Capítulo 37
Leo
N o paro. No miro atrás. Cruzo la recepción y subo las escaleras hasta el piso donde está mi habitación de dos en dos. Cuando llego, tengo el pulso acelerado. Sé que un sesenta por ciento es por Aitana. El otro cuarenta es por culpa de la persona a la que estoy a punto de llamar.
Cuelgo el cartel de no molestar del pomo de la puerta y la cierro. Se acabó el juego. Saco el móvil y busco el teléfono de Claudia.
—¿Por qué coño has llamado al abogado? —suelto nada más oír el clic al otro lado de la línea.
—Buenos días para ti también, Leandro.
Me siento en la silla y aprieto el teléfono.
—Claudia, te he hecho una pregunta.
—Y yo te he dado los buenos días. —Hace una pausa deliberada, como si estuviera educando a uno de sus hijos—. Es de mala educación no hacerlo cuando llamas a alguien. Y más a estas horas. Podrías haberme pillado durmiendo.
Resoplo pasándome la mano libre por la cara.
—¿Por qué lo has hecho?
No me molesto en decirle que todo el mundo sabe que se levanta todas las mañanas antes de que salga el sol. Practica su sesión de pilates, se toma su batido de espinacas y cúrcuma y se somete a su ritual de cuidado facial digno de una emperatriz.
—Claudia, al grano.
—Porque es mi trabajo.
Mis dientes rechinan en el silencio de la estancia.
—No. Tu trabajo es coordinar y supervisar, no meterte en mis operaciones sin avisar.
—¿Tus operaciones? —repite las palabras con cierta pedantería.
Con un deje de incredulidad que me hace tensar los hombros y el cuello—.
Te recuerdo que son nuestras operaciones, Leandro.
Del grupo. Y, como bien dices, mi trabajo consiste en coordinar y supervisar que todas las operaciones se lleven de forma eficaz y correcta, y eso he hecho. No sé por qué te pones así.
—Porque quedamos en que yo me ocuparía de este activo. —Ahora mismo, la palabra «activo» me sabe amarga en la boca, pero sacudo la cabeza y continúo—. Para eso mismo vine aquí.
—¿Seguro? —Sus preguntas de mierda están empezando a cabrearme mucho—. Porque estoy empezando a pensar que se te ha olvidado por completo el objetivo de ese viaje. Un viaje que, te recuerdo, iba a ser de veinticuatro horas. Pues déjame decirte que se te ha alargado un poco.
—Te he enviado los informes —replico inclinándome hacia delante y apoyando los codos en las rodillas—.
En ellos, te he explicado la viabilidad del proyecto.
Te he detallado las carencias que presenta el hotel y en qué beneficiaría su adquisición al grupo.
Estoy haciendo mi trabajo. Y no me gusta que me pasen por encima. Mucho menos que me dejen en evidencia.
—Pero seguimos sin tener el contrato de compra sobre la mesa. ¿O es que lo has enviado, pero se te ha traspapelado?
—Cuando te pones impertinente te pareces mucho a mamá.
—Bueno, soy su hija. —Aunque no la veo, puedo percibir perfectamente su sonrisa—. Es normal que compartamos genes. Y hablando de mamá, ayer preguntó por ti. Echó de menos a su hijo en su cumpleaños.
—Venga ya, Claudia. —Me levanto de la silla y comienzo a andar en círculos por la habitación—. Seguro que no se dio cuenta de que no estaba. Sigo dudando de que estuviese ella.
—Estaba, pero tú no. —Esta vez no hay ironía. Pues vaya, he de admitir que eso no me lo esperaba. No recuerdo cuándo fue la última vez que mi madre se presentó a su propio cumpleaños. O a la comida de Navidad.
Se me enciende una bombilla. Solo lo hace cuando hay alguien que no es de la familia presente. Aparentar es lo más importante para mi progenitora.
Me pregunto quién estaría. ¿Alguien de la junta? ¿Algún miembro de las asociaciones que finge dirigir?
—Como tampoco estuviste en la reunión con los alemanes o en las últimas reuniones con la junta —dice mi hermana devolviéndome a la conversación—. Algo que, te recuerdo, también forma parte de tu trabajo y no estás cumpliendo.
Me paro en seco resoplando.
