Bandeja de entrada Capítulo 30
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Capítulo 30

Diego

L a gente tiene una obsesión poco sana con las croquetas. Es como si en su interior llevaran un radar que se activa en cuanto huelen la bechamel frita y entraran en modo supervivencia.

No sé cuántas hemos vendido ya.

En serio, la gente las ama.

Yo, en cambio, las odio. Sobre todo después de haberlas olido, cargado, contado, servido y visto desaparecer en menos de tres segundos durante las últimas cuatro horas.

Sin embargo, aquí estoy, comiéndolas a dos manos de forma desesperada y casi compulsiva. Ni siquiera he terminado de tragar una cuando ya estoy metiéndome la siguiente en la boca.

Pero necesito estar ocupado, y la culpa solo la tiene él. El tipo de la caseta que tenemos enfrente y que vende papeletas para la rifa como si estuviera en una competición olímpica de rifas.

Y lo hace con la camiseta pegada al cuerpo, las mangas remangadas y los antebrazos tensándose cada vez que entrega una papeleta. Sin hablar de la sonrisa esa suya, ladeada y segura. Los labios curvados despacio, los ojos brillantes y esa calma que contrasta con todo el caos de la feria.

La feria es grande de cojones. ¿En serio no había otro puesto para nosotros que enfrente de Mateo? Seguro que Raquel lo ha hecho adrede.

Esa mujer, a veces, es la hermana gemela de Lucifer.

Una pareja se acerca al puesto a por una tira de rifas.

Mateo se acerca enseguida a ellos y comienza a explicarles en qué consiste el premio, que no es más que un lote de productos del pueblo y una ruta a caballo por los acantilados.

Viendo la sonrisa de los dos, sobre todo del chico, cualquiera diría que les ha prometido la felicidad eterna.

El chico tiene metida la mano en el bolsillo trasero de la chica, y esta tiene apoyada la cabeza en su hombro, por lo que intuyo que son pareja, pero por cómo él se carcajea cada vez que Mateo habla, y la forma de mirarlo, diría que le van más los churros que a mí.

Sin apartar los ojos del puñetero puesto, cojo una croqueta de la bandeja y me la meto en la boca. De bacalao. Me estoy comiendo una croqueta de bacalao. Las peores.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hijo? —Tardo unos segundos en darme cuenta de que la pregunta va dirigida a mí, y de que me la está haciendo mi madre.

Al girar la cabeza, me encuentro con mi progenitora, que me mira con una ceja enarcada entre divertida y curiosa.

—¿Qué pasa, mamá? —farfullo. Cojo una botella de agua y le doy un trago, a ver si ayuda a que la masa pase por la garganta.

Odio las croquetas de bacalao. Están al mismo nivel que las verduras al vapor. ¿Quién puede comerse eso? Nadie. Solo la gente que es muy infeliz y que no ha probado una hamburguesa con queso y beicon en su vida.

—¿Necesitas que vaya a la furgoneta a por algo?

Echo un vistazo por encima del hombro de mi madre. Hay bastantes bandejas repletas de comida, aun así, siempre falta alguna cosa. No sé la de viajes que he hecho al coche en lo que llevamos de mañana.

—No, vamos servidos —contesta mi madre—, pero sí que hay algo que puedes hacer por mí.

Escucho una carcajada. Miro de reojo hacia donde está Mateo. El chico ha quitado la mano del bolsillo trasero de la chica y está inclinado sobre el mostrador. ¿En serio? Un poco más y se tumba encima.

¿Qué le estará contando que es tan gracioso? Mateo tiene muchas cualidades, pero chistoso no es una de ellas. Aunque mi hermana y Raquel digan que sí. Pero eso es porque no conocen las demás, que son mucho más destacables.

Como la de tocarme los huevos.

Nadie me toca mejor los huevos que Mateo Ventura. En todos los sentidos posibles.

—Diego, cielo, ¿me estás escuchando? —Parpadeo y regreso a mi madre.

Fuerzo una sonrisa.

—Claro —miento—. Me has pedido más bandejas. ¿Salsas también quieres? Aunque creo que la de miel y mostaza ya no queda.

Mi madre suelta una risa baja y sacude la cabeza.

—No te he pedido ni una cosa ni la otra, cielo. Vamos bien de las dos.

—Ah. —Entonces, ¿qué me ha pedido? ¿Vasos de plástico? ¿Servilletas? ¿Más bolsas de basura?

Mi madre me coge la mano y deposita algo en la palma. Un billete de cincuenta euros.

—¿Me estás dando la paga? ¿Con treinta años? —Sonrío feliz y me guardo el billete en el bolsillo—. Me viene genial, que la vida está carísima.

—Cállate —suspira—. Quiero que vayas y me compres rifa. Aún no he podido ir a por mi tira y al final me quedaré sin paseo a caballo por el acantilado.

Se me borra la sonrisa. ¿Ha dicho a comprar rifa? ¿Al puesto en el que está Mateo?

Ni de coña, debo de haberlo oído mal.

—¿Has dicho a por rifa?

—Sí. —Pues no lo he oído mal.

Aprieto los labios.

—Tú no paseas a caballo, mamá, y eso que tenemos dos monísimos en el hotel. ¿Te acuerdas de ellos? Rayo y Atenea.

Mi madre chasquea la lengua contra el paladar.

—Nunca es tarde para empezar. Y quiero todo lo que hay en la cesta del premio. Quiero la mermelada.

—Pues cómpratela. —Señalo con la mano el pasillo, hacia el sur—. Si no recuerdo mal, el puesto en el que la venden está por ahí. Ya sabes, el de la señora María. Creo que tenemos unos ciento cincuenta tarros de esa mermelada en la despensa del hotel. Tarro arriba tarro abajo —señalo con retintín.

