Capítulo 44
Aitana
E l cielo está tan lleno de estrellas que parece casi irreal.
Es mi cielo; estoy acostumbrada a él. No es la primera vez que lo veo tan iluminado.
Sin embargo, hoy me parece distinto. Como si alguien hubiera decidido pintar más estrellas de lo normal solo para hacer que todo resulte aún más perfecto de lo que es.
Porque no hay otra forma de describir esta noche que perfecta.
Me recuesto con las manos apoyadas detrás de mí sobre la manta, todavía con la sonrisa enganchada a los labios. No recuerdo la última vez que me he reído así. Sin pensar. Sin medir. Sin tener la sensación constante de que hay algo más importante esperando.
Y todo por su culpa.
Observo a Leo. Está recostado delante de mí, con una pierna estirada, la otra flexionada y la copa de vino apoyada sobre el muslo. Nuestros pies se rozan cada pocos segundos y, cuando lo hace, el pulso se me acelera y el corazón me late a tanta velocidad que temo que del esfuerzo se me pare.
—No me puedo creer que de verdad hicieses eso —digo negando con la cabeza, aunque sin dejar de sonreír. Me incorporo lo justo para pillar una patata del centro.
Las hamburguesas hace rato que han desaparecido.
Leo resopla elevando una ceja.
—Tenía ocho años. No se me puede juzgar tan duramente por decisiones tomadas a esa edad.
—¿Meterte en el congelador del supermercado para «ver cuánto aguantabas» te parece una decisión defendible?
Como yo, se inclina y roba una patata. Aún puedo sentir en las yemas de los dedos sus labios cuando se ha comido la patata en el coche. Por un momento creía que había gemido del gusto. Luego me he dado cuenta de que lo había hecho, pero solo por dentro.
—Era un experimento científico organizado por mi hermano. No podía negarme.
—Porque tu hermano, en ese momento, tenía…
—Tres años. Siempre ha sido un tío muy convincente… y bastante cabrón para su edad.
Suelto tal carcajada que hace que un grupo de pájaros que estaba descansando en una de las ramas alcen el vuelo asustados.
He de reconocer que no me esperaba para nada que la cita fuese a ser así; arriba de una montaña, con una hamburguesa de La vaca feliz en las manos, sobre una manta marrón sacada del maletero y con el runrún de los árboles como único acompañamiento.
De hecho, esperaba una cena en un restaurante elegante, con velas sobre la mesa, uno de esos jarrones con flores que ponen en el centro y te dificultan la visión y música suave de fondo.
Pero no. Estamos sentados en el suelo haciendo un pícnic. No hay música, solo risas, y por velas tenemos dos farolillos que tampoco sé de dónde ha sacado, pero que me encantan.
—¿Qué piensas? —pregunta. Me coge el pie por el empeine y comienza a masajeármelo.
Definitivamente, podría acostumbrarme a esto.
—En que no eres el tipo que parecía tener un palo metido por el culo que yo creía. —Es su turno de espantar a los pájaros que quedaban.
—Me alegro. Tú tampoco eres esa chica estirada que me riñó porque no sabía cambiar una rueda.
—Es que todo el mundo debería saber cambiar una rueda.
—Perdón por saltarme esa clase en la universidad de economía. Pondré una queja al volver a casa.
—Más te vale.
Ignoro el pequeño aguijón que he sentido al escuchar la palabra casa.
Porque sí, esta no es su casa, es la mía, y es cuestión de tiempo que él tenga que volver a la suya y que lo que sea que signifique esto desaparezca tan pronto como ha llegado.
Pero ahora no voy a preocuparme por eso.
Voy a disfrutar de mi cita y de lo que guapo que es Leo.
Y de que me está haciendo un masaje increíble. No puedo evitar soltar un pequeño suspiro de placer cuando sus dedos hacen presión en el tobillo.
—¿Te gusta? —pregunta en tono jocoso, pues no es tonto y sabe la respuesta.
Me encojo de hombros con indiferencia.
—No está mal —miento. Él lo sabe y yo también.
Sonríe de forma ladina enseñando el hoyuelo.
—Creo que es tu turno —dice. Tira de mi tobillo hacia él. Solo un poco. Lo justo para que parte de mi pierna descanse sobre su cadera. Sus manos ya no me masajean el tobillo, ahora están en la rodilla, peligrosamente cerca del muslo.
El calor y el cosquilleo que siento recorrerme entera no son normales.
Lo observo con la cabeza ladeada y el ceño fruncido.
—¿Mi turno de qué? —Su pulgar traza pequeños círculos en el lateral de la rodilla. Lo hace de forma lenta, como si me estuviera provocando.
Y vaya si lo hace…
—De contarme alguna anécdota tuya que sea bochornosa.
Me echaría a reír si su otra mano no se hubiese deslizado hacia arriba deteniéndose justo en ese límite peligroso en el que mi vestido deja de cubrir mi entrepierna. No invade, pero tampoco se aparta.
El cabrón sabe perfectamente lo que está haciendo.
—Ya te he dicho que no pienso contarte nada.
Su pulgar sube un centímetro más. Solo uno. Pero suficiente para que se me tense el estómago. Lo fulmino con la mirada, o al menos eso intento.
—Pero eso no es justo. —Me muerdo el interior de la mejilla hasta hacerme daño, porque su mano sigue subiendo y mi cuerpo gritando de ganas. De anticipación. De todo lo que no debería querer y aun así quiero.
