Bandeja de entrada Capítulo 46
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Capítulo 46

Aitana

A bro la puerta del coche antes de que este se detenga por completo. En cuanto mis pies tocan la gravilla, corro tanto como las piernas me permiten.

—¡¡Aitana!! —Los gritos de Leo a mi espalda me llaman, pero no me detienen.

El hotel se está quemando. Nuestro hotel está en llamas. Nuestra vida. Mi familia. Nuestro trabajo. Los huéspedes.

El calor me golpea en cuanto me acerco. Es asfixiante. El humo lo cubre todo y hace que me lagrimeen los ojos. Hay gente corriendo de un lado a otro, cubos de agua que pasan de mano en mano, mangueras que no sé de dónde salen, toallas empapadas…

Intento buscar a mi familia, pero no veo a nadie. Solo a Dani, que está empapado, con la camiseta pegada al cuerpo y la cara manchada de hollín mientras grita órdenes que apenas se entienden entre el caos.

—¡¡¡Traed más agua!!!

—¡¡¡Los bomberos ya están de camino!!!

—¡¡¡Cuidado con esa viga!!!

—¡¡¡Salid, salid, salid!!! —Un grupo de personas sale por la puerta del hotel entre toses. Los reconozco. Son huéspedes.

Mi cuerpo se relaja, pero solo un segundo, porque la angustia vuelve en cuanto escucho un nuevo grito.

—¡¡¡¿Aún están dentro?!!!

Son estas últimas palabras las que me hacen voltearme como un resorte para buscar a la persona que las ha pronunciado. No tardo en localizarla, mi madre.

Llego hasta ella en apenas un par de zancadas.

—Mamá… —La voz me sale entrecortada. Mi madre se vuelve hacia mí. Tiene los ojos llorosos y manchas negras en la cara.

—Aitana… —Me abraza un segundo antes de soltarme—. El hotel…

—Lo sé. —Le coloco las manos en las mejillas. Estoy temblando, pero no puedo derrumbarme. No ahora.

Trago con tanta fuerza el nudo que tengo en la garganta que temo haberme hecho una herida por dentro.

—Has dicho que aún están dentro. ¿Quiénes?

Mi madre solloza.

—Diego y Nerea. —Le tiembla la barbilla. Casi no puede hablar. A mí el miedo me oprime el pecho al escuchar el nombre de mis hermanos—. Estaban sacando a los huéspedes, pero no los veo, ellos…

—¡¡Aitana!! —Berta aparece a mi lado. Lleva las gafas rotas y un corte en la ceja.

—Dios mío, Berta, ¿estás bien? —Parece que sí, que no tiene nada más. Aun así, suelto a mi madre para inspeccionarla rápido. Berta detiene mi inspección poniéndome las manos sobre los hombros.

—Aitana, estoy bien. Te lo juro —dice, aunque la presión en el pecho me impide creerla del todo.

—¿Qué ha pasado?

—La cocina. Ha pasado todo muy rápido. —Aprieto los dientes y cierro los ojos con fuerza. La cocina… La reforma…

—¿Estáis todas bien? —La voz de Leo irrumpe a mi lado. Llega sin aliento, con la mirada recorriéndonos a las tres de arriba abajo como si necesitara asegurarse de que seguimos enteras—. ¿Hay alguien herido? ¿Han salido todos?

Mi madre se cubre la cara con las manos mientras solloza. Berta se limpia la sangre de la ceja con el dorso de la mano.

—Creo que sí —murmura mi hermana echando un vistazo a nuestro alrededor—, pero no veo a Nerea ni a Diego… —Esto último lo dice moviendo los labios, solo para Leo y para mí. No quiere que mi madre la oiga.

Un miedo como el que no había sentido jamás me atraviesa de lado a lado.

Como Berta, yo también busco entre la gente que nos rodea, pero no los veo. A ninguno de los dos.

—Cintia —digo de golpe—. ¿Dónde está?

—Allí. —Berta me señala con la mano a un grupo de gente. Me vuelvo al instante escudriñando con la mirada y el corazón en la garganta el punto que me señala Berta—. Está con los huéspedes. —Me lleva unos segundos, pero consigo distinguir la silueta de Cintia entre ellos.

Me gustaría respirar aliviada, pero es imposible. Esto es un caos, cada vez hay más humo y sigo sin ver a Diego ni a Nerea. De fondo, se escuchan las sirenas de los bomberos.

