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Capítulo 50

Aitana

N o sé cómo, pero he conseguido enviar a todo el mundo a casa. Bueno, a todo el mundo no, porque mi madre se ha quedado con Nerea y Mateo con Diego.

A Nerea le darán el alta en unas horas, y mi madre ha prometido irse a casa con ella y descansar un poco antes de volver al hospital para quedarse con Diego.

Mateo, por su parte, ha prometido que se irá a casa cuando eso pase.

Aunque lo ha hecho a regañadientes y mirándome como si, en vez de su mejor amiga, me acabase de convertir en su enemiga número uno por haber sugerido tal cosa.

Pero no puede acampar en el hospital.

Nos han dicho que, aunque Diego está bien, quieren que se quede un par de días más. Ha tragado mucho humo y quieren controlarle los pulmones y la tos.

Y yo…, bueno, yo ya no puedo más.

Miguel ha venido a recogernos a Berta, Cintia y a mí hace unos minutos para llevarnos a casa.

Se ha convertido en mi chófer oficial. Cierro los ojos y apoyo la frente en el cristal mientras intento encontrar la manera de pedirle a mi corazón que ralentice un poco el ritmo, pero no la encuentro.

Llevo tantas horas funcionando por pura adrenalina que parar da miedo.

Porque, en cuanto paras, piensas.

Y yo no quiero pensar. Estoy cansada de hacerlo.

Mi cabeza es un torbellino de dudas, preguntas y respuestas, y, si las pienso, colapsaré, y si eso pasa… Si eso pasa, todo se vendrá abajo, y no lo puedo permitir. Ya hemos perdido bastante esta noche.

No puedo permitir que perdamos más.

Pero por mucho que le esté pidiendo a mi cabeza que pare no lo hace, y el silencio que reina dentro del coche no ayuda.

Echo un vistazo a la parte de atrás. Cintia va apoyada en el hombro de Berta.

La primera duerme mientras la segunda mira distraída el móvil.

Como si sintiera que la estoy observando, levanta la cabeza.

Me regala una pequeña sonrisa y levanta el móvil.

—Irene ya ha embarcado. —Suspiro de forma melodramática y me llevo una mano al pecho.

—Sí que está mal la cosa si la hija pródiga vuelve a casa.

Berta suelta una risita, pero enseguida se tapa la boca con la mano para no despertar a Cintia, aunque tarde. Esta abre los ojos y se despereza apartándose del hombro de Berta y limpiándose la comisura de la boca, en la que tiene un hilillo de baba colgando.

—Me duele hasta pensar —balbucea con la voz pastosa.

—Porque no estás acostumbrada —dice Berta susurrando, aunque lo suficientemente alto para que todos la oigamos. Cintia se vuelve hacia nuestra hermana con los ojos abiertos de par en par y cara de indignada mientras Miguel, Berta y yo nos reímos.

—¡Oye! —protesta—. Menudo ataque más gratuito. Y viniendo de ti. Nunca lo hubiese esperado.

Es la primera vez que me río a carcajadas desde hace horas y me duele la garganta. Y es por una tontería. Pero hay que ver lo bien que sienta.

—Alguien tiene que tomarle el relevo a Diego hasta que vuelva —dice con esa calma que la caracteriza.

Cintia da un grito emocionada.

—¿Podemos hablar de la reconciliación de Diego y Mateo? El amor está en el aire. —Pestañea feliz.

Me muerdo el labio inferior. Vaya si lo está. La imagen de Raquel y Javier besándose en el hospital me viene a la memoria.

Llevaba tiempo sospechando que Raquel se veía con alguien. Que ese alguien era mi excuñado he de decir que me ha sorprendido. Pero solo al principio. Los primeros dos segundos. Después he recordado cómo suspiraba mi amiga por él en el instituto y me he alegrado por ella. Muchísimo.

Javier es un gran tipo. De los pocos que quedan. Y sé que la hará feliz. Solo hay que fijarse en cómo la miraba. O como la ha mantenido agarrada a él. Firme. Como si quisiera asegurarse de que seguía ahí. Como si tuviera miedo de que mi amiga saliese corriendo si la soltaba.

Trago saliva y dejo de sonreír en cuanto mi cabeza mezcla esa imagen con otra.

Unas manos sujetándome la cintura. Unos labios besando los míos de manera urgente y desesperada.

Una voz grave diciéndome que lo nuestro era real.

Unos brazos sosteniéndome mientras intentaba no romperme al ver el hotel ardiendo.

Unos ojos oscuros mirándome como si yo fuese algo importante.

Aprieto la mandíbula.

No pienso pensar en Leo. O en Leandro. O en como narices se llame en realidad.

No pienso pensar en un hombre que miente, se infiltra en mi vida y utiliza mis sentimientos para conseguir algo que es mío. Que es tan importante para mí y mi familia.

No. Ni de coña.

Esa persona se ha ido. Ya no está. Y no pienso volver a verlo.

—Aitana, tienes una cara un poco rara.

Abro la boca para responder cualquier tontería, pero Miguel habla antes.

—Aitana, creo que tienes visita. —Frunzo el ceño.

—¿Qué?

Miguel hace un gesto con la cabeza hacia delante. Al volverme, el corazón se me desploma, y la poca templanza que había podido conseguir se va a tomar por saco; hay un coche aparcado frente a mi casa.

Un Lincoln Navigator negro demasiado familiar.

Por un instante se me corta la respiración.

—No me jodas —gruño mientras mi mirada recorre todo el perímetro, pero no veo a nadie.

