Bandeja de entrada Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Le doy un largo trago al café y sacudo la cabeza, intento apartar de ella las imágenes que pretendía evocar.

Al hacerlo, me fijo en la caja de bombones que descansa sobre mi mesa al lado del teclado.

La caja que Leandro Beltrán me hizo llegar el viernes.

La abro y me meto uno de los bombones en la boca.

Tengo que tragarme un gemido. Están demasiado buenos, pero no pienso admitirlo tan abiertamente, y menos frente a ese hombre.

En nuestros últimos correos ya dejó bastante claro que tiene el ego del tamaño del Everest y sin intención de bajar.

Me meto otro bombón en la boca mientras recupero nuestros últimos mensajes.

«Que pase un feliz fin de semana, señor Beltrán. Espero que lo disfrute».

«Usted también, señorita Casamayor. Yo le aseguro que haré lo que sea por disfrutar del mío».

Apoyo la cabeza en el respaldo y me cubro los ojos con el antebrazo. ¿Que si he disfrutado del fin de semana? La verdad es que sí. No me puedo quejar.

Me estoy riendo de mi propia gracia, que es nula, cuando un ligero golpe en la puerta hace que me incorpore de inmediato.

Frunzo el ceño al ver la hora, las siete en punto.

No espero a nadie a esta hora, y menos en domingo.

Solo se me ocurre que sea alguna de mis hermanas, aunque ellas entrarían sin llamar.

—Adelante —digo intentando que mi voz suene normal mientras cierro el correo electrónico de Leandro Beltrán.

La puerta se abre y mi cuerpo se tensa.

Y calienta.

Vaya si lo hace.

Leo, con el pelo húmedo y esa sonrisa que he bautizado como indecente, acaba de hacer acto de presencia.

Mis ojos se dirigen directos a su hoyuelo.

Ayer le dije que me volvía loca y que debería aprender a sonreír sin enseñarlo por el bien de la humanidad.

Mi comentario le hizo tanta gracia —y le pareció tan jodidamente sexi.

Palabras suyas, no mías— que me lo compensó con un movimiento de manos sobre el clítoris digno de Oscar.

Se me seca la boca. Por lo menos va vestido, aunque eso no ayuda mucho, porque sé lo que hay debajo.

—Ho… Hola… —Aparto la vista del dichoso hoyuelo y la subo hasta sus ojos. Hay un brillo de picardía en ellos—. Es muy temprano.

Se ríe.

—Para los dos. —Cierra la puerta a su espalda sin apartar la mirada de la mía y da un par de pasos hacia dentro—. Te has ido sin despedirte.

—Tenía que trabajar —miento, aunque señalo la pantalla del portátil, que sigue levantada.

Leo sigue andando tranquilo hacia la mesa. Cuando llega a ella, se coloca al otro lado, aunque apoya las manos en la madera e inclina el cuerpo hacia delante. Tengo su cara a un palmo de la mía.

Ahí está ese olor a limón.

—Pues es una pena, porque lo mejor del fin de semana es poder desayunar en la cama. —¿Soy yo o la frase ha sonado pornográfica?

Cojo la taza y la alzo al vuelo como si fuera un trofeo.

—Voy bien servida. —Leo me la quita de las manos y da un sorbo. Si su frase me ha parecido pornográfica, de la forma en la que la nuez le sube y le baja cuando traga mejor no hablamos.

Al terminar, se pasa la punta de la lengua por el labio superior limpiándose los restos de café.

—Está bueno, pero a mí me gustan un poco más fuertes e intensos. Este es más suave. —Me pasa de nuevo la taza. Al cogerla, su pulgar me acaricia la mano—. Lo suave rara vez merece la pena.

¿Seguimos hablando de café?

Un momento. Yo he oído antes esa frase. ¿Dónde?

Leo no me deja seguir divagando porque bordea la mesa hasta situarse justo delante de mí. Me tiende la mano y yo no dudo en aceptarla. Es que ni siquiera lo pienso durante medio segundo. En cuanto nuestras palmas se tocan, juro que siento un chispazo.

Me voltea hasta que apoyo el trasero en el borde de la mesa y, por inercia, abro las piernas. Él no duda en situarse entre medias. Me coloca una mano en la cintura y con la otra me aparta un mechón de pelo pasándomelo por detrás de la oreja.

No aparta la mano. Se queda ahí acariciándome el lóbulo en un gesto de lo más íntimo.

—Hola —me saluda con la sonrisa iluminándole la cara.

—Hola —contesto. El corazón me va a mil.

Baja la vista un momento a la pantalla del ordenador antes de subirla otra vez a mí.

—¿De verdad tenías trabajo o estabas huyendo de lo que pasó anoche? —Directo. Sin filtros. Como es él.

Podría mentirle, pero supongo que sería inútil.

Me encojo de hombros.

—No estoy muy segura.

—Ya veo. —Me acaricia un poco más la oreja, de forma distraída, antes de apartar la mano y bajarla por mi cuerpo hasta dejarla descansando en mi cintura—.

¿Te arrepientes de lo que pasó? —Su tono de voz ya no es divertido.

Juraría que hay un deje de inseguridad en él—.

No me mientas, ¿vale? Es decir —coge aire y lo expulsa de golpe—, si te arrepientes, quiero saberlo. Por favor.