De repente, un crujido seco corta el aire.

—¡¡¡Cuidado!!! —grita Leo. Antes de que pueda siquiera levantar la cabeza para ver qué pasa, noto su cuerpo cubriendo el mío.

Aun así, consigo ver por el rabillo del ojo cómo una de las ventanas del primer piso estalla hacia fuera y las llamas salen disparadas como si el hotel estuviera respirando fuego.

—¡¡¡DIEGO!!! ¡¡¡NEREA!!! —La voz se me rompe hasta dejarme sin aliento.

Da igual lo que retrocedamos, el calor es cada vez más intenso. Tanto que tengo que girar la cara para protegerme en el pecho de Leo. Durante un segundo, todo es ruido, fuego y aire que quema.

—¡¡¡Aquí!!! —El corazón se me detiene y me vuelvo hacia la entrada del hotel. Sin pensarlo, empujo a Leo y echo a correr.

—¡¡¡NEREA!!! —Era la voz de mi hermana. Lo sé.

Esta aparece entre el humo tambaleándose y sujeta a dos personas. Los tres tosen y se doblan sobre sí mismos. Apenas pueden mantenerse en pie.

—¡¡¡Nerea!!! ¡¡¡Por aquí!!! —Llego hasta ellos justo cuando están a punto de caer. Ayudo a Nerea a sostener a la mujer mientras el hombre se inclina hacia delante apoyando las manos en las rodillas.

Quema. Aquí el calor quema.

Leo y Berta aparecen a mi lado. Entre los tres conseguimos apartarlos de la puerta del hotel y llevarlos hasta donde está mi madre, que prácticamente se lanza a los brazos de su hija. Leo y Berta ayudan a la pareja a sentarse en el suelo. Alguien aparece con agua y mantas.

—Diego… —dice Nerea entre toses apartándose de mi madre, pero sin llegar a soltarse del todo. Tiene los ojos rojos, llenos de lágrimas y humo—. Diego sigue dentro.

El mundo vuelve a detenerse. Miro el hotel. El fuego avanza cada vez más rápido.

—¿Dónde? —escucho preguntar a Leo.

—Ha subido… —Vuelve a toser llevándose una mano al pecho—. Ha subido a ver si quedaba… alguien arriba. —Esta vez, cuando tose, el cuerpo la hace inclinarse hacia delante—. No lo he vuelto a ver.

No lo pienso. Doy un paso al frente, pero una mano me agarra del brazo antes de que pueda dar el segundo. Leo me mira con determinación y firmeza. Berta, que está a su lado, también.

—No —dicen los dos a la vez.

—Diego está dentro —mascullo con los dientes apretados.

—Lo sé, pero ni de coña vas a entrar ahí. —Una furia que ni siquiera creía que era capaz de sentir se adueña de mí. De un tirón me deshago del agarre de Leo.

Creo que en mi vida he mirado a nadie con tanto odio como lo estoy mirando a él.

—Es mi hermano. Ni se te ocurra decirme lo que puedo o no puedo hacer.

—No pretendía hacer eso, pero…

—Él no, pero yo sí. —Berta da un paso al frente colocándose entre Leo y yo. Tiene la mirada dura. Irreconocible. Nunca la había visto mirarme así.

—Berta…

—No —indica tajante—. También es mi hermano, y lo quiero, pero no voy a dejar que entres ahí. No voy a perderos a los dos.

Me llevo una mano al pecho. Me duele tanto que apenas consigo respirar. Quiero hablar. Rebatirle. Dar media vuelta y entrar corriendo a buscar a Diego, pero me he quedado paralizada. Las piernas no me responden y no puedo dejar de mirar a mi hermana.

Los camiones de bomberos irrumpen en el camino levantando grava y polvo. Las luces azules tiñen el humo de destellos intermitentes. Frenan en seco y, en cuestión de segundos, todo se llena de movimiento.

—¡Mangueras aquí!

—¡Equipo de entrada conmigo!

—¡Despejad la zona!

A mi lado, Berta no se mueve, y yo tampoco. Tenemos la vista fija en el hotel. Busco su mano y la entrelazo con la mía. Por el rabillo del ojo veo cómo una lágrima se le desliza por la mejilla. Parpadeo. Yo también estoy llorando.

