Capítulo 35 #2
Mis ojos se desvían a la caja de bombones mientras mi mente viaja a mi bandeja de entrada. A esos correos entre Leandro Beltrán y yo. Los que empezaron de forma formal y acabaron siendo…
Aprieto los dientes. Me niego a decir amistosos y mucho menos cómplices, porque la realidad es que me siento una estúpida.
Estúpida por seguirle la corriente y contestarle.
Estúpida por no haber cortado de raíz cuando le dije por primera vez que el hotel no estaba en venta.
Estúpida por aceptar su estúpido detalle de café y bombones y encima darle las gracias por ello.
Sigo apretando los dientes hasta que me hago daño.
Debería haber seguido mi instinto. Desde el principio, el señor Beltrán me pareció un hombre arrogante y ambicioso. Alguien acostumbrado a salirse con la suya. Qué idiota. Con mi edad debería saber que un imperio como el suyo no se construye a base de buena voluntad y escrúpulos.
—¿Y eso es legal? —pregunto—. ¿Él puede darles toda esa información?
—No puede darles información sensible sin nuestro consentimiento —aclara—, pero sí que pueden preguntar, y lo han hecho.
—¿Y Ricardo qué les ha dicho?
—Lo mismo que ha dicho siempre. —Se encoge de hombros—. Que el hotel no está en venta y que, si quieren hacer alguna propuesta formal, la presenten por los cauces adecuados.
Asiento despacio aunque por dentro voy a mil.
—Y es cierto, no lo está. Nunca lo ha estado —murmuro más para mí que para ella—. Es nuestro.
Mi madre asiente como si estuviera conforme con mis palabras, aunque en sus ojos hay un destello de algo que no termino de identificar, pues el cabreo que tengo ahora mismo me impide ver nada más.
Debajo de la mesa, los dedos de Leo vuelven a moverse. Afloja la tensión con la que me estaba apretando hasta soltarme. Me remuevo en la silla, no sé si incómoda, enfadada o completamente descolocada.
Me paso el pelo por detrás de las orejas a la vez que apoyo los codos en la mesa. Hay una pregunta que no para de rondarme.
—¿Y te ha dicho quién lo ha llamado?
—Una mujer. Dice que se identificó como la dueña de la compañía. —Ladea la cabeza—. No recuerdo el nombre.
Una mujer.
Mi parte estúpida se alegra de que no haya sido un hombre. A saber por qué. Seguramente, porque así se siente menos traicionada, pero eso es una estupidez. Por suerte, mi parte racional me da una bofetada y toma las riendas de la situación recordando que puede haber llamado su asistenta.
—Aitana, cariño. —La voz de mi madre me trae de vuelta. Levanto la vista de golpe—. ¿Estás bien? —pregunta observándome con atención.
No. No lo estoy.
—Sí. —Me doy cuenta de que he respondido demasiado rápido. Toso aclarándome la garganta—. Solo una cosa. Has dicho que Ricardo te llamó el viernes. ¿Por qué me lo dices ahora? ¿Por qué no me lo dijiste nada más colgarle?
Mi madre se encoge ligeramente de hombros.
—Estabas trabajando y al día siguiente era lo de la feria. Había muchas cosas que hacer y prefería hablarlo contigo a solas.
—De acuerdo —murmuro—. Pero la próxima vez dímelo en el momento. No pasa nada. Y para ti siempre tengo tiempo.
—Lo sé, cariño. Pero, verás, he estado pensado. El Grupo Beltrán…
—No te preocupes por ellos. Yo me encargo.
—Ya lo sé, cielo —responde con una media sonrisa cargada de dulzura—. Te encargas de todo y de todos casi desde el día en el que naciste, y más desde que falleció tu padre.
—Es mi trabajo.
—Es tu familia —corrige con suavidad, pero con esa firmeza que la caracteriza.
—Eso he dicho.
—No. —Niega despacio inclinándose hacia delante—.
Has dicho «es mi trabajo». Y la familia no es un trabajo.
La familia es una unidad que se ayuda, se apoya y se respeta.
Y puede que llevemos demasiado tiempo apoyándonos en una sola pata y esa pata tenga ganas de descansar. De tomarse unas largas vacaciones.
Aparto la vista centrándola en la ventana. A pesar de ser tan temprano, ya es completamente de día. Ya se puede ver el cielo despejado y, si la abriera, podría escuchar el vaivén de los huéspedes más madrugadores listos para empezar el día.
