Capítulo 33
Raquel
E stá claro que dormir está sobrevalorado, sobre todo cuando llevas toda la noche dándole vueltas a lo mismo y tu cabeza ha decidido convertirse en tu peor enemiga.
Frustrada —y dolorida—, cojo la almohada, la giro, la vuelvo a girar, la aplasto, la doblo y al final termino abrazándola porque no sé qué hacer con ella ni tampoco conmigo.
Estoy cansada, triste y cabreada conmigo misma. Y con Javier. Por mirarme como lo hizo ayer, por preocuparse por mí y por acariciarme como si fuera algo valioso que ha estado a punto de romperse.
«Si tenemos en cuenta que tu nariz estuvo a punto de romperse, puede que lo de acariciar con mimo y cuidado sí esté justificado».
Con un gruñido frustrado, me tapo la cara con la almohada amortiguando el grito que nace desde lo más profundo de mi garganta.
Error.
Me he hecho daño en la nariz y ahora no solo quiero gritar, también llorar. No me he visto todavía en un espejo ni falta que me hace, porque miedo me da. Debo parecer un boxeador después del último asalto.
Menudo balonazo me dio ayer Joan. Si siempre chuta así de bien, no me extrañaría que en unos años terminara convirtiéndose en el nuevo Cristiano Ronaldo.
Me vuelvo a colocar la almohada bajo la cabeza y suelto un suspiro dejando que los pulmones se vacíen del todo.
Joan. Nerea. Javier. Una familia.
Una familia que se ha roto y, en parte, es culpa mía.
«No es culpa tuya porque cuando empezaste con Javier él ya no estaba con Nerea».
Ayer no quería escuchar a mi conciencia cuando hablaba y hoy tampoco.
Porque eso no es lo importante aquí. Porque da igual si estaban o no juntos.
No te lías con el ex de la hermana de tu mejor amiga y punto. No hay más.
El ruido de una llave girando en la cerradura hace que por un instante me tense, hasta que mi cabeza me recuerda quién es y entonces me relajo.
Porque solo una persona tiene llave de mi casa.
Y solo una persona que conozco anda así, despacio, midiendo cada paso como si no quisiera hacer ruido… , aunque siempre lo hace.
La puerta de mi habitación se abre al tiempo que me incorporo en la cama quedando sentada con la espalda apoyada en el cabecero.
Javier hace acto de presencia con una bolsa marrón en las manos y dos vasos de cartón.
Desde donde estoy puedo oler el café recién hecho.
El logo que hay en la bolsa me da la pista de lo que hay dentro: sobados pasiegos. Una de mis muchas debilidades.
—No sabía que Delicias de Alma abría a las cinco y media de la mañana —digo ladeando la cabeza.
Javier se deshace de las deportivas de un puntapié y se acerca a la cama.
—Al público no, pero es lo que tiene ser el primo de la mejor pastelera de Ribamar. Que te puedes colar en la trastienda a la hora que quieras y robarles el dulce.
Me tiende la bolsa y uno de los vasos de cartón. Está calentito. A pesar de que hace calor, lo agradezco porque siento el cuerpo frío desde ayer.
—No hacía falta que vinieses, y menos a estas horas —susurro tras llevarme el recipiente a los labios y darle un sorbo. Le ha puesto vainilla al café.
Javier se sienta en la cama, de cara a mí, y coloca una mano sobre mi rodilla, por encima de las sábanas. Aun así, siento cómo esta se filtra a través de las sábanas y su cercanía me recorre la piel.
—Lo sé, pero no podía dormir —fija sus ojos en mí y eleva una de sus comisuras hacia arriba— y, por lo que veo, tú tampoco.
Me encojo de hombros.
—Es difícil hacerlo cuando tienes la sensación de que tu nariz está valorando independizarse. —Javier niega con la cabeza a la vez que chasquea la lengua contra el paladar.
—Le dijimos veinte veces a Joan que se estuviera quieto con el balón, pero es un culo inquieto y…
—Eh —alargo el brazo y coloco la mano sobre la suya—, es solo un niño, no lo hizo queriendo. —Cojo aire y lo suelto poco a poco—. Espero que no fuerais muy duros con él. Nerea parecía bastante enfadada.
Javier se ríe por lo bajo aunque tiene el semblante serio.
—No sé qué le dolió más, si que le quitásemos la consola toda la semana o que no pudiese ayudar hoy a su tío con el tejado.
Abro los ojos de par en par un tanto sorprendida.
—¡No podéis hacer eso! —Me recoloco en la cama haciendo que la bolsa con los sobados caiga de mi regazo a la colcha—. Os he dicho que estoy bien. ¡Tenéis que dejar que ayude a Diego! No ha sido su culpa.
—El balonazo fue suyo.
—Pero no lo hizo adrede.
—Lo sabemos, no estamos enfadados con él por eso.
Estamos enfadados porque nos desobedeció.
