Capítulo 34
Aitana
S on las seis y media de la mañana cuando abro los ojos. Ni siquiera en fin de semana soy capaz de dormir más horas. Aunque, bueno, no puedo quejarme. No son las cuatro. Pero, claro, ayer me acosté tarde.
Muy muy tarde.
Parpadeo despacio acostumbrándome a la tenue luz que empieza a colarse por la ventana y giro ligeramente la cabeza.
Leo sigue dormido a mi lado. Lo hace boca arriba, con una de las manos apoyada sobre el colchón y la otra descansando cerca de mi cadera, como si en algún momento de la noche hubiese necesitado comprobar que seguía ahí.
Su respiración es profunda, tranquila, completamente ajena al caos que tengo yo ahora mismo en la cabeza.
Me coloco de lado despacio, para no despertarlo, y me permito observarlo en silencio. La luz que entra en la habitación dibuja suaves sombras sobre su piel. Recorre su pecho, baja por su abdomen…, y tengo que hacer un esfuerzo consciente por no recrearme demasiado.
Madre mía. Menudo hombre.
Un hombre del que anoche pude disfrutar a mi antojo y que me proporcionó unos orgasmos que difícilmente voy a olvidar. Tampoco es que quiera.
Puede que sea una persona metódica, responsable y bastante ordenada, pero no soy idiota, y cuando te corres como lo hice yo anoche no quieres olvidarlo.
Aprieto los muslos y me muerdo el labio inferior con fuerza, evitando así que algo parecido a un jadeo rompa el silencio de la habitación.
Lo de anoche fue una mala idea y, sin embargo, no me arrepiento. Ni un poco.
Ayer, en la feria, me pasé horas debatiendo conmigo misma si debía o no ir al encuentro con Leo. Mi cabeza lo tenía clarísimo: ni de coña. No vayas. No compliques las cosas. No te metas en algo de lo que no vas a saber cómo salir. No cruces esa línea.
Pero mi cuerpo… Mi cuerpo llevaba todo el rato gritándome justo lo contrario: ve.
Hazlo. Deja de pensar por una vez. No estás haciendo nada malo.
Sí, es un huésped del hotel, ¿y qué? No hay ninguna ley que prohíba acostarse con un cliente, y menos con un cliente que te mira como él lo hace o que te susurra al oído: «Esta conversación no ha terminado ni de lejos.
Así que dime dónde quieres que la acabemos».
¿Cómo negarme a esa petición? Sencillo: no lo hice.
Por primera vez en mi vida —adulta, porque la adolescencia es otra etapa que, a veces, es mejor olvidar—, decidí ser imprudente y hacerle caso a mi cuerpo y no a mi cabeza.
Y por eso no me puedo arrepentir. Porque lo que pasó en ese lago fue…
Joder, lo que pasó en ese lago fue demasiado excitante para no sonreír como una tonta al recordarlo.
Y no solo en el lago, también en su cama y luego en la ducha.
Suelto una pequeña exhalación, casi una risa sin sonido.
Siempre he pensado que el sexo en la ducha estaba sobrevalorado. Que era algo incómodo, dificultoso y un tanto antihigiénico, pero está claro que voy a tener que empezar a replantearme mis gustos.
Arrugo la nariz pensativa. No tengo ni idea de qué hacer ahora porque esto no entra dentro de ningún protocolo del hotel.
Ni de mi vida. Nadie ha escrito un manual sobre qué hacer después de acostarte con un cliente.
Así que opto por cerrar los ojos un segundo y pedirles a mi cuerpo y a mi cabeza que se tranquilicen.
Pero no lo consigo. Porque imágenes de anoche comienzan a circular por mi mente sin pedir permiso y mucho menos perdón.
El agua del lago envolviéndonos. Sus manos en mi espalda, en mi cintura, dentro de mí…
Las mías agarrándose a sus hombros mientras intentaba no gritar demasiado, algo que no conseguí.
La forma en la que me miraba, como si no existiera nada más alrededor.
Como si no hubiera nada sobre lo que preocuparse.
Leo deslizándose dentro de mí en una mezcla de calma y descontrol.
Queriendo hacerlo lento y a la vez rápido porque las ganas nos podían demasiado.
Mis manos apoyadas en el azulejo de la ducha mientras su respiración me hacía cosquillas en la nuca y sus gemidos me llevaban al límite.
Su mano rozándome el clítoris. Su polla acariciándome el punto G.
Un punto que juro que yo creía que no existía.
No puedo evitar que se me curve la comisura de los labios.
Sí, está claro que va a ser muy difícil poder olvidar algo así, pero también está claro que estoy metida en un lío y no tengo ni idea de cómo salir de él.
Respiro hondo y abro los ojos observando de nuevo a Leo. Intentando ordenar ideas que no quieren ordenarse. Por supuesto, no lo consigo, así que hago lo único sensato que puedo hacer: salir de aquí antes de que despierte.
Con cuidado, levanto la sábana y me incorporo despacio procurando no hacer ruido. El colchón apenas se hunde y Leo ni se inmuta. Minipunto para mí; los colchones que compramos son de buena calidad.
Recojo mis prendas de ropa del suelo una a una y me visto con movimientos lentos y medidos, como si cualquier gesto brusco pudiera romper algo, hasta que llego a las Converse, que me las quedo en la mano.