Me quedo en silencio un segundo observándolo. A Leo Varela no le pega nada ese tono. Ni esa forma de mirarme. Ni ese «por favor». Sin embargo, me encanta.

Hace que algo dentro de mí se ablande y que todas mis defensas se vengan abajo como un castillo de naipes.

Trago saliva.

—No me arrepiento. —Suspiro apoyando una mano en su pecho, notando cómo late. No soy la única a la que le va rápido, y eso no juega a mi favor, porque hace que me entren ganas de sonreír como una idiota—. Lo que no sé es qué se supone que tengo que hacer con esto ahora.

Puedo notar cómo el cuerpo de Leo se relaja sobre el mío. Como si la tensión que lo envolvía hubiera desaparecido.

Apoya su frente en la mía.

—No tenemos por qué averiguarlo ya mismo. —Sus manos se desplazan hasta colocarse en mi espalda. Las mías, que estaban inertes a los lados, suben hasta abrazarle el cuello.

¿Nos estamos abrazando? Nos estamos abrazando.

—Ah, ¿no?

—Ni mucho menos. —Su aliento se mezcla con el mío. Nuestros labios están muy cerca, pero no se tocan—. Podemos empezar, no sé, teniendo una cita.

Suelto una carcajada.

—¿Una cita?

Se echa ligeramente hacia atrás para mirarme, aunque sus manos siguen ancladas a mí.

—¿No sabes lo que es? —pregunta en tono burlón, ganándose un pellizco de mi parte.

—¡Claro que sé lo que es! —protesto frunciendo el ceño—. Pero se me hace raro.

—¿Tenerla?

—Sí. Contigo.

—Es decir… —apoya una mano en la mesa, a un lado de mí, y la otra al otro, dejándome completamente atrapada—, ¿puedo hacer que te corras con las manos, pero no invitarte a salir?

—¡Cállate! —resoplo, aunque una risa traicionera se me escapa.

—¿Acaso estoy diciendo algo que no sea verdad? —Alza una ceja disfrutando claramente de la situación.

—No, pero no hace falta que lo digas en voz alta.

Su mirada me recorre entera con una calma que me pone más nerviosa que cualquier comentario suyo. Me humedezco los labios sin darme cuenta y, en cuanto lo hago, sus ojos se detienen un segundo en ellos antes de volver a subir.

—Estás adorable cuando te sonrojas.

—Y a ti te encanta tomarme el pelo.

—Entre muchas otras cosas. —El tono de su voz cambia lo suficiente como para que se me tense el estómago y la piel se me ponga de gallina.

—En serio, cállate —digo controlándome para no jadear. ¿Cómo es capaz de provocarme tantas sensaciones con solo mirarme?—. Eres lo peor.

Se ríe, supongo que porque sabe que tengo razón y eso le gusta. Vuelve a apoyar su frente en la mía.

—Me callaré solo si aceptas tener una cita conmigo.

—¿Y dónde piensas llevarme?

Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios. Sabe que he cedido y que no le ha costado nada que lo hiciera.

Soy una debilucha de manual.

—Donde tú digas —responde—. No conozco nada de esto. Tengo que dejarme aconsejar por la experta. Aunque podemos volver al lago si quieres. Le estoy cogiendo el gusto a esto de los baños nocturnos.

Baños.

Qué bien me vendría a mí ahora una ducha de agua fría.

—No pienso volver contigo allí —susurro intentando que la voz no delate cómo me siento—. Ya lo mancillamos bastante.

—Lo mejoramos. —Ladea la cabeza. Sus labios acarician los míos. No es un beso, es un roce. Una provocación—. Porque déjame decirte, señorita Casamayor, que lo de anoche fue una auténtica pasada.

Menos mal que estoy apoyada en la mesa, porque siento que las piernas me fallan.

—No estuvo mal —miento.

Una sonrisa lenta empieza a dibujarse en sus labios. No dice nada. Ni falta que hace. Cambia el ángulo de su cabeza. Nuestros labios vuelven a rozarse.

—¿Intentas provocarme? —Me da un suave beso, por fin, pero se aparta antes de que la cosa vaya a más. Sus manos desaparecen de mi cintura y da un paso atrás. Sus ojos se han oscurecido—. Porque he de decir que funciona.

Abro la boca para preguntarle que qué ha querido decir con eso cuando lo veo ponerse de rodillas en el suelo. Frente a mis pies.

—¿Qué narices estás haciendo? —pregunto más alto de lo que debería. Vuelve a sonreír y sus manos acaban en mis tobillos.

Siento una descarga eléctrica que va desde el dedo gordo del pie hasta el último pelo de la cabeza.

—¡Levántate! —exclamo presa del pánico y, qué narices, de excitación.

Leo, lejos de hacerme caso, comienza un viaje ascendente por mis piernas.

—¿Sabes lo que pasa? Que acabo de caer en una cosa.

—Si espera que le pregunte en qué acaba de caer, ya puede esperar sentado.

O arrodillado. Estoy hiperventilando—. Pues que anoche fallé en una cosa —continúa jugando con el dobladillo de mi vestido—, y es que te corriste con las manos dos veces y otra con la polla, pero no te corriste con la lengua —sus manos suben hasta mis muslos—, y me gustaría ponerle remedio. Si te parece bien.