Mi madre hace aspavientos con las manos y empieza a empujarme fuera del puesto.

—También quiero el queso.

—Mamá…

—Y el chorizo.

—Mamá…

—Y no me hagas hablar de los dulces que hay ahí dentro. Salivo solo de pensarlo.

—¡¡Mamá!! —Con tanto empujón ha conseguido sacarme de la tienda. Esta mujer tiene más fuerza de la que aparenta. Aunque no es de extrañar; criar a seis hijos tiene su aquel.

De hecho, si hiciéramos una maratón, mi madre nos ganaría a todos por goleada. Y sin sudar. Lo único que indica la edad que tiene es su pelo blanco.

Bufo, planto los pies en el suelo y me cruzo de brazos.

—Carmen Ruíz, no pienso ir a comprar las rifas.

Mi madre pone los ojos en blanco.

—Diego Casamayor Ruíz, claro que irás. —Vuelve a empujarme. Vuelvo a plantar los pies. Saco el billete que me había guardado en el bolsillo y se lo tiendo.

Mi madre resopla, da media vuelta y vuelve a su sitio detrás de la mesa. Coge un plato y observo entre pasmado y ofendido, porque me está ignorando de forma deliberada, cómo pone un puñado de croquetas en él.

Cuando termina, se acerca a mí de nuevo y me tiende el plato, el cual tengo que coger a la fuerza o se irá al suelo.

—Y ya de paso, le das esto a Mateo, que lleva un rato sin comer nada y seguro que tiene hambre.

«Me cago en mi madre». Eso es lo primero que pienso. Lo segundo, que la adoro, pero a veces no mucho.

Aprieto tanto los dientes que me hago daño en la mandíbula.

—Sí, hombre. ¿Algo más? ¿Le soplo también? Lo digo por si tiene calor. —Mi madre sonríe con una satisfacción casi ofensiva antes de volver a su sitio.

—No tengas prisa en volver, hijo, que aquí lo tengo todo controlado.

Esto es increíble.

INCREÍBLE.

—No pienso convertirme en Glovo versión croqueta, mamá.

Mi madre ni se molesta en contestarme. Sigue a lo suyo como si a mí no estuviera a punto de darme una embolia.

Quiero rebatirle. Tirar el plato de croquetas a la basura. Algo, lo que sea, pero no puedo porque, de repente, me he quedado sin capacidad de réplica y porque se ha acercado una mujer a por un pincho de tortilla y mi madre acude solícita a atenderla.

Me quedo un segundo plantado ahí en medio, con el plato de croquetas en la mano y mi dignidad tirada en el suelo, mientras sopeso si seguir protestando o no. Pero la realidad es que es una batalla inútil y que la voy a perder.

«En realidad, ya la he perdido».

Miro el plato. Miro a mi madre. Miro al cielo, por si alguien quiere intervenir, pero nadie lo hace, y giro sobre mis talones.

—Perfecto. Fantástico. Maravilloso. Genial. Me encanta mi vida —mascullo en un tono lo suficientemente alto para que mi madre lo escuche. Si lo hace, no da muestras de ello.

Aprieto el plato con más fuerza de la necesaria y echo a andar hacia el puesto de enfrente como si me dirigiera a mi propia ejecución.

Mateo sigue hablando con la pareja —o con el chico, más bien, porque la chica está pendiente de su móvil y pasando de los dos— cuando levanta la vista y su mirada se cruza con la mía.

No sé qué piensa al verme. Yo sí sé qué pienso al verlo a él; y es que no me extraña que el chico esté pasando de la novia para prestarle toda su atención al veterinario. Sería imbécil si no lo hiciera.

Luego recuerdo que ese veterinario no es nada mío y se me pasa la tontería de golpe.

Al llegar al puesto, dejo el plato de croquetas sobre la mesa y me cruzo de brazos. Mateo aparta sus ojos de mí y vuelve al chico. Es rubio, como el de la otra noche. Ahora será que le van los rubios.

—Entonces, ¿le tengo que dar la pastilla entera? —pregunta el chico apoyándose en el mostrador completamente entregado a la conversación.

En serio, como se incline un poco más acaba metido dentro del puesto.

—Entera. Pero escóndesela en algo que le guste —explica Mateo ignorándome. Porque me está ignorando. Soy grande, no puede no haberme visto—. En un trozo de salchicha, por ejemplo. O de queso.

No debería gustarme la forma en la que pronuncia la palabra salchicha, pero lo hace. Me trago un gruñido.

—¿Queso? —El chico frunce el ceño—. ¿Eso no es malo para los perros?

Mateo sonríe y yo aprieto la mandíbula.

—En pequeñas cantidades, no pasa nada. Lo importante es que se la tome, porque, si no, no le va a mejorar la infección.

El chico asiente fascinado. Literalmente fascinado.

Bufo. He intentado que no fuese de forma muy escandalosa, pero no lo he conseguido. Sé que Mateo me ha oído por el pequeño suspiro que se le ha escapado. El chico, por el contrario, ni se ha inmutado. Normal, solo le falta babear.

—Es que es muy listo —musita con voz melosa—. Siempre escupe las pastillas.

Mateo se encoge de hombros y sonríe aún más que antes.

—Pues tendrás que ser más listo tú.

Aprieto los brazos contra el pecho. Más.

—¿Y cuánto tiempo tiene? —pregunta Mateo.

—Tres años. Es un labrador.

—Ah, con razón. Son unos tragones. Seguro que al final cae.