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Capítulo 36

Leo

H a pasado ya un rato desde que la madre de Aitana y ese tal Dani se han marchado. No sé exactamente cuánto, porque el tiempo aquí debajo pasa demasiado lento, pero lo suficiente como para que se me haya dormido medio cuerpo y para que mi paciencia esté empezando a hacer las maletas.

Lo de mi paciencia es por culpa de mi hermana. Porque ha sido ella la que ha llamado. Solo a Claudia Beltrán se le ocurriría intervenir sin avisar y dinamitar una situación que ya era lo suficientemente delicada.

Desde donde estoy puedo ver las piernas de Aitana, que parece que sigue de pie en el mismo sitio.

No se ha movido ni un milímetro. No puedo verle la cara, pero puedo notar su tensión.

Solo espero que esa tensión no vaya dirigida a mí.

Es decir, a Leandro Beltrán. Aunque lo dudo.

Conociéndola, seguro que está enfadada y que ya está sacando conclusiones por su cuenta.

Como puedo, me deshago de un par de botones de la camisa, pues empiezan a agobiarme.

Está todo desmoronándose. Va cuesta abajo y sin frenos, y sé que el acostarme con Aitana no ha hecho más que acelerar el golpe, pero no he podido ni he querido frenarlo, porque ella es diferente al resto. Es especial.

Aitana Casamayor te atrapa en su red y no te suelta, y tú te mueres porque no lo haga.

Puede sonar a excusa. A algo trillado y fácil de decir cuando las cosas se complican, pero no lo es.

No en este caso. Porque con Aitana nada es fácil.

Ni sencillo. Ni controlable. Y eso es justo lo que me desarma y lo que más me atrae.

No puedo dejar de querer acercarme un poco más a ella cada vez que la veo aunque sepa que lo más inteligente sería hacer justo lo contrario. Por eso sé que es hora de contarle la verdad, aunque antes tengo que hablar con mi hermana y, para eso, tengo que salir de debajo de la mesa.

Inclino un poco el cuerpo hacia delante, lo justo para asomar la cabeza.

Carraspeo.

—¿Ya puedo salir? —Aitana se vuelve de golpe hacia mí. Por su expresión, cualquiera diría que se había olvidado de que estaba aquí abajo.

Me fijo en sus ojos. Mierda, lo que me temía; está muy enfadada.

Parpadea y asiente con la cabeza.

—Sí —susurra. Echa un vistazo por encima del hombro y levanta el dedo—. Espera un segundo.

Se da la vuelta y prácticamente cruza el despacho corriendo. Escucho cómo cierra la puerta. También el suspiro que suelta a continuación.

—Ahora sí.

Apoyo una mano en el suelo y salgo de debajo de la mesa incorporándome con cuidado. Se me cargan las piernas al instante y tengo que estirar el cuello y moverlo de un lado a otro cuando me pongo de pie.

—Creo que he perdido la circulación en la mitad del cuerpo —digo con la intención de aligerar el ambiente.

Me siento enormemente victorioso al ver asomar una pequeña sonrisa en sus labios, pero esta se esfuma con rapidez.

—¿Cómo se te ocurre acariciarme la pierna con mi madre aquí delante? ¿Estás loco? —Ya sé por qué se le ha borrado la sonrisa tan rápido.

Cojo aire hinchando los pulmones todo lo que puedo y lo suelto despacio.

—No te estaba acariciando, te lo prometo. Es que estaba incomodísimo allí abajo y lo he hecho sin darme cuenta. Perdona.

No le estoy mintiendo. Ha sido un acto reflejo. Necesitaba agarrarme a algo para no hacer ruido y su pierna era lo que tenía más a mano.

Aitana me mira entrecerrando los ojos como si estuviera pensando si creerme o no. A pesar de la situación, de la tensión que sigue manando de ella —y aun a riesgo de que me dé una hostia—, me atrevo a acortar la poca distancia que nos separa y a acariciarle la mano.

—Te lo juro. No quería hacerte sentir incómoda. —Sonrío intentando transmitirle toda mi sinceridad.

Algo se me contrae en el pecho al verla sonreír. Y esta vez no es un amago, sino una sonrisa de verdad.

—De acuerdo. —Arruga la nariz—. Entonces supongo que debería disculparme por darte una patada.

Echo la cabeza hacia atrás soltando una pequeña carcajada.

—Tranquila. Supongo que en tu cabeza me lo tenía merecido.

—Bastante —afirma. Agacha la vista y sacude la cabeza—. No me puedo creer que estuvieras escondido debajo de la mesa con mi madre aquí delante.

—No nos ha pillado.

—Yo creo que se olía algo. Mi madre es la mujer más perspicaz del mundo.

A mis hermanas y a mí nos las ha pillado todas.

—Se le escapa una sonrisa—. Un día, Irene se escapó por la ventana de su habitación para irse a una fiesta.

Volvió a las cinco de la mañana convencida de que había sido el plan perfecto y de que nadie la había pillado.

El grito que pegó al encender la luz de su habitación nos despertó a todas.

