Bandeja de entrada Capítulo 51 #2
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Capítulo 51 #2

Apoyo los codos en la mesa e inclino el cuerpo hacia delante. Yo tampoco parpadeo. No solo ella sabe jugar a medir fuerzas dentro de esta familia.

—Y así es —afirmo con firmeza.

Claudia por fin parpadea sorprendida. Como si no se esperase esa respuesta.

Echa el cuerpo hacia atrás y se me queda mirando como si me hubiese vuelto completamente loco. Gael, en cambio, se deja caer más en la silla como si estuviera acomodándose para ver el espectáculo en primera fila.

—No puedes tomar una decisión así tú solo —dice por fin Claudia tras, estoy seguro, el silencio más largo de su vida.

Sabía que esta conversación llegaría desde el momento en el que le pedí a Gael que llamara a Echevarría y a Axel, así que estoy preparado para la batalla.

Me cruzo de brazos con la espalda apoyada en el respaldo.

—Claro que puedo.

—No cuando implica dinero de la empresa.

—No estoy usando dinero de la empresa.

Mis palabras consiguen captar la atención de los dos. A Claudia se le escapa un jadeo y Gael se inclina hacia delante en la silla de golpe.

—¿Qué? —pregunta Claudia. Abre tanto los ojos que parece que se le vayan a salir del sitio.

Me paso una mano por la mandíbula antes de responder.

—El grupo no va a pagar nada —aclaro sosteniéndole la mirada a Claudia—. Lo haré yo. Saldrá de mi bolsillo.

—Hostia —dice Gael sin voz moviendo solo los labios.

—Eso es ridículo —replica Claudia dando un paso atrás y sacudiendo la cabeza—. Leandro, estamos hablando de ciento veinte mil euros.

—Ya te he dicho que conozco la cantidad.

—¿Puedes, por favor, tomarte esto en serio por un momento?

—Lo estoy haciendo. —Levanto la vista hacia ella enderezándome en la silla—. Lo que no sé es qué parte de «saldrá de mi bolsillo» no has entendido.

—Madre de Dios… —murmura llevándose una mano a la frente. Empieza a caminar de un lado a otro del despacho como si quedarse quieta le resultara imposible—. Estás perdiendo completamente la cabeza, y la estás perdiendo por un hotel que no tiene ningún valor.

—Lo tiene.

Claudia se detiene en seco. Se gira hacia mí despacio.

—Lo tenía —me corrige—. Ahora no es más que madera quemada, polvo y una estructura a medio caer.

Noto cómo Gael contiene el aire al otro lado de la mesa. Yo también. Y, aun así, no aparto la mirada.

No sabía que sus palabras iban a escocer tanto. Porque El Mirador de Ribamar no es un montón de polvo. Es una casa llena de gente imperfecta que se quiere de una forma escandalosa.

Es Aitana peleando sola contra todo para mantenerla en pie. No es un número. No es un proyecto. Tampoco una adquisición. Es un hogar que merece ser salvado.

Claudia abre la boca para responder, pero se detiene a mitad del movimiento. Sus ojos pasan de mí a Gael para terminar en mí otra vez como si estuviera intentando decidir si estoy hablando en serio o si todo esto es algún tipo de broma.

Pero algo debe ver en mis ojos porque suelta una risa vacía, coge la carpeta y me señala con ella.

—No puedo creer que estés hablando en serio. —Se vuelve hacia Gael—. ¿Tú sabías algo de esto?

Mi hermano pequeño se encoge de hombros con una tranquilidad que, estoy seguro, a Claudia le pone de los nervios. Más de lo que ya está.

—Más o menos —miente porque no tenía ni idea. Es algo que decidí yo solo incluso antes de hacer esa llamada.

Que decidí y me quedé solo para mí.

Aun así, me apoya. Siempre lo ha hecho.

—No puede parecerte bien.

—Bueno, es su dinero, ¿no? Lo que nos parezca a nosotros es irrelevante.

Claudia lo mira como si acabara de traicionarla de la peor forma posible.

Tras lo que me parece una eternidad, da media vuelta y abandona mi despacho dando tal portazo que retumban las paredes. El sonido de sus tacones resuena por el pasillo hasta desaparecer. Supongo que se ha dado cuenta de que es inútil seguir discutiendo porque no va a obtener nada.

No va a hacerme cambiar de opinión.

En cuanto nos quedamos solos de nuevo, Gael suelta un suspiro.

—Bueno… —se reclina en la silla—, la verdad es que ha ido mejor de lo que esperaba.

—¿Qué parte exactamente?

—No ha habido cuchillos y nadie ha saltado por la ventana. Eso siempre es positivo.

A pesar de todo, me río. Una risa baja, pero ahí está.

Resoplo y vuelvo a apoyar la espalda en la silla.

Gael juguetea con el vaso de café que se supone que era para mí sin dejar de mirarme. Lo gira entre las manos una y otra vez esperando el momento adecuado para hablar. O para tocarme los cojones. Con él nunca se sabe.

Pongo los ojos en blanco y le hago un gesto con la mano.

—Di lo que tengas que decir de una vez y márchate —le pido. Gael suelta el vaso.

—Sabes que no puedes hacer esto solo porque te sientas culpable por haberle mentido, ¿verdad?

La frase cae entre nosotros con suavidad. Sin reproches. Precisamente por eso escuece más.

Aprieto la mandíbula.

—No lo hago por eso.

Gael eleva una ceja.

—¿Ah, no?

—O no solo por eso —corrijo tras unos segundos—.

El Mirador era un caos. Las instalaciones estaban anticuadas, necesitaban reformas urgentes y era cuestión de tiempo que pasara una desgracia así.

—Gael no dice nada, solo escucha. Cojo aire—.

Pero también es un sitio que merece ser salvado.

Esa familia lo construyó prácticamente de la nada.

Lo levantaron trabajando como animales durante años.

—Como casi todos los hoteles que hemos adquirido con los años —señala con calma.

Asiento, cierro los ojos y me pinzo el puente de la nariz.

—Tienes razón. —Abro los ojos—. Un imperio como el nuestro no se construye sin que el gato se coma al ratón. Pero creo que no quiero ser el gato. Aquí no. ¿Tiene sentido?

—¿Lo tiene para ti?

—Sí.

Mi hermano asiente lentamente.

—Pues entonces para mí también. —Hace una pequeña pausa antes de continuar—. Pero necesito que entiendas que hacer esto no significa que vayas a recuperarla.

Aparto la vista y tamborileo los dedos contra el reposabrazos de la silla.

—No lo hago porque quiera recuperar a nadie. Lo hago porque es lo correcto.

Gael suelta una risa breve por la nariz y niega despacio con la cabeza mientras se levanta.

—Sigue repitiéndote eso. A lo mejor hasta te lo crees.