Capítulo 45
Leo
T odo lo bueno llega a su fin, por lo que cuando llega el momento de recoger y volver al coche, a punto estoy de echarme a llorar como un puto crío al que acaban de dejar sin chucherías. Por suerte —porque aún no sé cómo narices lo he conseguido—, Aitana ha accedido a dormir conmigo.
O a no dormir, porque no pienso dejarla cerrar los ojos en lo que queda de noche, que no es mucho. Me encanta oírla gritar mi nombre mientras la llevo al orgasmo. Es mi pasatiempo favorito, y pienso seguir disfrutando de él todo lo que la morena que tengo sentada a mi lado me deje.
He intentado hablar con ella, pero es difícil coordinar con sentido cuando tienes a Aitana Casamayor sentada sobre tu regazo.
Aprieto el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Soy un cobarde, eso es lo que soy, y no hay otra forma de explicar el hecho de que no le haya contado la verdad. De que no le haya dicho quién soy en realidad.
Giro la cabeza lo justo para mirarla. Tiene la cabeza apoyada en el respaldo y esa expresión suya de calma que tan poco saca a relucir.
Me he dado cuenta de que Aitana siempre tiene el ceño fruncido porque siempre está pensando en algo: en los problemas que tiene que solucionar, en no hacer nada con lo que pueda fallar a su familia, en que nada se le escape…
Pero ahora… Joder. Ahora se parece tan poco a esa Aitana que no quiero molestarla.
Quiero que siga teniendo esa expresión de calma un poco más.
Unas horas. Hasta el desayuno. Después se lo contaré todo.
Con calma. La obligaré a que me escuche, a que entienda que nada de esto es tan frío y calculado como parece.
Aprieto de nuevo el volante con fuerza; se va a enfadar tanto conmigo que tendré suerte si no me da una patada en los huevos antes de tirarme de su hotel.
—Leo, ¿eso es humo? —Frunzo el ceño y entrecierro los ojos siguiendo el camino que me indica con el dedo.
A pesar de la oscuridad, a lo lejos, una columna de humo oscura rompe el cielo. A simple vista podría pasar por una simple nube. Una enorme, eso sí. Pero el olor a quemado no tarda en llegar y, conforme nos vamos acercando, la columna se va haciendo más y más grande.
El corazón me da un vuelco.
—¿Leo? —La voz de Aitana no suena tranquila. Está cargada de pánico porque los dos sabemos qué hay allí.
Piso el acelerador. El coche responde con un rugido que la empuja contra el asiento. Mis manos se tensan sobre el volante mientras clavo la vista en esa maldita columna de humo que cada segundo parece más grande.
El pueblo pasa a nuestro lado en un borrón de luces y sombras. Giro demasiado rápido en una curva y el coche derrapa lo justo para que Aitana se agarre a la puerta.
Si hay radares en Ribamar, me van a llegar todas las multas del mundo. Me da igual. El humo ya no es una columna lejana, sino una masa negra que se come el cielo.
Al llegar al camino de acceso al hotel, el coche da una sacudida. Odio este camino. Está hecho una mierda. Aquí fue donde pinché una rueda. Aquí fue donde nos conocimos. En otro momento haría algún comentario gracioso. Ahora el olor a quemado se lo está llevando todo.
—No… —dice Aitana con apenas un hilo de voz en cuanto el hotel se alza frente a nosotros, aunque las llamas se lo están llevando casi todo.
Altas. Violentas. Devorando la fachada de piedra como si fuera papel.
El Mirador de Ribamar está ardiendo.