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Capítulo 47

Leo

—H e hablado con Echevarría. Los últimos huéspedes ya están en el hotel —dice Gael al otro lado del teléfono. Tiene la voz cansada. Han sido tres horas muy intensas, y eso que él no ha estado aquí para presenciar lo mismo que yo.

Me paso la mano por la nuca masajeándomela. Llevo tanto rato en tensión que me duele al mover el cuello.

Apoyo la espalda en la puerta de mi coche y cruzo las piernas por delante del cuerpo.

—Perfecto. ¿Y Peláez?

Aunque El Mirador de Ribamar solo tiene diez habitaciones, es temporada alta y no todos los huéspedes cabían en el hotel Puerto de la Arena, así que nos ha tocado recurrir al hotel Bahía del Norte.

O, mejor dicho, a Axel Peláez.

Un idiota redomado que cree que dirigir el Bahía del Norte lo convierte automáticamente en el rey del Cantábrico.

Lo peor es que la junta lleva años detrás de ese hotel. Era su primera opción de compra antes de interesarse por Ribamar. Pero, después de aguantar a Axel durante una reunión de tres horas, rechacé la operación yo mismo.

De hecho, nuestra primera opción de compra siempre fue Bahía del Norte. Al menos, la de la junta. Pero por no tratar con Axel la rechacé.

Por eso Gael me ha hecho un favor enorme llamándolo él, porque, si hubiese tenido que escuchar la voz de Peláez —y su petulancia— a las cinco de la mañana, hubiese acabado pegándome un tiro.

—Todo controlado también. Las dos familias ya están en las habitaciones.

—Muchas gracias. —Tomo una bocada de aire a la vez que asiento aunque no pueda verme—. ¿Les has dicho a las dos que nosotros corremos con los gastos?

—Sí. Echevarría ha dicho que no nos preocupemos, que ellos se encargan de todo. Han abierto el comedor para cuando llegasen, por si tenían hambre, así como ropa limpia tanto para esta noche como para mañana.

No esperaba menos de Francisco Echevarría. Lleva más de treinta años trabajando en hoteles y tiene algo que escasea bastante en este sector: humanidad.

—¿Y Peláez? —No sé por qué lo pregunto cuando ya conozco la respuesta. La confirma la carcajada de Gael.

—Ha dicho que estará encantado de mandarte la factura de todo personalmente.

Resoplo.

—Es gilipollas. Aunque tampoco esperaba menos de una persona como él.

Gael suelta una risa baja.

—Me ha llamado «cliente preferente» dos veces. Estoy preocupado. —Bufo, y Gael vuelve a reír.

—En serio, gracias por encargarte de él. Hablar con Peláez es lo que menos necesito en estos momentos.

—Ya, supongo. Por cierto… —carraspea. Mierda, ahora es cuando viene la parte que no quiero oír—. ¿Ya has hablado con Claudia? Por lo de que el Grupo Beltrán cubra todos los gastos y eso.

Pongo los ojos en blanco.

No, no he hablado con mi hermana y, contra todo pronóstico, tampoco me preocupa hacerlo cuando llegue el momento, que será en apenas un par de horas, cuando amanezca y vea el correo que le he enviado. Pero mi decisión es firme y no la pienso cambiar.

No después de ver cómo Aitana se quedaba mirando el hotel mientras las llamas devoraban el sitio en el que ha puesto toda su vida.

Me aparto del coche y la busco con la mirada.

Aunque ya no quedan huéspedes, ella sigue aquí.

No ha parado en toda la noche. Va de un lado a otro hablando por teléfono, organizándose con los bomberos, respondiendo preguntas de la policía y solucionando problemas incluso cuando apenas puede mantenerse en pie.

El agotamiento se le nota en cada movimiento. Y también la tristeza. Además de la rabia. Una rabia que esta vez es únicamente hacia mí.

No puedo dejar de pensar en la cara con la que me ha mirado al escuchar mi nombre. Primero había sorpresa, después dolor, para acabar en una rabia tan devastadora que todavía noto el golpe en el pecho cada vez que mi mente vuelve a ese instante.

Tras colgar, le he contado lo de Francisco Echevarría y los huéspedes. Ha asentido sin decir nada y se ha marchado. No ha vuelto a dirigirme la palabra. Ni siquiera me ha mirado más de lo estrictamente necesario para comprobar que todo el mundo llegaba bien a sus nuevos alojamientos.

Me ha tratado como a un desconocido.

