Bandeja de entrada Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

Se mueve, o me muevo yo, no lo sé, pero antes de que ninguno de los dos pueda decir nada más su polla tantea mi entrada. Abro más las piernas, levanto el culo y se cuela dentro de mí de un solo empujón.

Me siento llena, completa y jodidamente satisfecha.

Sus manos buscan las mías. Cuando las encuentra, entrelaza nuestros dedos y las sube por encima de la cabeza.

Nuestras bocas no tardan en buscarse, como si llevasen horas sin haberse visto, y nos besamos con todas las ganas que tenemos y más.

Su cuerpo se balancea sobre el mío en una sincronización perfecta.

Nuestros jadeos se entremezclan con nuestros gemidos y el tiempo deja de tener sentido, porque nada más importa. Solo él. Yo. Esto.

Su mirada se desliza por mi cuerpo y la mía por el suyo. Se mete un pezón en la boca, juega con él y lo muerde. Después es el turno del otro. Mis uñas arañan su espalda. Su culo. Se enredan en su pelo y lo estiran pidiendo más.

Nos sonreímos, nos besamos y nos abrazamos sin dejar de movernos. Su mano se cuela entre nuestros cuerpos y me frota el clítoris. Yo grito tanto su nombre que a punto estoy de quedarme afónica. Él susurra el mío en mi oído después de morderme el cuello para después lamerlo.

No necesito nada más para correrme a lo bestia. Agarrada a la manta como si me fuera la vida en ello. Leo no tarda mucho más en seguirme. Deja escapar un gemido ahogado que me parece una maravilla. Su cuerpo cae sobre el mío temblando mientras los últimos espasmos del orgasmo terminan con él.

Está sudando. Los dos lo estamos. Pero no nos importa.

Suelto la manta y lo abrazo. Leo entierra la nariz en mi cuello y me da un beso.

—Me encantan nuestras citas —dice con la voz entrecortada. Me río y muevo la cabeza para darle mejor acceso.

Me encanta cuando me besa ahí.

—Tal vez podamos repetirla —susurro mordiéndome el labio para no jadear. Sigo sin aliento y los besos que me está dando me gustan demasiado.

Se incorpora lo justo para que nuestras caras estén a la misma altura. Sonríe y yo…, pues me derrito un poquito más por dentro.

—Del uno al diez, ¿cómo de raro es conectar con alguien al que apenas acabas de conocer? —Me aparta un mechón de la cara y me acaricia el lóbulo al pasármelo por detrás de la oreja—. ¿Crees que eso es posible?

Su pregunta me pilla un poco por sorpresa, pero lo más sorprendente de todo es que sé qué contestar a eso.

Le acaricio la espalda de forma distraída.

—Bueno, si hablamos de un tipo egocéntrico y un pelín clasista, yo diría que un tres.

—¿Y de uno que te hace llegar al orgasmo con diligencia y maestría?

Finjo pensármelo durante unos segundos. Después me encojo de hombros.

—No lo sé. Cuando lo conozca, te lo diré. —Mi respuesta lo descoloca, lo confunde y lo divierte. Todo a la vez.

Me da un mordisco en el cuello mientras yo chillo y me retuerzo entre sus brazos cuando sus dedos bajan a mi costado y comienza a hacerme cosquillas.

—Así que no lo conoces, ¿eh? —dice sin dejar de hacerme cosquillas, sin dejar de sonreír y sin dejar de mirarme como si acabara de descubrir algo que le gusta demasiado.

—¡Leo! ¡Para! —chillo entre risas intentando apartarle las manos.

—No hasta que rectifiques semejante mentira.

Me retuerzo otra vez cuando me ataca el costado y acabo agarrándole las muñecas para intentar detenerlo. Es inútil, claro. Él aprovecha la ventaja para inmovilizarme contra la manta y acercar su cara a la mía.

—Dilo.

—¿El qué?

—Que soy extraordinariamente eficiente.

Suelto una carcajada.

—Eres insoportable.

—Y extraordinariamente eficiente.

—Y pesado.

—No te olvides de lo de extraordinariamente eficiente.

Intento apartar la cara porque está demasiado cerca y porque esa sonrisa suya debería estar prohibida por motivos de salud pública. Pero Leo me sigue el movimiento y termina rozándome la nariz con la suya.

—Vamos, Aitana —susurra con voz ronca. La piel se me pone de gallina—. Alimenta mi ego un poquito.

—¿Más? No creo que te quepa.

Se ríe. Una de esas risas bajas y cálidas que le transforman toda la cara y consiguen que el pecho me haga cosas raras.

Aunque la realidad es que lleva haciéndome cosas raras toda la maldita noche.

Deja de hacerme cosquillas y solo me mira. Lo hace como si acabara de acordarse de algo importante. Como si estuviera intentando memorizarme para no olvidarme.

La sonrisa se le suaviza poco a poco hasta convertirse en otra cosa. Algo más tranquilo. Más íntimo.

—Creo que el problema —murmura mientras me acaricia la nariz con la suya y me da un beso en la punta— es que contigo todo me resulta demasiado fácil.

El corazón me da un vuelco absurdo.

—¿El qué?

—Estar aquí. —Baja la vista un segundo hacia mi boca antes de volver a mirarme a los ojos—. Reírme. Hablar contigo. Sentirme bien. Ser yo.

Se me seca un poco la garganta. Porque lo dice tan bajito, tan serio, que parece de todo menos una broma. Parece algo real. Algo que necesitara soltar. Decir en voz alta.

Decido apiadarme de él. Elevo las caderas y lo rodeo con las piernas. Suelta un gemido cuando nuestras entrepiernas se acarician.

—A tu pregunta de antes, mi respuesta es sí. Creo que es posible.

Su sonrisa se amplía tanto ante mi respuesta que tengo la sensación de haber dicho justo lo que necesitaba escuchar. Como si con ella se acabase de quitar un peso de encima.

—Mañana lo tengo libre. Todo el día. Te recojo a las siete. O mejor, duerme conmigo. Así puedo desayunarte con calma en la cama.

Antes de que pueda responder, o reírme, o decirle que está completamente loco, me besa, despacio esta vez, y las ganas de continuar hablando desaparecen.

Cierro los ojos y me dejo llevar con la certeza —tan clara que asusta— de que, pase lo que pase después, esta noche no se me va a olvidar nunca.