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Capítulo 49

Raquel

A bro los ojos de golpe al notar que la cabeza se me cae hacia un lado. Parpadeo intentando enfocar la vista porque durante unos segundos no sé ni dónde estoy. Hasta que el olor característico de los hospitales me inunda las fosas nasales y todo lo acontecido esta madrugada vuelve a mi mente.

La llamada desesperada de Javier avisándome de que el hotel se había incendiado y que estaban llevando a Diego y a Nerea al hospital por inhalación de humo, las lágrimas de Carmen, Diego tumbado en esa camilla con el oxígeno, la cara desencajada de Mateo cuando ha cruzado las puertas, el rostro destrozado de Aitana, el olor a humo rodeándolos a todos…

Me paso la mano por la cara. Si yo estoy preocupada. Y triste. Y cabreada. No me quiero ni imaginar cómo estarán los Casamayor.

Ese hotel es su vida.

El Mirador de Ribamar son ellos. Es su esencia. Y ya no está. Por lo menos la mayor parte. No he visto cómo ha quedado, y la verdad es que me da miedo hacerlo. Pero por las caras de todos cuando han llegado al hospital puedo hacerme una idea.

Suelto un suspiro y me froto los ojos. ¿Qué van a hacer ahora? ¿Cuánto daño habrá sufrido el hotel? ¿Se puede arreglar? Si es así, ¿cuánto tiempo tardarán en volver a ponerlo en pie? Porque lo harán.

Los Casamayor siempre lo hacen. Siempre encuentran la manera.

Pero esta vez…

Esta vez ha sido demasiado grande. Y Aitana… No sé cómo alguien puede soportar un golpe así sin derrumbarse. Siempre parece tan fuerte. Tan entera.

La busco por la habitación. Ha llegado hace unas horas acompañada por Miguel, aunque este la ha dejado y se ha marchado.

Llevaba la cara manchada de hollín, el pelo revuelto y la ropa arrugada y sucia.

Tenía los ojos completamente rojos y la mirada perdida, pero aun así seguía moviéndose de un lado a otro pendiente de todo el mundo menos de sí misma.

Ahora duerme en la silla, con la cabeza medio colgando a un lado y soportando el peso de la de Berta sobre el hombro.

Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.

Ni en sueños consigue relajarse. Aunque Berta no está mucho mejor.

Tiene la boca entreabierta, las gafas torcidas y una mano aferrada a la manga de Aitana, como si incluso dormida necesitara asegurarse de que su hermana sigue ahí.

Cintia está a poca distancia de las dos tumbada sobre tres sillas, encogida sobre sí misma y tapándose parte de la cara con el brazo. Parece mucho más pequeña así. Más frágil. Como una niña que se ha quedado dormida esperando a que alguien le diga que todo va a salir bien.

Carmen sigue dentro con Nerea y Mateo con Diego. No creo que consigamos sacar a nuestro amigo de esa habitación hasta que el cabezota de su novio lo haga.

Novio. Diego y Mateo por fin son pareja.

Una pequeña sonrisa estira de mis labios hacia arriba. Algo bueno tenía que salir de toda esta mierda.

Joan, que tiene la cabeza apoyada en mi regazo, se remueve inquieto, lo que me hace bajar la vista.

Aunque no quería, y lo ha intentado con todas sus fuerzas, al final también se ha quedado dormido.

Estaba agotado. No se ha separado del lado de su madre desde que Javier y él han llegado al hospital.

No quería llorar. Quería mostrarse fuerte. Mayor. Como si hacerse el valiente fuese a hacer que todo esto doliera menos. Hasta que ha visto las lágrimas de sus tías, de su abuela, de su padre… Y se ha venido abajo como un castillo de naipes.

Sus padres querían mandarlo a casa, pero no tenían a nadie con quien enviarlo, y tampoco se iba a marchar.

Si hay un rasgo que caracterice a este niño es la tozudez propia de los Casamayor.

Así que me he ofrecido a cuidarlo. A vigilarlo.

Y aquí estoy, pasándole los dedos con cuidado por el pelo para ver si así consigo que ese gesto de preocupación que tiene en la cara desaparezca.

