Capítulo 41
Aitana
T engo treinta y dos años, dirijo un hotel, he cambiado ruedas, he negociado con proveedores que huelen el miedo mejor que los tiburones la sangre y he sobrevivido a cenas familiares en las que Diego y Nerea han estado a punto de matarse con una panera.
Eso demuestra que puedo con cualquier obstáculo que la vida me ponga por delante.
Sin embargo, llevo diez minutos mirando mi armario como si dentro estuviera la respuesta a todos los grandes misterios de la humanidad, cuando en realidad solo quiero saber qué narices puedo ponerme para una cita con Leo.
Una cita.
No recuerdo la última que tuve una. Probablemente, cuando tenía veinticinco años y Raquel intentó liarme con un amigo de su primo. El chico se pasó la noche hablando de motos y yo pensando en cuánto tardaría en llegar el postre para tener una excusa decente para largarme sin quedar como una borde.
Bastante triste, la verdad, así que es mejor no pensar en ello. Lo peor que me puede pasar es empezar la noche deprimida, y me he propuesto no hacerlo. Para depresión, la situación con el Grupo Beltrán y la conversación con Ricardo.
—No, Aitana. Para. Te has comprometido contigo misma a que no ibas a pensar en el trabajo, a que te ibas a dejar llevar y a que te ibas a divertir. En ese orden —me reprendo en voz alta, a ver si así hace más efecto.
Descuelgo de la percha un vestido azul. Es ligero y sencillo, de esos que no llaman la atención cuando lo ves en la percha, pero que una vez puesto cambian por completo.
Es de tela suave, casi vaporosa, con la falda cayendo suelta hasta mitad del muslo y un escote en pico que no enseña demasiado, pero tampoco se esconde.
Los tirantes son finos y dejan los hombros al descubierto.
Y la espalda tiene ese punto justo en el que deja ver más de lo que debería sin resultar evidente.
Lo sostengo frente a mí dudando mientras me miro en el espejo. Es precioso, pero a lo mejor es demasiado bonito para una cita. Puede que sea mejor ir en vaqueros.
Frustrada, lanzo el vestido a la cama, que cae sobre el montón de ropa que ya he rechazado. Como siga así, habrá más ropa en la cama que en el armario.
Es hora de que acepte la realidad; no puedo hacer esto sola.
Necesito a alguien que me asesore. Diego y Cintia no son una opción.
Los dos están muriéndose. Juntos. En casa de mi madre.
A Berta la adoro, pero no me fío de sus gustos para la ropa.
Irene tampoco es una opción porque, ahora mismo, ni siquiera sé en qué franja horaria se encuentra.
Y Nerea es un no rotundo. No hará falta que me pregunte por qué quiero arreglarme tanto ni para quién, porque lo sabrá.
Y me juzgará con la mirada, que es mil veces peor que con palabras.
Y yo me cabrearé. Porque, aunque tengo ganas de salir con Leo, de ver qué es esto —y de disfrutar un poco más de todo lo que hicimos anoche—, en el fondo sigo pensando que esto no es buena idea. Que algo va a salir mal.
Así que no. No necesito a mi hermana para que me diga algo que yo ya sé.
—Esto es ridículo —murmuro. Cojo el móvil antes de que me dé tiempo a arrepentirme y hago lo que cualquier persona sensata haría en mi situación —y que debería haber hecho hace rato—: inicio una videollamada grupal.
Tarda tres tonos en conectarse.
Raquel aparece primero, con el pelo recogido de cualquier manera y masticando lo que parecen palomitas.
El balonazo de mi sobrino sigue patente en su rostro, aunque no tanto como en la foto que nos ha enviado esta mañana, ni mucho menos como tenía la cara ayer.
Parecía un cuadro abstracto en tonos morados y rojos.
—Estoy viendo Monstruo: La historia de Ed Gein . Espero que sea importante.
—Es una emergencia —respondo seria.
—¿Se ha roto algo?
—Sí.
—¿El qué?
—Mis nervios. —Raquel entorna los ojos justo cuando la cara de Mateo aparece en pantalla. Mi amigo va sin camiseta y está sudado. No puedo evitar sonreír—. A mi hermano le encantaría ver lo que yo estoy viendo ahora mismo.
Mateo pone los ojos en blanco.
—No me hables de tu hermano.
—Tú no sabrás por qué se hinchó ayer a croquetas, ¿verdad? Cuando todo el mundo sabe que las odia.
—Tu hermano hace cosas que nadie entiende. —Hay resquemor en sus palabras.
Qué cabezotas son los dos.
—Si te digo que está medio muerto en la cama de mi madre, ¿te sentirías mejor? —Mateo se pasa una toalla por la cara y el cuello.
—Estamos hablando de tu hermano. No quieras que diga cosas que haga que me odies y dejes de hablarme. Nuestra amistad es importante para mí.
Aunque estamos hablando de Diego, suelto una carcajada.
—Veo que la comunicación entre vosotros fluye como la seda. —Mateo se pone la toalla en el hombro y eleva una ceja.