Diego…

Los bomberos despliegan las mangueras a una velocidad que apenas puedo seguir. El agua empieza a salir a presión mojándolo todo. Golpeando la fachada, que está en llamas.

Aprieto la mano de Berta con fuerza. Si le hago daño, no se queja. Con la que tengo libre busco la de Leo. No me cuesta encontrarla; lo tengo pegado a mí desde que hemos llegado. Me suelta, pero solo para pasarme el brazo por los hombros. Para dejar que me apoye en él. Para sostenerme.

El agua sigue golpeando y el humo parece estar desapareciendo, aunque los ojos nos siguen picando. Los bomberos entran y salen, desaparecen entre las llamas.

Cada segundo que pasa me quita diez años de vida. Son eternos.

Entrecierro los ojos cuando veo movimiento en la entrada. Mi cuerpo se tensa como las cuerdas de un violín.

—¿Están sacando a alguien? —susurro al aire.

—Parece que sí —responde Leo.

Cuatro figuras emergen entre el fuego. A los dos bomberos se los distingue enseguida, pero a los otros dos me cuesta un poco. Me paso la mano por los ojos y las mejillas intentando hacer desaparecer las lágrimas que no dejan de caer.

—Diego… —escucho decir a mi madre con la voz rota. Pestañeo varias veces, y entonces lo veo. Sí, es él. Es una de las personas que acaban de salir.

—Diego… —digo. O lo pienso. No lo sé. Porque, de repente, me veo corriendo hacia él. Creo que he soltado la mano de Berta. La verdad es que tampoco estoy muy segura. Solo necesito llegar hasta mi hermano y abrazarlo.

Asegurarme de que está bien.

En cuanto me detengo a su lado, lo rodeo con los brazos. No soy la única. Varios brazos rodean a Diego, que ríe y tose. Todo a la vez. Tiene la cara negra y huele a quemado.

—Me vais a aplastar. —Esa voz no es la suya. Esta está rasgada, rota por el humo.

Como una loca me pongo a palparle la cara, el pecho, el pelo, los hombros… Mi madre y Nerea también.

Las tres a la vez, sin ningún tipo de coordinación, estorbándonos más que ayudándonos.

—Estoy bien —dice Diego tosiendo.

—¿Seguro?

—No nos mientas.

—¿Te duele algo?

—¿Estás mareado?

—¿Te has dado en la cabeza?

—¿Hay alguien más dentro? —preguntamos todas a la vez. Incluso puedo distinguir la voz de Leo.

Diego se ríe, pero el esfuerzo le provoca un nuevo ataque de tos.

Uno que lo obliga a inclinarse hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas.

No nos da tiempo a hacerle ningún interrogatorio más porque aparecen dos paramédicos con una camilla que nos apartan a todas para tumbarlo en ella.

Nada más hacerlo, Diego cierra los ojos y uno de los paramédicos le coloca una mascarilla que le cubre la nariz y la boca.

Mi hermano parece agotado.

Los paramédicos, uno a cada lado, empujan la camilla hacia la ambulancia. Lo hacen con rapidez, por lo que nos cuesta mucho seguirles el ritmo, sobre todo a Nerea, que sigue tosiendo cada dos pasos.

—¿Está bien?

—¿Dónde os lo lleváis?

—¿Puede respirar?

—¿Alguien puede mirar a mi hermana? Ella también ha tragado mucho humo.

—Tranquilas, por favor —dice uno de los sanitarios levantando una mano mientras le ajusta la mascarilla a Diego. El otro abre la puerta trasera de la ambulancia y se sube. Veo que está cogiendo otra mascarilla—. Ha inhalado mucho humo y nos lo tenemos que llevar —se vuelve hacia Nerea—, tú también.

El paramédico que había subido a la ambulancia baja y se acerca a Nerea. Como a Diego, le pone la mascarilla.

—Nos los llevamos a los dos —mientras el que parece que manda habla, Nerea, ayudada por el que le ha puesto la mascarilla, sube a la ambulancia. En cuanto se sienta, apoya la cabeza en la pared—. ¿Nos seguís?

No espera que le contestemos, sube también y cierra la puerta. Me acerco a mi madre, que está temblando. Le coloco las manos sobre los hombros obligándola a que me mire. No sé de dónde sale la fuerza, pero consigo esbozar una sonrisa.

