Capítulo 42
Diego
N o sé cuánto rato llevo tumbado en esta cama. Podrían ser tanto diez minutos como tres horas. O incluso semanas. El tiempo pasa demasiado lento cuando te encuentras fatal.
Vuelvo la cabeza hacia la derecha. Cintia está boca arriba, con la boca abierta y un brazo colgando fuera de la cama. Ronca. Pero no lo hace como una persona normal. Ronca como si estuviera intentando comunicarse con otra especie.
Le chisto a ver si se calla un poco, pero creo que su ronquido se vuelve aún más fuerte.
—Hostia —susurro—. ¿Pero tú eres consciente de cómo suenas? —La respuesta de mi hermana es un resoplido que podría tumbar una puerta.
La empujo con suavidad, pero solo consigo moverla un poco hacia el borde de la cama; sigue roncando como un puñetero cerdo.
—De verdad que, si te vendo al matadero, me podría sacar un dinero extra que me vendría muy bien.
Cintia emite un ruido aún peor, algo entre un gruñido y un bufido.
Genial. Perfecto.
Me giro boca arriba otra vez y me paso las manos por la cara. Estoy cansado. Me duele la espalda de estar tumbado en esta puñetera cama, los oídos por culpa de mi hermana y la cabeza por culpa de Mateo.
No tendría que haber ido a ese puto puesto, no tendría que haberme enfrentado a él y, por supuesto, no tendría que haberme comido todas esas croquetas.
Tampoco debería haber tenido la conversación con Cintia, porque ahora solo puedo pensar en ella y en que tiene razón, aunque yo eso ya lo sabía.
Tengo que hablar con Mateo. Necesito arreglar lo que yo solito estropeé.
No puedo seguir hinchándome a croquetas hasta reventar cada vez que lo vea hablando con un tío, porque la realidad es que está en su derecho de hablar con quien le dé la puñetera gana.
Él no es nada mío aunque yo sí sea suyo, solo que no lo sabe.
Mi hermana no suele tener momentos de madurez y mucho menos de sabiduría, pero, cuando salen, dan directos en la diana.
Me tapo los ojos con el brazo y respiro hondo. Lo que ahora tengo que pensar es en cómo lo voy a hacer. En cómo voy a acercarme a Mateo sin que se cabree. Sin que me mande a tomar por culo.
Podría invitarlo a tomar algo. O a cenar a mi casa. Yo no sé cocinar, pero seguro que Nerea me ayuda. A cambio, me quedaré con Joan siempre que quiera. Aunque está en una edad en la que el chaval me cuida más a mí que yo a él.
¿Y qué le diría a Mateo cuando aceptase la cena?
—Porque pensar que no la va a aceptar no es una opción—.
¿Le pido perdón de primeras?: «Oye, ¿te acuerdas de cuando me dijiste que me querías y yo te di las gracias como si me hubieras traído un táper?
Pues nada, que solo quiero decirte que yo también te quiero. ¿Otra chuleta?».
Me quito el brazo de la cara y me quedo mirando el techo tras soltar una risa seca. La grieta me saluda como si estuviera burlándose de mí. Me la sé de memoria. A este paso, vamos a hacernos mejores amigos.
Aprieto los labios y cierro los ojos con fuerza.
En toda esta historia hay un pequeño detalle que estoy pasando por alto, y es que Mateo me odia.
Tengo su mirada afilada clavada en el pecho desde que ayer me dijo que me jodieran y duele muchísimo más que el empacho.
Yo creía que entre nosotros había una grieta como la que hay en el techo.
Algo que a la larga es fácil de reparar, pero ayer me di cuenta de que no, de que entre nosotros lo que hay es un puto abismo.
Me trago un gruñido. Está claro que lo que sea que hay entre nosotros no se puede arreglar con un par de bromas y una sonrisa.
Una idea fugaz cruza mi mente. Una que hace que se me nuble la vista y el aire se me quede atascado en la garganta. ¿Y si se ha cansado? ¿Y si no quiere ni siquiera escucharme? ¿Y si ese «que te jodan» es en verdad un «no quiero volver a saber nada de ti, así que deja de jugar conmigo»?
