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Capítulo 31

Leo

N o debería estar haciendo esto. Es inmoral se mire como se mire.

Sin embargo, aquí estoy, avanzando por el sendero con las manos en los bolsillos mientras esquivo raíces y apartando con más ímpetu del necesario cualquier pensamiento que me diga que debería dar media vuelta, hacer la maleta y regresar a Madrid.

Que debería dejar de ser Leo Valera y volver a Leandro Beltrán.

Pero no puedo.

Qué narices, no quiero.

Porque no he terminado mi conversación con Aitana. Porque estuve a punto de besarla en mi habitación y sé que no se habría apartado. Sus ojos lo gritaban y su cuerpo también.

Porque la señorita Casamayor se me ha metido en la cabeza y no consigo pensar en nada que no sea ella.

Porque es un error. Un pecado. Y nunca he querido ser tan pecador como ahora.

Respiro hondo llenándome los pulmones. La noche es cerrada, húmeda, con ese olor a tierra y sal que parece quedarse pegado a la piel.

Hay silencio, a excepción del sonido de mis pies cada vez que pisan una rama.

Uno de esos pensamientos intrusivos se apodera de mí cuando comienzo a vislumbrar el lago a apenas unos metros de distancia. Ese pensamiento que me grita que debería haberme quedado en el hotel. Haber abierto el portátil y haber terminado el maldito informe.

Hacer lo que he venido a hacer: evaluar, analizar y decidir si este lugar merece desaparecer tal y como se lo conoce para ser adquirido por el Grupo Beltrán. Pero entonces piso una rama, un grupo de pájaros echa a volar asustados por el ruido y el pensamiento desaparece tan rápido como ha llegado.

Exhalo despacio y detengo mis pasos al llegar a la orilla del lago. Decir que es impresionante es quedarme corto. Este sitio es… Este sitio es mágico.

El agua se extiende frente a mí como una lámina oscura y perfectamente quieta, tan lisa que parece imposible que no sea un espejo. La luna, alta y redonda, se refleja en su superficie con una claridad casi irreal, como si alguien la hubiese dejado caer ahí dentro a propósito.

El bosque que lo rodea se alza en sombras, recortado contra el cielo, y el viento apenas se atreve a rozar las copas de los árboles, provocando un susurro leve, constante, que lo envuelve todo.

No hay gente, farolas, ruido. No hay nada. Solo la noche y el agua, que te invita a entrar en ella y dejarte llevar. Como si quisiera envolverte. Como si, al hacerlo, todo lo demás pudiese desaparecer.

Hay una calma tan densa en este lugar que resulta extraña. Casi incómoda para alguien como yo, que está acostumbrado a cifras, decisiones y problemas. Pero me encanta.

Nunca creí que algo así pudiera gustarme tanto.

—Es mi lugar favorito en el mundo. —Su voz llega a mi espalda, suave, pero lo bastante clara como para erizarme la piel.

O puede que simplemente sea ella la que provoque que se me erice.

Me giro despacio. Quiero disfrutar del momento. De ella.

Mis labios se estiran hacia arriba en una sonrisa lenta, automática, en cuanto la veo.

Está a unos pasos de mí, con un vestido claro, ligero, que la brisa mueve con suavidad insinuando más de lo que muestra.

El pelo recogido deja su cuello al descubierto, y tengo que hacer un esfuerzo consciente para no quedarme mirando más de la cuenta, aunque por cómo se muerde el labio inferior creo que no lo estoy consiguiendo.

—No me extraña —digo en voz baja, porque hablar más alto creo que sería imprudente—. Es un sitio precioso.

—Siempre vengo cuando necesito tranquilidad. Estar sola. Pensar… —Se encoge de hombros—. Y bañarme. Me encanta meterme en el lago por la noche. El agua está helada, pero me da igual.

—Ya sé dónde buscarte si te pierdo. —Aitana frunce el ceño apenas, como si algo acabase de llamarle la atención, aunque no sé el qué.

Relaja el semblante, sacude la cabeza y se encoge de hombros.

—Supongo que sí.

Nos quedamos quietos mirándonos con el silencio rodeándonos. Pero no es uno incómodo o embarazoso. Es uno que sienta bien.

Uno que dice mucho sin necesidad de palabras.

Doy un paso adelante. Pequeño. Pero necesito saber si está incómoda. Si se va a apartar si me acerco.

Mi sonrisa se amplía.

No lo hace. No se aleja ni retrocede. Se queda clavada en el sitio con sus ojos fijos en los míos, y eso…

Joder, eso me tiene a punto de ponerme a dar volteretas. Si supiera cómo se hacen.

—He llegado a pensar que no vendrías —confieso.

Aitana suelta una pequeña exhalación, casi imperceptible, y baja los ojos un segundo antes de volver a alzarlos hacia mí.

—He estado a punto de no venir.

Mi sonrisa se ladea.

—¿Y por qué lo has hecho al final? —pregunto dando otro paso hacia ella.

Baja la vista un momento a mis pies y luego la vuelve a levantar. Se le escapa una sonrisa mínima, casi incrédula.

—La verdad es que no tengo ni idea. Sigo intentando averiguarlo.

La brisa le revuelve el pelo y una ráfaga a fresas llega hasta mí. Me encanta cómo huele.

Suena cavernícola, pero dan ganas de darle un mordisco.

Avanzo hasta situarme justo delante. A solo un palmo de distancia. Los dedos me pican de las ganas que tengo de tocarla. Pero no lo hago.

Aún no.

