Capítulo 32
Leo
M e cago en la puta.
Aitana me mira mordiéndose el labio inferior en una mezcla de inseguridad y valentía.
Como si le costara mirarme por vergüenza, pero a la vez no quisiera estar en ningún otro sitio.
Así que hago lo único que puedo hacer en estos momentos; acorto la distancia que ya no existe y la beso.
Despacio al principio, como si tuviera que comprobar que es real.
Que no voy a abrir los ojos y ver que no ha sido más que un sueño.
Pero cuando su gemido se cuela entre sus labios entreabiertos, y la punta de su lengua roza la mía, mando el autocontrol a tomar por saco y la reclamo.
A ella. Entera.
Sus labios están fríos por el agua, pero en cuanto se mueven contra los míos todo lo demás desaparece. El lago, la noche. El mundo entero.
Aitana Casamayor sabe demasiado bien como para prestarle atención a alguna otra cosa.
Mi morena favorita —porque en eso se ha convertido, entre otras muchas cosas— responde al beso con la misma pasión que yo, lo que demuestra que no soy el único que tenía ganas, algo que le viene demasiado bien a mi ego.
Y es que Aitana no duda cuando entreabre la boca y su lengua encuentra la mía; no se aparta cuando aprieto su culo con ganas, clavándole los dedos; no se lo piensa cuando enreda los suyos en mi pelo y mueve las caderas rozándose contra mí, arrancándome un jadeo que se pierde entre nuestros labios.
Perdemos el control.
La beso con más fuerza y con mucha más hambre, como si quisiera memorizar cada sensación, cada respuesta suya. Como si necesitara quedarme aquí para siempre, porque pensar en apartarme ahora no tiene cabida. Antes muerto.
—Leo, esto es… —jadea cuando nuestro beso se corta porque ha llegado el momento de coger aire.
No termina la frase, pero tampoco hace falta. Lo veo en sus ojos. Están oscuros y brillan con intensidad, clavados en los míos. Deslizo la nariz por la suya rozándola apenas y bajo la mirada a su boca. Está hinchada, húmeda, entreabierta.
Está así por mi culpa.
Está perfecta.
—Una muy mala idea —murmuro sin apartarme terminando su frase.
Mis manos siguen en su culo firmes. Solo tengo que mover el pulgar un milímetro hacia la derecha para rozar sus pliegues.
Su humedad. Solo un milímetro para que esta mala idea alcance el nivel de catastrófica.
Pero no lo hago. A pesar de que tengo el pulso acelerado, de que las ganas me queman en la piel y de que todo en mí me pide que deje de pensar y simplemente lo haga, parece que aún me queda un resquicio de autocontrol.
Aitana traga saliva. Lo noto en cómo se le tensa el cuello, en cómo sus dedos me aprietan un poco más el pelo.
—Sí —susurra confirmando mis palabras, pero no se baja. No se aleja. No me pide que la suelte. Al contrario, se inclina lo justo para volver a rozar mis labios con los suyos. Suave. Tentativo. Como si esta vez quisiera comprobar algo.
Como si necesitara asegurarse de que no ha sido un error. Y no lo es, joder. Algo tan bueno nunca puede ser un error.
Respondo a su beso con todas las ganas que tengo y más. Mucho más. No hay delicadeza en él. Hay pasión desmedida y una necesidad que nos arrastra. Que hace que nos perdamos el uno en el otro y que nos arrastra a un abismo del que no hay escapatoria.
Aitana gime contra mi boca bajito, ahogado, y eso termina de desatarme. Sus dedos tiran de mi pelo obligándome a acercarme más, a profundizar más, a no dejar espacio entre nosotros, y yo respondo con todo lo que tengo: la boca, el cuerpo y las manos.
El pulgar se desliza a esa zona peligrosa, húmeda y terriblemente tentadora. Aitana se aparta lo justo para mirarme y ambos jadeamos, con la respiración descompasada, cuando se cuela dentro con una facilidad que me vuelve loco.
Sus ojos se oscurecen aún más y sus labios se entreabren en un gesto que no tiene nada de inocente.
—Leo… —balbuce, pero no suena a advertencia, suena a todo lo contrario.
A provocación.
A desafío.
A permiso.
Sin dejar de mirarla, sin perderme ni un puñetero gesto de su cara, meto y saco el dedo con tranquilidad, pero deprisa. Y ella responde dejándose llevar. Echando la cabeza hacia atrás con las manos fuertemente agarradas a mi pelo, la boca entreabierta y sus gemidos coronando la noche estrellada.
—Eres un puto sueño, Aitana —digo antes de inclinarme y pasarle la lengua por la base del cuello. Quiero besarla, pero también quiero ver su cara de placer.
Lo quiero todo.
—Nos vamos a meter en un lío —indica con la voz grave, rota. Aun así, sonríe. Provocativa. Tentadora.
Porque Aitana es una tentación a la que no quiero resistirme.
Saco el pulgar, le rozo el clítoris con él y le meto a la vez otros dos dedos, llevándola al límite. Su cuerpo se arquea contra el mío meciéndose sobre mi mano. Su respiración se rompe del todo y mi nombre se le escapa de entre los labios entreabiertos.
