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Capítulo 38

Diego

N o estoy muerto. De momento. Aunque tampoco puedo asegurar que no me quede mucho para estarlo. No recuerdo la última vez que me encontré tan mal como ahora. Probablemente nunca.

Si es que toda la culpa es de las malditas croquetas. Las carga el diablo.

Me llevo una mano a la boca reprimiendo una arcada tan solo por pensar en ellas. Ya no sé cuántas veces he vomitado en lo que llevamos de mañana. Además de encontrarme como el culo, me duelen el pecho y la garganta.

Es definitivo, hoy es mi último día en la Tierra.

—Voy a morirme —gruño con los ojos cerrados, una de las manos todavía en la boca y la otra en el estómago—. Lo estoy notando.

—Ojalá —responde una voz a mi lado—. Así dejarías de hablar. Y de moverte. La cama es de uno ochenta. ¿Tienes que ponerte encima? ¿No tienes suficiente espacio?

Genial. Mi último día en la Tierra y tengo que pasarlo con Cintia. Y hoy no es la Cintia risueña y simpática a la que todos estamos acostumbrados. Es la Cintia resacosa y tocapelotas, y esa es peor que un grano en el culo.

—Que te den —le contesto.

—Gracias —dice tras soltar un quejido que suena a dolor mezclado con resaca mortal.

Estamos los dos tumbados en la cama de mi madre. Aunque es grande, se nos queda pequeña. Y no porque yo me mueva mucho, como mi hermana dice —bueno, puede que un poco sí, pero porque no estoy cómodo en ninguna postura—, sino porque aquí hay más miseria junta que en una telenovela turca.

Entre mi empacho y su resaca, esta cama no está preparada para soportar tanto sufrimiento humano.

Estoy tumbado bocarriba intentando no respirar demasiado fuerte porque cada inhalación es como una puñalada.

Cintia, por su parte, está tumbada boca abajo, con la cara medio enterrada en la almohada, como si quisiera desaparecer del planeta.

Mi madre acaba de salir un momento. Ha ido a por un par de toallas húmedas. Creo.

—No vuelvo a beber en mi vida —murmura Cintia. Me reiría si no fuera porque, si lo hago, es probable que vomite.

—Yo creo que me voy a hacer abstemio, pero de la comida. A partir de ahora, me alimentaré solo del sol. Como las plantas.

Noto cómo Cintia se mueve. La miro de reojo. Ha levantado la cabeza; tiene el pelo hecho un desastre, los ojos medio cerrados y una cara que podría asustar a un exorcista.

—O podrías, no sé, no comerte tu peso en croquetas. —Aprieto los labios ante la mención de las croquetas.

—No digas esa palabra si no quieres que te vomite encima.

—Croquetas, croquetas, croquetas. —Estiro la pierna y le doy una patada, pero tengo tan poca fuerza que es más bien una caricia.

—Eres imbécil —mascullo. Me parece ver que sus labios se curvan en una especie de sonrisa, pero es difícil asegurarlo.

En serio, si se presenta al casting de alguna peli de terror, la cogen seguro.

—Y tú no sabes comer.

—Ni tú beber.

—Callaos los dos. Como enfermos sois un coñazo. —Mi madre entra como si esto fuese una excursión y no el velatorio de dos de sus hijos. No hay ni una pizca de preocupación en su rostro.

Ni una.

Lleva una cesta en las manos y una calma que me resulta un pelín ofensiva.

—Mamá —gimo—, creo que necesito ir al hospital. O llama a Javier y dile que venga. Es de la familia. Nos lo debe.

—Javier no os debe nada a ninguno. No puedes llamarlo cada vez que te duele la tripa —responde categórica mi progenitora. Deja la cesta en la mesita que hay al lado de la cama.

—Pero es médico.

—Lo que necesitas es dejar de hacer el tonto.

Cintia levanta una mano en señal de auxilio.

—Yo sí necesito ir al hospital.

—Tú necesitas agua —le contesta mi madre mientras la ayuda a darse la vuelta y le pone un vaso en la mano— además de dejar la ginebra.

—Era vodka.

—Peor me lo pones. —Cintia se bebe el agua casi sin respirar. Yo intento incorporarme.

Error.

El mundo da una vuelta, el estómago se me sube a la garganta y tengo que dejarme caer otra vez. Cierro los ojos.

—Vale —sollozo muy serio—. Confirmado. Me muero.

—No te mueres —apunta mi madre—. Lo que tienes se llama empacho.

—Esto no es un empacho. Esto es una tragedia griega.

—Esto es lo que pasa cuando te comes cuarenta croquetas de bacalao.

Abro los ojos de golpe. La apunto con un dedo.

—Primero, no fueron cuarenta. Y segundo, ¿podéis dejar de decir la maldita palabra? —Las miro a las dos de forma alternativa—. Os gusta verme sufrir, ¿verdad?

Mi madre bufa. Se acerca a mí tendiéndome la mano. La cojo y, con su ayuda, me incorporo hasta que mi espalda toca el cabecero de la cama.

Cintia ladea la cabeza sin dejar de mirarme fijamente.

—Hay algo que no termino de entender. ¿Por qué te comiste tantas cosas de las que no pueden ser nombradas si las odias?

—Tenía hambre —digo yo.

—Mateo estaba en la caseta de enfrente —dice mi madre a su vez.

La fulmino con la mirada. Ella se encoge de hombros como si que la mire mal le diera completamente igual. Mi hermana, a pesar de su estado, saca fuerzas para reírse.

—Eres patético.

—Cállate, borracha.

—Empachado.

—Alcoholizada.

— Croquetadependiente .

—¡Que te calles!