—Están bien, mamá. Los dos lo están. —No sé si me cree. De hecho, no sé si yo me llego a creer lo que estoy diciendo, pero mi madre asiente. Aunque sea un poco.

Levanto la vista. El hotel sigue ardiendo, aunque gran parte de las llamas ya han desaparecido. Aún hay lenguas de fuego que se resisten a desaparecer, humo que lo cubre todo y el olor… Ese olor que se te mete dentro y no desaparece.

Trago saliva.

No puedo venirme abajo. No ahora. Alguien debe ocuparse de todo. Tener la mente fría. Y esa persona soy yo.

—Berta —me vuelvo hacia mi hermana—, vete con mamá y con Cintia al hospital. Id informándome de todo. Yo me quedo aquí. Controlaré que todos los huéspedes estén bien y…

—No —me interrumpe mi hermana—. Yo me quedo contigo. Tú sola no puedes.

—Sí que puedo. —La miro con ojos suplicantes y señalo a mi madre con la cabeza—. Por favor, llévatelas.

—Pero…

—Yo me quedo con ella, Berta. —Me vuelvo hacia Leo. Algo en mi pecho se calienta, y no tiene nada que ver con el fuego. Me mira y me dedica una sonrisa, aunque no es su sonrisa. Esta es más triste. Comedida—. Yo la ayudaré.

Berta nos observa a los dos. Nos analiza. Duda. Pero al final asiente, me da un abrazo y se va con Cintia y con mi madre, que ya caminan hacia el aparcamiento.

En cuanto toda mi familia se marcha, Leo da un paso hacia mí y, sin decir nada, me rodea con los brazos. Fuerte. Como si necesitara asegurarse de que sigo aquí. O sostenerme. Y yo me aferro a él porque necesito sujetarme a algo antes de caerme de rodillas al suelo y ya ser incapaz de levantarme.

Las lágrimas comienzan a salir en silencio. Trago saliva para hacerlas desaparecer, pero es imposible. Es como si alguien acabase de apretar un botón.

—Puedes llorar, Aitana —susurra Leo afianzando su abrazo. Me agarro con tanta fuerza a su camiseta que debo tener los nudillos blancos.

—No puedo… Yo… —sollozo. Cierro los ojos y sacudo la cabeza—. No puedo. Tengo que encargarme de esto.

Leo se aparta lo justo para mirarme. Me seca las mejillas con suavidad. Su mirada está cargada de ternura. Una ternura que no encaja con el caos que nos rodea.

—¿Qué quieres hacer? —me pregunta en voz baja. Sé que eso no era lo que quería decirme, pero sabe que no iba a cambiar de idea, y se lo agradezco.

Echo un vistazo a mi alrededor. A los huéspedes.

Respiro hondo.

—Primero, asegurarme de que todo el mundo está bien. Después, buscarles un sitio en el que dormir. Hoteles de la zona. Lo que sea.

Asiente.

—Encárgate de lo primero. De lo segundo me encargo yo.

Niego con la cabeza.

—No sabes cuánto te lo agradezco, pero tengo que ser yo la que se encargue. Tú no sabes dónde hay que llamar o con quién hablar. —Mi voz se va apagando conforme el semblante de su rostro va cambiando.

Leo agacha la vista un momento. Sus manos, que siguen en mis mejillas, suben hasta enredarse en mi pelo.

—¿Leo?

—Sí que lo sé —contesta serio.

Frunzo el ceño. Creo que no lo estoy entendiendo.

Me da un beso en la punta de la nariz antes de apoyar su frente en la mía. El corazón me da un pequeño vuelco, aunque ni siquiera sé bien por qué.

—Creo que no te estoy entendiendo —digo verbalizando las palabras que rondan mi cabeza.

Leo me da un beso en la frente.

—Ha sido real, ¿vale? No lo olvides —susurra—. Y no ha sido un juego. Te lo juro.

Cada vez estoy más perdida. No entiendo nada de lo que dice o hace.

Leo me suelta y da un paso atrás. Saca su móvil del bolsillo y, sin apartar sus ojos de los míos, llama. Se lleva el aparato a la oreja. Suspira.

—Señor Echevarría, siento mucho llamarle a estas horas. Soy Leandro Beltrán. Necesito un favor.

Mi mundo, que ya estaba tambaleándose, termina de romperse.