Bandeja de entrada Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

Silencio. Cintia ladea la cabeza hacia la izquierda y después hacia la derecha mientras abre y cierra la boca un par de veces. Al final, se inclina hacia delante. Tanto que casi la tengo encima.

—Perdona…, ¿qué?

Aparto la vista y la centro de nuevo en la grieta del techo.

—Que me quedé mirándolo y le di las gracias —mascullo bajito, casi susurrando.

Ahí va mi mayor confesión. Mi mayor pecado.

Mateo me dijo que me quería. Que estaba enamorado de mí. Que, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba exactamente donde quería estar y con la persona que le hacía feliz. Que conmigo todo encajaba. Que no tenía que fingir.

Lo que toda persona quiere cuando quieres a alguien. Y yo… Yo le di las gracias.

—Estás de coña.

—No.

—¡¿Y por qué cojones hiciste eso?! —explota llevándose una mano a la sien como si le hubiera vuelto el dolor de golpe.

Buena pregunta.

—Creía que te dolía la cabeza y que no podías gritar.

—Pues ya ves que sí que puedo —resopla sacudiendo la cabeza. Incrédula—. Mierda, Diego. ¿En serio te dijo que te quería y le diste las gracias?

Me encojo de hombros, aunque el gesto me tira del estómago.

—¿Qué querías que hiciera?

—¡No sé, déjame pensar! —Se lleva el dedo índice a la barbilla dándose golpecitos en ella mientras finge que está pensando—. Ah, sí, ya lo tengo. —Me mira como si fuese imbécil—. ¡¡Decirle que tú también lo quieres a él!!

Aprieto la mandíbula.

—No es tan sencillo.

—¿Acaso no lo quieres? —pregunta más bajo. Más calmada. Con tiento.

La pregunta se me queda enganchada en el pecho. Y duele.

Duele como si acabaran de clavarme un millón de alfileres justo en el centro, y lo peor de todo es que solo yo tengo la culpa. Nadie más.

—Diego…

—¡¡¡Claro que lo quiero, joder!!! —exclamo quedándome casi sin voz—. Estoy tan enamorado de él, Cintia. Mateo es… Joder, Mateo es lo mejor que me ha pasado.

Trago saliva. Quema. No sé si es por llevar vomitando toda la mañana o por todo lo demás.

Me froto la frente. Estoy sudando y me noto el corazón acelerado. Probablemente, porque es la primera vez que digo esto en voz alta.

Mi hermana coloca la mano sobre la mía y me la aparta de la cara. Se ha incorporado hasta quedar sentada en la cama. Me sonríe con dulzura.

—Pero, Diego —su voz ya no tiene ni rastro de burla—, eso es maravilloso. ¿Cuál es el problema?

Niego con la cabeza. Tengo la vista nublada.

—El problema es que no es sencillo.

—¿No es sencillo querer a alguien?

Se me escapa una risa sin gracia.

—No es sencillo quererme a mí.

—¿Qué gilipollez es esa? —Pongo los ojos en blanco. Al hacerlo, una lágrima solitaria se me desliza por la mejilla. Me la quito con rapidez.

Lo que faltaba; que me pusiera ahora a llorar.

—Soy un desastre, Cintia. Lo convierto todo en un puto circo. —Trago saliva—. No sé tomarme nada en serio. O sí, pero entonces me agobio y huyo, o digo gilipolleces. O hago cosas como…

—Darle las gracias al chico que quieres en vez de decirle que tú también lo quieres a él.

Hago una mueca.

—Básicamente. Sí. —Respiro hondo y me paso la lengua por el labio inferior—. Cuando las cosas van bien, me pongo nervioso y la cago. Siempre la cago.

Cintia resopla apartándose un mechón de la cara con gesto cansado.

—Todo el mundo la caga cuando está nervioso, Diego. No te creas especial.

—Cintia… —murmuro arrugando el ceño.

—Cintia, no. Es verdad. —Cruza las piernas. Su mirada clavada en la mía—. Nadie es perfecto, joder. Ni siquiera el rey. Ni el rubio ese que tanto te gusta de Heated Rivalry .

—Ilya sí que es perfecto.

Cintia pone los ojos en blanco.

—Ya le gustaría a él, pero ni de coña. Es arrogante, un creído con ego de estrella y bastante imbécil cuando le da la gana.

—Pero juega bien al hockey .

—Y tú tienes un corazón tan grande que no te cabe en el pecho.

Suelto una risa floja, más por inercia que por ganas.

—Eso solo lo dices porque eres mi hermana y viene en el código de hermanos que seamos simpáticos entre nosotros.

—No. En el código viene que nos soportemos, que no nos matemos entre nosotros y que, si hace falta, mintamos por el otro.

