Capítulo 50 #2
Aprieta la mandíbula.
—Aitana…
—No. —Levanto una mano para frenarlo—. No vuelvas a decir mi nombre como si todavía tuvieras derecho a hacerlo.
—No iba a… No quería… —Su voz se apaga un segundo. Como si no supiera bien cómo continuar. Como si no supiera cómo ordenar todo lo que quiere decir.
Sacude la cabeza.
—Lo que has dicho no es…
—¿Cierto? —termino por él mientras me cruzo de brazos—. ¿No es cierto que estás aquí porque quieres quedarte con nuestro hotel?
Aparta la vista un momento.
—Puedo explicarlo.
—Pero es que yo no quiero tus explicaciones. —Noto cómo me tiembla la voz y odio que él pueda darse cuenta—. Lo único que quiero es que te vayas.
Leo da un paso hacia mí. Pequeño. Cauteloso.
—Y yo lo único que quiero es hablar contigo cinco minutos porque nada de esto es tan simple como parece —dice con la voz ronca—.
Quiero explicártelo todo. Quiero que lo entiendas.
Que me entiendas. Sé que tiene muy mala pinta y que tienes derecho a estar enfadada, pero me gustas demasiado como para dejar que todo termine así.
—No se te ocurra ir por ese camino.
—Pero mi intención nunca fue quedarme con algo que es tuyo —continúa ignorando mi advertencia—. Nunca fue engañarte. Ni antes ni ahora. Ni en los negocios… Ni en lo nuestro. —Lo último lo dice señalándonos a los dos.
Como si realmente hubiese un nosotros.
Me muerdo el labio inferior con fuerza y aparto la vista. El pecho me late demasiado rápido. Tanto que duele.
¿Por qué me afecta así?
No tiene sentido.
Lo conozco desde hace apenas unos días. No existe un nosotros.
—Aitana… —La suavidad de su voz hace que levante la cabeza. Y entonces noto su mano. Está acariciándome la mejilla.
No sé en qué momento se ha acercado tanto.
El contacto me rompe por dentro de una forma tan inmediata que tengo que contener el aire en los pulmones para no derrumbarme delante de él.
No puedo hablar.
Estoy a punto de romperme y no quiero.
Romperme delante de Leo es lo último que quiero hacer.
Más tarde de lo que debería haberme permitido, doy un paso atrás.
Su mano cae lentamente a un lado.
Cojo aire.
—Márchate, Leandro —digo a propósito asegurándome de llamarlo Leandro y no Leo.
El silencio que sigue a mis palabras se hace eterno.
Leo cierra los ojos y se pinza el puente de la nariz. Agotado. Dolido. Triste. Nadie es tan buen actor como para fingir tan bien, ¿verdad?
—Te lo dije —susurra atrayendo mi atención de nuevo antes de que pueda seguir haciéndome más preguntas.
Sonríe, aunque de una manera tan triste que tengo que apartar la vista para que no se me note demasiado todo lo que me provoca—.
Lo nuestro ha sido real, Aitana. Lo que ha pasado entre nosotros, lo que siento por ti, no entraba…
—¿En tus planes? —lo interrumpo antes de que pueda decir algo que me haga flaquear.
Antes de que pueda decir algo que me haga recular.
Él niega enseguida.
—No iba a decir eso. —Sus ojos vuelven a clavarse en los míos—. Tú nunca has sido un plan, Aitana. De hecho, has sido el mejor no plan de mi vida.
Y ahí está.
La gota que colma el vaso.
Siento la rabia subir por mi garganta tan rápido que casi me mareo.
—Ahórrate tus palabrerías para otra —inquiero con una carcajada amarga—.
Aunque no sé de qué me sorprendo, eres un hombre de negocios acostumbrado a conseguir lo que quiere con solo chasquear los dedos.
Pues enhorabuena, has conseguido que la idiota que no quería venderte su hotel se metiese en tu cama.
Seguro que hasta te dan un plus por productividad.
El golpe lo atraviesa de lado a lado. Lo veo en cómo aprieta la mandíbula. En cómo aparta la vista un segundo.
—No digas eso.
—Márchate.
—Esto no tenía que acabar así.
—Tienes razón. —Me encojo de hombros—. Tenía que acabar con mi firma en un papel con el logo de tu empresa.
Pues parece que eso ya no va a pasar, principalmente porque ya no queda hotel que poder comprar.
Una pena, ¿verdad? Lo siento mucho por vosotros.
—El veneno convierte cada una de mis palabras en algo afilado—.
El Mirador de Ribamar ya no podrá formar parte de esa flota de más de cien hoteles que el Grupo Beltrán tiene repartidos por España y con presencia consolidada en Europa y Estados Unidos.
Aprieto los labios y respiro hondo intentando tragarme el nudo que me oprime la garganta.
Leo permanece inmóvil unos segundos, como si estuviese buscando algo que decir.
Cierro los puños hasta clavarme las uñas en las palmas.
—Estás tan obsesionado con crecer y con hacerte con todo que ya ni siquiera ves lo que hay detrás de cada hotel que compras.
Para ti solo son números. Estadísticas. Terrenos.