Solo tiene diez años. No debería preocuparse por absolutamente nada.

Cierro los ojos un segundo y apoyo la cabeza en la pared que tengo a la espalda.

Menos mal que Javier nos ha conseguido esta sala para descansar.

Porque, de no ser así, estaríamos todos desperdigados por los pasillos del hospital intentando dormir sentados en sillas incómodas y con las luces blancas clavándose en los ojos mientras los demás no paran de acercarse para interesarse por el incendio y hacen preguntas que nadie sabe contestar todavía.

Un ruido me hace abrir los ojos. Pero no me muevo. No quiero despertar a Joan.

La puerta de la habitación, que está entornada al máximo, se abre un poco y Javier aparece por ella. En cuanto sus ojos me miran, me llevo un dedo a los labios pidiéndole silencio. No quiero despertar a nadie.

Asiente y sale al pasillo indicándome antes que lo acompañe. Cojo la cabeza de Joan y la muevo con cuidado dejándola apoyada en la silla en la que antes estaba sentada. Miro a los demás un momento. Duermen. Así que salgo de la habitación de puntillas.

Como antes, no cierro la puerta, la dejo entornada. Javier me espera al final del pasillo, junto a la máquina de café. Camino hacia él con paso decidido y, al llegar, me lanzo a su cuello. Sus brazos no tardan mi medio segundo en atraparme. Entierra la nariz en mi cuello y lo escucho inspirar.

—Hola —susurro en voz baja. Como si todo el hospital durmiese y no quisiéramos molestarlo.

Javier aprieta los brazos sobre mi cintura y suspira.

—Gracias por ocuparte de Joan. —Me separo lo justo para mirarlo a la cara. Aunque se esfuerza por sonreír, tiene unas ojeras que le llegan hasta el suelo y la mirada cansada de alguien que lleva demasiadas horas intentando sostenerse por los demás.

Me recuerda a la de Aitana.

—Está bien —le aseguro deslizando las manos desde su cuello hasta sus mejillas—. Por él no te preocupes. O no en exceso.

Suelta una risa baja. Una de sus manos comienza a acariciarme la espalda de forma distraída.

—¿Cómo están Nerea y Diego?

Javier vuelve a suspirar.

—Mejor. —Asiente despacio—. A Nerea, probablemente, le den el alta esta tarde si sigue respondiendo igual de bien.

Diego tendrá que quedarse un poco más. Ha inhalado bastante más humo que Nerea y quieren seguir controlándolo.

Sigue cansado y le cuesta respirar profundo sin toser, pero está bien. Están bien los dos.

Aprieta los dientes y cierra los ojos un instante, como si solo decirlo en voz alta le quitara un peso enorme de encima. Yo suelto de golpe el aire que ni sabía que estaba conteniendo.

—Eh… —murmuro pasándole los pulgares por las mejillas—, tú lo has dicho. Están bien.

Asiente. Sigue con los ojos cerrados.

—Lo sé, pero… —abre los ojos. Los tiene aguados— si les llega a pasar algo… Si Nerea… —No termina de hablar. Sacude la cabeza—. Joan estaba tan asustado, Raquel… Él… Su madre…

Un nudo se me forma en la garganta. Uno que me obligo a tragar mientras me esfuerzo en sonreír y, sobre todo, en mostrarme fuerte.

—Pero no ha pasado nada. —Mi pulgar atrapa una lágrima solitaria. Javier parpadea para no dejar escapar ninguna más. Le sonrío cuando me mira—. Nerea está bien. Los dos lo están. Y eso es lo único que importa, ¿vale?

Asiente. No sé si mis palabras lo han animado o tranquilizado. Aunque fuese un poco. Pero por lo menos asiente.

Expulsa el aire despacio. Su aliento me hace cosquillas en los labios. Una de sus manos continúa acariciándome la espalda. Apoya su frente en la mía.

—Gracias por sostenerme —musita.

Llevo las manos a su nuca. Acariciándosela.

—Gracias por salvarles la vida a mis amigos —digo en respuesta provocándole una carcajada. Una que silencia él mismo robándome un beso.