Mi madre estaba tumbada en su cama con los brazos cruzados esperándola.

—¿Y qué le dijo? —pregunto intrigado.

—Que la próxima vez tuviera el detalle de cerrar bien la ventana al salir, que hacía corriente por la noche. —Su sonrisa se amplía—. Después la mandó directa a los establos a limpiar con una pala, una escoba y un cubo.

—¿En serio?

—Te lo juro.

—Tu madre parece una gran mujer.

—Sí que lo es. —Los ojos de Aitana se desvían hacia la derecha. Al seguir su mirada, me encuentro con la caja de bombones. Esa que le mandé el viernes.

Que Leandro Beltrán le mandó el viernes.

Al volverme hacia ella, me doy cuenta de que cualquier resquicio de sonrisa ha desaparecido y que ha sido sustituido, de nuevo, por una nube negra y opaca que se llama cabreo.

—Aitana…

—No puedo hablar ahora, necesito ocuparme de una cosa —masculla con los dientes apretados interrumpiéndome.

—¿Tiene que ver con esa llamada de teléfono? —Me arrepiento de la pregunta nada más hacerla, porque acabo de señalar justo donde no debería.

Aitana me mira con una ceja ligeramente alzada.

—No deberías haber escuchado esa conversación.

—Lo sé —me apresuro a decir—, pero ya sabes que no ha sido mi intención. Estaba justo aquí.

—¿Y por eso ahora quieres opinar?

—¡No! Yo solo… —Me froto la nuca; sí, yo solo me he metido en un jardín peligroso—. Pareces enfadada.

Bufa molesta.

—Es que estoy enfadada.

—Ya. Es normal. —Trago saliva al notar que se me empieza a formar un nudo en la garganta. Aitana te mira con muchísima fijeza cuando está enfadada—. Solo es que…

—¿Solo es que qué? —Se cruza de brazos. Su pie repiquetea contra el suelo.

«De puta madre, Leandro. ¿Tú no ibas a largarte de aquí para llamar a Claudia? ¿Qué haces hablando con Aitana de una cosa de la que se supone que Leo no tiene ni idea?».

Carraspeo.

—Solo es que no me gusta verte enfadada.

—Y a mí no me gusta que me tomen por imbécil ni que jueguen conmigo.

—No creo que nadie haya jugado contigo.

—¿Que acaso los conoces?

Abro los ojos de par en par. La bola se está haciendo cada vez más grande y solo yo tengo la culpa.

—¡¡No!! —Niego con la cabeza con tanta vehemencia que me da un tirón—. No conozco al Grupo Beltrán. Solo de oídas. Como a los Hilton, solo que el Grupo Beltrán es español.

Si alguien necesita saber qué es exactamente cagarla sin remedio, que entre y me observe. Podrá verlo de primera mano.

—Aitana, de verdad, no pretendo meterme donde nadie me llama —digo bajando un poco la voz, intentando que suene más calmada de lo que estoy por dentro.

Ella niega despacio con los labios apretados.

—Esto no es como lo del lavabo. Esto es serio, Leo. Es mi negocio. Es mi familia.

Asiento una vez despacio. Porque lo sé. Joder si lo sé.

—Ya lo sé. Tú te ocupas, lo has dejado claro muchas veces.

—Este hotel no está en venta —continúa. Sus preciosos ojos marrones se han convertido en dos bolas rojas—.

Nunca lo ha estado y ahora tampoco, y no pienso permitir que un grupo de personas con más dinero que yo y más nombre se crean con el derecho a hacerme sentir insignificante, a reírse de mí y a pasarme por encima.

—Su voz tiembla lo justo para que me dé cuenta—. Ni ahora ni nunca.

—Solo quería rebajar la tensión —murmuro pasando el peso de un pie a otro—. Nada más.

—Pues no lo hagas —corta seca—, porque no te lo he pedido.

—Entendido. —No añado nada más, porque si abro la boca la cago otra vez, y ahora mismo voy servido.

Además, primero tengo que hablar con Claudia.

Se hace el silencio entre nosotros, lo que me jode, porque es uno de los incómodos. De los que cortan el ambiente y se queda flotando sobre nuestras cabezas. Y nosotros ese tipo de silencios ya los habíamos pasado.

Su teléfono suena sobre la mesa haciendo que ambos demos un respingo. El nombre de Berta aparece en él. Aitana se acerca, descuelga y se lo lleva a la oreja.

—Dime, Berta. —No entiendo lo que dice su hermana, aunque la escucho murmurar. Aitana bufa y pone los ojos en blanco—. A lo mejor, si le digo a Mateo que vaya, se le corta la gilipollez de golpe.

Está hablando de Diego.

No soy el único que tiene frentes abiertos, aunque intuyo que su frente dista mucho del mío.

—¿Y cómo va Cintia? —Mientras espero que termine de hablar, me apoyo en el borde de la mesa y meto las manos en los bolsillos del pantalón. Al hacerlo, toco las bragas de Aitana.

Joder. Se me había olvidado que las llevaba ahí. Miro las piernas desnudas de Aitana y subo hasta el principio del vestido, que le llega por los muslos.

