Bandeja de entrada Capítulo 51
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Capítulo 51

Leo

L levo siete días intentando no escribirle.

Siete días sin abrir una ventana nueva del correo y teclear su dirección casi por inercia.

Siete días repitiéndome que no tengo derecho a seguir invadiendo su vida después de todo lo que ha pasado.

Siete días convenciéndome de que el silencio es lo mejor para ella.

No está funcionando.

Porque sigo pensando en Aitana Casamayor cada maldito minuto de cada maldito día, y se ha convertido en una tortura que ni esperaba ni a la que sé cómo enfrentarme.

Me he pasado la vida controlando hasta el más mínimo detalle. Analizando problemas y anticipándome a ellos. Buscando soluciones antes siquiera de que aparezcan.

Pero esto no puedo solucionarlo, y creo que esa es la parte que más me está destrozando. Sobre todo porque el problema lo he provocado yo.

Bueno, sí que hay algo que podría hacer. Olvidarme de ella, de su familia y del hotel. Pero no quiero.

El sonido del teclado llena el despacho mientras respondo otro correo más sin apenas leerlo.

Mi bandeja de entrada lleva horas siendo un desfile interminable de presupuestos, seguros, reclamaciones, proveedores y reuniones pendientes.

Pero no me importa. Prefiero trabajar quince horas seguidas a quedarme quieto.

Porque, si me quedo quieto, pienso. Y si pienso, la cago.

Si pienso, le escribiré, aunque tengo la sospecha de que mis correos han acabado en la bandeja de correo no deseado.

O la llamaré. O haré algo que es muchísimo peor: me presentaré en Ribamar, aun a riesgo de que haya un cartel en la entrada del pueblo con mi cara y una diana en el centro.

A pesar de todo, solo de pensar en esa imagen, y las posibilidades tan altas de que esa fotografía exista, me entran ganas de reír. Le pega mucho al carácter fuerte y decidido de Aitana. Y no esperaría otra cosa de ella.

Dejo de teclear y me levanto de la silla. Me acerco a la ventana y me quedo contemplando el skyline de Madrid.

Mi vida ha vuelto a la normalidad: traje gris y aburrido, pelo engominado, chaqueta colgada de forma pulcra sobre el perchero de la puerta y despacho amplio y luminoso. Frío. Impersonal. Reuniones que me importan una mierda y rodeado de gente que no soporto.

Lo dicho. Como siempre. Y lo de siempre he llegado a la conclusión de que no me gusta.

No es que odie mi trabajo o mi vida, es que no es así como quiero vivirla. Quiero más. Quiero que sea diferente. Me faltan cosas que hasta ahora me eran secundarias y me sobran otras muchas que han dejado de tener importancia.

Lo que le dije a Aitana era verdad. Con ella no he sido Leandro, he sido Leo. Y me ha gustado demasiado como para ahora tener que renunciar a él.

El portátil emite un pequeño sonido cuando entra otro correo.

Aunque sé que es imposible, me acerco rápido a mi mesa y mis ojos vuelan a la esquina inferior de la pantalla esperando que sea ella.

No me importa para qué me escriba. Agradecería que fuera hasta para mandarme a la mierda.

Pero el pecho se me desinfla al comprobar que no es Aitana.

Claro que no lo es. Me dijo que no quería volver a saber nada de mí y está cumpliendo lo que dijo.

Aunque no es ella, sí que es algo relacionado con Aitana. Al menos, con el hotel. Axel Peláez ha enviado la previsión completa de los gastos de alojamiento de los huéspedes evacuados tras el incendio.

Tres páginas.

Tres putas páginas de cifras.

Ni siquiera parpadeo al ver el total.

Dije que me encargaría y lo haré. Ese no es el problema. El problema es Axel, que es imbécil.

Aprieto la mandíbula y me siento de nuevo en la silla justo cuando la puerta de mi despacho se abre.

No me sorprendo al ver entrar a Gael. Lleva un café en la mano y una carpeta azul bajo el brazo.

Mi hermano no viste de traje. Él prefiere unos pantalones oscuros, zapatillas deportivas, camisa arremangada hasta el codo y unas gafas de sol colgando del cuello.

Cualquiera diría que viene de una fiesta en vez de una reunión.

Aun así, de alguna forma absurda, consigue que todo le quede bien y no desentone.

—Vaya cara de muerto llevas —dice a modo de saludo.

Deja el café sobre mi mesa y se sienta en la silla frente a mí sin esperar invitación alguna. No la ha esperado para entrar en mi despacho, no la iba a esperar para sentarse.

—¿Has probado a llamar antes de entrar? —pregunto volviendo la vista al portátil.

—¿Has probado tú a no parecer el protagonista de un thriller psicológico? Porque empiezas a preocuparme un poco.

Le enseño el dedo corazón, lo que le provoca una carcajada, antes de regresar al informe y a Axel Peláez.

—Para que veas lo buen hermano que soy, te he traído un café recién hecho. —Empuja el vaso en mi dirección.

—Ya me he tomado uno esta mañana. —Resoplo al leer las primeras líneas del informe. ¿Imbécil? Axel Peláez es un sinvergüenza.

—Pues te tomas otro —continúa Gael dejando la carpeta sobre la mesa y abriéndola—. Mercedes me ha preguntado esta mañana si estás enfermo.