Mucho y muy fuerte.
Trago saliva.
Es mi turno de hablar, pero mi capacidad de comunicación ha quedado reducida a cenizas. Tengo la mente nublada y mi cuerpo reacciona solo, como si tuviera vida propia. Como si no dependiera de mí para existir.
Y es que no lo aguanto más. Acorto la distancia que nos separa y, en menos de lo que tardamos los dos en pestañear, estoy sentada a horcajadas sobre él y con mi boca devorando la suya. Porque eso es lo que hago. Devorarlo.
Cualquiera diría que no he comido en días.
Por suerte, Leo no se queda atrás. Sus manos se cuelan por fin dentro de mi vestido y acaban en mi culo, que estruja mientras me aprieta contra él y mi sexo hace contacto con el suyo. Está duro como una piedra y, joder, eso me excita demasiado.
—Aitana… —dice mi nombre en voz baja, casi como una advertencia. O como una provocación. No lo tengo claro. Solo sé que no quiero parar y parece que él tampoco.
Enredo los dedos en su pelo oscuro a la vez que él clava los suyos en mis carnes arrancándome un jadeo que estoy segura de que han escuchado en el pueblo entero.
Leo aparta la boca de la mía para posarla en la base de mi cuello obligándome a echar la cabeza hacia atrás. Saca la lengua y me lame con ella.
El roce entre nuestras entrepiernas me vuelve loca.
Necesito más. Lo necesito a él.
Sube las manos por mi cuerpo acariciándome hasta llegar a los pechos, que masajea con ternura y, a la vez, con firmeza. Lo mejor de ambos mundos.
Mis dedos se enredan en su pelo tirando apenas, como si necesitara anclarme a algo porque siento que me estoy deshaciendo por dentro.
—Leo…
—Eres exquisita, joder. —Un latigazo de placer me sacude por dentro rápido. Eléctrico. Tanto que por un segundo me deja sin aire.
Me habían llamado muchas cosas, pero nunca me habían definido como exquisita.
Sus labios vuelven a mi piel, más seguros ahora, más insistentes, mientras sus manos alternan entre apretar y acariciar marcando un ritmo que me hace perder el control por completo.
Abandono su pelo y voy directa a su cinturón. El sonido de este al desabrocharse hace que la piel se me erice.
—Tengo que contarte una cosa. —Las palabras de Leo me llegan lejanas, como si no fueran conmigo. Es porque estoy demasiado ocupada deshaciéndome del botón de su pantalón vaquero.
Si me viera desde lejos, no me reconocería. Soy otra Aitana. Esta versión de mí que no cuestiona nada. No piensa en el mañana ni en las consecuencias. No carga con el peso del hotel. De mi familia. De todo lo que siempre tengo que sostener.
Esta soy yo dejándome llevar.
Nuestras bocas vuelven a encontrarse mientras mi mano se cuela dentro de su pantalón y de sus calzoncillos. Ambos gemimos en la boca del otro cuando le rodeo la polla con la mano y aprieto.
—En serio…, yo… —Paso el pulgar por la punta arrancándole otro gemido—. Tengo… Mierda…, yo…
Que no sea capaz de terminar una frase me hace sonreír como una idiota. Me hace sentir poderosa.
Dejo de besarlo y saco la mano de dentro de su ropa interior, pero solo para deshacerme del vestido. No llevo sujetador. Sus manos siguen sobre mis pechos. Sus ojos se agrandan brillando de puro deseo. Un deseo que yo le estoy provocando.
—¿Querías decirme algo? —Ni siquiera sé cómo soy capaz de pronunciar la frase sin balbucear. Leo levanta la cabeza y parpadea.
—¿Qué? —La pregunta sale de sus labios grave. Ronca. Veo su nuez subir y bajar al tragar saliva.
—Has dicho que querías contarme una cosa.
No quiero parar. No puedo. Pero no quiero que esté pensando en otra cosa que no sea esta. No quiero que haya nada que lo distraiga. ¿Es egoísmo? Puede. Pero en estos momentos quiero ser muy egoísta.
Leo asiente con la cabeza a la vez que niega y traga saliva. Todo a la vez. Sonrío, me inclino y lo beso. Mis labios apretados contra los suyos. Su aliento mezclado con el mío.
—¿Te parece si hablamos luego? —pregunto sacando a relucir esa parte egoísta que acabo de descubrir. Leo se me queda mirando unos segundos que se me hacen eternos. Hasta que apoya su frente en la mía y suspira.
—Luego —susurra. Cierra los ojos y acaricia mi nariz con la suya—. Porque ahora mismo no puedo pensar.
Sonrío tanto que me duelen las mejillas.
—Me parece bien.
A partir de aquí, todo va demasiado rápido —o demasiado lento, según se mire, porque las ganas son muchas—.
Me tumba sobre la manta, se deshace de su pantalón y de los calzoncillos, y yo hago lo propio con mi ropa interior.
Lo observo incapaz de apartar la mirada, completamente atrapada en él, mientras saca un preservativo de la cartera y se lo coloca.
Abro las piernas y se tumba sobre mí con los antebrazos apoyados a ambos lados de mi cuerpo.
—Siempre llevo un condón en la cartera. No es que tuviera pensado que pasara nada de esto esta noche. —Me muerdo el labio inferior intentando así no soltar una carcajada.
—Claro que sí. —Le rodeo la cadera con las piernas—. Yo tampoco quería que pasara esto.