Bandeja de entrada Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

Mateo sacude la cabeza lentamente y suelta una risa baja. Muy baja. Una que desaparece enseguida cuando vuelve a fruncir el ceño.

—No puedes decir eso.

Me encojo de hombros sin dejar de sonreír.

—¿El qué? ¿Que te quiero?

—Diego…

—Te quiero, Mateo. —Es mi turno de interrumpirlo—. Te quiero un huevo, joder. Te quiero con todo lo que tengo dentro. Con mis estupideces, mis ganas de sacarte de quicio y mi pésima toma de decisiones. Te quiero cuando me sonríes y cuando me gritas. Aunque ahora mismo das bastante miedo.

Se me escapa una carcajada y el pecho protesta al instante. La garganta me pica y empiezo a toser, pero me da igual.

Me da absolutamente igual. Estoy tan feliz que todo lo demás ocupa un segundo plano.

O uno tan lejano que ni merece la pena pensarlo.

Mi madre se levanta enseguida para acercarme un vaso de agua mientras Mateo reduce la distancia entre nosotros con la preocupación reflejada en toda la cara.

Y yo…, yo no puedo dejar de mirarlo.

Es tan guapo… Y está aquí. Y me está mirando enfadado. Y preocupado. Pero también me está mirando aliviado. Y decidido. Y feliz. Él también está feliz. Lo sé. Lo conozco.

Lo conozco mejor que él así mismo.

—Te quiero —repito con la voz tomada por culpa de la tos.

Se muerde el interior de la mejilla.

—Cállate y bebe agua —me ordena, aunque ya no hay tanta dureza en su voz cuando habla.

—No. —Aparto el vaso un poco con la mano—. Te quiero, Mateo. Te quiero muchísimo. Y no hay un momento mejor que este para decírtelo. Bueno, sí. Todos los días. Por la mañana, por la tarde y por la noche. Y al mediodía también. Y de madrugada, por si se te olvida.

Aunque intenta evitarlo —y vaya si lo hace, porque, bueno, si alguien puede rivalizar conmigo en tozudez es Mateo—.

termina sonriendo. Pero esta vez de verdad.

Sonríe con la boca, las mejillas y los ojos.

Sonríe con el cuerpo. Como si llevara demasiado tiempo conteniéndola y yo acabase de romperle la presa a martillazos.

Sonríe, y esa sonrisa va dirigida a mí.

—Eres idiota, ¿lo sabías? —dice al final repitiendo las primeras palabras que me ha soltado nada más entrar en la habitación.

Asiento.

—Sí. Y también sé que soy tu idiota.

Mateo resopla una risa por la nariz y se cruza de brazos.

—No te lo tengas tan creído, Casamayor.

—Lo que tú digas. Pero lo soy.

Niega con la cabeza, aunque cada vez le cuesta más no sonreír.

—¿Ni convaleciente puedes dejar de ser un capullo?

—Te enamoraste de mí siendo así, estaría feo que ahora cambiara mi forma de ser.

Mateo entrecierra los ojos.

—No he dicho que esté enamorado de ti.

—Sí lo dijiste. Te di las gracias, ¿recuerdas?

—No te pases —resopla y descruza los brazos. Siento calor cuando apoya las manos en mis piernas—. No estoy para bromas. ¿Quieres que vuelva a gritarte? Porque lo haré.

—Me parece bien. —Me entra un pequeño ataque de tos. Mateo coge el vaso de agua y me lo da, pero yo sigo pendiente de él. De su cara. De sus ojos. De esa media sonrisa—. Me gusta cuando me gritas.

—¿Tienes contestación para todo?

—Sabes que sí. —Mi sonrisa se hace más amplia—. Por cierto, te quiero. Hace muchos segundos que no te lo digo.

—Cállate, Diego. —Vuelve a acercarme el agua—. Y haz el favor de beber. Cada vez que toses, me quitas un año de vida, y recuerda que esta noche se me han quitado veinte de golpe.

Para que no se haga más viejo y luego me eche la culpa a mí, cojo el vaso y me lo llevo a los labios.

—A sus órdenes, Ventura —susurro.

Doy un trago. He de reconocer que el picor de la garganta se me alivia al instante.

Apoyo la cabeza en la almohada y la giro hacia él. La habitación ya no está completamente a oscuras. El sol empieza a entrar por la ventana tiñéndolo todo de naranja y amarillo.