¿Cómo explicarle que para mí nunca ha sido un juego? Ni él ni mucho menos nosotros. ¿Cómo hacerle entender que el único problema que hay es que soy un cobarde de mierda y un cagado?
Un luz pequeña, intermitente, parpadea en la mesilla de noche iluminando parte de la grieta del techo.
Me quedo mirando el móvil; alguien me ha enviado un mensaje.
Seguro que es una de mis hermanas, pero paso de contestar.
No tengo ni fuerzas ni ganas. Pero la lucecita sigue ahí insistente.
Como si ella también tuviera ganas de tocarme los huevos.
Así que resoplo, alargo el brazo y cojo el móvil sin ganas.
El corazón se me detiene de golpe al desbloquearlo. O se acelera. No lo sé muy bien, pero hace algo raro. Muy raro. Porque no es ninguna de mis hermanas. Es Mateo.
¡Mateo acaba de enviarme un mensaje!
Me incorporo tan rápido que por poco me caigo de la cama. Apoyo una mano en el colchón para no caerme y me froto los ojos con la otra, como si así fuese a cambiar lo que pone ahí.
Pero no cambia. Su nombre sigue ahí, a la espera.
Me tiemblan los dedos cuando clico para abrirlo.
Mateo:
¿Te has muerto?
Se me escapa una sonrisa. Una de las grandes. De esas que no puedes controlar y que te hacen parecer un imbécil.
A mí, en estos momentos, me encanta parecer un imbécil; Mateo quiere saber si me he muerto.
Medito unos segundos. Tiene que ser una buena respuesta. Que tenga sentido. No puedo soltar lo primero que se me pase por la cabeza. Esta es la oportunidad que estaba esperando, y tengo que hacerlo bien.
Qué pena que la paciencia no sea una de mis muchas virtudes.
Diego:
¿Te daría pena si así fuera?
Estoy sonriendo. Se me ha pasado el dolor de barriga. La angustia. Todo. Y eso que solo han sido tres palabras.
Mateo:
Me has contestado, así que entiendo que no. Una lástima. Tendremos que esperar a la próxima.
La carcajada me sale sola. Eso ha sido una broma, ¿no? Yo apuesto a que sí.
Tecleo, borro y vuelvo a teclear.
Diego:
Siento decepcionarte. Prometo ponerle más empeño la próxima vez.
Mateo:
¿Vas a empacharte otra vez a base de croquetas?
Diego:
Había pensado que a la próxima me daría un atracón de tofu para ver si así termino de arruinarme el día.
Veo cómo Mateo está escribiendo. La anticipación me está matando. Me cosquillean los dedos de las manos y el corazón me late tan fuerte que compite con los ronquidos de Cintia, y eso es difícil.
Mateo deja de escribir. Vuelve a hacerlo. Para. Otra vez. Joder, así por lo menos cinco veces más, como si estuviera redactando un puto discurso en lugar de contestarme a un mensaje. Estoy a nada de que me dé un infarto.
Cuando por fin llega su respuesta, se me encoge algo por dentro. Tanto que me dan ganas de llorar.
Mateo:
Me alegro de que estés bien. Cuídate.
¿En serio? ¿Ya está? ¿Esto es todo lo que tiene que decirme? ¿Aquí se acaba nuestra conversación? ¿Aquí termina mi oportunidad?
—¿Podrías dejar de bailar? Hay gente que intenta dormir —farfulle Cintia, que se ha tapado la cara con la almohada.
—Y tú podrías dejar de roncar como un puto cerdo.
—Que te den.
—Inmadura.
Aunque no puede verme, le enseño el dedo corazón. Cintia, como si lo intuyera, me enseña el suyo.
Me muerdo la lengua tragándome otro insulto y salgo de la cama. Echo un vistazo a mi alrededor; mis ojos se detienen en la ventana. En cuanto me acerco a ella, levanto la persiana y la abro. El aire entra de golpe. Huele a verano mezclado con alegría y desesperación.
El cielo está azul, aún no ha anochecido, pero el sol ya está cayendo y está empezando a teñirse todo en tonos naranjas y dorados. En otro momento me quedaría a admirar lo que tengo delante. Ahora mismo, lo que necesito es que Mateo no deje de escribirme.
