Bandeja de entrada Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

—¡Esto se pone cada vez mejor! —grita entre risas. Se seca un par de lágrimas que se le han escapado. Me llevo una mano al pecho y abro la boca formando una O.

—¡No te metas con mi música!

Levanta las manos en alto como si estuviera apuntándola con una pistola y niega con la cabeza.

—Ni se me ocurriría. Pero un consejo, deja Google y pásate a recomendaciones con criterio.

Bufo como si estuviera ofendido y comienzo a tararear la canción mientras sigo conduciendo.

No dice nada, solo se me queda mirando con esa sonrisa que me encantaría fotografiar para no dejar de verla nunca.

Cuando O-Zone deja de cantar y es el turno de Ryan Gosling y su I’m just Ken , de la película Barbie , veo a Aitana con ganas de hablar.

Y mucho. Pero no dice nada. Solo aprieta los labios y apoya la cabeza en el respaldo.

Nos sumimos en un pequeño silencio que es de todo menos incómodo, con las canciones que van saliendo del coche como único sonido.

He de reconocer que he escogido estas canciones adrede con el único propósito de romper el hielo y hacerla sonreír, y parece que lo he conseguido, por lo que no dudo en darme una palmadita mental en la espalda mientras giro a la izquierda para entrar en el pueblo.

Aitana gira la vista hacia la ventanilla.

—¿Vas a decirme dónde vamos a cenar? —Me extraña que haya tardado tanto rato en hacerme esta pregunta.

—No. Tendrás que dejarte sorprender.

Tomo la primera salida de la rotonda y enfilo recto la calle. Las tiendas ya están cerrando, aunque para ser un domingo por la tarde hay bastante movimiento. Se nota que es verano, que las clases han terminado y que hace muy buen tiempo para desaprovecharlo estando en casa.

Abre la boca, pero después la cierra. Aitana Casamayor es una mujer a la que le gusta llevar el control, lleva años asumiendo ese papel, así que le debe resultar complicado ir a ciegas.

Por suerte para ella, no la hago esperar, pues detengo el coche en la puerta de una hamburguesería que, según Google —mi nuevo mejor amigo—, es la mejor de todo Ribamar.

Aitana mira a su alrededor.

—¿Vamos a cenar en La vaca feliz?

—¿Decepcionada?

—Nunca. Hacen la mejor hamburguesa del mundo. —Me apunta con un dedo. Seria—. Ni se te ocurra decirle a Nerea que he dicho eso. Lo negaré y te odiaré de por vida.

Suelto una pequeña carcajada.

—Ni se me ocurría. —Me inclino hacia delante tras desabrocharme el cinturón—. Tu hermana me da más miedo que tú.

—¡Yo no doy miedo!

—Pues claro que no —contesto en tono jocoso tras guiñarle un ojo. Aitana resopla aunque no me rebate. Si no lo hace es porque sabe que tengo razón.

En realidad, Aitana no da miedo. Produce respeto.

Del de verdad. Del que no se impone, sino que se gana.

Es trabajadora hasta decir basta, constante, cabezota cuando tiene claro lo que quiere y capaz de tirar de todo y de todos sin quejarse.

De las que sostienen más de lo que deberían y aun así siguen en pie.

De las que no quieren pedir ayuda porque eso la hace sentir débil, aunque eso pueda terminar pasándole factura.

Apago el motor. Coloco una mano sobre la de Aitana al ver que está a punto de quitarse el cinturón de seguridad.

—No hace falta. No vamos a cenar aquí.

—¿Cómo que no vamos a cenar aquí? —Vuelve a mirar a su alrededor. No hay ningún otro restaurante cerca. Solo una pizzería con las porciones a dos cincuenta.

—Vamos a recoger la comida aquí, pero la cenaremos en otro sitio. —Antes de que pueda decir nada, aprovecho para inclinarme y darle un beso.

Uno que lleva picándome por las ganas desde que hemos entrado en el coche.

Mi excitación aumenta cuando, al separarme, la veo pasarse la lengua por el labio.

La comida. Tengo que ir a por la cena.

—No te muevas, enseguida vuelvo. —Abandono el coche antes de que le pida pasar al postre y al resopón y entro en el restaurante.

El local es pequeño. Nada más entrar, el olor a carne a la plancha y pan tostado me golpea de lleno haciéndome salivar.

