Bandeja de entrada Capítulo 43
72%

Capítulo 43

Leo

E n mi vida he tenido cientos de citas. Desde que empecé a salir con Vega Espinosa en primero de la ESO hasta mi última «escapada romántica» con Cayetana Montero las pasadas navidades —una escapada que prefiero no recordar—.

Y no solo eso. He organizado cenas en restaurantes con estrella Michelin, banquetes, galas benéficas y reuniones multitudinarias. Planes que cualquier persona consideraría perfectos sin siquiera pestañear.

Sin embargo, aquí estoy, apoyado en el coche, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en la entrada del aparcamiento mientras siento el corazón en la garganta, y el único motivo es que estoy de los nervios por mi cita con Aitana.

Llevo todo el día dando vueltas por Internet buscando algo que esté a la altura de Aitana. Porque no es una cita cualquiera. Es una cita con ella, y tiene que ser perfecta.

He descartado media docena de planes por ser demasiado predecibles, impersonales y poco originales. Y lo que he elegido al final… Joder, espero que esté a la altura, aunque tengo mis dudas.

Exhalo despacio y levanto la vista al cielo.

A mis nervios por la cita hay que sumarles mis nervios por todo lo demás. Por todo lo que ha pasado hoy.

Desde que he escuchado a Aitana hablando con su madre en el despacho siento un nudo que me oprime el pecho. Uno al que la gente suele llamar conciencia y también cobardía.

Cierro los ojos un segundo al tiempo que agacho la cabeza y me pinzo el puente de la nariz.

Joder, cómo han dolido sus palabras. Porque no son ciertas. Yo no le he pasado por encima, ha sido Claudia. Mi hermana tiene la mala costumbre de meterse donde nadie la llama.

«Sí, pero eres tú el que le está mintiendo, no ella». Sacudo la cabeza y aprieto con más fuerza los ojos. Odio cuando mi conciencia sale a pasear. Suele ser una hija de puta muy certera.

Para terminar de autocompadecerme, saco el móvil del bolsillo, desbloqueo la pantalla y entro en el correo.

Concretamente, en la bandeja de elementos enviados.

El correo que hace unas horas le he mandado a Aitana sigue brillando ahí.

Solo. Sin respuesta. Un correo en el que debería haber dicho muchas cosas, pero en el que, al final, no he dicho nada.

No he podido decirle que soy yo. Me he resguardado tras la excusa de que algo así es mejor hacerlo en persona. Pero ¿a quién quiero engañar? No lo he hecho por culpa de la cobardía. Esa que no sabía que tenía hasta ahora.

Resoplo y busco el contacto de Gael. Dudo unos segundos en si llamarlo o no.

Necesito consejo y, aunque me asuste lo que mi hermano pueda decirme, lo necesito.

Pero desecho la idea tan pronto como llega.

No puedo arriesgarme a estar hablando con él y que aparezca Aitana, por lo que opto por mandarle un mensaje.

Leo:

Puede que esté metido en un lío.

Sí. Desde luego, esa es la mejor forma de definir toda esta situación.

Me quedo mirando el mensaje sin darle al botón de enviar. En realidad, sé lo que va a decirme; que la he cagado, que esto no tenía que haber pasado, que él ya me avisó hace unos días y que acostarme con Aitana no formaba parte de la estrategia.

Estrategia.

Aprieto tanto los dientes que puedo escuchar cómo chirrían. Aitana es de todo menos una maldita estrategia, y pensar así de ella… Joder, eso sí que es cruzar una línea que no me perdono.

Pulso enviar y guardo el móvil de nuevo en el bolsillo. Levanto la cabeza al tiempo que escucho cómo unos pasos suaves pero claros rompen el silencio del aparcamiento. El corazón me deja de latir cuando mis ojos se encuentran con los de Aitana, que camina hacia mí con paso lento pero decidido.

Lleva un vestido azul que combina con sus ojos marrones. La tela se mueve ligera con cada paso que da rozándole los muslos y ciñéndose a esa cintura a la que me he dado cuenta de que me encanta agarrarme.

—Hola —dice en cuanto sus pies se detienen a escasos centímetros de mí.

Una sola palabra, cuatro letras y ya ha conseguido que todo lo que no sea ella desaparezca; los nervios, el hotel, el Grupo Beltrán, Leandro…

Solo ella.

—Estás… Estás guapísima —balbuceo como un chaval de catorce años en su primera cita.

Sus ojos se deslizan por mi cuerpo despacio, casi a cámara lenta.

Como si quisiera estudiar bien lo que tiene delante.

Me encantaría decir que no noto cómo mi cuerpo —en especial mi polla— responde al deseo que se puede apreciar en ellos, pero estaría mintiendo, y no puedo sumar más mentiras a mi currículum.

Aitana se muerde el labio inferior con picardía y se encoge de hombros con fingida indiferencia.

—Tú tampoco estás mal, Ventura. —Sonrío, alargo el brazo hasta rodearle la cintura con él y la pego a mí. Hoy huele a melocotón.

—Así que ha venido usted peleona, señorita Casamayor. —No tenía ni idea de la Aitana que me iba a encontrar esta noche, pero siento una alegría enorme al ver que es la que viene dispuesta a jugar.

Antes de que pueda responder, bajo la cabeza y atrapo sus labios. Puede que huela a melocotón, pero sus labios saben a sandía. Se acaban de convertir en mis dos frutas favoritas.