Salgo al techado y ando por él hasta sentarme junto a la salida de la chimenea.
El lugar favorito de Aitana para perderse es el lago.
El de Nerea, cualquier cocina. Para Irene, un país que esté lo bastante lejos de nosotros.
Para Berta, un rincón tranquilo donde pueda respirar sin que nadie la necesite.
Para Cintia, ese en el que no le cobren por beber.
Y, para mí, este: lo bastante visible para que me encuentren si pasa algo grave y me necesitan, y lo bastante invisible para refugiarme aquí cuando lo que necesito es lamerme las heridas yo solo.
Rescato el móvil y empiezo a escribir. Por supuesto, lo hago sin pensar, dejando que mis dedos se muevan solos por la pantalla.
Diego:
No te vayas.
Diego:
Aún no te he dicho cómo me encuentro.
El check del mensaje se queda gris. No me ha leído. Ni siquiera sale que esté activo. ¿Se habrá marchado? ¿Tan rápido ha sido él y tan lento he sido yo?
Ha sido culpa de Cintia.
Frunzo el ceño y clavo la vista en la pantalla esperando. Un segundo. Dos. Cinco. Diez. Cuando llego a veinte, tengo ganas de gritar.
Aprieto el móvil con más fuerza de la necesaria y bloqueo la pantalla… para volver a desbloquearla al instante. Ahí siguen los dos mensajes sin leer.
—Vamos, Mateo. Contéstame, no me ignores —mascullo pasando el pulgar por debajo de la conversación, como si eso fuese a cambiar algo.
Se me empieza a acelerar el pulso. No mucho, solo lo suficiente para que me moleste. Me muerdo el interior de la mejilla y vuelvo a bloquear el móvil. Esta vez aguanto más. Cuatro segundos; todo un logro.
Cuando lo desbloqueo, chillo. Los dos checks se han vuelto azules.
El aire me entra de golpe en los pulmones como si hubiese estado aguantando la respiración sin darme cuenta. Parpadeo clavando aún más la mirada en la pantalla y justo después aparece su nombre.
Mateo:
¿Y cómo te encuentras?
Sonrío de oreja a oreja. No es mucho, pero Roma no se construyó en dos días.
Diego:
Bastante mal. No sé cuántas veces he vomitado ya. Creo que he visto mi alma salir en una de ellas.
Diego:
Si me vieses ahora, llamarías a un exorcista en vez de a un médico.
Mateo:
Te lo tienes merecido.
Diego:
No voy a discutir cuando tienes razón.
Mateo:
Sería la primera vez.
Diego:
Porque a lo mejor es la primera vez que tienes razón en algo.
Mateo:
Eres un capullo.
Diego:
Vale, la segunda. Has tenido razón dos veces.
Me arrastro hacia atrás hasta que mi espalda toca la pared de la chimenea. No dejo de sonreír. Sé que Mateo está enfadado. Se nota en cada respuesta, en cada palabra. Pero está aquí; no me ha mandado a la mierda, no me ha dejado de contestar y no ha desaparecido.
Ahora mismo, eso es lo único que me importa.
Diego:
Mi madre nos ha encerrado a Cintia y a mí en una habitación y no nos deja salir. Dice que necesitamos supervisión adulta. No sé si me ofende más eso o que tenga razón.
Mateo:
Tu madre siempre ha sido una mujer muy sabia.
Diego:
Mierda, otra cosa en la que voy a tener que darte la razón. Ventura, hoy estás que te sales.
Mateo:
Siempre me salgo, solo que tú no lo ves.
Diego:
No quiero verlo, que es bien distinto.
Diego:
Ni eso ni muchas otras cosas.
Vale, la conversación está yendo por unos caminos peligrosos. Lo sé por cómo me late el pulso y por cómo se me seca la boca.
Mateo:
Joder, Diego. No hagas eso.
Diego:
¿Que no haga el qué exactamente?
Sé la respuesta a esa pregunta, aun así la hago. Ya lo he dicho; soy más de actuar que de pensar. Está claro que prefiero pedir perdón que permiso, aunque a veces cometa el error de llegar tarde a lo primero.
