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Capítulo 35

Aitana

E l aire se me queda atascado en la garganta.

No sé en qué momento he dejado de pensar con claridad —probablemente, cuando ha dicho lengua—, pero ahora mismo lo único que soy es un cúmulo de nervios, calor y unas ganas indecentes de decirle que sí.

—Leo… —digo su nombre porque no sé qué otra cosa decir. Es como ayer, cuando mi cabeza me decía una cosa y mi cuerpo otra. Pues bien, mi cabeza grita «ni de coña» y mi cuerpo solo tiene ganas de subirse a la mesa para estar más cómoda.

¿De dónde ha salido esta nueva versión mía? ¿Dónde ha quedado la Aitana que alardeaba de ser responsable y no saltarse nunca las reglas?

—Dime qué quieres que haga, Aitana. —Si me habla con esa voz y me mira con esos ojos, no me puedo concentrar.

Leo continúa con las manos en el dobladillo de mi vestido, pero no las mueve, aunque su pulgar me hace cosquillas en los muslos y desde donde estoy puedo escuchar su respiración acelerada. Aunque puede que sea la mía.

Me aferro al borde de la mesa hasta hacerme daño en las palmas. Estamos en mi despacho. Puede entrar alguien en cualquier momento. ¡No tengo pestillo! Es una locura. Es el peor sitio en el que podríamos hacer esto, sin embargo…

Sin embargo, me muero por decir que sí.

Cierro los ojos un segundo. Necesito pensar.

Ver las cosas con perspectiva. Hacerme de nuevo con el control de mi vida —un control que parece que saltó por los aires en el mismo momento en el que este hombre entró en el hotel—.

Pero entonces abro los ojos y lo veo ahí abajo, de rodillas, tan guapo, tan predispuesto a hacerme de todo, tan mío en este momento, que mi cuerpo vuelve a tomar las decisiones por mí.

Aprieto los labios intentando contener un gemido que pugna por salir y asiento con la cabeza. A Leo las aletas de la nariz se le dilatan y los ojos se le abren de par en par llenos de deseo.

—Aitana… —jadea, aunque sigue sin moverse—. Necesito que me lo digas. Necesito oírtelo decir. Por favor.

Me muerdo el labio inferior un momento. No sé qué narices hago retrasando el momento si tengo la decisión clarísima.

—Sí —susurro casi sin voz.

Nunca he estado más excitada, ni siquiera ayer en el lago.

—Sí —repito, para que le quede claro. Para que vea que estoy segura y que no pienso echarme atrás.

Su sonrisa hace acto de presencia. Lenta y prometedora. Sencillamente perfecta.

—Buena decisión —murmura con esa arrogancia tan suya que te dan ganas de patearle la entrepierna mientras lo besas hasta que los dos nos quedemos sin aliento.

Antes de que me dé tiempo a pestañear —y mucho menos a replantearme nada—, sus manos suben deslizando mi vestido hacia arriba hasta mi cintura y dejándolo ahí, con mis piernas abiertas frente a él y mi sexo justo a la altura de su cara.

Las ganas me erizan la piel y suelto un pequeño gemido cuando arrastra mis bragas por las piernas quitándomelas.

Sonríe cuando sus dedos se cuelan en mi interior con una facilidad insultante.

—Abre las piernas, preciosa —ordena, y yo obedezco.

Saca los dedos, acerca la boca y me da un lametazo.

—Leo…

—Shhh… Ahora mismo me pillas ocupado haciendo algo realmente importante. —Estoy a punto de mandarlo a la mierda, o de rogarle que vuelva a darme otro lametazo, cuando llaman a la puerta.

El mundo se detiene y el corazón se me sube a la garganta.

—¡Joder! —suelto en un susurro estrangulado.

Leo se queda inmóvil. Yo también. Miramos la puerta y luego el uno al otro.

—Aitana, cariño, ¿estás ahí? Soy yo.

Me quedo blanca. Más blanca que el vestido de una novia el día de su boda.

—¿Mamá? —pregunto. Sigo sin moverme.

—Sí. ¿Puedo pasar?

—¿Has dicho mamá? —La pregunta de Leo me llega lejana. Como si estuviera en otra galaxia. Estoy demasiado centrada en el pánico que me recorre de arriba abajo como una descarga eléctrica como para prestar atención a nada más—. ¿Aitana?

—Cállate —le susurro a Leo en un tono tan bajo que ni siquiera yo lo he oído. Me incorporo, cierro las piernas y bajo el vestido cubriéndome.

Leo comienza a ponerse de pie, pero lo empujo por el hombro haciendo que caiga de culo al suelo.

—¡No puedes levantarte! —le pido. Me arden las orejas. Y la cara. Y me pica el cuello.

Para ponerme aún más nerviosa, Leo se ríe.

—¿Cómo que no puedo levantarme? ¿Qué hago, me quedo aquí sentado?

Lo fulmino con la mirada.

—No es momento de ponerse gracioso.

—No lo pretendo.

—Aitana, cariño, ¿pasa algo?

Miro la puerta. Puedo ver la sombra de mi madre por la ranura de debajo. No entiendo cómo no ha abierto ya la puerta para ver qué está pasando, aunque no seré yo la que se queje de eso.

Echo un vistazo a mi alrededor. Mi madre no puede ver a Leo. No aquí. No a estas horas de la mañana. Pensará lo que no es.

«O lo que sí es, en realidad».

Estoy a punto de morir.

—¿Aitana? —insiste mi madre al otro lado de la puerta.

—¡Ya voy, mamá! —respondo intentando sonar normal.

Doy mi brazo izquierdo a que no lo he conseguido.

Miro la mesa, después a Leo, que sigue sentado en el suelo, supongo que a la espera de mis instrucciones, y la solución surge sola.