O está dentro del coche o en el porche.

Miguel reduce la velocidad hasta detenerse por completo frente a la puerta de mi casa, y entonces mi pregunta queda resuelta.

Leo está sentado en una de las sillas del porche.

Tiene la cabeza echada hacia atrás contra la pared de madera y los brazos cruzados sobre el pecho. Por su cara y el movimiento brusco que hace al escucharnos llegar, está claro que se había quedado dormido esperando.

Se incorpora deprisa poniéndose de pie. Sigue llevando la ropa con la que hemos tenido la cita, pero no hay ni rastro de la pulcritud esa tan característica suya. Está despeinado, sus ojos parecen agotados y tiene la camisa arrugada y por fuera del pantalón.

—¿Ese es el señor Valera? —pregunta Berta con cautela. Ella y Cintia no tienen ni idea de lo que ha pasado, no saben quién es Leo en realidad, pero me conocen lo suficiente como para saber que algo ha pasado. Algo gordo.

Supongo que la tensión de mi cuerpo es indicativo suficiente.

Y el nudo que llevo soportando toda la noche en la garganta se convierte en rabia.

Mucha rabia.

—¿Quieres que demos otra vuelta? —pregunta Miguel esta vez. Él tampoco sabe del todo lo que ha pasado, pero estaba delante cuando hemos discutido en el aparcamiento.

Aprieto la mandíbula.

—No —murmuro mientras me desabrocho el cinturón—. Esta es mi casa. El que sobra aquí es él. —Antes de abrir la puerta, me vuelvo hacia Berta—. Y no es el señor Valera, su nombre es Leandro Beltrán.

—¿Qué? —No dejo que Berta siga hablando. Abro la puerta y la cierro de un portazo al salir.

Leo da un paso bajando el primer escalón. Lo apunto con el dedo y niego con la cabeza.

—Ni se te ocurra acercarte más.

Se queda quieto.

—Aitana…

—¿Se puede saber qué haces aquí? Creí haberte dicho que no quería volver a verte. —Leo se pasa una mano por el pelo despeinado.

—Tenemos que hablar. —Una risa carente de humor se me escapa por la nariz.

—Te he dicho que tú y yo no teníamos nada de qué hablar, y eso es algo que en estas horas no ha cambiado.

—¿Cómo están Diego y Nerea? —pregunta pasando por alto lo que le he dicho y bajando dos nuevos escalones.

Se me escapa otra carcajada.

—Como si te importase —escupo con rabia.

Achina los ojos y me mira como si lo hubiese ofendido.

—Pues claro que me importa.

—Me da igual. Márchate.

—Aitana, joder. Solo dime si están bien.

Niego con la cabeza con el pecho ardiéndome de impotencia.

—No. Largo.

Baja el último escalón y pisa el camino de piedra del jardín.

—¿Puedes dejar de ser tan cabezota solo por un momento?

—¡¿Y tú puedes largarte de mi casa?! —Señalo su coche—.

Por cierto, ¿cómo sabías dónde vivo? —Una risa amarga se me escapa antes de que pueda contenerla—.

No, espera. Qué pregunta tan estúpida. Seguro que fue tu asistenta.

La misma a la que mandaste a esa revista para lavarte la imagen.

—Frunzo el ceño fingiendo pensar—. ¿Cómo se llamaba?

Ah, sí. Core . Aunque igual ha sido la de los bombones y el café.

Ya me cuesta seguirles el ritmo a tus estrategias.

Niego despacio.

—¿Sabes? No contestes. No quiero saberlo. Seguro que digas lo que digas será mentira.

—No te he… —Se calla. Mejor. Se pasa una mano por la cara antes de volver a mirarme—. ¿Podrías, por favor, decirme si Diego y Nerea están bien?

—¿Y para qué lo quieres saber? ¿Para saber si ahora tienes que negociar con solo cuatro propietarios en vez de que con seis?

—Las palabras salen cargadas de veneno. Me abrasan la garganta al pronunciarlas.

Nunca me había escuchado hablar así. Nunca había mirado a alguien con tanta rabia.

Pero es que estoy tan dolida que siento que todo me quema por dentro—.

¿Necesitas saber si el incendio te ha facilitado un poco el trabajo?

El silencio que sigue a eso es seco. Cortante.

Incluso el aire parece tensarse entre nosotros.

Estoy preocupada por el hotel, por Nerea y por Diego. Estoy triste por el incendio, agotada después de tantas horas de tensión y completamente abrumada por todo lo que se nos viene encima a partir de ahora.

Pero lo que más estoy es cabreada. Conmigo. Porque a pesar de toda la mierda que tengo encima ahora mismo, de todo por lo que tengo que preocuparme, el pecho me duele por culpa del hombre que tengo delante, sobre todo por mirarme como lo hace.

Porque me mira como si le importara.

Leo ha visto partes de mí que nadie más conoce. La Aitana cansada. La que tiene miedo. La que se rompe cuando cree que nadie la está mirando, y eso hace que el golpe duela muchísimo más.

Cierra los ojos, los abre y sacude la cabeza.

—No digas eso.

—¿Por qué? —Me cruzo de brazos como si así pudiera sujetarme entera—. ¿Porque te hace parecer mala persona?

—Porque no pienso eso.

—Claro. —Asiento despacio notando cómo los ojos se me llenan de lágrimas otra vez—. Igual que tampoco pensabas manipularme, ni mentirme ni meterte en mi hotel haciéndote pasar por otra persona.