Bandeja de entrada Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Un dedo que, hasta hace dos segundos, cumplía muy bien su función y ahora vamos a tener que amputar.

Aitana se inclina hacia delante riéndose sin ningún tipo de filtro, con los hombros temblándole. Es la primera vez que la veo así. Tan suelta. Sin filtros.

Me encanta ser yo el que lo ha provocado, aunque lo de la amputación del pie no era mentira.

—Me encanta resultarte tan divertido. —Intento sonar indignado, pero, mierda, es verdad que me encanta.

Estoy seguro casi en un cien por cien que Aitana Casamayor tiene la sonrisa más bonita del mundo.

—Lo siento —musita con la mano en la boca intentando ocultar la sonrisa. Pongo los ojos en blanco.

—No mientas. No lo sientes ni un pelín.

—Es que eres bastante exagerado.

—Y tú una mentirosa. Seguro que no te has bañado aquí en tu vida. —Echo un vistazo a mi alrededor—. Estoy convencido de que hay pingüinos escondidos en estas aguas.

Escucho su resoplido, su chasquido de lengua y, de repente, hace algo que, lo juro, no me esperaba. Se desnuda.

Aitana Casamayor se está desnudando. Delante de mí.

Se está quitando las Converse, el vestido y la goma que le recogía el pelo. Cuando parpadeo, me encuentro con un cuerpo envuelto en un conjunto de ropa interior negro que me deja sin el poco aire que aún me quedaba en los pulmones.

Dejo de hablar, de pensar y hasta de sonreír. Trago saliva. Despacio. Como si eso fuera a ayudar en algo.

—¿Pingüinos, decías? —pregunta alzando una ceja con una calma que no encaja en absoluto con lo que acaba de hacer. Ni conmigo.

Decir que estoy excitado es quedarme muy muy corto.

Me quedo mirándola un segundo más de la cuenta. Dos. Puede que tres. ¿Parpadeo? Creo que no. Si lo hago, temo perderme alguna cosa.

Le miro las tetas, perfectas en ese conjunto negro que parece hecho para complicarle la vida a cualquiera. El estómago, el ombligo, los muslos y… Qué narices. No lo puedo evitar. Mis ojos se detienen en el vértice de sus piernas. En esa uve que hace que tenga que apretar la mandíbula.

—Aquí arriba, señor Valera —masculla en tono juguetón.

Su sonrisa se ensancha un poco cuando me obligo a subir la mirada.

¿He dicho ya que me encanta su sonrisa?

Sin darme tiempo a hablar, y mucho menos a reaccionar, Aitana echa a correr hacia el lago, pasa por mi lado y se lanza al agua sin dudarlo. Sin frenar, sin quejarse y, sobre todo, sin chillar.

El chapuzón rompe el silencio del bosque y, durante un instante, Aitana desaparece bajo la superficie. Me quedo mirándola completamente quieto. Alucinado.

Aitana se acaba de meter en un lago de agua helada sin ni siquiera titubear.

Cuando sale a la superficie, lo hace sonriente. Con parte del pelo pegado a la frente, los ojos brillantes y una expresión que mezcla desafío y pura diversión.

—¿Sigues pensando que soy una mentirosa? —Se aparta el pelo de la cara con tranquilidad. Sin temblar. Como si el frío no le afectara lo más mínimo.

Probablemente, porque está más que acostumbrada a estas temperaturas.

Me quedo mirándola un instante. Tengo dos opciones.

O lanzarme al agua y disfrutar de todo lo que está a punto de pasar o…

O nada. Porque no hay otra opción. Esa es la única válida.

Así que entro en el agua, con los dientes apretados y conteniéndome para no volver a chillar, y avanzo hasta ella lo más rápido que puedo.

Diría que es porque me muero por llegar a ella, pero la realidad es que sigo encontrándola helada.

Con cada paso que doy, Aitana da una pequeña brazada hacia atrás. Tiene todo el cuerpo sumergido, solo se la ve de cuello hacia arriba, y con la luz de la luna reflejada en el agua la imagen es demasiado bonita para ser real.

—Te gusta verme sufrir. —No es una pregunta, es una afirmación—. Tengo los pezones que parecen dos piedras. Y mejor no hablemos de mis huevos. Creo que se han escondido. Tengo miedo de que vaya a ser difícil recuperarlos.

Aitana sonríe mordiéndose el labio para contener la risa, aunque no lo consigue del todo.

—¿Eso debería darme pena?

—Yo creo que un poco sí, ¿no? Me estoy congelando por ti.

Aitana abre la boca para replicar, pero no lo aguanto más. Hundo la cabeza en el agua y me doy impulso hacia ella cogiéndola del tobillo y tirando para acercarla a mí. Aunque estoy sumergido, puedo escuchar su grito.

Salgo del agua con la risa bailándome en los labios. Aitana está pegada a mí. Muy pegada.

El tirón la ha desestabilizado lo suficiente como para que, por puro reflejo, haya pegado su cuerpo al mío, con las manos apoyadas en mis hombros para estabilizarse. Su pecho contra el mío. Su respiración haciéndome cosquillas en los labios.

—Eso es hacer trampa —susurra, pero no suena enfadada.

Mis manos, que están en su cintura, se aferran a ella como si fuera mi salvavidas.

—En la vida, como en los negocios, a veces hay que hacer trampas para llegar a la meta. —Decir eso, por un segundo, me lleva a pensar en quién soy en realidad. En cuál es mi objetivo estando allí.

En que no le estoy contando la verdad.

Pero entonces Aitana, como lleva haciendo desde que hemos llegado, me sorprende rodeándome el cuerpo con las piernas y cualquier atisbo de raciocinio salta por los aires.

Mis manos tardan un suspiro en apartarse de su cintura y posarse en sus muslos, peligrosamente cerca de su culo. La punta de mis dedos toca el encaje de sus bragas.

Si fuese creyente, sería un buen momento para rezarle a Dios.

Nuestras narices se acarician. Su aliento roza mis labios, cálido, irregular. Demasiado cerca para pensar en algo que no sea acabar lo que empezamos en mi habitación.

Mis ojos bajan a su boca y vuelven a subir. Los suyos también bajan a la mía, pero no suben. Se quedan ahí.

—¿Por qué me has hecho venir aquí, Leo? —Repite la pregunta de antes.

Ya no hay sonrisas. Ni bromas. Solo hay tensión.

Aprieto un poco más los dedos sobre sus muslos. Ella no se aparta ni me pide que la suelte. Al contrario, se aferra a mis hombros con un poco más de fuerza.

Sigue mirándome con fijeza la boca, y yo estoy a punto de perder el poco autocontrol que me queda. Si no es que lo he perdido ya.

—Si tu hermana no hubiera entrado… —empiezo. El agua nos mece. Estoy tan cachondo que ya no noto ni el frío—. Si tu hermana no hubiera entrado —repito—, ¿te habrías apartado o habrías dejado que te besara?

Aitana suspira. O jadea. O a lo mejor he sido yo el que ha jadeado. No tengo ni idea, solo sé que no he estado más excitado en mi vida.

Aparta la vista de mi boca y la sube por mi cara hasta que nuestras miradas se encuentran.

Qué bonita es, joder. Sigo sin creerme que estemos aquí. Que haya venido. Que no se haya marchado.

Su agarre se afianza en mis caderas. Uno de mis dedos se cuela bajo el elástico de sus bragas. Los suyos me acarician la nuca. Nuestras respiraciones se mezclan rápidas. Profundas.

—Ahora estamos solos —pronuncia despacio—. No hay nadie. ¿Por qué no lo averiguas?