No quiero asustarla. Que esté aquí ya es más de lo que esperaba.

No le he mentido; de verdad creía que no iba a aparecer.

El sentido del deber y la responsabilidad que tiene Aitana es digno de admirar.

Es una de las cosas que más me gustan de ella.

Por eso sé que cree que esto está mal. Que no debería estar aquí, en este lago, a medianoche, a solas, con un huésped del hotel.

Un cliente que le ha dicho que quería besarla.

Por eso no puedo hacer nada que le dé motivos para salir corriendo.

Me fijo en sus manos, que no paran quietas, entrelazándose y separándose con nerviosismo.

—¿Puedo? —pregunto indicando con la cabeza la mano herida. Aitana me mira ceñuda, como si no entendiera mi pregunta, y yo no puedo evitar sonreír.

Me encanta cuando está enfadada. Cuando me mira como si pensara que estoy idiota.

Cuando me grita y cuando parece que quiere clavarme el primer objeto contundente que encuentre en un ojo.

Pero sobre todo me encanta cuando baja la guardia.

Cuando se quita esa coraza de «yo puedo con todo» y se muestra reservada. Vulnerable. Incluso tímida.

Como ahora.

—La herida —aclaro—. ¿Puedo verla?

Ya lo he hecho esta mañana, y no creo que haya cambiado mucho en doce horas, pero es la excusa perfecta para tocarla y que no salga corriendo.

A no ser que diga que no, que entonces me quedaré con las ganas y una dignidad bastante cuestionable.

Pero asiente. Aitana asiente y extiende la mano.

—Claro.

Le sujeto la mano con cuidado. Como si fuese algo frágil. Como si pudiera romperse.

Me obligo a tragar saliva y que no se me note, porque el simple roce de su piel contra la mía hace que una descarga eléctrica me recorra todo el brazo.

—Ya está muy bien —murmuro más concentrado en no perder el control que en la herida en sí.

Al igual que he hecho esta mañana, recorro el borde con el pulgar despacio. Con delicadeza. Como si temiera que fuera a romperse.

—¿Te duele? —pregunto, aunque mi voz sale más grave de lo normal.

—¿Por qué me has hecho venir aquí, Leo? —pregunta ella a su vez sorprendiéndome. Pillándome con la guardia totalmente baja.

Aparto la vista de la mano y busco sus ojos. Están fijos en los míos. En mí. No hay dureza en ellos. Ni reproche, enfado o ironía. Tampoco ganas de salir corriendo —o eso espero—. Solo es una pregunta genuina. Curiosa.

El viento sopla de nuevo, suave, pero lo suficientemente fuerte para que su olor a fresas vuelva a inundarme.

Quiero hablar del beso. De las ganas que tenía de besarla. Tengo. Y si a ella le pasa igual. Pero sigo sin querer asustarla, así que hago una estupidez.

Porque hacer estupideces se me da fenomenal.

Le suelto la mano, avanzo hacia atrás alejándome y empiezo a desnudarme. Sus ojos se abren más de lo normal claramente sorprendidos.

—¿Qué haces? —balbucea.

Una vez me he quitado la camiseta y el cinturón, me deshago de las zapatillas de un puntapié y me desabrocho el botón del pantalón.

Sus ojos no pierden detalle de todos y cada uno de mis movimientos.

Cuando me he quedado solo con los calzoncillos, señalo el lago que tengo a la espalda.

—Me han dicho que el agua está fría, pero que merece la pena —digo repitiendo las mismas palabras que ella me ha dicho hace un momento.

Aitana abre aún más los ojos, si es que eso es posible.

—¿Te vas a bañar? —inquiere incrédula.

Está adorable, joder.

Asiento.

—Sí.

—¿Ahora?

—¿Por qué no?

Intenta no sonreír, pero me fijo en que una de sus comisuras se estira un poco hacia arriba.

—Entonces —ladea la cabeza—, a la pregunta de por qué me has hecho venir aquí, la respuesta es para bañarnos.

Comienzo a caminar hacia atrás.

—¿Acaso esperabas alguna otra respuesta?

¿He usado un tono bajo y cargado de intenciones? Evidentemente. ¿Me gusta cómo se le sonrojan las mejillas? Demasiado. ¿Me estoy empalmando? Mucho. Y más aún cuando sus ojos se desvían a mi entrepierna.

¿Sigo teniendo miedo de asustarla? Sí, pero no puedo controlar el cuerpo. A lo mejor un poco de agua fría me viene bien.

Aitana se cruza de brazos. Ya no puede ocultar que está sonriendo. Yo sigo caminando hacia el lago.

—Para tu información, no he dicho que esté fría. De hecho, he dicho que está helada. —Se ríe—. No sé si un chico de ciudad podrá soportarlo.

Alzo una ceja.

—Creo que me está usted subestimando, señorita Casa… ¡Hostia! ¡Joder! —chillo en cuanto mi pie toca el agua.

Aitana no hace nada por ocultar la carcajada que le brota del pecho.

—¿Fría? —se burla.

Miro el agua con odio. Como si tuviera rayos láser en los ojos.

—¡¿Fría?! —Me vuelvo hacia ella—. ¡Esto está congelado! Juro que siento que el aire se me ha escapado de los pulmones. Como si alguien me hubiese dado un puñetazo en el pecho.

La carcajada de Aitana se hace más aguda.

—Eres un poquito exagerado.

—¡¿Exagerado?! Creo que acabo de perder la sensibilidad en media pierna.

—¡Pero si solo has metido el dedo gordo del pie!