Trago saliva, y esta vez el motivo es muy distinto a los anteriores. Aitana no lleva bragas.

¿Cómo narices se me ha olvidado que Aitana no lleva bragas?

—Vale. Luego hablamos. —Cuelga, suspira y deja de nuevo el teléfono sobre la mesa. Cuando me mira, ladea la cabeza—. ¿Qué pasa?

Sonrío de forma ladina y saco su ropa interior de mi bolsillo despacio. Al principio, mira la prenda sin entender. Pero eso solo le dura un segundo. Cuando comprende que se trata de sus bragas negras de encaje, sus mejillas se tiñen de un tono rojo cereza.

—¿Esas son…?

—¿Tus bragas? Sí —contesto con toda la calma del mundo aunque por dentro la cosa vaya en dirección completamente opuesta.

Da un paso hacia mí y me las arrebata de la mano con más rapidez de la necesaria. Se las esconde en la espalda. Mis ojos vuelven al borde de su vestido.

Cierra las piernas.

—Deja de mirarme así —susurra.

—No puedo. Me parece imperdonable que me haya olvidado de que no llevas bragas.

—Pues deberías.

—No lo creo. —Chasquea los dedos frente a mis ojos obligándome a levantar la vista. Lo hago porque sé que se está muriendo de vergüenza y no quiero tensar la cuerda.

Aitana me está fulminando con la mirada.

—Eres…

—¿Encantador? —sugiero.

—Un idiota.

—También.

Doy un paso hacia ella. Es corto pero suficiente para invadir su espacio. Para mi total regocijo, no se aparta ni me pide a mí que lo haga. Ella levanta la cabeza y yo la bajo. Nuestras bocas están cerca, pero no se tocan.

—¿A qué hora quieres que te recoja y dónde? —pregunto. Su fruncimiento de cejas me parece adorable—. Tenemos una cita, ¿recuerdas?

Se muerde el interior de la mejilla.

—No sé si hoy es un buen día para una cita.

—Hoy es el día perfecto para tener una cita conmigo.

—Eso suena presuntuoso.

—Eso suena a plan perfecto. —Envalentonándome un poco más, le coloco una de las manos en la mejilla. Aitana cierra los ojos un momento dejándose acariciar por mí.

—Tengo que ocuparme de muchas cosas.

—Pero no esta noche. Confía en mí —le pido. Abre los ojos. Vuelven a ser marrones. Le coloco la otra mano en la cintura y la pego a mí. Su pecho se une al mío—. Deja que yo me ocupe de todo.

—Creía que querías que yo eligiese el sitio.

—Los planes han cambiado. Deja que te sorprenda.

Se queda mirándome en silencio un poco seria mientras se muerde de nuevo el interior de la mejilla y sus ojos se mueven escrutadores. Como si estuviera evaluándome. Analizando si lo que le estoy pidiendo es buena idea o un disparate.

Enredo uno de sus mechones entre los dedos y juego con él. Su pecho sube y baja al respirar.

—No te estoy pidiendo que saltes de un avión en paracaídas —se lo coloco detrás de la oreja con calma—, solo que tengas una cita conmigo.

—El riesgo es el mismo.

La sonrisa me sale sola.

—Si pretendías que sonase a insulto, no lo has conseguido. Solo has hecho que mi ego se hinche un poco más.

Resopla, aunque lo hace sonriendo.

Ahora es ella la que se acerca. Se pone de puntillas. Sus labios rozan los míos.

—No hagas que me arrepienta —concluye.

—Ni en sueños.

Termino de acortar los pocos milímetros que nos separan y la beso. Mi mano se mantiene firme en su cintura pegándola un poco más a mí mientras sus labios se mueven contra los míos con una suavidad que dura exactamente dos segundos antes de que todo se intensifique.

Esta suele ser nuestra tónica y no pienso poner ni un solo pero.

Su respiración se entrecorta, la mía también, y, cuando siento sus dientes sobre el labio inferior, pierdo cualquier intento de control que me quedaba. Y lo que en un principio iba a ser un beso corto, de despedida, termina siendo uno largo y muy poco inocente.

Pero tiene que acabar, porque ella tiene que ocuparse del hotel y yo tengo que gritarle a mi hermana.

Reticente, no me queda más remedio que ponerle fin al beso. Cuando me separo, lo hago despacio rozando aún sus labios con los míos un segundo más de la cuenta.

Tiene los ojos cerrados, pero no tarda en abrirlos. Le beso la punta de la nariz y me aparto. Comienzo a andar hacia la puerta de espaldas.

Ojalá pudiera hacerle una foto ahora mismo sin parecer un perturbado. Está jodidamente sexi con los labios hinchados y las pupilas dilatadas.

—Te espero a las siete y media en el aparcamiento. Mi coche es un Lincoln Navigator negro, y te juro que esta vez no tengo intención de pinchar ninguna rueda. —Le guiño un ojo y me marcho del despacho.

Lo hago rápido, porque, si remoloneo más, acabaré entrando de nuevo, reclamando sus labios y terminando lo que su madre ha interrumpido.