Como si entre nosotros no hubiera pasado nada.

Como si no hubiese usado mi pecho para apoyarse y llorar en él.

Como si no hubiese me apretado la mano mientras esperábamos noticias de Diego.

Como si no hubiéramos tenido la mejor cita hace apenas unas horas.

Como si no hubiera estado tumbada debajo de mí riéndose, besándome y mirándome como si yo fuera alguien en quien podía confiar.

—Leo, ¿estás ahí? —Mi hermano me hace regresar al presente. Siento escozor al oírlo llamarme Leo.

—Sí. ¿Qué quieres? —Aparto la vista de Aitana y vuelvo a apoyar la espalda en el coche.

—Te preguntaba por Claudia. ¿Has hablado con ella? —Bufo.

—Retiro mi agradecimiento de antes. Que te den. —El que bufa ahora es Gael.

—Baja esos humos, Cenicienta —dice en tono serio. Como antes, carraspea—. No te lo digo para tocarte los huevos. Bueno, no solo para eso. Lo digo porque, cuando Claudia se entere, va a llamarte hecha una furia y prefiero que no te pille completamente solo en medio de este desastre.

Cierro los ojos un instante.

—Gael…

—No, escúchame tú a mí. —Su voz pierde parte del tono bromista—. Sé cómo funciona la junta. Sé cómo funciona Claudia. Y también sé que acabas de comprometer muchísimo dinero sin consultar absolutamente nada con nadie.

Aprieto la mandíbula.

—El hotel se ha incendiado.

—Ya lo sé.

—No tienen habitaciones. Ni ropa. Nada. —Hago una pausa para coger aire—.

Y el hotel no tiene margen para asumir algo así de golpe.

—Miro otra vez hacia Aitana incapaz de evitarlo.

Está hablando con el jefe de bomberos. Pienso en el lavabo.

En la mierda que quería hacerle su seguro y se me escapa un resoplido que es mitad bufido, mitad risa—. Su seguro no va a cubrirlo todo.

Gael guarda silencio unos segundos.

—Lo sé —dice al final—. Solo quiero que tengas claro lo que va a venir después. Y que yo te apoyo.

En realidad, no esperaba menos de él.

El ruido de unas ruedas pisando la gravilla me hace volverme.

Frunzo el ceño al ver llegar una moto. No sé quién es porque el casco le cubre la cara al conductor, pero va directo a donde está Aitana, a quien, por primera vez en toda la noche, un amago de sonrisa se le perfila en el rostro al ver a la persona recién llegada.

Asiente con la cabeza a algo que le dice el bombero y se aparta acercándose a la moto y al chico que va subido en ella. Porque por su complexión se ve que es un chico.

Este detiene la moto, pone el caballete y apoya los pies en el suelo.

Al quitarse el casco, veo que es Miguel, el chico del taller.

En cuanto Aitana llega hasta él, ambos se funden en un abrazo.

Hablan, Miguel le acaricia el brazo, asiente y se baja de la moto.

Levanta el asiento y saca otro caso, que le tiende a Aitana.

Se marcha. Mierda.

—Te tengo que colgar —le digo a Gael apartándome deprisa del coche y acercándome a ellos a grandes zancadas.

Escucho a Gael farfullar algo, pero cuelgo antes de que entienda qué está diciendo. No tengo nada más que hablar con él, pero sí mucho con Aitana.

—Aitana, espera. —Sé que me ha oído porque su cuerpo se tensa aunque no se gira. Aun así, yo sigo avanzando hasta plantarme a su lado. Cerca, pero sin invadirla—. ¿Podemos hablar un momento?

Mi voz suena más desesperada de lo que pretendía.

Aitana no se mueve. Se queda con las manos sujetando el casco y la vista clavada en la moto.

—Hola, señor Valera. —Miguel se vuelve hacia mí con el brazo extendido, por lo que me obligo a mirarlo y a estrecharle la mano—. ¿Cómo se encuentra?

—Bien, yo…

—No es el señor Valera, Miguel —indica Aitana interrumpiéndome—. Es el señor Beltrán.

Nunca nadie había pronunciado mi apellido con tanto desprecio, y eso en el mundo de los negocios es difícil.

Aitana se gira despacio. Casi a cámara lenta. La pequeña sonrisa de antes ha desaparecido por completo. En su lugar hay decepción. Una tan profunda que me deja sin aire.

