Capítulo 48
Diego
—E stoy bien, mamá.
Es la cuarta vez que se lo digo en menos de dos minutos, pero como las tres veces anteriores mi madre hace oídos sordos y se dedica a ahuecarme la almohada y a cubrirme con la sábana.
Me estoy muriendo de calor. Estamos en pleno verano y parece que en este hospital se han olvidado de enchufar el aire acondicionado.
O puede que mi cuerpo siga sufriendo las consecuencias del incendio.
Sea como fuere, opto por callarme y dejar que me siga arropando.
Cualquier otra alternativa es una batalla perdida.
Mi madre puede ser una señora bajita de sesenta y tres años, pero cuando decide cuidar de alguien se transforma en una fuerza de la naturaleza imposible de detener. Y ahora mismo tiene la mirada vidriosa, el pelo revuelto y esa expresión tensa que solo se le pone cuando alguno de nosotros está mal.
O cuando cree que lo está aunque no sea para tanto.
Siento un pinchazo en el pecho que nada tiene que ver con la inhalación de humo. Odio preocupar a mi madre. Odio que tenga esa expresión en los ojos por mi culpa. Odio que, por un momento, creyese que iba a perder a uno de sus hijos.
A dos, en realidad. Porque, aunque Nerea saliese unos minutos antes que yo, también ha inhalado el suficiente humo como para que la hayan obligado a quedarse en observación.
Busco la mano de mi madre y se la cojo. Levanta la cabeza y sonrío cuando me mira.
—Está bien y está todo perfecto —susurro—. Te lo prometo.
Mi madre me observa en silencio durante unos segundos sin ni siquiera pestañear.
Está claro que no termina de creerme. Nunca se ha fiado mucho de nosotros.
Tampoco la culpo. En esta familia se ha soltado alguna que otra mentira con el paso de los años para salirnos con la nuestra.
Aun así, esta vez parece que no le queda otra opción, porque suspira y, por fin, asiente y se sienta en la silla que hay junto a la cama.
Lo hace sin soltarme la mano. Con nuestros dedos entrelazados.
—De acuerdo —afirma con un deje de resignación en la voz—. Pero ante cualquier cosa, lo que sea, me avisas.
Mi sonrisa se amplía. Tanto que siento cómo las comisuras de los ojos se me arrugan.
—Te lo juro.
Suelta un nuevo suspiro y apoya la espalda en el respaldo. Se la ve realmente agotada. Me gustaría pedirle que se marche a casa a descansar, pero, como sé que esa opción es totalmente inviable, decido abordar un tema que sea seguro.
—¿Cómo está Nerea?
Sé que mi madre y mis hermanas han intentado que nos pusieran juntos en la misma habitación al llegar, pero, aunque estas son grandes, no lo son lo suficiente como para acoger dos camillas, pero nos las han puesto contiguas. Así también es más fácil para mi familia ir turnándose.
—La dejarán esta noche en observación y, si todo va bien, mañana por la mañana se podrá ir a casa.
Asiento. Mi madre frunce el ceño. Le doy un ligero apretón en la mano.
—No pongas esa cara —murmuro.
Mi madre aparta la vista de la sábana que sigue empeñada en recolocarme y ladea la cabeza.
—¿Qué cara?
—La de «voy a meter a mis hijos en una burbuja acolchada y no van a volver a salir jamás».
Mis palabras consiguen arrancarle una sonrisa. Es pequeña. Breve. De esas que duran tan poco que casi parece que me la he imaginado, pero ha existido.
Es la primera de la noche, pero voy a encargarme de que no sea la última.
—No tiene ninguna gracia.
—Un poco sí.
Niega con la cabeza y, con la mano con la que no me está agarrando, me acaricia la frente. Sé que está comprobando si tengo fiebre. Es algo que hace cada cinco minutos. Minuto arriba, minuto abajo.
Cuando se asegura de que no, la aparta y la deja sobre mi regazo junto a nuestras manos entrelazadas.
—Nos habéis dado un susto horrible.
Bajo la vista hacia los nudillos. Los tengo enrojecidos y con una venda rodeándome parte del antebrazo derecho.
Nada grave. Una quemadura de primer grado y un par de ampollas que desaparecerán en unos días con las curas adecuadas.
Así como la aflicción de los pulmones por culpa de la inhalación de humo: garganta ardiéndome, dificultad leve al respirar, tos y un agotamiento físico brutal.
Pero podría haber sido peor. Mucho peor. No soy tan idiota e irresponsable como para no saberlo.
Ni siquiera necesito cerrar los ojos para recordar el fuego que me rodeaba.
El humo negro tragándose el aire, el calor abrasándome la piel y a Nerea tosiendo detrás de mí mientras intentábamos encontrar a cualquier persona que se hubiese quedado atrapada entre toda aquella mierda.
En cómo crujía la madera mientras subía las escaleras o el sonido de los cristales rompiéndose a mi alrededor.
Pero estoy bien. Nerea también. Todos los huéspedes lo están, y eso es lo único que importa. Aun así, siento muchísimo haber asustado a mi madre. Ella se merece estar sonriendo todo el rato, no sentada en una silla de hospital con los ojos cansados y el miedo todavía agarrado al pecho.
—Lo sé, mamá, y lo siento mucho. No… —No puedo terminar la frase porque la puerta se abre tan de golpe que por poco no choca contra la pared.