Uno lento. De esos que no nacen del deseo, sino de la necesidad de encontrar un poco de calma en mitad del caos. Un beso reconfortante. De los que curan.

Un carraspeo nos sorprende. Uno que hace que nos separemos, que los ojos se me abran de par en par y que el corazón comience a latirme muy rápido.

Aitana está a unos pasos de distancia y nos mira en silencio, con las manos metidas en los bolsillos y los ojos todavía hinchados por el cansancio y todo lo que ha llorado esta noche.

Cuando nuestras miradas se cruzan, una gran sonrisa pícara aparece en sus labios. Aun así, a mí el corazón se me sube a la garanta.

—Aitana, yo… Esto… —empiezo a decir, pero ella levanta la mano silenciándome y niega con la cabeza.

—Ni se te ocurra decirme que no es lo que parece.

—No iba a hacerlo.

—¿Y qué ibas a decir?

—Que no es lo que parece. —Aitana echa la cabeza hacia atrás soltando una carcajada. Una que recorre el silencioso pasillo y que hace que sienta mariposas en el estómago.

Aun así, suelto a Javier y doy un paso atrás. Sus manos desaparecen de mi cintura, pero no deja que me vaya muy lejos porque me agarra de la mano con firmeza.

Sus ojos bajan despacio hasta nuestras manos entrelazadas. Después vuelven a subir hasta nuestras caras.

Parpadea y arquea una ceja.

—¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo qué? —Sé a qué se refiere, pero me hago la idiota. La sonrisa de Aitana se amplía.

—¿Desde cuándo Javier tiene permiso para besarte contra una máquina de café del hospital y tú disfrutar con ello?

Javier se atraganta con una risa a mi lado. Yo noto cómo el calor me sube por el cuello a toda velocidad. Aitana ladea la cabeza y espera como si de verdad fuese a contestarle.

Quiero desaparecer. Pero la mirada inquisitiva de Aitana no me deja y el apretón firme de Javier tampoco.

—Desde hace unos meses —contesta este por mí cuando ve que el silencio está extendiéndose demasiado.

Aitana asiente y frunce el ceño.

—¿Y por qué era un secreto? —pregunta. No suena molesta. Solo sorprendida. Como si de verdad no entendiera por qué habríamos querido esconder algo así.

Abro la boca para contestar, pero la verdad es que no me salen las palabras. Las razones que tenía ahora mismo me parecen un poco estúpidas.

Aitana sacude la cabeza y da un paso al frente. Vuelve a sonreír, pero esta vez su sonrisa no es pícara. Es de esas que están llenas de cariño y ternura.

—Nunca me ocultes algo que te hace feliz.

El pecho se me encoge.

—No quería hacerle daño a nadie. —No hace falta que dé nombres. Aitana sabe a quién me refiero.

—Lo sé.

—Tampoco sabía cómo decíroslo.

Se encoge de hombros.

—Como se dicen las cosas importantes. Con tequila y muy poca vergüenza.

Por primera vez desde que Aitana nos ha pillado, se me escapa la risa. Javier sonríe también. Aitana nos mira a los dos y niega con la cabeza divertida.

Durante un segundo, los tres sonreímos en mitad del pasillo como si no llevásemos encima la peor noche de nuestras vidas.

Tras unos segundos, Aitana baja la vista al suelo, se frota los brazos como si de pronto tuviera frío y suelta el aire por la nariz. Cuando vuelve a levantar la cabeza, se gira hacia Javier.

—Yo venía a preguntar por mis hermanos.

—Los dos están bien. A Nerea es probable que le den el alta en unas horas. Diego se quedará uno o dos días más, dependiendo de cómo vean que respira. Pero está fuera de peligro. Los dos lo están.

Escucho cómo mi amiga suelta el aire de golpe. Como si llevase horas conteniéndolo sin darse cuenta, que es lo más probable. Sus hombros se relajan apenas un centímetro y, durante un instante, parece a punto de derrumbarse allí mismo.

Pero sé que no lo hará.

Aitana Casamayor no se derrumba, y menos en público.