Miguel, por su parte, nos mira a los dos con el ceño fruncido. Pero sabe que algo pasa, porque cierra la boca y da un paso atrás. Yo aprovecho y doy uno hacia delante.

—¿Te vas? —pregunto señalando el casco.

Es una pregunta estúpida, pero mi cerebro parece haber olvidado cómo funcionar con normalidad desde que ha pronunciado mi apellido como si le quemara en la boca.

—Me marcho al hospital. —Pronuncia cada palabra como si le costara. Como si odiara tener que hacerlo.

—Yo puedo acercarte. —Señalo mi coche con la mano—. Tenemos que hablar.

—No. —Se coloca el casco en la mano—. Y nosotros no tenemos nada de lo que hablar, señor Beltrán. Ya se pondrá nuestro seguro en contacto con usted por el tema de sus pertenencias.

El clic de la hebilla cerrándose suena demasiado parecido a una puerta cerrándose entre nosotros.

—Me da igual el seguro, Aitana. Y más aún mis pertenencias. —Como si mi cuerpo tuviera vida propia, da un nuevo paso al frente y mi mano se pone sobre su brazo—. Por favor, habla conmigo.

Echa el brazo hacia atrás soltándose de mi agarre.

—He dicho que no tengo nada que hablar contigo —escupe con tanta rabia que hasta se olvida de que estaba hablándome de usted. Supongo que porque el odio siempre suena más cercano cuando se tutea.

Me fijo en sus ojos. Están tan rojos que parecen dos bolas de fuego.

—Y ni se te ocurra volver a tocarme.

Aprieto la mandíbula.

El músculo me tiembla bajo la piel, pero aun así obligo a mis manos a permanecer quietas a ambos lados del cuerpo.

—Sé que estás enfadada.

—¿Enfadada? —Una risa seca y sin humor se le escapa de entre los labios—. ¿Así es como crees que estoy? ¿Enfadada?

—Puedo explicarlo.

—¿Qué parte exactamente? —Me apunta con un dedo—. ¿La de hacerte pasar por otra persona? ¿La de meterte en mi hotel y mentirme desde el primer día? ¿La de reírte de mí? ¿O la de acostarte conmigo mientras sabías perfectamente quién era yo y yo no tenía ni idea de quién eras tú?

El pecho se me hunde.

Miguel mira entre los dos incómodo, claramente sin saber si quedarse o desaparecer de allí. Pero ahora Miguel me importa una mierda. También que Aitana me esté gritando en un aparcamiento lleno de policías y bomberos.

Yo solo quiero que me escuche.

—No quería que fuera así. No lo tenía planeado.

Echa la cabeza hacia atrás soltando una carcajada que hace eco en la noche cerrada.

—Perdone usted, señor Beltrán —replica con sarcasmo—.

Supongo que tu plan era reírte de mí mientras esperabas el momento perfecto para quitármelo todo.

Qué mala suerte que el hotel se incendiara antes de que eso pasara.

—Le tiembla la barbilla al decir esto último.

Aprieta los dientes y se gira hacia Miguel—. Vámonos.

—¡No, joder! —Coloco ambas manos sobre el asiento—. Mierda, Aitana. No es así como ha pasado. —Sacudo la cabeza nervioso. Está yendo peor de lo que imaginaba—. No me he reído de ti. Jamás lo he hecho. Y lo que siento… Joder, eso también es real.

Su barbilla vuelve a temblar. Esta vez una lágrima solitaria rueda por su mejilla. Se la limpia de un manotazo.

—Que te den, Leandro Beltrán. No te acerques a mí. No quiero saber nada de ti nunca más. —Esta vez, cuando se vuelve hacia Miguel, este debe ver algo en sus ojos, porque no tarda ni medio segundo en acercarse a la moto y subirse en ella.

No me queda más remedio que apartarme.

Las palabras se me quedan atascadas en la garganta. Quiero decirle muchas cosas. Quiero pedirle perdón. Suplicarle que me escuche. Que me dé solo cinco minutos.

Pero no hago nada.

Me quedo quieto viendo cómo se sube a la moto, rodea la cintura de Miguel con los brazos y ambos abandonan el hotel sin mirar atrás ni una sola vez.

He pasado toda mi vida comprando hoteles. Creciendo entre balances, contratos y negociaciones. Convencido de que eso era lo único que realmente importaba.

Pero hoy no.

Esta noche no.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, todo eso me da igual. Lo único en lo que puedo pensar es en la sensación de que acabo de perder aquello que más quería conservar.

Y no estoy hablando de hoteles.