—¿Has hecho una llamada a tres para hablar de Diego y de mí? Porque, si es así, cuelgo.
—Qué susceptible están algunos —murmuro bajito, aunque lo suficientemente alto para que los dos me oigan. Raquel se ríe al tiempo que se mete un puñado de palomitas en la boca y Mateo eleva aún más la ceja—. He llamado porque tengo una emergencia.
—¿Del nivel «coged pico y pala que me tenéis que ayudar a enterrar un cadáver»?
—Raquel, ¿te has planteado dejar de ver tanta serie de true crime y ver algo más… suave? Empiezas a dar miedo.
—Lo suave me aburre.
—Leí en un artículo que los amantes del true crime no suelen estar bien de la cabeza.
Mi amiga se encoge de hombros mientras se mete otro puñado de palomitas saladas en la boca.
—No me siento ofendida. Algo de razón tienen.
—Chicos —los llamo interrumpiéndolos—. Me encantaría seguir debatiendo si Raquel está bien de la cabeza o no, pero no ahora.
Ahora necesito que me ayudéis. —Cojo aire con fuerza y lo expulso de golpe—.
Tengo una cita esta noche y no tengo ni idea de qué ponerme.
He sacado todo el armario y nada me gusta.
No sé si debería ponerme vestido, pantalones o un mono.
Porque, claro, si me arreglo demasiado, va a parecer que me importa más de la cuenta y no quiero eso, pero si voy demasiado normal va a parecer que no me he esforzado nada y eso tampoco me gusta.
Y, antes de que preguntéis, no me ha dicho qué vamos a hacer ni a dónde vamos a ir.
La idea era que yo eligiera el sitio, ya que yo soy de aquí y él no, pero me ha dicho que me deje llevar, que él decide.
Que confíe. Y yo confío, pero no me gusta no saber qué voy a hacer ni a dónde voy a ir porque…
—… porque no te gusta no tener tú el control de todo —dice Mateo interrumpiéndome. Aunque se lo agradezco, porque estaba empezando a quedarme sin aire, le enseño el dedo corazón, lo que le arranca una carcajada.
Raquel se inclina hacia delante desapareciendo un momento de la pantalla. Cuando vuelve, no lleva nada en las manos. Aunque en lo que me fijo es en su sonrisa. Cualquiera diría que está en un anuncio de dentífricos.
—Dime que la cita es con el buenorro del escritor. —Suspiro y pienso en mentir, pero para qué. Los he llamado porque estoy histérica y necesito que me ayuden, ¿no? Así que asiento.
El grito de mi amiga seguro que lo han oído hasta en el puerto.
—Nos has dejado sordos a los dos.
—¡LO SABÍA! —chilla dando una palmada y pasando de mi comentario—. ¡Sabía que ese hombre era el indicado para ti!
Resoplo.
—Por Dios, Raquel, ni que nos fuéramos a casar. Estamos hablando de una cita.
—Una cita por la que has reorganizado el armario como si fuera la alfombra roja —señala Mateo, que también sonríe de oreja a oreja.
Estoy empezando a arrepentirme de haberlos llamado.
—No estoy reorganizando nada. —Miro de reojo la cama. La montaña de ropa me devuelve la mirada.
Vale, puede que el asunto se me esté yendo un poco de las manos.
—Aitana —dice Raquel señalándome con el dedo—, necesito que me confirmes una cosa muy importante antes de seguir con esto.
—No.
—Aún no te he preguntado.
—Da igual. La respuesta sigue siendo no.
Mateo se ríe por lo bajo. Raquel eleva una ceja.
—¿Pasó algo ayer entre el guaperas y tú? —pregunta en un tono que indica «te pregunto por preguntar, pero ya sé la respuesta».
—¿Qué quieres decir con pasar?
—Quiere decir si habéis follado —contesta Mateo por Raquel. Mientras hablábamos ha ido hasta el sofá y se ha sentado en él.
Noto cómo empiezo a ponerme roja.
—No —respondo. Mis dos amigos estallan en carcajadas. Raquel aplaude emocionada.
—¡Cuánto me alegro por ti!
—¡Ya era hora, joder! ¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien?
—En la Edad de Oro.
A Mateo le parece graciosísima la contestación de Raquel. Incluso a Raquel le parece graciosísima su respuesta.
Aprieto los labios. Estoy cabreada, molesta y muerta de vergüenza. Apoyo el móvil contra un jarrón que tengo en la cómoda y me cruzo de brazos.
—Chicos —los llamo notando cómo el calor me sube por el cuello—. Me encanta haceros reír, pero no he llamado para esto.
—¿Estuvo bien?
—¡Claro que estuvo bien! ¿No le ves la cara? Está radiante, y no precisamente por hidratación. Un cutis así solo te lo da un buen orgasmo. O varios. —Raquel abre los ojos de par en par. Parece que acaba de tener una revelación—. ¡¿Cuántos tuviste?!
—¡¡No pienso decirte cuántos orgasmos tuve!! —Me paso una mano por el pelo. Estoy sudando, y eso que voy en bragas y sujetador.
Mi amiga se acomoda en el sofá. Feliz.