Siento una pequeña presión en el pecho. No sé si por lo del Grupo Beltrán o por la dirección que están tomando las palabras de mi madre. Una dirección por la que no quiero ir, así que pongo a mi parte racional a trabajar.
Sacudo la cabeza por dentro y vuelvo a mi madre. Esbozo una sonrisa.
—Mamá, sobre esa llamada, no te preocupes. Mañana telefonearé a Ricardo, hablaré con él y después buscaré el contacto del Grupo Beltrán. Les enviaré un correo y les diré que no estamos interesados.
—Pero yo quiero hablar contigo de ti… y de ellos.
—Mamá, ahora no es… —empiezo, pero me quedo a media frase cuando llaman a la puerta. Bufo al tiempo que pongo los ojos en blanco—. ¿Qué le pasa hoy a todo el mundo? Se supone que es el día de descanso.
Mi madre se ha dejado la puerta entornada, así que, cuando ambas giramos la cabeza, vemos a Dani en el marco. Está de pie, con la gorra entre las manos y una expresión preocupada en la cara.
—Perdón —dice asomándose un poco más—. No quería interrumpir.
—No interrumpes. —Me yergo en la silla de golpe alerta. Dani nunca viene a mi despacho—. ¿Va todo bien? ¿Les ha pasado algo a los caballos? No me digas que el techo se ha vuelto a caer. Diego estaba arreglándolo.
—No, tranquila —responde levantando una mano como queriendo frenar mi retahíla. Da un paso adelante—. Los caballos están bien y el techo también. El problema es Diego. Creo que está enfermo.
Mi madre y yo nos miramos un segundo.
—Define enfermo —interviene ella cruzándose de brazos. El chico se encoge de hombros.
—Además de la mala cara que tiene, en solo una hora ha vomitado cuatro veces. No creo que le quede nada en el estómago.
Me levanto de la silla.
—¿Cuatro veces? Eso no es normal. —Ya estoy buscando el móvil. Recuerdo la conversación con Cintia. Cierro los ojos cansada—. Ahora llamo a Javier. Cintia también se encontraba mal. Creía que era por la resaca, pero a lo mejor han pillado algún virus los dos.
—No hace falta que llames a nadie —interviene mi madre con una calma que me descoloca—. Tu hermano no ha pillado ningún virus.
Me giro hacia ella.
—¿No?
—Bueno sí, el virus de la imbecilidad. —Chasquea la lengua contra el paladar y se levanta despacio—. Tu hermano lo que tiene es un empacho.
—¿Un empacho?
—De croquetas.
—¡¿De croquetas?! —Alzo la voz sin poder evitarlo—. ¡Pero si Diego odia las croquetas! Dice que son la gran estafa de la gastronomía española. Y eso cuando es delicado.
Mi madre resopla.
—Pues ayer no veas cómo se puso con las de bacalao. Las tuve que esconder para evitar precisamente esto.
Abro la boca. La cierro. La vuelvo a abrir.
—¡¿Diego?! ¡¿Mi hermano Diego?! ¡¿Con croquetas de bacalao?! —Frunzo el ceño—. ¿Seguro que no te has equivocado de hijo?
—Senil aún no estoy, hija.
—Es que no lo entiendo.
—Mateo. —Parpadeo.
—¿Qué?
—Mateo. Estaba en la caseta de enfrente.
—Ah… ¡¡Ah!! —Suelto el aire de golpe cuando las piezas empiezan a encajar. Se me escapa una risa breve—. Vale. Hiciste bien en esconder las croquetas.
—Por lo visto, tendría que haberlas escondido antes. —Se gira hacia Dani—. ¿Dónde está mi hijo?
—Medio muerto en el granero. —Seguro que no ha exagerado al definirlo. No hay peor enfermo en el mundo que mi hermano. Bueno sí, Mateo.
Se me escapa la risa. Si es que son tal para cual, y está claro que todos lo vemos menos ellos.
—Iba a subir a reparar el tejado —continúa Dani—, pero le he escondido la escalera.
—Bien hecho. —Mi madre asiente satisfecha. Se encamina hacia la puerta sin perder un segundo—. Vamos con él. —Me mira—. Aitana, ya hablaremos de lo del hotel luego.
Abro la boca para decir algo, pero no me da tiempo. Sale del despacho con Dani, que le pisa los talones, mientras refunfuña «si se dejase de estupideces, estas cosas no pasarían. Que ya tiene una edad, por Dios».
Y yo me quedo allí. De pie. En silencio. Con un problema empresarial llamando a la puerta y otro escondido debajo de mi mesa.