Le beso la clavícula, la garganta y la barbilla. Le beso todas las partes del cuerpo que puedo mientras mis dedos continúan meciéndose en su interior hasta que sus manos me sueltan el pelo y su cuerpo se deshace sobre el mío exhausto. Rendido. Sin fuerzas.
Aparto la mano de su sexo y vuelvo a sus caderas apretándola contra mí. Mi frente cae contra la suya mientras intentamos, sin éxito, recuperar el control.
Ha sido una locura, pero de las buenas.
Los segundos pasan y ninguno dice nada, aunque tampoco hace falta. Nuestros corazones acelerados hablan por sí solos. Puedo notar el suyo latiendo contra el mío. Fuera de control. Como si no supiera muy bien cómo volver a la normalidad.
Acaricio su nariz con la mía despacio y dejo un beso suave en la comisura de sus labios. Es muy distinto a los de antes. Este es más lento. Más… consciente.
—Eso ha sido… —empieza a decir, pero se calla. Le doy otro beso, esta vez en los labios, antes de apartarme y buscar sus ojos. Siguen brillantes y con el deseo todavía latiendo en ellos.
Sonrío porque no lo puedo evitar, aunque lo hago un poco tembloroso.
—Espero que la palabra que buscas sea espectacular. Inolvidable. Brutal —enumero serio—. Si no es así, voy a necesitar unos momentos para recuperarme emocionalmente.
Aitana sacude la cabeza con la sonrisa curvándole los labios.
—Eres imposible.
Llevo una de las manos a su espalda y la recorro con suavidad de abajo arriba.
—Eso no te lo puedo discutir —siento cómo su cuerpo se estremece bajo mi tacto—, pero, por favor, dime cómo ha sido. ¿Voy a tener que echarme a llorar o puedo considerarlo un éxito rotundo?
—No tienes remedio. —Compongo un puchero. La piel se me pone de gallina al notar sus uñas en la espalda.
—Sigues sin responder a mi pregunta. —Me acerco lo justo para rozar sus labios con los míos—. Apiádate de mí, buena mujer. Necesito saber si tengo que hundirme en la miseria o si puedo seguir viviendo tranquilo.
Aitana suelta una pequeña risa y niega con la cabeza. Después acerca su boca a mi oído. Su aliento me hace cosquillas.
—Ha sido increíble.
Cierro los ojos sonriente y, qué narices, satisfecho y con el ego por las nubes. Tengo que contenerme mucho para no alzar el puño en señal de victoria. Estropearía el momento.
—Tú sí que eres increíble.
—Y tú un zalamero.
—Bueno, pero déjame disfrutar de mi momento. Ya estaba preparándome mentalmente para el drama.
Aitana resopla cerca de mi cuello divertida y apoya la frente en mi hombro.
—Eres idiota.
—Un idiota que te ha provocado un orgasmo.
—Fingido —se apresura a añadir divertida.
Cómo me gusta esta Aitana.
Sonrío contra su piel dejando un beso lento en su hombro.
—Puedes fingir conmigo siempre que quieras.
—Le beso de nuevo el hombro, subo al cuello y termino en el lóbulo de la oreja, al que le doy un pequeño mordisco.
Mi polla da una sacudida al escuchar su gemido—.
De hecho, puedes volver a fingir aquí, ahora —muevo las caderas haciendo que nuestros sexos se rocen— o subir a mi habitación.
Te tumbaría en la cama y… Joder, Aitana. Te haría de todo.
Nunca la palabra todo había adquirido tanto significado.
Cualquier atisbo de diversión se evapora de mi sistema.
El miedo a asustarla sigue ahí y no creo que desaparezca.
También el miedo a cagarla o a que termine abriendo los ojos y que de verdad esto no sea más que un sueño.
Pero ahora que la he tocado, que la he sentido, las ganas de retenerla son mucho más grandes. Más difíciles de frenar.
Se aparta lo justo para mirarme y en sus ojos ya no hay solo deseo. Hay algo más. Algo que pesa.
Algo que me golpea directo en el pecho.
Le acaricio la mejilla con el pulgar.
—Dime qué pasa. Habla conmigo. —Aitana me sostiene la mirada unos segundos hasta que su suspiro rompe el silencio de la noche.
—No he mentido al decir que ha sido increíble —dice.
—Lo sé. —Sonrío. No de forma chulesca, sino con calma. Segura.
Sus manos continúan recorriéndome la espalda y las mías la suya. La luna se refleja en el agua a nuestro alrededor dibujando destellos suaves sobre su piel mojada como si quisiera marcar cada rincón de su cuerpo.
—Pero… —Niego con la cabeza a la vez que poso un dedo sobre sus labios silenciándola.
—Si sueltas un pero, todo lo dicho antes de ese pero queda anulado.
Se muerde el interior de la mejilla mientras entrecierra los ojos.
—No si ese pero es importante —farfulla contra mi dedo.
Niego de nuevo.
—Aquí no lo es.