—Debajo de la mesa —digo señalando el hueco que hay debajo de mi escritorio con la mano. A Leo se le borra la sonrisa.

—¿Lo dices en serio? —Frunce el ceño. Me observa como si se me hubiera ido la cabeza. No se lo pienso rebatir.

Me paso una mano por la frente. Estoy sudando.

—Mira mi cara. ¿Crees que estoy de broma?

Leo se mira a sí mismo, mira la mesa y después a mí.

—No quepo.

—Pues te encoges.

—Aitana…

—¡Ahora!

Resopla, pero se arrastra igualmente y se mete como puede debajo de la mesa. Sé que es ridículo y que Leo tiene razón, no cabe; es demasiado alto, demasiado grande, y la mesa no da para tanto, pero me da igual. Es la única opción viable.

Me siento en la silla y cruzo las piernas como si me fuera la vida en ello.

—Pasa, mamá —digo aclarándome la voz. Se escucha un golpe y un quejido a la vez que la puerta se abre y mi madre entra con la preocupación tiñendo sus fracciones. El golpe deduzco que ha sido la cabeza de Leo contra la madera, y el quejido, que se ha hecho daño, pero es adulto, que madure.

«Como tú».

Mi madre entra y yo fuerzo la mejor sonrisa de mi repertorio.

—Perdona, mamá —replico—. Estaba al teléfono.

Alza una ceja.

—¿A estas horas de un domingo?

—Un proveedor. De la cocina. Estuvieron aquí el otro día. Van a reformarla. ¿Te lo había dicho? —Las palabras salen atropelladas, así que me obligo a relajarme y a no seguir balbuceando.

Y a no dejar de sonreír, eso es importante.

La ceja de mi madre no baja y, conociéndola, no creo que lo haga. Es la mujer más perspicaz del mundo. Teniendo seis hijos ha de serlo.

—¿Qué hacen tus zapatillas aquí tiradas? —Noto algo en el tobillo. Un roce. Leo.

¿Está de coña? ¿Se pone a acariciarme con mi madre aquí delante? Mi vena adulta actúa y le da una patada.

—Me dolían los pies y me las he quitado al llegar.

Mi madre comienza a andar hacia la mesa. Juro que su ceja está tan arriba que se ha mimetizado con el nacimiento del pelo.

—Pareces alterada. ¿Te encuentras bien?

Me llevo las manos a las mejillas. Ardiendo.

Mi sonría se amplía todo lo que puedo.

—Muy bien. Mucho trabajo. —Me fijo en la taza de café. Me había olvidado de él. Lo cojo y le doy un trago. Ya está frío, pero mejor. Tengo la garganta seca—. Dime, ¿sucede algo? ¿Estás bien?

Lo dicho, mi madre es perspicaz y no me cree, pero en vez de empezar un interrogatorio, se sienta en una de las sillas y cruza una pierna sobre otra.

—Estoy perfectamente, es solo que quería comentar una cosa contigo del hotel.

Mi yo profesional se preocuparía, pero ese yo no está, y el que está está haciendo malabares para no morir aquí mismo a la temprana edad de treinta y dos años.

—Claro. Dime.

Mi madre cruza las manos sobre el regazo y las aprieta. Se humedece los labios antes de hablar, como si estuviera midiendo muy bien cada palabra.

—¿Mamá?

—Me llamó el viernes Ricardo Montalbán.

—¿Nuestro abogado?

—Sí.

—De acuerdo. —Vaya, esta no me la esperaba.

Una luz se enciende en mi cabeza y un calor abrasador me recorre el cuerpo. Uno que no tiene nada que ver con el de antes, pues este está cargado de pánico.

Por un momento me olvido de que tengo a Leo escondido debajo de la mesa y de que su mano acaba de volver a tocarme, esta vez en la pierna, y me inclino hacia delante aplastándome la barriga con el borde de la mesa.

—Mamá, ¿estás bien? ¿Ocurre algo? ¿Tenemos algún problema? ¿Es algo grave?

Mi madre abre los ojos y niega con la cabeza de forma enérgica.

—¡Te he dicho que estoy perfectamente! Y no ha pasado nada. Bueno, eso creo.

—¿Cómo que eso crees? Ay, Dios. —Me paso una mano por la cara.

—Aitana, por favor, relájate y deja de hiperventilar antes de escucharme, ¿vale?

Asiento aunque no prometo nada.

Mi madre coge aire.

—Me llamó Ricardo porque acababa de recibir una llamada que lo había dejado intranquilo y quiso comentarlo conmigo.

—¿Tiene algo que ver con papá?

Aunque no sé qué tendría que ver con mi padre a estas alturas. Murió hace cinco años y todo lo relacionado con su herencia quedó solucionado hace tiempo.

Mi madre niega con la cabeza y se acomoda mejor en la silla.

—No. Como te he dicho, tiene que ver con el hotel. La cadena de hoteles Grupo Beltrán llamó el viernes a Ricardo.

La información me golpea en el pecho, dejándome sin aire por un momento. Debajo de la mesa, noto los dedos de Leo tensarse sobre mi pierna. Le daría otra patada, pero ahora mismo estoy demasiado centrada en mi madre.

—¿Y te ha dicho qué querían? —Me noto la voz un poco más fina. Más tensa.

—¿Tú qué crees que querían? Es la cadena de hoteles más grande de España. Querían comprarnos el hotel.

Intento mantener la calma. De verdad que lo intento. Pero mi cabeza ya ha empezado a funcionar a mil por hora.

—¿Y han llamado a Ricardo para eso?

—Eso mismo le pregunté yo —responde mi madre—. Querían hablar con él como representante legal. Saber en qué situación está el hotel exactamente. La propiedad. Si hay varios titulares. Ese tipo de cosas.