Capítulo 30 #2
—Ojalá —dice el chico mirándolo como si acabara de resolverle la vida—. Muchas gracias, de verdad.
—Para eso estoy.
Para eso está. Qué amable.
Esta vez, cuando bufo, lo hago con toda la intención. Alto y claro, para que me escuchen hasta en el escenario, que está a más de cien metros.
Por supuesto, Mateo se vuelve hacia mí. También el chico rubio y su novia. El primero lo hace con una calma exasperante y esa media sonrisa suya que me dan ganas de borrar a hostias. O de besar.
Mucho más lo segundo que lo primero, y hay que ver lo que me jode.
El segundo lo hace con fastidio. Molesto.
Te jodes, amigo.
La tercera se vuelve con desgana. En verdad, debería darme las gracias. El tonteo entre su novio y Mateo estaba alcanzado cotas bastante cuestionables.
—Hombre, Casamayor. Qué alegría verte. ¿Querías algo?
No sé si me molesta más cómo pronuncia mi apellido o esa sonrisa de mierda con la que lo acompaña.
—¿Interrumpo algo? —pregunto con ironía—. Es que parecía una conversación de lo más interesante.
Aunque Mateo no deja de sonreír, puedo ver cierto tic en su mandíbula. Bien, eso es que le molesto, y, si le molesto, es que no le soy indiferente.
«Hace dos días le hiciste una mamada en un cuarto de baño. Creo que queda bastante claro que indiferente no eres».
—Un po… —dice el rubio.
—No, nosotros ya nos íbamos —contesta a la vez la chica.
Estoy a puntito de soltar una carcajada cuando el chico se vuelve hacia su novia y la mira con una mezcla de desconcierto y ligera protesta, como si no terminara de entender en qué momento se ha acabado su consulta veterinaria gratuita.
Y su ligoteo.
El chico parpadea, se queda mirando un rato más a su novia y al final asiente.
—Claro. Ya nos vamos. —Se vuelve hacia Mateo—. Gracias por todo.
—Ha sido un placer. Cuando quieras, ya sabes dónde encontrarme.
Me esfuerzo mucho por no poner los ojos en blanco. Creo que lo he conseguido.
Creo.
Se despiden y los dos se alejan del puesto, él mirando por encima del hombro una última vez.
—Lo tienes enamorado —musito.
—¿Qué quieres, Diego? —Ya no soy Casamayor, soy Diego. Eso es que está molesto.
Me encojo de hombros.
—No sabía que ahora te iban los rubios.
—¿Has venido a eso?
Saco el billete y se lo doy.
—Vengo a comprar rifa.
—¿Quieres una cesta de productos locales?
—Soy más de paseos a caballo por el acantilado. —Nada más decirlo me acuerdo del paseo a caballo por el acantilado que hicimos hace unos meses. Antes de que todo saltase por los aires.
Por cómo se le dilatan los agujeros de la nariz, diría que no soy el único.
Mateo coge el billete, corta un par de tiras y me las da con el cambio. Niego con la cabeza.
—Quiero los cincuenta euros en rifa.
Mateo sacude la cabeza.
—Sabes que con cincuenta euros te puedes comprar una cesta como esta sin necesidad de sorteo, ¿verdad?
—¿Y dónde está la gracia?
Corta más tira, me la da y nuestros dedos se rozan. Se me erizan los pelos del brazo. Mateo se cruza de brazos y frunce el ceño.
—¿Algo más?
Empujo el plato de croquetas.
—Esto es para ti.
—El tipo «las croquetas me parecen lo peor que le ha pasado a la gastronomía» ¿me trae un plato de croquetas?
—No he sido yo, ha sido mi madre.
—Gracias por la aclaración. Ya me extrañaba. —Coge una croqueta y le da un bocado. Mi polla da una sacudida al oírlo gemir.
Traidora.
—Esto está de muerte. —Se mete lo que queda de croqueta en la boca y después se chupa los dedos con los que la ha cogido. Todo sin dejar de mirarme.
Coge otra croqueta, le da un bocado y, como antes, vuelve a gemir. Pongo los ojos en blanco.
—Tranquilo, campeón, que son croquetas, no un orgasmo.
Se ríe y me la ofrece.
—¿Quieres?
—Las odio. —Encoge solo un hombro y se la mete en la boca.
—Pues, para no gustarte, yo diría que te has comido unas cuantas.
Se me dibuja una sonrisa en la cara del tamaño de la catedral de Burgos.
—¿Me estabas espiando, Ventura?
Aunque sigue sonriendo, la sonrisa no es tan canalla como la de antes.
—No te estaba espiando.
—Claro.
Traga saliva. Mis ojos se van un momento a su nuez, que sube y baja, antes de volver a sus ojos.
—Yo a ti tampoco —suelto sin pensar. A lo loco.
El silencio cae de golpe entre nosotros, más denso y pesado de lo que ha caído nunca entre nosotros.
Mucho más que cuando me dijo «te quiero» y yo me limité a darle las gracias.
Mateo no dice nada y yo menos, así que nos quedamos clavados el uno en el otro con una intensidad que ahoga. Hasta que los labios de Mateo se crispan, los ojos se le oscurecen y la mandíbula se le tensa hasta el punto de doler solo de verlo.
Da un paso adelante y me apunta con el dedo.
—Que te jodan.
Mateo no espera respuesta ni tampoco la quiere. Coge el plato de croquetas y se larga a la otra punta de la mesa sin dedicarme ni un mísero pestañeo.
Me quedo unos segundos esperando algo, no sé el qué.
«Yo a ti tampoco». Ni siquiera sé por qué narices lo he dicho. Probablemente, por el regocijo que sentía al saber que me había estaba observando, algo infantil, estúpido y bastante patético.
Lo mío, no lo suyo.
Abro la boca y la cierro. Hablar ahora mismo no sirve de nada, principalmente porque no tengo ni idea de qué decir, así que doy media vuelta y me marcho. Lo hago con la sensación de haber perdido algo que ni siquiera sabía que estaba en juego.
«Mentira. Claro que lo sabes. Siempre lo has sabido».
El subconsciente es muy hijo de puta a veces y aparece cuando menos lo necesitas.
Nada más llegar al puesto de mi familia, cojo la bandeja de las croquetas de bacalao y me como una.
Lo más probable es que acabe la noche sentado en el váter con un empacho de narices, pero a lo mejor así dejo de ser un gilipollas por unas horas.