Aitana aparta mi mano con suavidad, aunque su gesto tiene más firmeza de la que esperaba.
—Eres nuestro huésped.
—¿Y? —replico—. No me malinterpretes, por favor. Lo que quiero decir es… —ladeo la cabeza buscándole la mirada— ¿qué importa que lo sea?
—Importa porque está mal.
—¿Eso quién lo dice?
—Yo. —Asiento despacio sin dejar de mirarla.
—Vale. Acepto tu sentido del deber, tu ética.
Tu moral. —Mi pulgar traza círculos sobre el lateral de su cuello—.
Te admiro por ello. Aun así… ¿No lo ves?
—Nos señalo bajando la voz. Como si estuviera a punto de contarle un secreto—.
Esto no puede estar mal. Si algo es tan increíble, difícilmente puede estar mal.
Aitana no responde. Se queda mirándome en silencio mientras sus ojos me recorren la cara en busca de algo. Como si mis ojos fueran a darle la respuesta que está buscando.
Nos muevo hasta casi llegar a la orilla, pero no salimos. Nos quedamos aquí dentro, en nuestra burbuja. En nuestro pequeño paraíso improvisado.
—No quiero hacer nada que tú no quieras.
Ni ahora ni nunca —aclaro, porque esto es importante para mí y necesito que lo sepa—.
Si quieres que te suelte, lo hago. Saldré del agua, me iré a mi habitación y no volveremos a hablar de esto.
Será algo tuyo y mío. De nadie más. Será nuestro secreto o nuestro error, lo que tú quieras.
—Detengo mis pasos. Estoy temblando, y sé que no es de frío—.
Si quieres que me vaya, solo tienes que decírmelo.
Aitana aparta la vista fijándola en cualquier punto menos en mí y yo me limito a apretar la mandíbula y a guardar silencio. Conteniéndome. Obligándome a no acercarme, a no decir nada más y a no romper este momento que le pertenece solo a ella.
No soy idiota, quiero que me diga que sí. Que se quede conmigo. Que me mire como hace unos minutos mientras me besa como si no hubiera nada más en el mundo. Pero eso no importa. No puede importar.
Porque, si dice que no, será no. Aunque me joda.
Aunque tenga que salir de este lago, volver a esa habitación y pasarme la noche dándole vueltas a lo que podría haber sido.
Aunque mañana no pueda mirarla a la cara sin recordar esto.
Aunque hacer eso me cueste más de lo que estoy dispuesto a admitir.
«Le estás mintiendo. Este es un buen momento para decirle quién eres en realidad».
Cierro los ojos con fuerza y cobardía. Porque no puedo.
Si ahora se lo cuento todo, si le digo que soy Leandro Beltrán, se marchará y todo esto se romperá.
Se irá a la mierda. Y eso no puede pasar.
No cuando, por primera vez en mucho tiempo, no estoy pensando en números, ni en informes ni en decisiones que afectan a otras personas.
Solo en ella.
Solo en esto.
Así que, antes de hablar con ella, tengo que encontrar la forma de arreglarlo. De buscar una solución. Porque todo ha cambiado, y soy de todo menos un iluso como para no saberlo.
—¿Sabes que nunca me he quedado a pasar la noche en el hotel? —suelta de pronto.
Parpadeo sorprendido.
—¿Nunca?
Niega despacio.
—No. —Sus dedos, que llevaban quietos en mi espalda ya un rato, comienzan a moverse delineando un dibujo sobre los hombros—. Mi casa está ahí mismo, a unos metros, así que nunca he sentido la necesidad de usar una de las habitaciones para dormir.
—¿Ni de pequeña?
—No. Jamás. Aunque el hotel me encanta y es parte de mí. De mi familia. De todo lo que hemos construido y aguantado. Siempre lo he visto como nuestro lugar de trabajo, no nuestro lugar de ocio. No sé si me explico.
—Yo tampoco me he quedado a dormir nunca en nuestras oficinas, y eso que el sofá de mi despacho es más cómodo que el de mi casa, pero ya paso demasiadas horas encerrado entre esas cuatro paredes como para pasar también la noche —confieso.
Aitana frunce el ceño. En cuanto lo hace, me doy cuenta de que puede que acabe de hablar demasiado. Aunque un escritor también puede tener despacho, ¿no?
A pesar de estar sumergido en el agua, juro que noto las palmas húmedas.
Aitana frunce el ceño un segundo más hasta que deja de hacerlo.
La tensión en su rostro desaparece y esa sonrisa que tanto me gusta y a la que me he vuelto adicto aparece.
Sus dedos dejan de dibujar líneas en mi espalda para subir despacio hasta la nuca, donde se quedan acariciando con una calma que me desarma.
—Creo que esta noche voy a romper mi propia norma.
El aire se me queda atrapado en el pecho. No me muevo. No hablo. Tengo miedo de decir o hacer cualquier cosa y estropearlo.
Aitana se inclina hacia delante, lo justo para que sus labios rocen los míos al hablar.
—Vamos a tu habitación.
No es una pregunta y tampoco una duda. Es una decisión y, joder…, no creo haber escuchado nada mejor en mi vida.