Inversiones. Pero no todo se puede medir así, Leo.
Hay cosas mucho más importantes que el dinero y el poder.
—La voz me tiembla y odio que él pueda notarlo—.
Prefiero mil veces esta vida caótica y agotadora, con goteras y problemas reales, que convertirme en un cascarón vacío lleno de dinero.
Me mira con tanta intensidad que por un momento creo que va a responder. Que va a defenderse. Que va a decirme que me equivoco.
Pero no lo hace.
Y eso debería aliviarme, porque significa que tengo razón, pero consigue el efecto contrario, porque me enfurece mucho más.
El silencio se alarga entre nosotros. Finalmente baja la vista hacia el suelo y asiente una sola vez. Despacio.
Derrotado.
—Entiendo que me odies ahora mismo —murmura. Vuelve a levantar la cabeza. Sus ojos oscuros encuentran los míos una última vez—. Pero, por favor, dime solo si Diego y Nerea están bien.
El silencio vuelve a caer entre nosotros.
Odio que siga preguntando.
Odio que siga sonando sincero.
Odio que una parte de mí quiera creerle.
—Lo están —contesta Berta por mí. Me vuelvo hacia ella. Me había olvidado de que mis dos hermanas y Miguel seguían aquí.
Berta avanza hasta situarse a mi lado. Cuando llega, me coge de la mano y me da un apretón, aunque sus ojos están clavados en Leo.
—Nerea está bien —continúa—. Le darán el alta en unas horas. Diego se quedará un par de días más solo por precaución. Ha inhalado mucho humo.
Leo asiente a la vez que veo cómo parte de la tensión abandona sus hombros.
—Gracias —susurra.
Suena tan genuinamente preocupado que me enfado todavía más. Porque no sé qué hacer con eso. Sería mucho más sencillo si fuese un imbécil frío y despiadado.
Leo asiente lentamente otra vez.
—Gracias por decírmelo —repite.
—Pero ahora es mejor que se marche, señor Beltrán. —Esta vez es Cintia la que habla.
Como Berta, también se coloca a mi lado y me da la mano.
Yo no respondo. No digo nada. Solo me dejo sostener por mis dos hermanas. Me aferro a sus manos como si fueran mi tabla salvavidas.
A Leo no le queda más remedio que claudicar. Mete una mano en el bolsillo del pantalón y se dirige hacia su coche. Al pasar por mi lado, lo hace despacio. No sé si adrede o sin querer, pero lo hace lo bastante cerca como para notar el olor de su colonia mezclado con el humo.
Se detiene un instante antes de abrir la puerta del coche. Siento sus ojos clavados en la nuca.
—Siento haberte hecho daño, Aitana —musita.
La forma en la que pronuncia mi nombre me destroza un poco más por dentro—.
Jamás fue esa mi intención. Solo vine aquí para intentar hablar contigo sobre el hotel.
Lo de quedarme, lo de fingir ser escritor…
, salió sin más. No fue planeado. —Suelta una risa breve—.
Sé que mi palabra no tiene ningún valor para ti, pero nada fue planeado. Te lo juro.
Mis dos hermanas me aprietan la mano. O yo a ellas. No lo sé. Solo sé que mis ojos se cierran.
—Lo de besarte, lo de sentir algo por ti, ocurrió porque eres la mujer más increíble que he conocido —añade en voz más baja—.
Contigo he podido ser Leo y no Leandro, y no recuerdo la última vez que eso pasó.
La última vez que me sentí tan vivo. Yo…
—Se le corta la voz un segundo—. Lo siento. De verdad.
«Yo también», pienso, pero no lo digo. Porque, si abro la boca ahora mismo, no sé qué saldrá de ella.
El sonido de la puerta del coche al abrirse rompe el silencio. Por el rabillo del ojo veo cómo se mete dentro, arranca el motor y, unos segundos después, el coche comienza a alejarse.
Aparto la vista y me vuelvo hacia mis hermanas. Berta y Cintia me miran con preocupación y desconcierto.
Cierro los ojos un segundo e hincho los pulmones de aire.
—Tengo que contaros una cosa —murmuro.
Berta asiente y, para mi asombro, sonríe.
—¿Una? Creo que tienes que contarnos unas cuantas, pero no ahora. —Tira de mí y comienza a caminar hacia la casa—. Ahora vamos a ducharnos, a comer algo y a dormir un poco. Ya afrontaremos los nuevos problemas mañana.
La forma tan tranquila en la que lo dice hace que algo dentro de mí afloje un poco. Y se lo agradezco. No puedo con más cosas hoy.
Tras despedirnos de Miguel, subimos los escalones del porche en silencio. Cintia bosteza a mitad de camino y Berta le pasa un brazo por los hombros mientras busca las llaves en el bolso.
Cuando llego a la puerta, me detengo un instante. Antes de entrar, me giro. A lo lejos, el coche de Leo termina de desaparecer al final de la carretera.
Y por alguna razón que sigo sin entender, verlo marchar duele más de lo que esperaba. A lo mejor porque, aunque me niegue a creerlo, sí que empezaba a haber un nosotros, y sí que ha sido real. Al menos para mí.