Aitana me rodea el cuello con los brazos y responde al beso. Aunque se nota que nos tenemos ganas —yo tengo muchísimas—, nos besamos lento. Sin prisa. Como si estuviéramos comprobando que esto sigue siendo real y que no ha cambiado nada en las últimas horas.

Sus labios se mueven contra los míos con una calma que contrasta con todo lo que llevo dentro, consiguiendo que todo el ruido que pudiese quedar en mi cabeza desaparezca por completo, porque solo estamos ella y yo.

La atraigo un poco más hacia mí, lo justo para sentir cómo se encaja en mi cuerpo, y deslizo el pulgar por su mejilla mientras profundizo apenas el beso sin romper ese ritmo tranquilo. Aitana suspira contra mi boca, y ese pequeño sonido me atraviesa por dentro con una facilidad insultante.

Joder, cómo me gusta.

Pero, si no paro, no vamos a salir de este aparcamiento en toda la noche y, por mucho que la idea me parezca tentadora, ahora mismo no toca eso.

A regañadientes, separo mis labios de los suyos.

Lo hago despacio, rozándolos un segundo más de la cuenta, solo por el placer que me produce el poder hacerlo.

Aitana tarda un instante en abrir los ojos.

Cuando lo hace, sus pupilas siguen dilatadas, clavadas en las mías, y me cuesta un esfuerzo ridículo no volver a besarla.

—Como sigas mirándome así… —murmuro apoyando la frente en la suya—, vamos a tener un problema.

—¿Un problema? —pregunta en voz baja, aunque la comisura de sus labios se curva ligeramente.

—Uno bastante serio —confirmo sin apartarme del todo—. Y no creo que estemos en el sitio adecuado para solucionarlo.

Su risa es suave, casi un suspiro, y me golpea en el pecho de una forma que no esperaba. Lo de que estoy metido en un lío es un eufemismo. Lo que está pasando es una puñetera catástrofe. Pero ahora no es el momento de pensar en eso.

No aquí.

Entrelazo su mano con la mía y tiro suavemente de ella.

—Vamos, tenemos un plan que cumplir —le pido guiándola hasta la puerta del copiloto.

—¿Me vas a decir dónde vamos?

—Ni de coña. —Abro la puerta con la mano libre y, con una floritura, le indico que entre.

—Vaya, qué caballeroso.

—No te acostumbres —replico con una sonrisa ladeada. Antes de que entre, le robo un beso—. Es algo puntual.

Compone una mueca.

—Qué decepción. Suelo acostumbrarme rápido a lo bueno.

—¿Estás diciendo que soy bueno? —Aunque Aitana se agacha para entrar en el coche, puedo ver cómo pone los ojos en blanco.

—Bueno no lo sé aún, pero peligroso ya te digo yo que sí.

Peligroso. Me gusta.

Espero a que se siente y cierro la puerta con cuidado antes de rodear el coche y ponerme al volante. Golden , la canción k-pop del momento, comienza a sonar por los altavoces en cuanto el motor arranca con un suave ronroneo.

Aitana, que está abrochándose el cinturón, voltea la cabeza hacia mí a la velocidad de la luz. Abre tanto los ojos que parece un dibujo animado.

—¿En serio? —pregunta riéndose.

Me encojo de hombros y salgo del aparcamiento. Las ruedas pisan la gravilla conforme avanzamos.

—Lo tengo todo planificado al dedillo, hasta la música.

—¿En serio? —repite.

—He puesto en Google: «Canciones del momento con las que impresionar a una chica en nuestra primera cita» y esta estaba la segunda en la lista.

—Sé que me voy a arrepentir, pero ¿cuál es la primera?

—La banda sonora de la película Siete semanas y media .

La carcajada de Aitana llena el coche y se mezcla con las voces de las cantantes coreanas.

—Eres increíble —consigue decir entre risas al cabo de un rato llevándose una mano al pecho—. De verdad, no sé si me estás tomando el pelo o si lo dices en serio.

Me pongo serio —o lo intento— mientras levanto la mano con la palma hacia arriba.

—Te aseguro que he invertido horas en esta cita—respondo con falsa solemnidad.

—Y has decidido confiar en Google antes que en tu propio criterio.

—Mi criterio ya me ha metido en suficientes líos últimamente —replico sin pensar mucho en lo que digo y, a la vez, diciendo demasiado.

Nos quedamos en silencio. Yo con la vista fija en la carretera y ella en mí. Lo puedo notar aunque no lo vea, sobre todo porque tengo el vello de la nuca de punta.

Me permito el lujo de mirarla un segundo de reojo. Sus ojos siguen brillando por la risa, pero hay algo más en ellos. Algo que no estaba hace unos minutos. Algo que hace que mi ego se hinche tanto como mi entrepierna.

Tras reprenderle a mi cuerpo por ir por libre, me enderezo en el asiento y aprieto el volante con fuerza.

—Bueno, del uno al diez, ¿cómo lo estoy haciendo? ¿Te estoy impresionando?

Aitana ladea la cabeza como si estuviera valorándolo de verdad. Se muerde el interior de la mejilla pensativa.

—Solo puedo decir que, de momento, vas bien.

Arrugo la nariz.

—¿Solo bien? —La canción Golden termina y comienza a sonar Dragostea din tei , de O-Zone. Aitana comienza a reírse tanto que tiene que sujetarse la barriga.