—Te quiero —digo otra vez.

Ahora que he empezado a decirlo, no quiero parar.

Aprieto los dedos alrededor del vaso. He sido tan idiota. Nos he hecho tanto daño a los dos. He sido tan cobarde…

Mateo parece ver toda mi tortura interior porque se acerca a mí, se sienta en la cama y se inclina hacia delante. Hasta que su frente descansa sobre la mía. Hasta que su aliento me hace cosquillas en los labios cada vez que respira.

—Joder…, y yo a ti. Yo también te quiero, Diego.

Se me humedecen los ojos al instante. Y no tiene nada que ver con el incendio.

—Lo sé —mascullo—. Te tengo comiendo de la palma de mi mano, pequeño.

Mateo no responde. Solo sacude la cabeza dándome por imposible. Y sonríe. Mucho. Un montón.

Un carraspeo nos sorprende a los dos. Al volvernos, nos encontramos con mi madre. Soy un hijo terrible. Me había olvidado de ella.

Por lo menos está sonriendo.

—Bueno… —murmura mientras me quita el vaso de las manos y lo deja sobre la mesita—. Creo que voy a aprovechar para ver cómo está Nerea.

Mateo se incorpora enseguida para dejarle espacio. Mi madre se inclina sobre mí y me da un beso en la mejilla primero y otro en la frente después. Cuando se aparta, mira a Mateo con cariño y muchísima ternura.

Le acaricia el hombro y le da un pequeño apretón antes de soltarlo.

—No dejes que haga tonterías —le pide señalándome con la cabeza.

Mateo pone los ojos en blanco.

—Lo intento desde hace años, pero tiene matrícula de honor en hacer estupideces.

—Tú, por si acaso, no lo dejes acercarse a ningún acantilado.

—Hecho.

—Estoy aquí. ¿Me veis? —protesto, pero ambos me ignoran.

Mi madre nos guiña un ojo y sale de la habitación cerrando la puerta tras de sí, dejándonos a Mateo y a mí solos.

Apoyo las manos en el colchón e intento moverme un poco hacia la derecha para dejarle sitio. El esfuerzo hace que note el cuerpo pesado y cansado al instante.

—¿Qué haces?

—Dejarte espacio para que te tumbes conmigo.

La incredulidad le cruza toda la cara.

—No voy a tumbarme contigo.

—Sí que lo vas a hacer. —Intento arrastrarme otro poco, pero la verdad es que me cuesta porque estoy realmente cansado y me duele todo.

Mateo bufa, resopla, gruñe y suspira, pero al final me ayuda a moverme. Cuando se tumba a mi lado, con una mano bajo la almohada y el otro brazo rodeándome la cintura con cuidado de no rozarme demasiado el vendaje, siento algo cálido expandirse dentro del pecho.

Joder.

Creo que jamás me había sentido tan feliz.

—¿Ya estás contento? —pregunta con retintín. Aunque los dos sabemos que, en el fondo, él también quería esto.

Niego con la cabeza.

—Me falta una cosa.

Mateo suspira largamente, como un hombre agotado por la vida.

O de mí.

—¿Qué narices quieres ahora?

Lo miro directamente a los ojos. Se está aguantando la sonrisa.

Es tan jodidamente guapo. Y es mío.

Acerco mi cara a la suya un poco.

—Que me beses.

Mateo me mira durante un segundo eterno. Uno en el que parece debatirse entre mandarme a la mierda o besarme hasta dejarme sin aire.

Espero que sea lo segundo.

—Diego… —Pronuncia mi nombre despacio, con esa voz de advertencia que usa cuando sabe perfectamente que estoy a punto de meterme en problemas, y que él se va a meter conmigo.

—Solo un beso. —Levanto un dedo—. Pequeño. Minúsculo. No puedes decirme que no, he estado a punto de morir.

Pone otra vez los ojos en blanco, aunque también se le escapa una carcajada. No la ha podido contener.

—¡No puedes usar eso para hacerme chantaje emocional!

—Puedo si funciona. —Hago pucheros—. ¿Funciona?

Mateo intenta mantener el ceño fruncido unos segundos más, pero fracasa miserablemente.

—Funciona porque te quiero —admite en voz baja mientras se acerca a mí—. Y te beso porque me muero por hacerlo.