—¡Que os calléis los dos! —nos corta mi madre. Se cruza de brazos—. Parecéis dos críos de cinco años en vez de dos adultos.

—Ha empezado él.

—Ha empezado él —repito con voz de pito.

Mi hermana me enseña el dedo corazón. Yo sonrío y le lanzo un beso.

Pues parece que empezamos a encontrarnos mejor.

Mi madre resopla. Se acerca a la cesta y empieza a sacar cosas de ella: manzanilla, una botella de agua, pastillas, una palangana —detalle que no me gusta nada— y algo que parece bicarbonato.

—Esto es para el empacho —comienza a enumerar nuestra madre—, esto para los gases —coge la palangana y me la da—, esto por si vomitas otra vez y esto para que dejéis de quejaros.

Nos da una pastilla a cada uno.

—¿Qué es exactamente? —pregunto.

Mi madre le rellena a Cintia su vaso con agua y a mí me pasa la manzanilla. Sonríe.

—Esperanza —contesta.

Anda hasta la puerta. Antes de salir, nos mira a los dos y sonríe.

—¿Sabéis lo que vais a hacer ahora? —Los dos negamos con la cabeza—. Quedaros aquí. Sin moveros, sin comer ni beber nada que yo no os haya dado. Sin molestaros mutuamente.

—¿Sin vivir? —pregunto irónico.

—Exacto. —Sale de la habitación, pero antes de cerrar la puerta se vuelve hacia nosotros—. Ah. Y como alguno de los dos se levante de la cama, lo vuelvo a encerrar. Pero esta vez con pestillo.

—Esto ya es secuestro —murmura Cintia. La sonrisa de mi madre se amplía hasta el infinito y más allá.

—Esto es maternidad —corrige—. Os quiero. Portaos bien.

Sale, cierra la puerta y nos sumimos en el silencio. No se escucha ni una mosca, solo nuestras respiraciones, que ya es mucho.

Cintia se deja caer otra vez en la cama tras dejar el vaso en su mesita. Se tapa los ojos con el antebrazo y gime. Yo la imito. En todo.

Con los ojos cerrados, intento probar otra vez a respirar, pero, como antes, no me sale muy bien, porque el estómago protesta y la cabeza también.

Espero que la pastilla que me ha dado mi madre de verdad sea esperanza y empiece a mejorar, porque, en serio, sé que no me voy a morir, pero me siento como si estuviese a punto. Y lo que más me jode es que todo es por mi culpa. El empacho fue cosa mía.

Mía y de él. De Mateo. Por sonreírle a todo el mundo como lo hacía, ignorándome. Como si yo no estuviese a solo unos metros de distancia sin quitarle el puñetero ojo de encima. Por ignorarme. Por hacerle caso al rubio que solo quería deshacerse de su novia para irse con él.

Pero es mío, joder. Mío. Aunque lo único que tenga suyo sea un cabreo de cojones.

«Que te jodan». Sí. Esas palabras lo demuestran.

—Diego. —La voz de Cintia me llega un poco amortiguada. Levanto el brazo lo justo para poder verla por una rendija. Se ha colocado de lado, con las manos apoyadas bajo la mejilla.

—¿Qué? —Tengo la garganta seca.

Me aparto el brazo de los ojos y me coloco como mi hermana. Esta vez me cuesta menos moverme que antes. Pasito a pasito.

Veo a Cintia coger aire con fuerza para después expulsarlo de golpe.

—¿Por qué te hinchaste ayer a… ya sabes? —Agradezco que no haya dicho la palabra prohibida.

Me quedo mirándola unos segundos. No hay burla en sus ojos ni ganas de tocar las narices. Solo hay curiosidad.

Me encojo solo de un hombro.

—Supongo que tenía hambre —respondo.

Cintia se me queda mirando sin decir nada. Sabe que le estoy mintiendo. Le aguanto la mirada un segundo más hasta que la aparto. Me centro en una grieta del techo como si fuera lo más interesante del mundo.

—Me dijo que me quería —me escucho confesando. El pecho me duele al decirlo, y sé que esta vez no tiene nada que ver con la fuerza que llevo haciendo toda la mañana al vomitar.

—¿Ayer? ¿Mateo te dijo ayer que te quería? —Siento su alegría como una bofetada.

Niego con la cabeza. Sigo sin mirarla. Parpadeo. Los ojos me escuecen un poco.

—Ayer no. Ayer me dijo: «Que te jodan».

Recuerdo su mirada cuando me lo dijo. Su dolor. Su resquemor.

—No lo entiendo.

Aparto la vista del techo y la bajo a mi hermana. Cintia tiene el ceño fruncido y me observa con una preocupación que no intenta disimular. Esto es lo mejor de mis hermanas; nos mandamos a la mierda y, al minuto siguiente, nos estamos profesando amor eterno.

Fuerzo una sonrisa, no sé por qué. Aunque he de admitir que no me sale.

—Hace unos meses —empiezo notando la garganta más seca que antes.

Trago saliva y me arrepiento al instante.

Decirlo en voz alta pesa más de lo que esperaba—.

Habíamos salido esa mañana a dar un paseo en caballo por los acantilados.

Estábamos en su cama, después de acostarnos, y me dijo que me quería. Que estaba enamorado de mí.

Cintia se incorpora un poco apoyando el codo en el colchón. Como si, de repente, se le hubiera pasado la mitad de la resaca.

—¡Pero eso es genial! —exclama con una sonrisa que le ilumina toda la cara.

—Parece que no.

—¿Por qué? —pregunta frunciendo el ceño.

Hincho tanto el pecho al coger aire que el estómago se me revuelve en señal de protesta.

Me paso una mano por la cara arrastrándola despacio.

—Porque le di las gracias.