—Abro la boca para protestar, pero Javier niega con la cabeza impidiéndomelo—.
Raquel, no te preocupes. No tienes que sentirte culpable por nada porque tú no tienes la culpa.
Le dijimos varias veces que se estuviera quieto, que iba a tirar algo o a darle a alguien y, bueno —señala mi cara con la mano—, a las pruebas me remito.
Por eso está castigado. Por no hacernos caso. ¿Vale?
Quiero decir algo. Tengo la réplica en la punta de la lengua, pero no servirá de nada.
Además, sé que Javier tiene razón. Y tampoco lo han castigado a comer estiércol durante un mes.
Es un castigo más que razonable. Es como cuando a mí mis padres me castigaban a no salir con Aitana y Mateo si me saltaba el toque de queda o si llegaba con un suspenso.
De todas formas, Nerea y Javier son los padres, ellos son los que tienen voz y voto, no yo.
—Vale —contesto, aunque no puedo evitar que me dé pena Joan. En realidad, es un amor de niño. Han tenido mucha suerte con él.
Pensar en plural, en ese «han» que se refiere a Javier y Nerea, hace que el latigazo en el pecho que creía extinguido aparezca, así que hago lo que mejor sé hacer. O lo que creo que mejor sé hacer: disimular.
Cojo la bolsa, meto la mano dentro y no dudo en darle un bocado al sobado. Es el mejor del mundo. Esponjoso, mantecoso y lo suficientemente dulce como para hacerme olvidar todo lo demás.
—Te has currado el desayuno —farfullo con la boca llena intentando rebajar un poco la tensión que parece flotar entre nosotros aunque no queramos verla.
Por primera vez desde que ha llegado me regala esa sonrisa bonita y cercana que tanto me gusta. Me señala la cara con un asentimiento de cabeza.
—¿Te duele? —Me encojo de hombros mientras termino de tragar el dulce.
—Un poco.
—¿En una escala del uno al diez?
Le doy un sorbo al café.
—¿Veinticinco? —Echa la cabeza hacia atrás soltando una pequeña carcajada. Se levanta, mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca un botecito blanco. Me lo enseña.
—¿Te has puesto algo para el moratón?
—Si digo que sí, ¿me creerás?
Bufa a la vez que pone los ojos en blanco. Se sienta de nuevo en la cama, esta vez mucho más pegado a mí, y abre el bote.
—Eres una malísima enferma, ¿lo sabías? —Se pone crema en un dedo—. Echa la cabeza un poco hacia atrás, anda.
—No he terminado de desayunar —protesto, aunque hago lo que me dice. La verdad es que noto que la nariz me palpita.
Acerca la mano a mi cara y, cuando me toca, lo hace con delicadeza. Su pulgar se desliza despacio por el pómulo y la nariz en movimientos circulares y metódicos, y todo lo hace sin dejar de mirarme.
—¿Te has tomado algún analgésico? —Compongo una mueca porque sin querer me ha hecho daño. Aparta la mano, frunce el ceño y, tras un suspiro, me extiende un poco más de crema por la nariz.
—No deberías hacer preguntas cuya respuesta ya conoces.
—Raquel…
—Javier… —Cierra los ojos en un gesto de resignación. Coloco una mano sobre la suya, la que está en mi regazo, obligándolo a que abra la ojos y me mire.
Cuando lo hace, veo cariño en ellos. Uno que hace que el corazón se me caliente y dé una voltereta lateral hacia atrás.
—¿Qué te parece si me tomo uno y luego te acuestas conmigo aquí un rato e intentamos dormir? Creo que a los dos nos hace falta descansar un poco.
—¿Hoy no tienes que ir al ayuntamiento? —Niego con la cabeza.
—Es domingo. —Se ríe.
—Ni siquiera sé qué día es.
—¿Tú tienes que ir al hospital? —Como yo, niega con la cabeza. Sonrío—. Es una señal para que nos quedemos todo el día aquí haciendo el vago.
Su sonrisa se hace tan amplia que le cruza toda la cara.
—Es el plan perfecto. No hay nada que me apetezca más.
A mí tampoco.
En silencio, Javier termina de esparcirme la crema.
Cuando acaba, cierra el bote de crema, lo deja sobre la mesita y se levanta.
Sale de la habitación y lo escucho entrar en el cuarto de baño.
Cuando sale, va directo a la cocina. No hace falta que pregunte qué hace, pues sé que ha ido a buscarme el analgésico.
Efectivamente, a los pocos minutos entra con una pastilla blanca en la palma de la mano.
Mientras lo esperaba, me he terminado el sobado, pero aún me queda un poco de café, por lo que me meto la pastilla en la boca y le doy el último trago.
Javier corre la cortina para que no nos moleste la luz del sol y se mete en la cama conmigo tapándonos a los dos con la sábana.