—Si tu asistenta está más pendiente de mí que de tu trabajo, tenemos un problema.

—Nos gusta Mercedes, ¿recuerdas? Así que no seas capullo. Y ni ella ni yo tenemos la culpa de que parezcas el asesino en serie de un documental de esos de Netflix.

Aparto la vista del ordenador y la centro en Gael, que me observa con su característica media sonrisa de tocapelotas y una ceja levantada.

Suspiro mientras me reclino en la silla y entrelazo las manos.

—¿Has venido a darme por saco o tienes algo importante que decirme?

Gael se me queda mirando unos segundos antes de responder. Demasiados para mi gusto. Me da la sensación de que está valorando cuánto puede presionar. O si voy a mandarlo a la mierda si lo hace.

—Gael… —digo cuando el silencio empieza a molestarme.

Mi hermano pone los ojos en blanco y señala la carpeta.

—He hablado con el seguro del Mirador. —Me observa con calma al decir la última palabra. Elevo una ceja para que continúe. Coge la primera página del informe y me la da—. Como ves, van a cubrir una parte bastante grande de los daños estructurales, pero tardarán semanas en liberar el dinero.

Era algo que ya intuía, pero me gusta tener la confirmación.

Cojo el papel y empiezo a leer. Joder, esto es muchísimo dinero. Aitana no va a poder hacer frente a la cantidad que el seguro no cubre. Y cuando dicen que tardarán semanas en liberar el dinero, se refieren más bien a meses.

Y Aitana no tiene meses. Necesita el dinero y lo necesita ya.

—También he hablado con los proveedores de cocina y con el constructor —continúa—. Podrían empezar la semana que viene, pero…

—No —lo corto negando con la cabeza—. Han de empezar cuanto antes. He hablado con los bomberos hace un rato y me han dicho que ya se puede entrar en el edificio.

Gael se reclina en la silla y suspira mientras clava la mirada en mí. Sé lo que me va a decir y no me apetece escucharlo.

—No puedes empezar una reforma en un sitio que no es tuyo. Eso lo entiendes, ¿no?

Dejo el papel sobre la mesa y, como él, me reclino en mi silla.

Claro que lo sé. Como también sé que no debería haber preguntado a su seguro y que, al hacerlo, me estoy saltando la protección de datos y un puñado más de leyes.

Estoy cumpliendo con lo de no escribirle, no llamarla y no presentarme en su casa.

Pero esto… Esto tengo que hacerlo, y sé que he hecho bien tras leer la respuesta del seguro.

Por suerte —o por desgracia, no lo sé aún—, Gael ha decidido subir a este barco conmigo, aunque con reticencias. Como la de recordarme que no puedo reformar un hotel que no es mío.

—Leo…

—No soy idiota —lo corto de nuevo pasándome la mano por el pelo—, sé que no puedo ponerme a reformar el hotel sin el consentimiento de los dueños, pero encontraré la forma de convencerlos.

—Claro. Como te ha ido tan bien hasta ahora… —susurra con ironía.

Una ironía cargada de razón.

Estoy a punto de replicarle cuando la puerta se abre de nuevo. Esta vez es Claudia la que entra. Lleva un traje blanco impecable, el pelo oscuro perfectamente peinado hacia atrás y una carpeta negra en la mano. Como su alma.

—Dime que esto es una broma —señala enseñándome la carpeta. La expresión de su cara es fría y eficiente. Sus ojos pasan de mí a Gael—. No sabía que estabas aquí.

—Yo tampoco que tú ibas a venir, pero mira qué ilusión nos hemos llevado todos. Los tres hermanos juntitos.

Claudia ignora por completo a nuestro hermano, se acerca a mí y deja caer con un sonoro plof la carpeta sobre mi escritorio.

—Explícame esto. —Aunque habla despacio y con un tono de aparente calma, conozco lo suficiente a mi hermana como para saber que es una olla a punto de explotar.

Con parsimonia, cojo la carpeta y la abro. Es el informe de Axel Peláez, el que me ha enviado hace apenas unos segundos.

No sé qué me sorprende más: que Axel le haya enviado el informe también a mi hermana —como si estuviéramos en el colegio y Claudia fuese la directora a la que hay que ir a chivarse— o que mi hermana haya tenido tiempo de leerlo, imprimirlo y subir hasta aquí en menos de diez minutos.

Cierro la carpeta y la deslizo por la mesa hacia Claudia.

—Es un asunto del que me estoy ocupando.

—Un asunto de casi ciento veinte mil euros. —Aprieto los dientes y suelto el aire despacio por la nariz antes de responder.

—Lo sé. He visto la cantidad. Recuerda que mi fuerte son los números.

Claudia no hace caso de mi pulla y ni toca la carpeta. Se inclina hacia delante con las manos apoyadas en la mesa. Tampoco parpadea. Tiene los ojos fijos en mí.

—¿Vas a explicarme en qué demonios estás pensando? Porque Axel asegura que has prometido hacerte cargo de todos los gastos derivados del incendio. —Por supuesto, sigue sin elevar la voz, aunque su tono es cada vez más duro.

Se inclina más hacia delante con los ojos entornados.

—De todos —recalca como si no supiera lo que significa esa palabra.

La observo en silencio. Hace años, esa mirada conseguía ponerme firme de inmediato. Es demasiado parecida a la de nuestra madre. Ahora solo consigue agotarme un poco más.