Mateo:
No tendría que haberte escrito. No sé por qué lo he hecho.
Mateo:
En serio, cuídate.
Diego:
¡No! ¡¡Espera!!
Diego:
No te vayas, joder. Lo siento.
Diego:
Mateo, por favor, sigue hablando conmigo.
Mateo:
No es bueno para mí hacerlo, Diego.
Mateo:
Joder, no eres bueno para mí.
Diego:
Ya lo sé. Aun así, no te vayas.
Diego:
Me ha gustado que me escribieras. Eso es que te preocupas por mí.
Mateo:
Ese es el puto problema, que me preocupo por ti.
Diego:
Lo sé, pero no dejes de hacerlo.
Diego:
Por favor.
Creo que ha llegado un punto en el que, si lo tuviera delante, me pondría de rodillas.
Me paso una mano por el pelo nervioso. Me sudan las palmas de las manos y el corazón me va cada vez más deprisa.
Observo la pantalla. Los segundos pasan. No hay puntos suspensivos ni nada que indique que Mateo piensa hablar. Me encantaría que dijera algo, pero, como no lo hace, lo hago yo.
Diego:
Dame cinco minutos.
Suspiro aliviado cuando lo veo escribir.
Ya lo dice mi madre, que la esperanza es lo último que se pierde.
Solo que ella lo decía cuando éramos pequeños convencida de que algún día dejaríamos de ser un desastre y aprenderíamos a comportarnos.
No pasó entonces y tampoco parece que vaya a pasar ahora.
Mateo:
¿Para qué?
Diego:
Para arreglar lo que he estropeado.
Mateo:
No es tan fácil.
Diego:
No estoy diciendo que lo sea, solo que me escuches.
Mateo:
No nos aguantamos.
Diego:
Sabes que eso no es verdad.
Mateo:
Siempre acabamos discutiendo.
Diego:
Porque nos queremos demasiado.
Mateo:
Diego, ¡joder! ¡No puedes decir eso!
Diego:
Vale. Lo siento.
Diego:
Pero no lo retiro.
No era así como quería decirle que lo quiero, pero me ha salido solo. Y no, no me arrepiento. Si me sirve para que me conceda esos cinco minutos y me escuche, se lo repetiré las veces que haga falta.
Mateo:
Me haces daño.
Diego:
Quiero dejar de hacértelo.
Diego:
Soy un puto desastre, ¿vale? Soy inmaduro, irresponsable y orgulloso. Además de egoísta. Que te pida cinco minutos no debería pillarte por sorpresa.
Diego:
No me digas que no. POR FAVOR.
Mateo:
Mierda, Casamayor.
Diego:
¿Eso es un sí?
Mateo:
No lo sé.
Diego:
Mañana por la noche. En tu casa. Yo cocino.
Mateo:
No sabes cocinar.
Mateo:
Y no he dicho que sí.
Diego:
Pero tampoco que no, y pienso agarrarme a eso como a una tabla en mitad del naufragio.
Mateo:
Una cena lleva más de cinco minutos.
Diego:
Sabes que nunca se me ha dado bien la hora. Hasta los diez años no supe leerla bien. Me lío.
Mateo:
Eres un mentiroso.
Diego:
Otra cosa que añadir a mi lista de virtudes.
Mateo:
No me puedo creer que vaya a abrirte la puerta si llamas.
Diego:
Cuando llame, Ventura, cuando llame.
Mateo:
Buenas noches. Y no te emociones.
Diego:
Tarde.
Tras bloquearlo, dejo el teléfono en el tejado, a mi lado, y me tumbo en él. Debo llevar un buen rato hablando con Mateo, porque los últimos rayos de sol que quedaban ya han desaparecido y en su lugar hay una preciosa luna llena en lo alto.
Mañana he quedado a cenar con Mateo. No ha sido un sí rotundo, pero tampoco una negación y, como le he dicho, pienso agarrarme a ese resquicio de esperanza como si me fuera la vida en ello.
Mañana voy a cagarla, estoy seguro. Pero esta vez no voy a salir corriendo.