Acurruco la espalda contra su pecho y sonrío encantada cuando su brazo me rodea la cintura. Esto es más curativo que cualquier pomada.
Javier me aparta el pelo del hombro y me da un beso en él.
—Tengo que organizar la despedida de soltero de tu primo.
—Te acompaño en el sentimiento —bromeo. Se ríe, y su risa me hace cosquillas en el cuello. Entierra la nariz en él y aspira fuerte.
—Se casa dentro de dos meses.
—Lo sé. Tengo la invitación en el primer cajón del aparador del comedor. —Me da otro beso en el hombro. Su abrazo se hace más firme.
—Quiero que seas mi pareja en la boda, Raquel —suelta casi de carrerilla—. Quiero llegar cogido de tu mano y poder bailar juntos sin preocuparnos por lo que dirán.
Cierro los ojos dejando que un largo suspiro se escape de mi pecho.
—Yo también quiero. —Joder, no quiero otra cosa. Aun así…—. Pero no podemos.
—Claro que podemos. —Aunque habla con seguridad y en un tono tranquilo, sé que no lo está.
Siempre que sacamos este tema acabamos discutiendo, y no quiero. La verdad es que no sé si es porque me ha ido bien la poma, el analgésico o porque él está aquí conmigo, pero los ojos se me empiezan a cerrar y solo quiero dormir.
—Raquel —me llama. Entrelaza sus dedos con los míos—. Nerea y yo coincidimos una noche, nos acostamos y nueve meses después nació Joan.
—Y estuvisteis juntos casi siete años —le recuerdo.
Noto en mi espalda cómo el pecho de Javier se hincha al coger fuerza. Supongo que él también está un poco cansado de esta conversación.
—Sí. Intentamos que funcionara por nuestro hijo, pero fue más una relación de compañeros de piso que de pareja. Teníamos cuartos separados.
—Pero os acostabais juntos.
—Raquel… —Aprieto su mano enterrando un poco la cabeza en la almohada.
—Déjalo, por favor. No quiero hablar de Nerea.
—Nunca quieres hablar de Nerea, pero está.
Existe. —Hace una pausa como si estuviera intentando encontrar las palabras correctas—.
Raquel, Nerea es la madre de mi hijo y la quiero.
Siempre la querré y la respetaré por eso, pero estoy enamorado de ti, pelirroja, y quiero que todo el mundo lo sepa.
Quiero que, si mi hijo te da un balonazo, pueda besar la herida delante de todo el mundo para curártela.
—Eso es muy cursi. —La voz me sale un pelín estrangulada.
Genial, estoy a un tris de echarme a llorar.
—Me gusta ser cursi contigo. —Vuelve a hacer una pausa, solo que esta vez un poco más larga—. Y lo que dijiste el otro día no es verdad. No eres la otra.
No la veo, pero la siento; la lágrima deslizándose por mi mejilla.
No me muevo, casi ni respiro. No quiero que Javier la vea.
Si lo hace, me dará la vuelta obligándome a enfrentarme a él, y lo que era una lágrima solitaria se convertirá en un puñado.
Y estoy cansada; por el golpe, por la falta de sueño y por la conversación.
Porque puede que Javier tenga razón. No se puso a salir conmigo estando con Nerea.
Y sé qué tipo de relación tenían. Ha dicho que está enamorado de mí.
Ahora. Yo llevo enamorada de él toda mi vida.
Así que sí, sabía cómo era su relación con Nerea perfectamente.
También porque Aitana solía decir: «A veces, no entiendo a mi hermana.
Los dos se merecen ser felices y estar con alguien que los quiera, no con alguien que finge hacerlo».
Pero sigue sin ser fácil para mí, porque yo no soy cualquiera. De algún modo, soy de los suyos. Soy alguien que no debería cruzar esa línea, y la he cruzado, y eso me hace sentir una persona horrible.
Trago saliva.
Me muevo lo justo para pegarme un poco más a él encajando mejor la espalda contra su pecho. Su brazo reacciona casi al instante rodeándome con más firmeza, como si llevara todo el rato esperando que lo hiciera.
—¿Podemos…? ¿Podemos hablar de esto más tarde? —murmuro con la voz baja, cansada—. Ahora solo quiero descansar. Contigo.
Siento cómo apoya la barbilla en mi cabeza. No dice nada durante un segundo que se me hace eterno, porque de verdad que no quiero discutir. No quiero que nos enfademos. Pero entonces siento sus labios sobre el pelo y mi cuerpo se relaja. Como si me acabaran de quitar un peso enorme de encima.
—Claro que sí. Descansa.
—Gracias. —Cierro los ojos y dejo que mi respiración se acompase a la suya. Antes de quedarme dormida del todo, me doy cuenta de que hay algo que no le he dicho—. Yo también estoy enamorada de ti, Javier. Y a mí también me gusta que seas cursi conmigo.
Lo último que noto antes de dormirme es su sonrisa contra mi cabeza.