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Capítulo 52

Aitana

E s increíble que, siete días después, el hotel todavía huela a humo. No es un olor fuerte ni insoportable, pero está ahí. Al acecho. Pegado a las paredes o escondido entre la madera húmeda y los pasillos vacíos.

O a lo mejor soy yo, que no consigo desprenderme de él.

Ni de él ni de todo lo que pasó aquella noche.

Apoyo las manos en la cintura mientras observo el vestíbulo. El suelo está lleno de cajas, herramientas y plásticos protectores. Algunas zonas siguen acordonadas y hay marcas negras en parte del techo, justo donde el fuego se extendió más rápido.

Podría haber sido peor.

Eso es lo que nos ha repetido todo el mundo durante esta semana: los bomberos, los vecinos, nuestros proveedores, los huéspedes que nos escribieron preocupados, los del seguro… Y todos tienen razón. Podría haber sido mucho peor.

Nerea y Diego están bien. Nadie ha resultado herido. Pero eso no significa que esto no hay sido un desastre.

Se me ocurren unas cuantas palabras para describir estos últimos días, además de rara. Intensa, agotadora, caótica e, incluso, silenciosa por momentos.

Mientras Diego y Nerea terminaban de recuperarse, Berta, que ha dormido una media de cuatro horas al día, y Cintia, que sobrevive a base de café y bebidas energéticas, se encargaban de todo lo relacionado con los huéspedes: las cancelaciones, las recolocaciones, las llamadas preguntando cómo iba todo —algunas interesadas y otras para cotillear—.

De los clientes que querían ayudar y de los que llamaban enfadados exigiendo devoluciones y, en algunos casos, recompensas.

Como si el incendio hubiese sido algo premeditado con el único propósito de fastidiarles las vacaciones.

Irene, por su parte, ha estado ayudando a Cintia con la boda que teníamos contratada para dentro de unas semanas intentando por todos los medios que no la cancelasen.

Que se celebre en el hotel es imposible, pero encontraremos otro lugar igual de bonito. Pero no podemos perder ese dinero.

Ahora no.

Y yo… Yo he vivido enterrada entre papeles: seguros, facturas, presupuestos, daños estructurales, coberturas, lo que entra y lo que no, qué opciones tenemos, cuáles son descabelladas… Todo mientras intentaba no pensar en Leo. O en Leandro.

Da igual cómo se llame. Hacerlo ha sido difícil, sobre todo cuando el mundo parece empeñado en recordármelo cada cinco minutos.

La primera vez fue dos días después del incendio, cuando llamé al hotel Bahía del Norte para confirmar varias facturas de algunos huéspedes que seguían alojados allí.

Axel Peláez contestó personalmente. Fue él quien me dijo que no me preocupase de nada, que el señor Beltrán había dado la orden de que él se encargaría de todo.

El señor Beltrán.

Tuve que apretar tanto la mandíbula al escuchar ese apellido que todavía me sorprende no haberme roto un diente.

Sacudo la cabeza y afianzo los dedos en la cintura. El señor Beltrán no va a hacerse cargo. No quiero deberle absolutamente nada. Por encima de mi cadáver.

Solo que mi cadáver está ahora mismo en tal estado de descomposición emocional que ni siquiera he tenido fuerzas para enfrentarme a eso todavía.

Un ruido detrás de mí me obliga a girarme. Berta aparece con dos cafés en la mano. Me tiende uno.

—Gracias —murmuro antes de darle un sorbo.

Berta suspira y se coloca a mi lado.

—Da un poco de miedo verlo así, ¿verdad? —dice tras observar el hotel en silencio durante unos segundos.

No puedo hacer otra cosa que asentir a sus palabras.

No ha podido describirlo mejor. Miedo. No solo por lo vacío o roto que pueda estar físicamente, sino por todo lo que está por venir.

—¿Estás segura de que quieres hablar hoy con ellos? —pregunta Berta con tiento mientras me mira de reojo.

Me muerdo el labio inferior al tiempo que asiento con la cabeza y me encojo de hombros. No solo le he pedido a mi familia reunirnos aquí para ver cómo ha quedado el hotel, ahora que los bomberos ya nos dejan acercarnos, sino porque ha llegado el momento de explicarles a todos lo del Grupo Beltrán.

Cintia y Berta ya lo saben. Tuvieron a bien dejarme descansar después de mi charla con Leo, pero al despertar se acercaron a mi habitación y me preguntaron por el tema.

No decirles nada era absurdo. E injusto. Me di cuenta de esto último al ver sus caras de desconcierto y preocupación mientras escuchaban mi relato.

Lo bueno que tienen las dos es que no me presionaron. Me apoyaron y entendieron que esperase un poco a contárselo a los demás. Por lo menos hasta que Diego saliese del hospital y nos asegurásemos de que no iba a escupir el corazón por la boca cada vez que tosiese.

—Sí —respondo al final—. No tiene sentido seguir ocultándolo. Además —cojo aire y señalo lo que nos rodea con la mano—, hay que empezar a tomar decisiones.

La puerta principal vuelve a abrirse. Esta vez aparecen Diego y Nerea y, para no perder la costumbre, lo hacen discutiendo.

—Te estoy diciendo que no hacía falta adelantar a ese coche en curva.

—Y yo te he dicho que no me hables mientras conduzco.

—Dejaré de hablarte cuando dejes de conducir como una kamikaze. —Nerea resopla y pone los ojos en blanco—. Espero que no conduzcas así cuando lleves a tu hijo en el coche.