—¿Dos? ¿Tres? —continúa—. Más de tres en una noche es de ser un auténtico campeón.
—Raquel, por favor, ¡cállate ya! Y tú —señalo a Mateo. A este sí que le faltan las palomitas. El gesto de amargura que tenía mientras hablábamos de mi hermano ha desparecido—, deja de reírte o te juro que empiezo a hablar de mi hermano. O mejor aún, lo llamo y que se una a la videollamada.
Mateo deja de reírse, pero no de sonreír. Algo es algo. Raquel frunce los labios, aunque sus ojos brillan con esa malicia que deja claro que esto no ha terminado.
Señalo con la mano la cama que tengo a la espalda, el armario y luego a mí.
—¿Podemos centrarnos ya en la ropa?
Los dos asienten en una sincronización perfecta.
—Enséñanos qué opciones tienes —indica Raquel acomodándose mejor en el sofá, como si acabara de empezar su programa favorito.
Miro la cama por encima del hombro. La montaña de ropa parece haber crecido en los últimos cinco minutos.
—No hay opciones.
—Yo veo muchísimas —replica Mateo.
—No me gusta ninguna.
—Aitana… —Resoplo derrotada.
—Vale. Esperad. —Me acerco a la cama, aparto un par de camisetas, un vestido que definitivamente no y unos pantalones que tampoco, y cojo el vestido azul. Regreso al móvil y me lo coloco delante del cuerpo sujetándolo por los tirantes—. Esta es una opción.
Raquel abre mucho los ojos.
—Me gusta.
Mateo se inclina hacia la pantalla.
—Es muy bonito.
—Exacto. Es muy bonito. Y ese es el problema.
—¿Desde cuándo? —pregunta Mateo genuinamente confundido.
—Desde siempre —respondo volviéndome hacia el espejo para mirarme—. Si voy muy arreglada, va a parecer que me he arreglado adrede para la ocasión y puede pensar lo que no es.
Mateo arquea una ceja.
—¿Que quieres acostarte con él? —Protesto notando cómo me vuelve el calor a la cara.
—¡Mateo! —Se encoge de hombros tranquilo.
—¿Qué? Perdona, es que no veo el problema.
—Pues que no quiero que piense que estoy disponible.
—Aitana, cielo, os acostasteis ayer. Y quieres repetir. ¡Claro que estás disponible! Y bien por ti.
—Mateo tiene razón —añade Raquel—. Y es un vestido perfecto.
Una parte de mí me dice que debería seguir rebatiéndoles e insistiendo en mirar algo más. La otra me dice que, si lo hago, para qué los he llamado entonces. Además, tienen razón. Es un vestido precioso.
Y qué narices. Claro que quiero acostarme con Leo. No he dejado de pensar en otra cosa en todo el día, y eso que tenía otras muchas cosas en las que pensar.
Me muerdo el labio inferior dubitativa mientras miro el vestido y luego el resto de mi ropa.
—¿Seguro? —pregunto al final.
—Segurísimo —contestan los dos a la vez.
—¿Y unos vaqueros?
—Siempre vas con vaqueros —responden otra vez los dos a la vez.
—No siempre llevo vaqueros.
Anoche no llevaba. Llevaba un vestido. Uno que hoy, en el despacho, Leo se ha encargado de subir hasta mi cintura después de sentarme en mi mesa. Cuando estaba a punto de hacerme un…
Me froto la cara. Me arden hasta las orejas.
Aparto la cara de la pantalla. Agacho la vista y la centro en el vestido.
—Vale, me lo pondré. Gracias —balbuceo.
—¿Estás bien?
—Perfectamente —le respondo a Raquel, aunque empiezo a notar que el corazón me late un poco más rápido de lo normal.
—No te rayes.
Suelto el aire por la nariz.
—No me estoy rayando.
—Te estás rayando —dice Mateo—. Recuerda, es una cita, no una entrevista de trabajo.
—Aitana, no tienes que impresionarle. Ya le gustas.
—¿Cómo lo sabes?
—Por cómo te miraba ayer.
—Y porque sería un idiota si no lo hiciera.
Niego con la cabeza, aunque noto cómo algo dentro de mí se afloja un poco.
—Vale, dejad de hacerme la pelota. —Raquel sonríe más suave ahora. No hay burla ni tampoco guasa en su sonrisa.
—Vas a estar espectacular —asegura—. Y Mateo tiene razón. Si ese hombre no ve lo genial que eres, es que es idiota.
Trago saliva.
—Os cuelgo, que al final llegaré tarde. ¡Os quiero!
—Luego nos llamas.
—Ni de broma.
—Luego nos llamas —insiste mi amiga.
—No pienso daros detalles.
—Queremos todos los detalles —añade Mateo. Ha vuelto la sonrisa del principio.
Niego con la cabeza.
—Adiós.
—Aitana… —Cuelgo antes de que puedan seguir. En cuanto me quedo sola y en silencio, miro de nuevo el vestido y ahora la que sonríe soy yo.
—Vale —murmuro infundiéndome ánimos—. Allá vamos.