—Eso último se nos da muy bien.

—Son muchos años de práctica. —Hace una pausa y suaviza el tono—.

Diego, mírame —me pide en cuanto aparto la mirada.

Lo hago aunque me cuesta. Cintia sonríe y me coge de la mano entrelazando nuestros dedos—.

Querer no es sencillo porque, al hacerlo, le entregas a la otra persona un trozo de ti.

Un trozo sobre el que ya no vas a tener ningún control y eso asusta muchísimo.

Y puede que, al hacerlo, pierdas un poco de esa independencia que tanto te gusta, pero solo porque ganas a alguien que te sostiene cuando tú no puedes.

A alguien con quien compartirlo todo. A alguien que te elige incluso cuando tú no te eliges a ti mismo.

Aprieto los labios.

—Pero yo no quiero que me elija. Es decir —soplo frustrado. Porque no sé cómo explicarlo—, claro que lo quiero. Lo echo tanto de menos… Y no soporto verlo con alguien que no sea yo, porque él es mío aunque no lo sepa.

—Eso suena a troglodita.

—Porque con Mateo lo soy. Pero lo que quiero decir… —Me callo, pero Cintia me da un apretón—. Lo que quiero decir es que yo no quiero que me elija a mí por encima de sí mismo. No quiero que, al hacerlo, algo se rompa dentro de él y llegue a odiarme.

Cintia niega despacio observándome con calma.

—Nadie está eligiendo a nadie por encima de nadie.

Aquí se habla de compartir. De buscar el equilibrio.

—Ladea la cabeza—. Además, eso no depende de ti, depende de Mateo.

Él es el que sabe qué quiere arriesgar y qué no.

Tú no tienes derecho a decidir por él, Diego.

Y él no creo que te esté dando a elegir en nada.

Él lo que quiere es compartir lo que tiene contigo.

—¿Y si se arrepiente?

—¿Y si no lo hace? ¿Y si el que se arrepiente eres tú? —Me apunta con un dedo al verme abrir la boca—. Ni se te ocurra decirme eso de: «Yo nunca me arrepentiré de estar con él porque lo quiero demasiado».

—Yo no hablo con ese tonito.

—Claro que lo haces. Pero no me interrumpas.

—Se recoloca un poco en la cama buscando una postura menos incómoda—.

Lo que quiero decir es que puede que él se arrepienta, que te arrepientas tú, que os arrepintáis los dos o que, ¡sorpresa!

, no os arrepintáis ninguno. No tienes ni puñetera idea porque nadie lee el futuro.

Pero lo que sí sabes es que estás hecho una mierda.

Que los dos lo estáis. Porque eres imbécil y no estás luchando por lo que realmente quieres.

Es mejor haber amado y haber perdido que no haber amado nunca.

Suelto aire por la nariz, casi parece una risa.

—¿Cuándo te has vuelto una experta en el amor?

—Desde que veo Emily en Paris . Y también soy experta en sexo gracias a Sex Education . Si quieres, puedo darte algunos consejos.

—Antes prefiero morirme por culpa de este empacho.

—Como quieras. —Se deja caer de nuevo en la cama pegándose a mí—. Avísame si cambias de opinión.

Su hombro roza el mío. Sus dedos siguen entrelazados con los míos.

El silencio que cae después no es incómodo.

Nos quedamos ahí mirando el techo, a esa grieta que ya me sé de memoria, con el sonido de nuestras respiraciones llenando el espacio. Poco a poco, el dolor se calma. O al menos deja de ser lo único que noto.

Aprieto un poco más los dedos alrededor de la mano de mi hermana. Lo que le he dicho a Cintia es verdad. Todo. Sobre todo lo de que echo muchísimo de menos a Mateo.

Nuestros últimos encuentros han sido patéticos.

No sé si esa es la palabra correcta, pero es la que se me ocurre.

Primero, la bronca de ayer y, después, el encuentro en el baño del pub .

Que ese no fue patético, fue la hostia. Pero no debería haber sucedido.

Al menos, no con esa rabia y ese rencor flotando entre nosotros.

Puede que Cintia tenga razón. Puede que no tenga ni idea de lo que va a pasar. Puede que la cague otra vez —estoy seguro de que la cagaré otra vez—, pero no quiero quedarme quieto.

No quiero que Mateo vuelva a mirarme con odio. No lo soporto. Me da igual que el resto del mundo me odie, pero él…

—Gracias —susurro al cabo de un rato. Cintia acorta la poca distancia que nos separa y apoya la cabeza en mi hombro.

—Si alguna vez nos quedamos sin trabajo, puedo abrirme una consultoría sobre parejas. Creo que podría forrarme.

Se me escapa una carcajada y, por primera vez en todo el día, ya no creo que esté a punto de morirme.