Nerea se vuelve hacia Diego y lo fulmina con la mirada.

—Eres idiota.

—Eres idiota —repite nuestro hermano con un tono agudo y exagerado que solo hace que Nerea lo fulmine aún más con la mirada.

Sonrío. Mucho más de lo que lo he hecho en toda la semana. Que esos dos vuelvan a discutir por estupideces significa que, por fin, están recuperándose del todo.

—Hola a los dos —saludo. Ambos se vuelven hacia Berta y hacia mí.

Diego nos sonríe. Nerea bufa.

—No sé si es seguro que estemos aquí.

—Los bomberos me han dicho que sí. No creo que lo hiciesen si fuese mentira. —Nerea se cruza de brazos y vuelve a bufar.

Sí, confirmado, está estupendamente. Está claro que vuelve a ser ella misma.

—No, Marisa, la boda sigue en pie. Solo estamos reorganizando algunas cosas —dice Cintia, que entra seguida de mi madre e Irene—.

Te prometo que va a quedar preciosa. Confía en mí.

—Hace una pausa. Cierra los ojos y sacude la cabeza—.

Sí, ya sé que tu prima tiene un salón precioso, pero no vamos a trasladar una boda entera a Cuenca.

Y tampoco creo que a tu hija le guste esa opción.

Mientras Cintia termina de hablar con la madre de la futura novia, los demás se pasean por el hotel con una mezcla extraña entre curiosidad y tristeza.

Mi madre se acerca a una de las paredes ennegrecidas del vestíbulo. Pasa los dedos por la madera chamuscada con cuidado, como si le diese miedo hacerle más daño.

—Vuestro abuelo tardó tres semanas en barnizar esto —murmura más para sí misma que para nosotros.

El comentario me aprieta algo dentro del pecho.

Diego se acerca a ella y le pasa el brazo por los hombros atrayéndola hacia su cuerpo. Le deja un beso sobre la sien.

—Recuerda que podría haber sido peor.

Por lo visto, no soy la única que se dice eso.

Cintia cuelga la llamada y suelta un suspiro que retumba entre las paredes del vestíbulo.

—Vale, pues una crisis menos. Marisa sigue convencida de que soy una especie de hada madrina de las bodas.

—Tú lo que eres es una manipuladora profesional —dice Diego guiñándole un ojo.

Cintia suelta una risa baja.

—Y gracias a eso vamos a conservar un contrato de miles de euros. —Se inclina hacia delante haciendo una reverencia—. De nada.

—¿Cuánto te ha faltado para prometerle a esa mujer que aparecerá Alejandro Sanz cantando en el banquete?

Cintia se lleva un dedo a los labios pensativa.

—Pues ahora que lo dices…

—No le des ideas, por favor —murmura Irene provocando una pequeña carcajada general.

Es una carcajada breve pero real. Y es que, a pesar del caos que nos rodea, cuando estamos juntos, somos capaces de sacar fuerza para reírnos.

Me vuelvo hacia Berta y asiento dándole a entender que ya voy a hablar. Alargar el momento no tiene sentido. Me sonríe dándome ánimos y da un pequeño paso atrás, dejándome a mí en el centro.

Meto las manos en los bolsillos del pantalón y carraspeo intentando llamar la atención de los demás.

—Familia, hay algo que tengo que contaros. —Cojo aire despacio cuando seis pares de ojos se vuelven hacia mí.

Las conversaciones se apagan poco a poco hasta detenerse por completo. Mi madre me mira como si supiera lo que voy a decir, Diego deja de observar el techo, Cintia me sonríe y Nerea frunce ligeramente el ceño. Hasta Irene, nuestra intrépida viajera y la que pasa de todo, parece tensarse.

Siento un nudo en el estómago.

—¿Conocéis el Grupo Beltrán?

Diego asiente despacio.

—¿La cadena hotelera?

—Sí.

—¿Qué pasa con ellos? —pregunta Nerea.

Echo un vistazo a mi alrededor; el vestíbulo, la recepción, las paredes… El hotel que mi abuelo prácticamente construyó con sus propias manos.

El nudo aprieta un poco más.

—Hace unos meses, uno de los accionistas se puso en contacto conmigo. Un tipo llamado Leandro Beltrán. —Trago con fuerza al pronunciar el nombre de Leo. Su verdadero nombre. Cambio el peso de un pie a otro—. Me hizo una oferta para comprar el hotel.

El silencio que sigue es inmediato.

—¿Qué? —suelta Nerea con el ceño más fruncido que antes.

—¿El hotel está en venta? —suelta Diego a su vez con incredulidad.

Niego con la cabeza volviendo a cambiar el peso de un pie a otro. No sé cómo ponerme.

—No —digo a la vez que cambio de nuevo el peso de un pie a otro—. La rechacé, pero…

—Pero ¿qué? —inquiere Nerea con un tono un poco seco. Estoy más nerviosa de lo que creía, y el ceño cada vez más fruncido de mi hermana no ayuda precisamente.

—Pero no han dejado de insistir todos estos meses, primero por correo y luego en persona.

—¿En persona? —Diego quita el brazo de los hombros de mi madre.

—¿Te has reunido con el Grupo Beltrán sin nosotros? —Nerea da un paso al frente.

Sacudo la cabeza y cierro los ojos un segundo intentando ordenar todo este desastre antes de decirlo en voz alta.

—No me he reunido con nadie. —Saco las manos de los bolsillos y me cruzo de brazos—. Al menos, de forma consciente.