Mi madre y yo damos un bote en nuestros asientos y nos volvemos hacia la puerta. El aire se me queda atrapado en los pulmones al ver entrar a Mateo.
Va jadeando, con el pelo revuelto y la cara desencajada. Lleva la camiseta del revés, como si se la hubiese puesto sin mirar, y un pantalón mitad negro y mitad gris que, si mal no recuerdo, es el que utiliza para dormir.
—¿Mateo? —pregunto con cautela. Como si no terminara de creerme que es él.
Sus ojos se encuentran con los míos y me apunta con un dedo.
—Eres idiota, ¿lo sabías? —Abro los ojos sorprendido. No sé qué contestar.
Desde luego, no esperaba que fuese a decirme algo así.
—¿Lo siento? —Mateo deja de apuntarme y se pasa la mano por el pelo revolviéndoselo más todavía mientras termina de entrar en la habitación. El silencio nos envuelve y, por un momento, no sé si es incómodo o surrealista.
—¿Se puede saber en qué narices estabas pensando? —No me mira cuando hace la pregunta. Está demasiado ocupado mesándose el pelo y dando vueltas por la habitación, pero sé que va dirigida a mí.
—¿Lo siento? —Como no sé muy bien qué contestar, he optado por decir lo mismo.
Mateo bufa y detiene sus pasos, pero solo para volverse hacia mí. Eleva los brazos al techo.
—¿Un edificio en llamas? ¿En serio? —Ríe, pero no es una risa de verdad. Esta suena tensa y un pelín cabreada—. ¿Cómo se te ocurre meterte en un sitio que se está consumiendo por el fuego? ¿Qué será lo próximo, lanzarte por un acantilado para comprobar si sabes volar?
Abro la boca para contestar. Para defenderme. Para preguntarle si a Nerea también le ha gritado.
Para decir algo, lo que sea.
Pero Mateo ha cogido la directa y parece que no hay quien lo pare.
—En serio, ¿qué demonios te pasa en la cabeza? Hace unas horas estabas muriéndote por culpa de un empacho de croquetas y ahora estás recuperándote porque casi te mueres calcinado. Muerte, Diego. —Me había olvidado de las croquetas—. ¿Es que te gusta vivir al límite o qué?
Mateo se frota la cara y da otra vuelta por la habitación.
Abro la boca, pero la cierro al ver sus ojos.
—¿Tú sabes el susto que me he dado cuando me ha llamado Aitana? Me ha quitado veinte años de vida, joder. Veinte. En solo un segundo he pasado de tener treinta y dos años a cincuenta y dos, y todo por tu culpa. Por la tuya y la de Nerea, joder. —Sacude la cabeza—. Malditos irresponsables…
Nunca lo había visto tan enfadado, y eso que he adquirido un don especial los últimos meses para enfadar a Mateo cada vez que nos vemos.
Pero es que hoy está a otro nivel. Uno que no sabría explicar con palabras.
Como no sé qué otra cosa hacer, y mucho menos decir, observo a mi madre de reojo. Está mirando a Mateo. Pero, al contrario que yo, ella no lo hace sorprendida. Parece más bien divertida.
¿Divertida? ¿En serio? ¿Le hace gracia que me estén gritando? ¿Dónde están esos ojos que hace menos de un minuto me miraban preocupados?
A pesar de que la garganta me pica y noto el pecho resentido cada vez que respiro hondo, lleno los pulmones de aire lentamente.
—Ma… —Este niega con la cabeza y levanta una mano antes siquiera de que pueda terminar de decir su nombre.
—No puedes decir nada. No he terminado. —Cierro la boca y espero. Creo que hasta he dejado de respirar.
Mateo exhala por la nariz como un toro enfurecido y da otra vuelta por la habitación. Por poco no se tropieza con la pata de la cama.
—Es que no puedo creerme que seas tan irresponsable.
—Se vuelve hacia mí. Esta vez no grita, habla de forma más suave.
Aun así, hay tanta preocupación en su voz que resulta imposible no escucharla—.
¿Qué pasa si el techo se cae? ¿Qué pasa si te quedas atrapado?
¿Qué pasa si te desmayas ahí dentro? ¿Qué pasa si no sales?
Hace una pausa mínima para coger aire, aunque no parece servirle de mucho porque continúa hablando igual de acelerado.
—¿Qué se supone que hago yo entonces, eh? Porque te recuerdo que soy veterinario. Veterinario, Diego. —Se señala el pecho con la mano—. No puedo curarte si decides carbonizarte —dice esto último susurrando, con los ojos brillantes y un temblor en los labios.
Y aunque sé que debería sentirme culpable, preocupado o incluso avergonzado por haber dado semejante susto a todo el mundo, yo solo puedo pensar en una cosa.
Ha dicho «curarte». Mateo quiere curarme.
Quiere cuidarme. Quiere que siga aquí.
Y eso solo puede significar una cosa.
Las palabras salen de mi boca antes siquiera de que pueda pensarlas.
—Te quiero.
El silencio que sigue es tan absoluto que hasta el pitido de las máquinas parece dejar de sonar durante un segundo.
Mateo parpadea.
Mi madre también.
Y yo…, yo sonrío.
Joder. Sonrío tanto que me duelen las mejillas. Tanto que noto cómo algo dentro de mí se afloja por fin después de meses tensándose cada vez que Mateo me miraba, me evitaba o me gritaba.