Se muerde el labio inferior y cambia el peso de un pie a otro.

—¿Mi madre y Mateo siguen con ellos?

—Sí. He intentado convencer a Carmen de que se fuera a casa a descansar un rato, que yo me quedaba, pero no hay manera.

Una sonrisa cansada cruza la cara de Aitana.

—Y no la habrá. Recuerda que la tozudez de los Casamayor la hemos sacado de ella.

Javier resopla una risa baja a la vez que pone los ojos en blanco.

—Cómo olvidarlo.

—A Mateo tampoco creo que consigamos moverlo —añade Aitana masajeándose de forma distraída los brazos—. Cuando he entrado a ver a Diego, estaban los dos durmiendo en la cama.

—Si no caben —añado sonriendo. Me alegro tanto de que esos dos hayan hecho las paces…

Aitana resopla metiéndose de nuevo las manos en los bolsillos.

—Van a terminar con un bonito dolor de espalda, pero supongo que así es el amor. —Al decir esto último, sus ojos se desvían a mi mano, que sigue entrelazada con la de Javier. Cuando levanta la vista, me guiña un ojo—. Te quiero, Raquel. Lo sabes, ¿verdad?

El pecho se me calienta.

—Yo también te quiero. Todo se va a arreglar —intento sonar convincente. Espero haberlo conseguido.

—Lo sé. Los Casamayor somos unos supervivientes.

—Da media vuelta y camina de vuelta a la sala.

Antes de entrar, se vuelve de nuevo hacia nosotros—.

Deberíais iros a casa y llevaros a Joan con vosotros.

Tiene la cabeza colgando por fuera de la silla.

Las sillas son incomodísimas y tiene que descansar.

No me pasa desapercibido ese vosotros.

A mi lado, Javier resopla.

—Lo intentaré, pero no prometo nada. Es un Casamayor, ¿recuerdas? Por lo de la tozudez y eso.

Se muerde el labio inferior rodando los ojos hasta ponerlos en blanco.

—Yo tengo que intentar convencer a Cintia y a Berta. Con mi madre ni lo intento.

—Suerte.

—Lo mismo digo.

Se despide de nosotros con la mano y entra en la sala, dejándonos solos otra vez en el pasillo. Esta vez, cuando me suelto de Javier, no me lo impide.

Abro y cierro la mano. Me sudan las palmas y noto el corazón más acelerado de lo normal. Javier, sin embargo, no deja de sonreír.

—¿Qué pasa? —pregunto sin dejar de restregarme las manos en el pantalón.

Javier encoge solo un hombro.

—Estás preciosa cuando te pones nerviosa. —Noto el rubor subiéndome por el cuello. ¿Cómo es posible que con una simple frase consiga sonrojarme?

Sacudo la cabeza y lo apunto con un dedo.

—Cállate —pido, aunque de forma muy poco convincente. Me muerdo el labio inferior—. Aitana lo sabe. —Me cubro la cara con las manos—. Nos ha pillado besándonos.

—Lo sé. Lo he vivido en primera persona.

Aparto la mano. Lo fulmino con la mirada.

—No tiene gracia.

—Yo creo que sí. Además, ahora que ya lo sabe, puedo hacer esto siempre que quiera. —En un abrir y cerrar de ojos, tengo sus manos otra vez en la cintura. De un tirón, me pega a él.

—¿Qué haces? —Fingiendo que es para no caerme, paso los brazos por su cuello. La sonrisa de Javier se amplía tanto que se le arrugan las comisuras de los ojos.

—Besar a mi chica hasta cansarme —pronuncia despacio mirándome los labios—.

Ha sido un día de mierda y te necesito para que mejore.

Después te soltaré, iré a por mi hijo e intentaré llevármelo a casa, y tú puedes seguir poniéndote nerviosa si quieres.

Pero ahora voy a volver a besarte. ¿Te parece bien?

Creo que acabo de sonrojarme de nuevo.

No me sale la voz. Así que solo asiento.

—Eres increíble, Raquel Ríos —susurra sobre mis labios—. Y te quiero un huevo.