Para ser solo las ocho de la tarde, está bastante lleno.

Hay varias mesas de madera distribuidas por el local, cada una con una papelera metálica al lado y servilleteros llenos hasta arriba. La barra ocupa casi todo el frente, con una vitrina donde se amontonan ingredientes: lechuga, tomate, beicon, queso… Todo listo para montar en cuestión de segundos.

Detrás, una plancha enorme chisporrotea sin descanso. Un par de chavales trabajan a toda velocidad en ella moviéndose de forma casi caótica. Uno da la vuelta a las hamburguesas mientras el otro envuelve pedidos en papel marrón con una destreza casi mecánica.

El local no es nada sofisticado ni tampoco pretencioso.

Es de esos lugares que mi familia descartaría sin molestarse en echar un vistazo ni mucho menos darle una oportunidad.

Bueno, Gael no. Gael sería cliente habitual.

Y su padre también. Las esnobs son mi madre y mi hermana.

El adjetivo más bonito con el que lo calificarían sería grasiento.

Sin embargo, la puntuación que tiene es espectacular, y está claro que a Aitana le gusta.

Solo había que fijarse en el brillo que había en sus ojos cuando ha visto que me detenía en la puerta. Y en la sorpresa.

No la culpo. No creo que mucho tipos con un Lincoln vengan aquí a comer hamburguesa. ¿Eso significa que soy más como mi hermana y mi madre?

—¿Te puedo ayudar en algo? —pregunta uno de los chavales desde la barra. El que envuelve hamburguesas a una velocidad asombrosa.

—He llamado antes. Tengo un pedido para recoger a nombre de Leo Valera.

—Cierto. ¡María, este hombre ha venido a por su pedido!

Una de las camareras se acerca a mí con una sonrisa.

Me pide un minuto y desaparece tras unas puertas batientes.

Cuando regresa, lo hace con dos bolsas marrones en la mano.

Pago y regreso al coche. Me río al ver a Aitana fuera con los brazos en cruz y mirando la puerta con el ceño fruncido como si pudiera ver a través de esta.

—¿Qué haces ahí?

—Esperar.

—¿No querías hacerlo en el coche?

—Quería estirar las piernas.

—O que no soportas no estar enterada de todo al dedillo.

Al entrar en el coche, le paso las bolsas. Aquí dentro, el olor a carne es más intenso.

—No sabía que tenía tanta hambre —murmura abriendo la bolsa y metiendo una mano dentro. Saca una patata y se la mete en la boca. Gime, y a mí se me tensan todos los músculos del cuerpo.

Todos.

—¡Eh! —protesto—. Yo también quiero una.

Aitana mete otra vez la mano en la bolsa, saca una patata minúscula y me la ofrece. En lugar de cogerla, me inclino hacia ella y la tomo directamente de sus dedos sin apartar la mirada de sus ojos. Sus pupilas se dilatan y a mí el pulso se me acelera.

—¿Lista para la siguiente parada? —pregunto en tono bajo y ronco. El coche se ha cargado de electricidad y no es estática.

Aitana asiente y yo arranco el coche sin apartar la mirada de la suya hasta que no me queda más remedio. Básicamente, porque mis ojos deben estar fijos en la carretera si no queremos tener un accidente.

Conduzco en silencio. Esta vez no hay bromas ni canciones absurdas que rompan el ambiente. Solo el sonido del motor y el crujir ocasional de la bolsa de comida cuando Aitana vuelve a meter la mano para robar otra patata.

Mirándola, me doy cuenta de una cosa. Adoro sus pullas, sus frases con doble sentido, que me ponga firme y que me mande a la mierda sin que le tiemble el pulso.

Me encanta que me mire de forma desafiante y que rebata todo lo que digo.

Pero sobre todo me gusta esto. Verla así; feliz, relajada.

Sin cargas. Como si no llevara mil problemas por resolver sobre los hombros.

Como si solo fuera una chica en una cita con un chico buscando divertirse.

Aprieto el volante. Sé que esto tiene fecha de caducidad. Que, en cuanto la verdad salga a la luz, todo se desmoronará como un castillo de naipes, y que esas sonrisas se traducirán en rencor y odio. Por eso tengo que hacer las cosas bien.

Por eso esta noche no puedo cagarla.