Camino hacia la puerta de puntillas, pero antes de abrirla me detengo y miro a Leo una última vez.
Es una pena que la sábana le cubra parte del cuerpo, porque juro que es digno de estar expuesto en un museo.
Verlo así me descoloca. Parece tranquilo, incluso despreocupado, contrastando con todo lo que me provoca cuando está despierto.
Niego levemente con la cabeza y me obligo a apartar la vista. Es hora de salir de aquí y volver a la normalidad.
Salgo cerrando la puerta con cuidado y bajo las escaleras descalza sujetando las zapatillas contra el pecho. Todo está en silencio. Hasta que giro la esquina hacia recepción y casi me da un infarto.
—¡Joder! —chillo susurrando y llevándome la mano inmediatamente a la boca para amortiguar el grito.
Berta está detrás del mostrador. En cuanto me ve, sus ojos se abren un segundo por la sorpresa, para después dar paso al entendimiento, sobre todo cuando desvía la vista hacia el techo, como si pudiera ver a través de él. Cuando vuelve a mí, lo hace sonriendo.
Niego con la cabeza al instante.
—No preguntes. —Su sonrisa se amplía un poco más.
—No iba a hacerlo.
La miro un segundo más y termino sonriendo yo también. Es inevitable no hacerlo. Si yo no soy idiota, mi hermana está claro que tampoco.
—Gracias —musito—. Estaré en el despacho.
—Creía que hoy no trabajabas.
Me encojo de hombros.
—Digamos que necesito estar distraída.
—Ya. Pues espero que lo consigas.
Frunzo el ceño.
—Creía que hoy librabas.
Levanta su móvil, que lo lleva en la mano.
—Cintia está vomitando.
—Resaca.
—Ella dice que algo que comió ayer le sentó mal. Yo creo que fue el vodka. —Me río, y Berta también. Cintia tolera fatal el alcohol. Cada vez que bebe termina vomitando. Siempre dice que esa es la última vez, que no volverá a beber, pero nunca cumple su promesa.
Me despido con un movimiento de cabeza y giro sobre mis talones para ir al despacho, pero me detengo una última vez y la miro por encima del hombro.
—¿Sabes algo de Diego? Ayer por la tarde tenía mala cara. Como si se hubiese comido un kilo de mala hostia mezclada con matarratas. —Berta suelta una pequeña carcajada. La verdad es que he sido bastante suave a la hora de describir a mi hermano.
Ayer, cuando fui a nuestro puesto a por algo de comer, creía que me iba a arrancar la cabeza de un mordisco. Y eso siendo generosa.
—No he hablado con él —contesta Berta—, aunque sé que está en casa. Salía música de su habitación. Melendi a todo volumen.
Suspiro poniendo los ojos en blanco.
—Pues ya sabemos de dónde sale su mala hostia.
—¿Crees que lo arreglarán algún día?
—¿Mateo y Diego? Eso espero. Te juro que me tienen harta. Estoy por encerrarlos en una habitación y obligarlos a abrazarse durante media hora, como hacía papá con nosotras. ¿Te acuerdas?
—Claro que me acuerdo. —Berta arruga la nariz y el entrecejo—. En una de esas veces, aún no sé cómo, Cintia me puso nata montada en el pelo. Y Diego le vació a Nerea medio bote de sirope de chocolate por encima.
—Porque ella lo llamó inútil y payaso cuando papá no miraba. —Las dos estallamos en una pequeña carcajada silenciosa. Aunque nosotras seamos unas pringadas y estemos ya despiertas, sigue siendo demasiado temprano para el resto del mundo.
Respiro hondo y sacudo la cabeza cuando la risa se apaga.
—En fin… —digo apartándome un mechón de pelo de la cara—, voy a intentar ser una persona funcional.
Berta asiente apoyando los codos sobre el mostrador.
—Suerte con eso. Por cierto, me gusta verte sonreír.
Me sonrojo —espero que poco— y me marcho de allí. Antes de ir al despacho, hago una parada en el comedor. Me acerco al aparador donde siempre dejamos cosas de comer y de beber por si a alguien le apetece y me preparo una taza doble de café bien cargado. Necesito espabilarme.
No me cruzo con nadie más de camino —que menos mal que me he encontrado a Berta y no a otra de mis hermanas, porque el interrogatorio habría sido peor que el de la CIA— y, en cuanto llego a mi despacho, cierro la puerta, suelto las Converse y me acerco a mi silla, donde me dejo caer exhausta.
Cojo la taza con las dos manos y me llevo el borde a la nariz aspirando el olor del café antes de darle un sorbo.
No sabía cuánto lo necesitaba.
Dejo la taza sobre la mesa y me paso la mano por la frente; todavía tengo la piel caliente, como si mi cuerpo no terminara de entender que ya no está en esa habitación.
Resoplo.
—Concéntrate, Aitana —murmuro para mí misma.
Me inclino hacia delante y abro el portátil.
La pantalla se enciende con un brillo que me obliga a entrecerrar los ojos.
Reviso el correo casi por inercia, pasando de detenerme demasiado en ellos.
Probablemente, porque mi mente sigue en la cama de la habitación número cinco y en el hombre que he dejado en ella.