—¡No me jodas, Claudia! ¿A qué narices viene todo esto? Estuve en la reunión con los alemanes. ¡Conseguimos más beneficio de lo que teníamos pactado en un principio! Y no descuido mi trabajo. Porque espero que esto no tenga nada que ver con el dichoso cumpleaños de mamá, porque…
—¿Que no descuidas tu trabajo? —me corta elevando la voz al mismo nivel que la mía—. El viernes te pedí que me enviases un avance sobre la situación financiera actual de El Mirador, el estado de las instalaciones y la viabilidad de adquisición.
—Y lo hice.
—No. Para nada. Lo que me enviaste fue un listado pobre.
Cuatro datos mal hilados que podría haber redactado cualquier becario con los ojos cerrados.
Cuando se trata del responsable de Evaluación de Activos y Viabilidad, espero algo que destaque.
—Aprieto el teléfono con tanta fuerza que noto cómo cruje.
—No vuelvas a poner en duda mi trabajo.
—No me obligues a tener que hacerlo —responde igual de seca.
—Puede que seas la directora adjunta, pero el Grupo Beltrán somos todos, y tú no puedes actuar como si esto fuera solo tuyo. Ni pasar por encima de los demás como si no contáramos.
—No he pasado por encima de nadie. —Su tono vuelve a ser calmado.
Opto por dejar de dar vueltas y me siento de nuevo en la silla—.
He hecho una llamada para obtener información.
No obstante, no entiendo muy bien a qué viene este cabreo.
¿Hay algo que no me estás contando, Leandro? ¿Algo que deba saber?
Me paso una mano por la cara notando el cansancio acumulado y fijo la vista en un punto de la pared.
Repaso cada paso que he dado desde que llegué aquí y por primera vez soy consciente de que nada es como se planeó.
Empezando por la mentira de mi estancia aquí y terminando por mi cita de esta noche.
Hay demasiadas variables fuera de control. Demasiadas decisiones que no responden a la lógica. Y eso no es propio de mí. Yo no improviso. Yo no dudo. Yo no dejo que nada ni nadie interfiera cuando tengo un objetivo claro.
Y está claro que el objetivo hace tiempo que se salió de mi campo de visión, y el motivo tiene nombre y apellidos.
Aitana Casamayor se ha colado donde no debía descolocando cada una de esas certezas que siempre han funcionado en mi mundo. Ha cambiado el ritmo, las prioridades, y lo peor es que no he hecho nada por impedirlo.
Al contrario.
He sido yo quien ha acortado distancias, quien ha complicado algo que debería haber sido simple.
Porque esto era simple; un hotel, una negociación y un cierre. Y ahora ya no lo es.
Ahora hay demasiadas cosas en juego que no estaban en el plan y que no sé muy bien cómo manejar sin que todo termine saltando por los aires.
Sin que ella me odie. Porque me odiará. Cuando le cuente quién soy.
Cuando descubra que yo soy Leandro, pensará que he jugado con ella.
Que la he manipulado para obtener lo que quería.
Que todo lo que ha pasado entre nosotros no ha sido más que parte de una estrategia.
Que cada palabra, cada gesto, ha estado calculado.
Y lo peor es que no podré culparla por pensarlo, porque en parte será verdad.
—Lo que me enviaste es mediocre, Leandro —añade Claudia tras un largo minuto de silencio—, y tú no eres mediocre. No sé qué está pasando, pero más te vale que lo arregles.
Me cuelga el teléfono sin despedirse. ¿Para qué? Ya lo ha dicho todo, y tampoco espera que yo tenga las respuestas para ninguna de sus preguntas.
Suelto el aire despacio y me pongo en pie. Camino hasta la ventana y apoyo las manos en el marco clavando la vista en el jardín. Más concretamente, en el camino que lleva hasta el lago.
Claudia tiene razón en una cosa; algo está pasando. Algo que se me ha ido de las manos y que no tengo ni idea de cómo arreglar, porque hay una línea que no debería haber cruzado, pero que no tengo ninguna intención de desandar.
Puede que esté irreconocible y que esta no sea mi forma normal de actuar, pero por primera vez en mi vida no tengo intención de cambiarla. El trabajo sigue siendo lo más importante para mí, pero ya no ocupa todo el espacio.
No tengo ni idea de qué es lo que tenemos Aitana y yo, pero tengo intención de averiguarlo.
Regreso a la mesa, me siento en la silla y levanto la tapa del portátil. Es hora de buscar en Internet cuál es el mejor plan de Ribamar para una cita.