el hotel. Con todo.

—Soy la gerente.

—Y yo la responsable de cocina —apunta encogiéndose de hombros—, y todas mis decisiones tienen que pasar primero por ti. Tú las revisas. Tú las valoras. Tú decides si están bien o no. Incluso el menú que quiero servir para cenar.

—Eso no es…

—¿Verdad? —Niega con una sonrisa amarga—.

Deja de decir eso porque sabes que es así.

Todos nuestros pasos tienen que pasar antes por ti.

—Levanta los brazos fingiendo que dibuja un cartel con las manos—.

Aitana, la hermana mayor, la salvadora de los Casamayor, tiene que confirmarme que le parece bien que sirva salmón a la plancha para cenar en vez de ternera en salsa.

—Nerea, ya basta —interviene Diego.

Se gira hacia él.

—¿Yo? ¿Ya basta yo?

—Te estás pasando.

—¿Por qué? ¿Por decir algo que todos pensamos y nadie dice?

El silencio que cae después es peor que un grito.

He empezado a llorar y ni siquiera recuerdo cuándo ha sido.

Sacudo la cabeza limpiándome con la mano las lágrimas que me caen por las mejillas.

—Te estás pasando —repito, aunque mi voz sale mucho más rota de lo que esperaba.

—Claro. Yo me paso. —Vuelve a mirarme—. Porque Aitana nunca se pasa. Aitana nunca se equivoca. Aitana siempre sabe qué hacer. Aitana nunca hace nada mal.

Algo dentro de mí cede. De golpe. Como una cuerda demasiado tirante que se rompe por el centro.

—¡¡¿Que yo nunca me equivoco?!! ¿De verdad te crees lo que estás diciendo? —Mi propia voz rebota contra las paredes ennegrecidas. Todos se quedan inmóviles—. ¡¡Todo lo hago mal, Nerea!! ¡Todo!

Me llevo una mano al pecho porque me cuesta respirar.

Estoy llorando tanto que las lágrimas me impiden ver bien.

—¡Yo no elegí esta responsabilidad! ¡Nunca lo hice! ¡Se dio por hecho que tenía que ser yo y nadie me preguntó si quería!

Las palabras salen atropelladas. Como si llevaran años esperando dentro. Como si ya no hubiera manera de detenerme.

Me llevo una mano al pecho y lo masajeo en círculos.

—Ni siquiera tuve tiempo de pensar qué quería hacer con mi vida porque no había otra opción.

Era esto. Siempre esto. El hotel. Vosotros.

Resolverlo todo. Sostenerlo todo. —Suelto una risa baja, carente de emoción, y extiendo los brazos señalando lo que nos rodea: el vestíbulo, las paredes quemadas, los techos negros o el suelo lleno de restos—.

Y está claro que no lo he hecho bien, porque ya ni siquiera tenemos hotel.

El silencio se vuelve insoportable. Nadie habla. Nadie se mueve. Solo se escucha mi respiración rota llenando el espacio. Las lágrimas me resbalan por las mejillas y ya no me molesto en limpiármelas.

Me duele el pecho y me arde la garganta.

Me vuelvo hacia mi madre, y ojalá no lo hubiese hecho, porque hay tanto dolor en sus ojos…, tanta tristeza…, tanta impotencia…, que siento que algo dentro de mí termina de romperse.

No tendría que haber dicho eso.

No tendría que haber dicho nada.

Quiero acercarme. Abrazarla. Pedirle perdón. Por todo. Pero no puedo moverme. Los pies no me responden y el pecho me duele cada vez más.

Necesito salir de aquí, así que obligo a mi cuerpo a moverse. Pero no hacia mi madre. Hacia atrás. Hacia la salida.

—Aitana… —susurra Berta llamándome, pero niego con la cabeza.

No quiero que nadie me toque. No quiero que nadie me mire. Ahora no. Quiero estar sola.

Doy un paso atrás. Luego otro. Cuando llego a la puerta, estoy temblando.

Nada más salir, el aire me golpea en la cara. Como si el calor hubiese decidido darme una pequeña tregua.

Empiezo a andar. Primero despacio, luego ya no. Cuando quiero darme cuenta, mis piernas están corriendo solas.

Bajo por el camino de piedra sin mirar atrás, cruzo el jardín y dejo atrás el establo. La hierba me roza los tobillos y las ramas me golpean los brazos, pero no freno. Tampoco pienso.

Solo corro.

Corro como si pudiera dejar atrás el incendio. La discusión. La culpa. La mentira. Incluso a Leo. Porque en medio de todo ahí sigue él. Quieto. Mirándome. Mintiéndome.

Corro hasta que el hotel desaparece a mi espalda. Hasta que solo quedan árboles, humedad y el sonido acelerado de mi respiración.

Y no paro hasta llegar al lago.

Me detengo junto a la orilla intentando recuperar el aliento. Este lugar siempre ha sido mío. Mi refugio. Mi escondite. El rincón al que acudía cuando todo pesaba demasiado.

Ahora también está lleno de Leo. En el recuerdo de aquella noche. En el agua. En la orilla. En cada rincón. Y eso me enfurece, porque siento que me ha robado incluso esto.

Pero, aun así, doy un paso hacia el agua.

Porque sigue siendo mío. Y porque, ahora mismo, es el único sitio donde puedo respirar.